El político (1949) de Robert Rossen

  07 Julio 2015

Artefacto narrativo y moral

el-politico-2En 1949, Robert Rossen estrena su segunda película, El político, basada en la novela All The King’s Men de Robert Penn Warren, que en 1946 había obtenido el premio Pulitzer y un merecido éxito con su relato sobre la falta de escrúpulos y la perversión moral del protagonista, Willie Stark, en su  conquista del poder y de la elitista clase que decide sobre el destino de la sociedad.

La novela pone en evidencia el papel de la prensa y su responsabilidad en la manipulación demagógica de las masas por parte de aquellos que satisfacen su ambición personal de poder sin tener en cuenta la validez ética de los medios con que  pretenden alcanzar sus fines.  Parece ser que el retrato de este político corrompido y corruptor se inspira en Huey Long, gobernador de Lousiana desde 1928 a 1933, orador populista y demagogo, que ejerció su mandato de forma totalitaria y tiránica mediante sobornos, chantajes y todo tipo de corruptelas.

La adaptación cinematográfica de Rossen expresa sin ambages ni disimulos el sórdido estado de la política americana y sus violentos e inmorales métodos. Nada queda oculto bajo la alfombra, ni existe ambigüedad alguna en el demoledor mensaje que el filme traslada al espectador sobre  la política  y la perversión de sus ideales.

Es posible que esta descarada y descarnada claridad narrativa, responsable de que el meollo del relato se muestre de forma transparente y sin equívoco alguno, sea la responsable de los problemas que el director tuvo con el Comité de Actividades Anticomunista durante los macarthistas años 50.

La ley Taft-Harley, que a finales de los 40 estableció el juramento anticomunista de los sindicatos, convirtió a éstos en comisarios políticos que delataban a los miembros considerados rebeldes por el gobierno. Rossen no sobrevivió a los interrogatorios del Comité y, tras su delación y el consiguiente rechazo de la profesión cinematográfica y cultural, hubo de exiliarse en Europa donde su presencia pasó bastante desapercibida. Tras filmes como Alejandro el Grande, resurgió en los años 60 con películas de mayor enjundia (El buscavidas, Lilith) cerrando así el círculo de su filmografía, iniciado con Cuerpo y alma, su primer filme de género pugilístico en el que Rossen proyectó su pasado como boxeador.

Las secuelas temáticas  de un tema tan universal como  la fuerza corruptora del poder son numerosas, desde Tempestad sobre Washington (Otto Preminger, 1962) y El candidato (Michael Ritchie, 1972), a la más reciente Los idus de marzo (George Clooney, 2011).

En 2006, Steven Zaillian, guionista de La lista de Schindler, se atrevió con otra adaptación de la novela de R. Penn Warren en forma de thriller político, con un reparto que aseguraba su expansión comercial (Sean Penn, Jude Law, Kate Winslet…) y uno de cuyos méritos fue recuperar el título original: Todos los hombres del rey. Es decir, que no aporta nada especial a la versión de Robert Rossen de 1949. La película que en España se tituló El político acaparó premios Oscar y Globos de Oro tanto para el filme como para el director y el actor Broderick Crawford, que encarnó a Willie Stark, papel que fue rechazado por John Wayne por obvias razones ideológicas.

El argumento relata de forma bastante convencional la evolución personal y social de Willie Stark, un humilde campesino convertido en abogado que, tras defender los derechos de los pobres, se convierte en gobernador y es encumbrado a las más altas esferas del poder. En este proceso, del cual da testimonio el periodista Jack Burden (John Ireland), el protagonista va dejando atrás sus valores familiares y morales en aras del dominio de los resortes económicos y políticos que necesita para satisfacer su ambición. Sobornos, mentiras y chantajes se complementan con la humillación utilitaria de la justicia, pues para W. Stark todo vale con tal de conseguir el gobierno y los fondos económicos que materializarán sus proyectos.

Casi nadie se salva en este mundo donde se muestran los entresijos del poder en manos de aquellos que especulan con los sueños del pueblo, sin otra moral que el oportunismo y el beneficio a corto plazo. Willie Stark es el paradigma del personaje que se destruye a sí mismo al tiempo que pervierte a los que lo rodean, por lo que la única salida a los conflictos personales y colectivos que se presentan sólo puede ser la muerte. En suma, parábola y tragedia se fusionan en esta narración.

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La película y su estructura: primera parte

Como ya dijimos, la narración se estructura de forma convencional, ajustando el desarrollo del argumento a las tres partes, propias de los cuentos tradicionales.

En primer lugar, la presentación de los personajes mediante la definición de aquellos rasgos que los caracterizarán como actantes en el conflicto. En esta primera parte, aparecen los dos coprotagonistas del relato: Willie Stark, el hombre puro que desea propagar sus ideales de servicio y justicia, junto a Jack Burden, el periodista que pasará de ser observador y testigo a implicarse en la historia.

Willie Stark

El primero muestra una actitud honesta y valiente frente a la camarilla de políticos veteranos y corruptos que practican la coacción y la violencia ante cualquiera que les dispute el poder. El grupo capitaneado por Tiny Duffy, el mafioso que ejerce el poder real encubierto por la figura de Harrison, el comisionado electo, lanza sus esbirros contra Willie, que ingenuamente pronuncia ante un escaso auditorio un discurso  donde habla de las mentiras interesadas, el miedo a la verdad y los intereses espurios, contaminados por el nepotismo de sus adversarios.

Con pocas palabras lanza un diagnóstico claro y contundente sobre la situación que vive  el pueblo, explotado por dirigentes que afirman que “les interesa el bienestar, pero el suyo”. Lo que se muestra con claridad es el secuestro de la política por la economía, algo que a muchos recordará la actualidad más cercana.

La confrontación que tiene lugar en la sala del billar pone de manifiesto el antagonismo de Willie frente a Duffy y los suyos. El cinismo y la crueldad salpican las frases que los malvados farsantes dirigen al bondadoso y sincero candidato a tesorero del condado. Las alusiones a ordenanzas y leyes dictadas por los poderosos, que secuestran el mandato popular al servicio de sus intereses, es la prueba de la perversión de la democracia esencial, pues aquellos que han recibido el poder de sus representados mediante el voto hacen un uso inmoral del mismo al blindarse ante cualquier oposición a sus intereses.

Los diálogos entre el candidato Stark y los esbirros de Duffy son significativos:

—“No puedes hablar aquí, Willie, lo prohíbe la ordenanza 105”.

O después, cuando Willie protesta por su detención y se reafirma en su deseo de presentarse al cargo:

—“¿Quién ha arrestado a nadie?”.

—“Haz lo que quieras, Willie. Todos creemos en la libertad de expresión”.

La crueldad y la burla hacia la  bisoña candidez de Willie se evidencian en su rechazo a  las bebidas alcohólicas: “No bebe. Su mujercita se lo prohíbe”.

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El perfil psicológico y moral del protagonista se determina por oposición y contraste con sus enemigos, los malos de la historia. Su personaje se presenta como paradigma moral de lo que debería ser la política, y es esta consideración de bienhechor universal la que le resta verosimilitud. Colocar sin disimulo al héroe al servicio del mensaje ético que se quiere trasladar al espectador hace la historia más simple y la caracterización más plana.

Idéntica función tiene la secuencia de Willie en la casa familiar donde éste aparece en un entorno rural y doméstico, acompañado de su mujer, Lucy, su padre y el hijo adoptado, Tony, cuyas magulladuras y heridas evidencian la brutalidad de los adversarios de su padre. La fiel esposa, expulsada de la escuela donde trabajaba, simboliza la injusticia que los poderosos practican con sus opositores. Todos son víctimas, sacrificadas debido a sus bondadosas intenciones y su apoyo al buen Willie, que añade además otro rasgo a su casi perfecta figura: la voluntad de ascender cultural y socialmente mediante sus estudios de Derecho y su deseo de ayudar a los más desfavorecidos.

Hay sin embargo algo que distorsiona este esbozo del protagonista como ser superior, refrendado por las elogiosa palabras de su padre (“Es muy listo”) y de su esposa (“A Willie no le importa perder con tal de que se sepa la verdad”). Se trata del primer plano del rostro de Willie, en el que se destacan los ojos tercos y la mirada ladeada que parece esconder propósitos menos decorosos que los declarados. Un gesto distante, ambiguo y ensimismado, que casa muy bien con  las palabras pronunciadas en voz muy baja (“Sí, sí. Eso…”) También oímos una frase —repetida posteriormente como un credo íntimo— que no sólo confirma esta hipótesis sino que anticipa la posterior evolución del personaje y la ambición que le motiva:

—“Me voy a presentar. Esos no juegan conmigo como si fuera un muñeco”.

Este último rasgo, la ambición impulsada por la rabia, se convertirá en el motor de la conducta de Willie y permitirá que el argumento avance. En la secuencia siguiente vemos a un indignado Stark, rumiando su fracaso como abogado e impotente ante la prevaricación de los políticos corruptos respecto a la adjudicación de las obras de las escuelas. Con esta imagen se cierra esta primera parte de la historia. El personaje está convenientemente ataviado y listo para la acción.

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Jack Burden

Este personaje, el periodista que acompaña a Willie en su itinerario personal y político, es más complejo en matices y su personalidad ofrece más ángulos, desde los cuales podemos descubrir diversas perspectivas y adoptar nuevos puntos de vista. En las primeras secuencias se muestra indiferente y perezoso ante el encargo del director del Chronicle en cuanto a seguir los pasos de Willie como objeto de reportajes de interés periodístico:

—“¿Ha matado a alguien? ¿Qué tiene ese hombre de especial?”.

— “Dicen que es un hombre honrado”.

La importancia de los diálogos se justifica por su función caracterizadora de los actores que se confrontan en la historia. Con frases cortas se sintetiza de forma incuestionable el estado del conflicto, que contrapone una sociedad podrida a un potencial héroe, virtuoso y ejemplar.

El triple papel de Burden como coprotagonista, testigo y narrador le confiere un carácter múltiple como foco de una variedad de personajes y temas sin la cual el argumento del relato quedaría reducido a la categoría de primaria fábula moral. Como reportero, contribuye a refrendar el rol de Willie y difundir su trayectoria a partir de una situación inicial con muy pocas posibilidades de éxito. De hecho, Burden asiste, escéptico, a las primeras andanzas de Willie y da por ultimado su reportaje al tiempo que da por acabado el futuro político del personaje. “Es el fin de Willie Stark” —dice el director del periódico—. El pronóstico no podría ser más desacertado.  

La opinión  de Jack Burden nos llega a través de  su voz narradora, que se superpone a los planos generales panorámicos de la ciudad ficticia de Kamona, “típica ciudad forestal, calmosa y polvorienta”. La cámara se desliza por los caminos de tierra, por los humildes carros de los campesinos que se alternan con los escasos coches de los más prósperos, por las gentes de alpargata y sombrero, y se detiene en la fachada en chaflán de la Court House. Un espacio significativo como escenario inicial, ya que el nombre de Kamona corresponde a una ciudad de Liberia y a otras dos de Nigeria. En cualquier caso, en los años 40 y quizá aún hoy, el nombre sugiere lugares inhóspitos y salvajes, donde no habría llegado lo que se conoce como civilización. Probablemente una metáfora de la barbarie de los hombres que los habitan, algo que sin duda tendría cuenta Robert Penn Warren, el creador de la historia.

Otro espacio, las instalaciones del Chronicle, enmarca las conversaciones entre Burden y el director del periódico, ilustrando con eficacia la actitud y compromiso del reportero, al tiempo que suscitan un tema que se planteará más adelante con mayor profundidad y detalle. Lo que ahora se sugiere como indicio se desarrollará posteriormente como parte esencial del argumento: el cometido de la Prensa y su vínculo con la política.

—Burden: “Es un hombre honrado y valiente

—Director: “Escribe estas cosas como si de verdad las sintieras

—Burden: “Las siento

Por si el lector no lo ha percibido, las palabras del director contienen una recomendación implícita sobre la flexibilidad de la prensa respecto al sometimiento de la verdad  a las conveniencias, sean éstas económicas o políticas. Aunque seguramente ambas coexistan como dos caras de la misma realidad  o conformen la realidad misma.

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El último escenario de la complicada vida de Jack B. es Burden’s Landing, un lugar alejado del trabajo cotidiano del periodista, un espacio singular que guarda muchos secretos sobre el personaje y su biografía. También aquí el paisaje alcanza categoría de metáfora, pues se trata de un territorio amable, verde y frondoso, muy alejado de la seca Kamona, aislado y separado del resto del mundo por un río, que además hace de barrera natural entre dos ámbitos muy diferentes.

En Burden’s Landing se encuentran las raíces de Jack, se muestra su origen como miembro de una clase acomodada y elitista, depositaria de una posición heredada. El núcleo familiar, formado por una madre ociosa e insatisfecha, que tolera a su segundo marido a base de alcohol, muestra también el grado de deterioro de este grupo encumbrado en las altas esferas. El desdeñoso rechazo de Jack hacia la vida engañosa de su madre hace patente su afán por encontrar la verdad y su esperanza de un mundo mejor. Su defensa de la profesión periodística, que todos desprecian, define a Burden como un personaje motivado por la búsqueda de su propio camino, más allá de las fronteras de la burbuja edénica donde permanecen su familia y amigos.

La pequeña y apartada sociedad integrada por el honorable juez Stanton y sus sobrinos, Adam y Anne, remite asimismo a la estructura económica y educativa de la época. Adam se prepara para ejercer la medicina al más alto nivel, mientras que Anne aspira a casarse con alguien “que haga algo importante”.  Del mismo modo  que antes, en la humilde casa de Willlie, se habló del poder y del fracaso, ahora, en los lujosos salones y jardines donde todo sugiere bienestar y riqueza, se debate sobre la inutilidad del periodismo y la confianza en los cambios efectivos que podrían traer los nuevos y honestos políticos. La nota discordante la pone McAvoy, el padrastro de Jack, que, escéptico y cínico, alude al “precio de las buenas personas” y les echa a los demás en cara su infantil candor, con la rabiosa afirmación de que piensan así porque son “guapos, ricos y famosos”. Lo que es tanto como decir que no viven ni conocen la realidad.

Por motivos bien distintos, Jack y McAvoy se sitúan en el mismo lado de la  controversia. Ambos denuncian el engañoso entorno donde viven: el primero, porque percibe su falsedad y espera encontrar la verdad fuera; el segundo, porque proyecta su odio de arribista hacia una clase a la que menosprecia pero  soporta, porque le da de comer. Todos muestran su confusión, sus dudas, su inseguridad y sus miedos. Evidentemente, cuando Jack habla a sus amigos de la existencia de “otro mundo más real” se refiere al de Kamona y Willie Stark.

Segunda parte: el detonante del proceso narrativo

el-politico-1“Tu amigo Stark es un explosivo en potencia”. Con estas palabras, el director del Chronicle diagnostica los cambios que se avecinan. El hecho que hace girar y avanzar el argumento es el derrumbamiento del balcón de la escuela a causa de la gestión ilícita de los políticos responsables. A partir de este momento, la acción se acelera y los hechos se precipitan en un relato en el que la acumulación de los acontecimientos irá encaminada a explicar el modo en que el sistema  transforma a un político honrado en uno de los suyos.

Es interesante ver cómo Willie Stark se limita en principio a recoger los resultados de la catástrofe para rentabilizar el dolor del pueblo por sus muertos, mientras gestiona denuncias e indemnizaciones. Sin embargo, el primer plano frontal de Willie deja traslucir cierto gesto de vanidad y soberbia. “Hablan de mí” —murmura mientras mira el periódico—. Sólo Burden, vigilante y testigo, explicita las contradicciones del protagonista y su incapacidad para distinguir la apariencia de la realidad: “si sólo quieres ser abogado, ¿por qué sigues dando discursos?”. Aún no ha nacido el político populista pero sí el que ha descubierto el poder de manipular a las masas.

El halago y la vanidad hacen su trabajo en el interior del candidato, integrado en una clase política que busca absorber a sus enemigos para perpetuarse en el poder. Las maniobras destinadas a desactivar la fuerza movilizadora de Willie fracasan debido a la irrupción en la narración de un nuevo personaje,  cuya función será cebar ese artefacto llamado Willie Stark y prepararlo para dinamitar el escenario, desplazando a los personajes hacia nuevos puestos y nuevos roles.

El cometido de la mordaz y desencantada Sadie (Mercedes McCambridge) es el de ayudante y guía de un Willie Stark novato e ingenuo hacia el  ámbito de la política profesional. Ella conoce los trucos y manejos que permiten ganar las elecciones y ejercer el poder de forma tiránica y absoluta. Sadie es la impulsora del aprendizaje del político novel y responsable de la pérdida de su inocencia.

Es significativa la secuencia donde Sadie y Burden observan tras las ventanas del hotel los preparativos electorales para mítines y arengas. El cristal separa los dos mundos, el exterior y el interior, la apariencia y la realidad. Las palabras de Sadie y su análisis de la situación del estado son demoledores (“Lo que este estado necesita es un buen puro…”). Su lucidez, impregnada de sarcástico dolor, asombra por su aguda claridad y dureza.

Sin disimular su condición mercenaria (“Trabajo para el que me paga”), muestra sus conocimientos de maestra experimentada sobre maniobras, engaños, sobornos e inútiles discursos a los que Willie es arrastrado. Ella le abre los ojos en una escena de altísima tensión climática en el proceso narrativo: “Todo es un montaje. Eres un imbécil, eres el cordero sacrificial”. Pero también Sadie sabe reconocer al político de raza encerrado en Willie Stark y ya ha detectado la sed de ambición y poder del personaje. La evidencia se encuentra en su charla con Burden: “Si supiera que le engañan y timan, ¿crees que lo dejaría?”. De lo que hablan es de la seducción del poder, pues más adelante comentará: “Quería ganar. Es algo que se lleva dentro”.

Y era cierto lo de víctima propiciatoria, pues tras la borrachera muere el viejo Willie y emerge el nuevo político con todos los atributos que recogería cualquier manual de instrucciones sobre el tema. Sadie abre la puerta, Burden aconseja y Willie lo absorbe todo a una velocidad de vértigo: el carácter visceral y emocional de la comunicación con las masas (“hazles llorar o reír, sácales de quicio, excítales… No te las des de intelectual”); la forma de empatizar con el pueblo mediante la enumeración de sus necesidades (carreteras, escuelas, hospitales), y la  coincidencia de intereses y orígenes (“Sólo los pobres ayudan a los pobres”); la denuncia de los veteranos corruptos (“los de los pantalones a rayas, muñecos de Harrison…”), asociada a la defensa de la verdad, a la necesidad del cambio y a la igualdad de oportunidades (“que el hombre más pobre podría llegar a ser gobernador”).

Stark, ante su camarilla, resume la situación: “He aprendido cómo ganar”. He ahí el meollo del asunto, pues de eso trata la política: del arte de ganar. Lo de gobernar y mejorar la situación del pueblo ha pasado a ser parte de la estrategia, es decir, a ser un medio en vez de un fin. Como se diría hoy, se ha pasado de la democracia a la partitocracia, ya que lo importante es conquistar el poder y permanecer en él.

Los medios y los fines y su adecuación ética y moral surgen como temas nucleares del filme y serán objeto de reflexión y análisis. Más secundario pero significativo es el papel de la Prensa en este proceso, pues la dependencia económica del Chronicle respecto a los enemigos de Willie, expulsa a Burden de su oficio de reportero para incluirlo en el equipo de Stark, que todo lo absorbe y fagocita como un fenómeno de la naturaleza.

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La ascensión y el declive

Las secuencias centrales del filme recogen toda la parafernalia de las elecciones donde se confunden hoteles, sobornos, compra de votos, panfletos y carteles, con el entusiasmo de Willie  y su receta triunfadora: “¿Dinero? No lo necesito. La gente me regala cosas porque tiene fe en mí”.

En este sentido, la película narra lo que ya es evidente para el espectador, por lo que adolece de cierto exceso de escenas en las que Willie Stark, ya gobernador, emplea  procedimientos corruptos idénticos a los que sus enemigos emplearon contra él al comienzo del filme. Así que parece haberse cerrado un círculo donde todo se ha invertido, lo de abajo está ahora arriba y viceversa.

De hecho, el lenguaje cinematográfico escribe un discurso de imágenes en planos picados y contrapicados que encuadran a las masas y a Willie respectivamente. Quizá Rossen no se atuvo a la regla esencial del cine que es la elipsis, pues en la película todo se repite: las malas artes y manejos en la sombra para controlar el poder, los sobornos, chantajes y el cansancio de los propios adeptos, hartos de tanta podredumbre moral.

Tal acumulación de evidencias ralentiza el ritmo narrativo del filme, debido a que se narra siempre lo mismo. Finalmente, todo lo relativo a la compra de voluntades de los jueces que podrían condenarlo por prevaricación, y la manipulación populista de las masas que lo aclaman en el exterior del Palacio de Justicia, es un acto que repugna tanto al espectador como a los personajes que hasta hace poco seguían a Willie.

El análisis del tema del bien y del mal, de la adecuación entre medios y fines tiene lugar, otra vez, en Burden’s Landing, esa isla de antigua y estática calma, obstaculizada ahora  por la volcánica figura de Stark. En los salones de los elegidos, como en los de los dioses, todo se confronta y es objeto de apasionado debate: la acción frente a la reflexión (“hay un tiempo de hablar y otro de actuar”) y el relativismo ético defendido por Willie, puesto que el mal le parece aceptable si se usa para conseguir un bien (“Pacto con el diablo para cumplir mi programa”). Pero en esta ocasión los ánimos están más encendidos y las respuestas son más duras. “¿Quién decide lo que es el bien?”, pregunta Burden. “Sobre la marcha”, contesta Stark. Otra muestra de utilitarismo moral o de cómo adecuar la filosofía a la pragmática.

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La avalancha emocional provocada por Willie ha arrastrado hacia el exterior a los personajes de Burden’s Landing. A Adam, con la promesa de dirección de un nuevo hospital; a Anne, con la seducción sentimental del hombre “que hace algo grande”, lo que ella esperaba; al juez Stanton, con su nombramiento como Fiscal General; y a Burden ya lo tiene en su equipo. Pero todos se sienten inseguros, asustados.

Hay un plano que ilustra la actitud de los jóvenes amigos mientras escuchan un mitin entre la multitud. La cámara encuadra sus rostros y enfoca las miradas. Anne mira al orador, sonriente y entregada. Adam mira a la masa de gente y luego a Jack con un atisbo de reproche. Jack, serio y muy preocupado, mira a Anne. La escena sugiere una acumulación de tensión sentimental que irá acrecentándose a medida que avancen los hechos y las emociones estallen.

Mientras Willie construye su gobierno sobre el lodo de la depravación, sobre el escándalo y la creencia en el imperio del mal y en una singular interpretación bíblica (“El hombre es concebido en pecado y nace y vive en corrupción. Siempre hay algo malo en la vida de cualquier hombre”), algo se va resquebrajando entre las gentes que lo apoyaban en su proyecto.

Stark parece luchar contra el mundo destruyendo todo aquello que se interpone en su camino y usando a los que lo rodean como si fueran objetos (“Pillsbury no es humano, es como una máquina de escribir. Si se estropea se repara”). Utiliza a su hijo y a su maternal mujer a su antojo, mientras salta de una amante a otra, de Sadie a Anne. A todas engaña y manipula, a la vez que grita órdenes con los pies sobre la mesa de su despacho.

Y aunque todo esté a punto de reventar, nada sucede aún porque en esta narración las conversaciones y las ideas preceden siempre a los hechos, como si fuera necesario anticipar la acción mediante el pensamiento. Es decir, primero visitamos Burden’s Landing y luego vemos las consecuencias de los actos de Willie y resto de personajes. Reunidos los amigos, el irónico brindis “por el fantasma”, el ausente Willie que ha trastornado sus vidas, Adam plantea su desconfianza respecto a los propósitos y objetivos de Stark.

Es curioso el modo en que Jack incorpora y defiende, frente a Adam, el discurso más extremo de Willie, reprochando a su amigo su inane pureza y su miedo a ensuciarse con la acción (“No se puede hacer tortilla sin romper huevos… del mal se puede derivar un bien”). A la pregunta de Adam sobre la posibilidad de hacer el bien a cualquier precio, Jack es contundente en su respuesta: “Es una cuestión de método”.

También Anne recrimina a su hermano su pureza teórica y lo impulsa  a actuar y hacer realidad sus deseos. Adam no lo tiene tan claro y su comentario así lo demuestra: “El dolor es un mal, no el mal. Stark es el mal”. Esta identificación del político como alguien diabólico y poseído, como encarnación del mal, sintetiza una de las propuestas más pesimistas y devastadoras sobre el ser humano y la imposibilidad de esperar una sociedad mejor. Así, el filme traslada la enorme carga ideológica y ética de la novela poniendo este discurso en boca de los personajes.

Otro tema, aunque secundario no menos revelador, es el del bien y la verdad. El derecho a conocer los hechos sin encubrimientos ni veladuras es incompatible con la política de Stark, que secuestra los medios de comunicación y prohíbe cualquier crítica. El uso del cine, concebido como propaganda para su campaña, ilustra con propiedad la instrumentalización de los medios al servicio de la política, sobre todo cuando censura el comentario que lo sitúa entre “mesías o dictador”. Pero no olvidemos que sus actos son coherentes con su credo de hacer servir el mal al bien, concepto que cada vez se parece más al propio Willie y su avidez de poder.

El declive de Stark se produce en medio de la dialéctica entre ideas, sentimientos y acción, pues lo que le estalla en la cara a Willie es la vida, no la política, cuyos resortes controla. La contaminación moral de sus  extravíos mantiene a raya a sus enemigos y también a las masas mediante discursos populistas y demagógicos. También en este aspecto el filme contiene la doctrina necesaria para que el espectador aprenda a distinguir las mentiras contenidas en el discurso de los políticos, aunque reconozca la capacidad de  seducción de algunas voces que, como la de Stark, siguen arrastrando a las masas. El manual dice que “repetir una mentira muchas veces la hace parecer verdad” o “Si me atacan a mí, os atacan a vosotros”. Esta identificación entre el político y su pueblo ha sido una de las más rentables para la profesión.

Todo se acumula y acrecienta en estas secuencias que anticipan un final próximo mediante lo que podríamos considerar un enorme lío sentimental. El granítico rostro de Willie Stark se descompone en los momentos en que el relato alcanza altas cotas de tensión narrativa, como son la renuncia y posterior suicidio del juez Stanton, el desvelamiento de la traición de Anne, y la tensa espera en el hospital mientras Tom, el hijo rebelde, se debate entre la vida y la muerte.

Mediante un montaje en paralelo, algunas de estas secuencias se alternan con las de la muchedumbre enardecida que aclama a Willie, instigada por los esbirros  y sus burdas consignas. Los diálogos y el tono de los reproches también aceleran e incrementan la tensión emocional, con lo que todo, acción dramática y montaje participan de un crescendo que pronostica un desenlace tan inminente como violento.

Mentiras, celos, rabia, decepción y culpa configuran el abismo existencial en que se precipitan los personajes. Burden, el cronista, deja oír su voz en off con el comentario sobre la causa de tal desastre: “Ahora ya nos tenía a todos trabajando para él”.  También el padre de Willie,  cuando contempla  el alejamiento de la casa familiar del político y su comitiva, pronuncia unas palabras que parecen surgir de la fuente genuina del oráculo: “No es bueno”.

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Tercera parte: el desenlace

Se produce en la calle, cuando se anuncia el triunfo ilícito de Stark sobre la justicia, entre las masas de gente que vitorean o abuchean al político. Un disparo procedente de Adam alcanza a Willie, seguido de otro que impacta en Adam desde la pistola del tartamudo Suggar. Entre los  flahses de las cámaras y los gritos de la masa vociferante, la muerte de ambos personajes es muy diferente. La de Adam conlleva la denuncia de la irracionalidad de la política, pues se nutre de las creencias y los actos de fe. Sus palabras, mientras yace en los brazos de Jack, son definitivas: “Mira la gente. Creen en él”.

En cambio, la despedida del Willie Stark moribundo es mucho más dramática y teatral, como corresponde a un personaje que conserva su carisma de líder hasta el último aliento:

Podría haber dominado el mundo.  El mundo de Willie Stark.

—¿Por qué me haces esto a mí?

—¿Por qué le haces esto a Willie Stark?”

La cabeza cae hacia un lado. Y todo acaba.

Esta historia que combina tragedia y melodrama nos sugiere una última reflexión sobre la inmensa pujanza de un personaje que en los últimos momentos de su vida habla con Dios en segunda persona y lo hace de sí mismo en tercera.

Nada ha quedado bajo la alfombra y los personajes han sido desnudados y contemplados con todas sus miserias. El paisaje ha sido desbrozado,  pero la atmósfera sigue siendo enormemente tóxica. Sólo el comentario de Jack Burden contiene una leve brizna de esperanza:

“Tenemos que seguir viviendo para que la muerte de Adam tenga sentido. Para desvelar la verdad y mostrar al mundo la auténtica cara de Willie Stark”.

 Escribe Gloria Benito

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