El jardinero fiel (2005) de Fernando Meirelles

  14 Junio 2015

Las malas hierbas nunca mueren

el-jardinero-fiel-1Es posible que surja la pregunta: ¿pero qué diablos hace una película como El jardinero fiel (The constant gardener, 2005) en un monográfico sobre la “corrupción”? Ante la duda tal vez sea prudente hacer alguna aclaración preliminar.

Según el diccionario de uso, la corrupción, además de la económica, alude también a la depravación moral, simbólica y de costumbres. Y retazos del amplio espectro que rodea a la corrupción, se encuentran en la película que nos ocupa.

Circula por doquier la afirmación tramposa según la cual vivimos y respiramos los aires de la “sociedad del conocimiento”. Sin embargo, esta película y por ello la tengo entre mis preferidas, nos sitúa ante nuestra propia ignorancia o ante la inmoralidad de quienes rigen nuestro destino. Pero lo hace recurriendo a la ficción cinematográfica, la única manera de relatar, según parece, cómo eliminar a quienes se proponen denunciar el “obscurantismo ilustrado”.

La actual capitalización de la ciencia lleva a situaciones extremas a quienes por convicción o por obligación, deben conjugar la cotización al alza en bolsa del laboratorio con las expectativas comerciales de un producto, aunque sea a costa de las “vidas baratas” de los habitantes de terceros países, africanos en este caso.

De todos modos no conviene ignorar que, según han puesto de manifiesto algunos críticos de la película, ésta no deja de ser un más que producto de la industria cultural de Hollywood y, por tanto, podría tomarse como un panfleto más contra las multinacionales farmacéuticas. Panfleto o alegato crítico, el caso es que durante algo más de dos horas de proyección, la película nos sitúa ante un problema sobre el que cabe estar en alerta permanente.

Bien reciente tenemos el pulso de las farmacéuticas y los gobiernos por el abusivo precio del Sovaldi para los enfermos de hepatitis C y otro tanto para los de ébola. En definitiva, aunque sólo sea por las alertas que despierta esta película, vale la pena asomarse con ella a una de las cloacas del poder, no sólo cuenta el problema con garra sino que además lo hace a partir de una mirada algo acicalada. 

La cinta El jardinero fiel, producción anglogermana, llegó a las pantallas tras otra obra del mismo director, Fernando Meirelles, que había concitado los parabienes de crítica y público. Nos referimos al bronco y crudo retrato social dibujado en el film la Ciudad de Dios (2002). Llamó la atención el modo tan ágil y ajeno a las concesiones de representar la vida en las favelas brasileñas. A través de un aficionado a la fotografía, vemos cómo las pandillas se acribillan a balazos entre ellos, nadie se salva. Y es que el magma de la pobreza no permite salir a los habitantes del círculo infernal de drogas, odio, pobreza, violencia y muerte. La película no da pie para la esperanza, pero lo narra de una forma nueva y hasta provocativa. El acierto creativo de estas películas no le acompañó a Meirelles en las siguientes como A ciegas (2008) o en 360. Juego de destinos (2011).

Tras el éxito de Ciudad de Dios, el director lleva a la gran pantalla la adaptación de la novela de Le Carré El jardinero fiel. Algunos analistas ponen en cuestión la fidelidad de la adaptación a una novela con más de 600 páginas, lo que no le privó de alcanzar el éxito de ventas. Desde luego que aquí no nos vamos a detener en disquisiciones relativas a la adaptación de la obra homónima, entendemos que la película es una creación diferente en muchos aspectos. Los guionistas han de tener libertad de criterio para articular el relato con énfasis distintos y variando la implicación de los protagonistas que le dan vida. Ni el novelista ni Fernando Meirelles perdieron de vista la figura de la activista que, en la vida real, fue asesinada poco antes de que Le Carré presentara al público la novela El jardinero fiel dedicada a ella.

No me cabe la menor duda que la película es un alegato contra el poder desplegado por las industrias farmacéuticas. Poder visible tanto en los países desarrollados como en los que no lo están tanto, que es en los que se localizan los espectaculares escenarios naturales en los que transcurren buena parte de las peripecias de la película. Lo que pasa es que en esos terceros países las multinacionales del medicamento ni siquiera respetan la vida de los seres humanos. Las pruebas clínicas de un determinado laboratorio, según la película, se hacen fuera de todo control, saltándose los protocolos establecidos por los organismos internacionales.

En concreto la trama se teje a partir de las actuaciones del laboratorio KVH que produce la Dypraxa, medicamento contra la tuberculosis, y la auditora Tres-Abejas responsable de evaluar el potencial terapéutico y los efectos secundarios en los pacientes que tomaban esa medicación (su eslogan comercial es el cínico “Trabajando por la salud de África”). Pero los resultados de esta evaluación no podían ser malos, porque entonces caería el valor en bolsa de la compañía y para amañarlos, cuentan con la connivencia de ciertos poderes del estado.

La joven e idealista Tessa, magníficamente interpretada por una habitual del director, Rachel Weisz, quien recibió un Óscar, se propone nada más y nada menos, documentar y denunciar este entramado de corrupción que estaba provocando muertes y malformaciones entre una población indefensa. Tan noble propósito de la activista no merece otra respuesta que dos tiros en uno de sus viajes a la zona keniata en la que se estaba probando la Dypraxa. Y cuando Justin (interpretado por Ralph Fiennes), su marido, se queda viudo, entonces retoma la tarea titánica de averiguar por qué asesinaron a su mujer y quiénes lo ordenaron.

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Fernando Meirelles articula la narración de la historia de Tessa y su marido a partir de una serie de dualidades. Para empezar él es un flemático diplomático inglés aficionado a la jardinería, mientra que ella es muy inquieta y vital. En los exteriores aparecen espacios abiertos llenos de luz y de una luz cálida (Kenia y Sudán), mientras que en los espacios cerrados, la mayoría localizados en aeropuertos y oficinas de gobierno o de los laboratorios, son oscuros (Londres, Berlín). En el interior prevalecen los grises de los acristalados y sin profundidad, y en el exterior los colores luminosos (sensacional la escena final en la que Justin pierde su mirada en el horizonte). En estos escenarios se desenvuelven los personajes como ensartados en una serie de imponderables que les hacen actuar como lo hacen.

El relato se decanta por las peripecias amorosas de la protagonista con los personajes masculinos, pero sólo como excusa para alcanzar sus objetivos. Al otro lado está lo superestructural, lo que apabulla a los individuos y al que sólo la protagonista y su intérprete hacen frente. Es, por tanto, una dualidad tramposa en la medida que condena al fracaso a los protagonistas. Otra dualidad es la que Meirelles nos plantea entre los países donde investigan las industrias farmacéuticas y los territorios pobres donde experimentan los medicamentos.

A partir de un montaje rápido, a veces con planos muy cortos, emerge un relato que atrapa y fija nuestra atención sobre las peripecias de los personajes. Los efectos, en ocasiones de gran belleza, como la música (portentosa la aportación de la música de Alberto Iglesias por la que recibió una nominación al Óscar), los escenarios naturales o la precipitación de algunas escenas, nunca llegan a desviar la atención del relato principal. Es lo que algunos han clasificado como postmoderno. Aparece construido a partir de un montaje ágil, con planos cortos, unas veces para remarcar el peso de los recuerdos de la pasión vivida y en otros para remarcar los nexos del relato.

Más allá de la posición que adoptemos ante el postmodernismo de esta película, por si la estética de la narración contemporiza o denuncia los abusos del capitalismo del medicamento, lo cierto es que no necesariamente se ha de adoptar una estética feísta para abordar el análisis crítico sobre la operativa de la industria farmacéutica. En esta ocasión la cuidadísima fotografía, montaje, banda sonora y escenarios naturales, sirven para entrelazar dos historias: la pasión amorosa entre Tessa y Justin, algo inverosímil, pero los dos implicados en denunciar las prácticas corruptas de la mentada industria.

Respecto a esta forma de contar de Fernando Meirelles, me resultó especialmente llamativa esa escena final en la que, ante el ataque feroz de una tribu a un poblado, el avión trata de evacuar al personal colaborador. Justin sube con un médico cooperante y un niño que el piloto se niega a trasladar. El médico conoce de primera mano lo que está pasando con los ensayos de medicamentos, incluso conocía a Tessa (es el personaje, breve pero intenso, interpretado magistralmente por Pete Postlethwaite, protagonista de En el nombre del padre, 1993).

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Llegamos así a una de las escenas más impactantes de la película. Al fondo del plano vemos que el avión trata de remontar el vuelo, mientras en primer plano se queda un niño, mirando hacia el avión y sujetando con una cuerda un perro también de pocos días. Todo esto sucede ante la vista del espectador, fuera de campo el poblado del que provienen ambos está siendo arrasado por los violentos guerrilleros. El perro y el niño, quietos en tierra, viendo alejarse al avión, los sabemos definitivamente condenados al peor de los finales.

Tal como hemos comentado más arriba, el problema no es tanto la disputa entre la pasión amorosa y el poder de un ser corrupto, sino la trama compleja en la que se ven atrapados los dos personajes. Trama que está muy por encima de ellos dos, porque afecta a los cuerpos diplomáticos, a los sistemas de salud, a la connivencia entre los poderes del estado y los de las grandes corporaciones industriales.

Frente a esto no vale, únicamente, el esfuerzo agónico de una joven concienciada y dispuesta a denunciar al todopoderoso poder de unas multinacionales. Tampoco la sobreactuación del diplomático Justin cuando ya es viudo, por seguir con la labor de denuncia de Tessa. Sin embargo, la representación en la gran pantalla sí puede tener ese efecto de contagio de conciencia entre los espectadores, porque es una función propia de un producto cultural como el film El jardinero fiel.

A modo de consideración final es preciso reconocer que la temática de la película no es ninguna novedad, algunas otras lo han hecho (Michael Clayton, 2007; el documental producido por una ONG titulado El medicamento, un derecho secuestrado, 2011; o Diamantes de sangre, 2006).

Sin embargo, en ésta hay un plus en el análisis del problema, además de un despliegue de recursos narrativos para exponerlos. Y tal vez en este “exceso creativo” sea de donde fluyen algunos argumentos críticos hacia la película. ¿Es pertinente para el tema tratado? ¿No será una forma de dejar en un segundo plano el asunto que verdaderamente importa? ¿Cómo tras salir de ver esta película podemos hacer algo para que no se siga abusando de los desprotegidos?

Escribe Ángel San Martín

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