Tesis (1996)

  23 Octubre 2015

Muerte, mentiras y cintas de video

tesis-1Tesis (1996) ha sido uno de los debuts en la dirección cinematográfica más destacados del reciente cine español. Con tan sólo 23 años, Alejandro Amenábar, que cursaba por aquel entonces en Madrid la carrera de Imagen y Sonido en la Facultad de Ciencias de la Información, y con la única experiencia previa de cuatro cortometrajes (La cabeza, La extraña obsesión del Doctor Morbius, Himenóptero y Luna) se embarca en la escritura de un thriller comercial con hechuras clásicas y que imitaba sin ambages las formas del cine norteamericano.

Tras leer el libro de Román Gubern La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas, donde un capítulo se dedica al cine snuff (películas que muestran torturas y asesinatos reales y que son comercializados a través de circuitos ilegales), decide junto con su compañero de facultad Mateo Gil escribir un guión con una trama de suspense puro y con el telón de fondo de las snuff movies.

El director Jose Luis Cuerda había visto los cortometrajes de Amenábar y le parecieron excelentes, e impresionado por ellos le animó a presentarle algún proyecto con el que pudieran colaborar, y es entonces cuando el joven estudiante le propuso la lectura del guión de Tesis. Como declara el propio Cuerda: “¿Por qué quise producir Tesis? Porque me gusto la historia y pensé que era muy peculiar para lo que había leído de gente joven. Era una película para analizar los mecanismos propios de la narración cinematográfica y la moral con la que se aborda una historia, un aspecto que me interesa muchísimo y que a la gente joven suele no importarle” (1).

Así, con la recién creada Producciones del Escorpión, Jose Luis Cuerda y Amenábar se embarcaron en lo que sin duda fue uno de los grandes éxitos del cine español de los años noventa, y afianzaría una relación profesional que se extendería a los siguientes títulos del director: Abre los ojos (1997) y Los otros (2001).

“Circulen, aquí no hay nada que ver”

El argumento de Tesis nos muestra a una joven estudiante de Ciencias de la Información (Ana Torrent) que está preparando una tesis sobre la violencia audiovisual. Buscando material con ayuda de su director de tesis dan con una cinta de video que muestra la tortura y muerte real de una joven a la que reconocen como una antigua alumna de la facultad que había desaparecido sin dejar rastro. Con ayuda de un compañero de clase aficionado al cine gore y a la pornografía (Fele Martínez) descubren una trama criminal de realización de cintas snuff en la propia facultad, en la que están implicados profesores y alumnos (Eduardo Noriega).

Tesis plantea una serie de cuestiones morales de cierto calado, como es la utilización de las imágenes violentas por los medios de comunicación, con el único objeto de aumentar las audiencias, hecho este que se explicita en las últimas escenas del film, donde en el telediario y a modo de moraleja avisan al espectador que van a poder ver unas imágenes que por su violencia “pueden dañar su sensibilidad”. De facto, los medios al convertir en noticia estos contenidos visuales violentos o morbosos, los están trivializando y también de forma inconsciente los acaban “legalizando”, al darlos a conocer al gran público.

La frágil línea que separa el derecho a la información con la apelación a los bajos instintos o el gusto por lo bizarro de buena parte de la población es en ocasiones muy difícil de delimitar. Esta paradoja moral estaba muy bien resuelta en la reciente Nightcrawler (2014) de Dan Gilroy, donde un reportero free lance se encargaba de suministrar a los canales de noticias las imágenes más impactantes y violentas que pudiera conseguir, y éramos testigos del descenso moral e incluso físico del protagonista (un excelente Jake Gyllenhaal) a lo más abyecto de la sociedad de consumo norteamericana.

Las razones psicológicas de la dualidad “atracción/repulsión” hacia lo violento o perverso no son fáciles de explicar, y quizá se originen en la zona más oscura y oculta de nuestra psique, aquella que unas veces nos obliga y otras nos impide retirar los ojos ante escenas crueles o escatológicas, como le ocurre a Ana Torrent al comienzo del film, cuando no puede dejar de mirar el cuerpo destrozado en las vías del metro, mientras otros viajeros se tapan horrorizados los ojos.

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Todos estos aspectos se llevan al extremo en las snuff movies, alcanzando las más altas cotas de lo aberrante y terrorífico, creando un desasosiego que alcanza al espectador (aunque sepamos que las supuestas escenas reales del film que nos ocupa son también ficción); la mera representación de esta supuesta realidad nos horroriza y dotan a la película de Amenábar de cierta aura de transgresión y nihilismo, que lo alejan del thriller convencional. Esto también lo he observado en otros films que tratan aunque sea de forma colateral el tema del cine snuff, como Asesinato en 8mm (1999) de Joel Schumacher o la reciente Frio en julio (2014) de Jim Mickle, que acaban resultando trabajos sucios, incomodos y difíciles de digerir.

Sin embargo, aunque todas estas claves morales y éticas sobrevuelan sobre el argumento de Tesis, Amenábar tenía las ideas muy claras y en realidad lo único que pretendía era realizar una eficaz y comercial película de suspense a imitación de algunos modelos norteamericanos. Así lo declara el propio director: “En la película hay un elemento de denuncia sobre lo que es el tratamiento de la violencia en la televisión, pero la razón por la que empecé a escribir Tesis no obedecía a ninguna preocupación política, ni social ni generacional, sino al afán de entretener y entretenerme. Me pareció interesante plantearlo como un thriller, porque quizá mi intención ha sido realizar un ejercicio de estilo” (1).

Amenábar en su debut está sobre todo interesado en los mecanismos cinematográficos del suspense, cimentados en la utilización del montaje, la ambientación, las interpretaciones o la propia música, y todo ello incluso en detrimento de una necesaria solidez argumental. La historia que nos narra parece una mera excusa para desarrollar este ejercicio de estilo, con sus persecuciones por oscuros sótanos, puertas comunicantes, apariciones misteriosas y los consabidos sustos.

Resulta totalmente inverosímil que los protagonistas reconozcan en la snuff movie a su compañera desaparecida y no lo pongan en conocimiento de la policía para que pueda investigar este crimen y el de otras desdichadas víctimas. Este aspecto chirria tanto que desequilibra en parte la película y obliga al espectador a prescindir de la verosimilitud y dejarse llevar sin muchas exigencias por este ejercicio de suspense a modo de tren de la bruja.

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Conectar con el espectador

En su afán de dar al espectador lo que está acostumbrado a ver en las producciones norteamericanas, Amenábar se encarga de desarrollar una serie de efectivas set piece, como la persecución en los pasillos de la facultad o la visita a los subterráneos de la misma.

Ambas están muy bien planificadas y son perfectas desde un punto de vista técnico (utilización de steadycam, abundante proliferación de planos y un montaje preciso), lo que las hace visualmente muy atractivas y dinámicas para el público, aunque argumentalmente carezcan de suficiente peso (la persecución inicial de Eduardo Noriega a Ana Torrent en la facultad resulta algo insulsa, y la visita a los subterráneos de la facultad parece diseñada ex profeso para recibir el susto del malvado Xabier Elorriaga).

Donde falla más Amenábar es en las secuencias donde la acción no prima y prevalecen los tiempos muertos y los diálogos que explican la trama, resultando en mi opinión algunas de ellas poco acertadas. Escenas como las sucesivas visitas de Ana Torrent al domicilio del compañero friki Fele Martínez (con una interpretación algo floja de este último), el remedo de acoso de Eduardo Noriega en la propia casa de Ana Torrent incluso en presencia de sus padres —aquí se insinúa una atracción fatal de la protagonista hacia Noriega que hubiera podido dar más juego pero que no acaba de desarrollarse plenamente—, o momentos tan ridículos como la que ocurre en la cafetería donde la comedida Ana Torrent escucha en walkman música clásica y en contraposición Fele Martínez escucha rock duro, con un montaje sonoro bastante chirriante, que tampoco era del agrado del productor Jose Luis Cuerda pero que Amenábar insistió en mantener en el film.

Por último, destacar algunos aspectos técnicos como la estupenda fotografía de Hans Burmann o el montaje de María Elena Sainz de Rosas, que ya había destacado previamente en films de Medem y Cuerda, y también sobresaliente es la interpretación de Eduardo Noriega (Bosco) en su papel de psicópata. Aunque le toca lidiar con escenas poco creíbles, Noriega sabe transmitir con la mirada y apenas gestos una tensión y una falta de empatía que lo emparenta brutalmente con los célebres  psicópatas de Funny Games (Michael Haneke, 1997, 2007).

Tesis alcanzó con creces sus objetivos como ópera prima y consiguió el reconocimiento del público y la crítica (consiguió 7 premios Goya en 1997) y lanzó de forma fulgurante la carrera de Alejandro Amenábar, y aunque el guión haga agua por todos lados siempre nos quedará la sonrisa gélida de Noriega y el escalofrío al ver esas imágenes grabadas en video doméstico Hi-8 recordándonos que por desgracia todavía quedan muchos chalados por ahí fuera.

Escribe Miguel Angel Císcar


 

Nota

 (1) Cómo hacer cine 1. Tesis de Alejandro Amenábar. Ed. Fundamentos. 2003.

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