Moonrise Kingdom (Moonrise Kingdom, 2012)

  28 Julio 2015

Una fuga hacia la nostalgia

moonrise-kingdom-1Si quisiéramos definir un género dentro del cual colocar esta película, sería algo que aún no existe. Sí, porque Wes Anderson posee la capacidad de ir más allá de cualquier convención de estilo y de contenido y Moonrise Kingdom, primera película del director presentada en el Festival de Cannes en 2012, es la prueba de que el filme en sí mismo es un género, totalmente único.

Nos encontramos en los años 60 en una imaginaria isla del New England, donde Sam, niño boyscout forzado a pasar sus vacaciones en el campo scout, y Suzy, que vive en una familia monótona, deciden escapar llevando consigo sus libros y discos favoritos. La huida de los jóvenes llevará el pánico por toda la isla y dará comienzo una rocambolesca y pintoresca aventura bajo la forma de fábula.

La aventura de Sam y Suzy es una huida, una vía de escape, la de dos enamorados adolescentes que quieren alejarse de sus obstáculos. Sin embargo, no son los típicos chicos que encontramos en cualquier historia: son dos personajes marginados, ya que demuestran esta gran capacidad de pensar “a lo grande” y de ver más allá con genialidad y fantasía, a diferencia de todas las personas que les rodean.

Sofocados por la realidad en la que viven y que no les representa, tienen como puntos de referencia figuras que aparecen casi como inexistentes. Los padres de Suzy, cuya presencia es muy limitada, y las demás figuras autoritarias, como los jefes del campamento, aparecen casi ridículas e insignificantes. El único que se queda fuera del coro es el capitán Sharp, que demuestra ser capaz de entender y de apoyar a los protagonistas, ya que en algunos aspectos es “diferente” de los demás, por el hecho de no estar conforme.

El intento de Sam y Suzy es el de construirse un “Moonrise Kingdom” donde poder realizar sus propios sueños, un reino donde lo que aparece precioso es la belleza de las cosas pasadas de otra época, de unos detalles que parecen enfatizar la belleza de un pasado que sólo en los sueños puede volver, nostálgicamente. Es la búsqueda de algo indefinido, que en realidad no conocemos y que quizás se podría llamar más precisamente insatisfacción.

Wes Anderson utiliza a dos adolescentes como máscaras para hablar de los adultos de forma más fina y sutil.

Sin embargo, lo que más involucra el espectador dentro de la magia de esta película no es tanto la historia o el significado sino, como en todas las películas de Wes Anderson, la belleza estética, la simetría, los colores de las escenas y de las arquitecturas de la escenografía: todo aparece construido para capturar la mirada y fijarse en los detalles que normalmente no veríamos en una película.

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Moonrise Kingdom es la búsqueda de “lo bello”, de lo olvidado, de lo que satisface los sentidos: es una película que domina sensorialmente al espectador. No es un caso en que el uso de colores muy fuertes y la simetría sean las claves para reconocer también detalles de la historia. Es gracias a esto que nosotros espectadores identificamos también personajes y situaciones clave: los detalles marcan momentos importantes. Un ejemplo podría ser cuando durante la fuga de Sam en barco, la cámara en plano detalle, evidencia todos los elementos que nos harán entender el plan de huida, antes de tener una visión completa de la escena y del niño que escapa: la pequeña bandera en el barco y la mochila, señales de que algo va a cambiar.

Los dos niños parecen imitar con inocencia y delicadeza las fases “esenciales” de un típico enamoramiento entre adultos; sin embargo, aunque la forma parezca inadecuada para ellos, los elementos revelan su pertenencia a un mundo de adolescentes hecho de sueños y deseos. No es que sean los dos niños los únicos que creen en algo que posiblemente existe sólo en su imaginación. La huida, la búsqueda de un espacio y de un tiempo donde intentar ser ellos mismos es un proyecto que en la película no resulta utópico, sino más bien incumplido.

La paradoja es que todo lo que vemos bonito y bello está, de hecho, muy relacionado con un pasado nostálgico del que conocemos muy poco o casi nada: es como un sueño en el que todo vuelve a ser como ese “antes” que nos imaginamos gracias a los relatos de los que lo han vivido.

Todo “aliñado” con la ironía surreal del mundo de la infancia, donde los niños parecen tener los mismos problemas, tics y deseos que los adultos frustrados, y donde las acciones de los personajes demuestran que nada se cumple realmente y que todos nos quedamos siempre con una convicción: el pasado siempre fue mejor de lo que será el futuro y que “estábamos mejor cuando estábamos peor”, o como se diga.

Este principio sarcástico del director tejano ha permitido realizar una obra cinematográfica que se ha convertido en una pequeña joya del cine de culto, con un humor estilo Snoopy y sus compañeros de aventuras.

Un clásico, por cierto.

Escribe Serena Russo

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