El desafío: Frost contra Nixon (2008) de Ron Howard

  13 Junio 2015

El honor restaurado de Richard Nixon

frost-contra-nixon-0La entrevista como género periodístico es el embalaje tanto formal como de contenido al que se atiene la estructura narrativa de este filme. Dado el calibre histórico del personaje entrevistado, el ex-presidente Richard Nixon, el formato de indagación dialogística se convierte en una alegoría pugilística, en un gran combate, entre el anhelo de “verdad” que persigue el periodista y el espíritu de auto-reivindicación disculpatoria que anhela el político.

Este cauce genérico se articula en dos niveles. Por un lado, la exposición de los elementos preparatorios de la entrevista en sí: los esfuerzos del periodista por lograr que Nixon se avenga a ser entrevistado y las dificultades que deben ser superadas, a la par que las precauciones que adopta el entrevistado para salir bien parado de dicha empresa; por otro, insertado a lo largo del apartado anterior, se muestra un reportaje-documental realizado a los principales ayudantes en la preparación del duelo televisivo, a modo de declaraciones personales sobre cuál fue su opinión sobre el resultado de la famosa entrevista, su grado de participación en la confección de la misma y su valoración personal. Este apartado puntea el desarrollo de la trama argumental y permite que sea enjuiciada simultáneamente en su propio discurrir por los protagonistas del evento.

Sin embargo, este molde genérico es un mero pretexto que envuelve el aspecto nuclear en el que se sustenta el guión: indagar en la vertiente humana, en las motivaciones personales que han movido a ambos contrincantes a generar y aceptar, respectivamente, el combate, lo cual da pie a un análisis “psicológico” de sus personalidades, a entablar una relación de cierta “camaradería” debido al paralelismo vital sobre el que se han edificado sus vidas: ambos comparten unos mismos orígenes humildes; ambos han tenido que superar el sentirse menospreciados por la casta dirigente del estamento al que han aspirado a insertarse; ambos, en el fondo de su corazón, sienten su propia soledad  en medio del entorno que los rodea. Por supuesto, en estas confesiones pseudo-psicoanalíticas Nixon actúa como el padre-médico, la voz de la experiencia, y Frost asiente con un silencio estupefacto a las enseñanzas del maestro.

Así pues, la verdadera batalla proviene del enfrentamiento entre dos animales depredadores en sus respectivos ecosistemas: un animal político, herido y derrotado, que alberga la esperanza de resarcirse del tormento que ha vivido, que se siente injustamente tratado por la Historia, que no alcanza a comprender en su fuero interno el por qué de su castigo; frente a un animal mediático, un lince que percibe con total lucidez cuáles son los nuevos parámetros que van a dominar el mundo de la información, que intuye que los índices de audiencia serán el nuevo mecanismo de legitimación informativa en un mundo en el que la imagen se ha enseñoreado de todos los resortes del poder, la imagen es el poder, pero que no ha conseguido todavía que le sea reconocido su prestigio profesional por dedicarse a géneros de entretenimiento televisivos infravolarados y que crea la oportunidad, mediante la entrevista con Nixon, de lograr un puesto de honor y gloria que le es negado sistemáticamente.

El provecho que ambos pretenden extraer de esta pugna conllevará la total derrota de uno de los contendientes. Obviamente, el perdedor, de nuevo, será Nixon, que ha proyectado en el joven Frost todas las cualidades que se le atribuyeron al joven Kennedy en el famoso debate televisivo de ambos candidatos presidenciales: guapo, de ojos azules, fotogénico…

La película es la constatación de que el medio es el mensaje, de que la solidez intelectual de Nixon no tiene nada que hacer frente a los nuevos tiempos mediáticos. El frívolo, superficial, joven, guapo Frost-Kennedy vence al consistente, pétreo, denso Nixon. Por muchas precauciones que éste haya adoptado, aunque intente desquitarse intentado controlar los mecanismos del medio que lo ha derrotado, su esencia no se acopla al nuevo formato. No obstante, lucha dignamente y está a punto de salir airoso, pero paradójicamente, cuando Frost asume las armas de su oponente (trabajo, preparación, “profundidad”) e incluso una convicción de periodista de raza, de la que ha carecido, que busca denodadamente hallar la “verdad”, es entonces cuando consigue doblegar a su adversario y hacerle decir lo indecible, aquello que el pueblo americano no admite: la mentira, el uso fraudulento de los resortes del poder en beneficio propio.

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Este momento cumbre decepciona dramática y argumentalmente, aunque no desentona de la modulación general de la película. No estamos ante un cine político, ni de indagación periodística, sino ante la rehabilitación personal, subjetiva de una persona; no se puede conceder la rehabilitación política a Nixon, imposible, sería cargarse el sistema, pero sí que se le concede su rehabilitación moral, aunque pueda resultar contradictorio, y no lo es, puesto que la “humanización” del político abyecto Nixon es el fin que ha perseguido el director Ron Howard. Nixon es persona: sufre, padece, y nosotros, ahora, somos capaces de concederle el perdón en su faceta privada, nuestra generosidad como americanos lo absuelve de sus pecados.

Para conseguir esa absolución, el político Nixon ha reconocido sus errores, ha decidido poner fin, pública e interiormente, a su carrera política; asume convertirse en un jubilado dedicado a jugar al golf apaciblemente: ya no es un oso herido, giboso moralmente, puede enderezarse gracias a la asunción de sus errores y al perdón que le otorgamos.

La reflexión sobre el poder de la televisión como medio de comunicación de masas imbatible es constante a lo largo de la película. De hecho, esta representación cronológica de los años 70 muestra la entronización de la imagen como ley validadora y legitimadora de los discursos, es decir, su conversión en poder. No en vano el apodo de Nixon fue “Dirty Dick”, deudor del famoso “Dirty Harry” que Don Siegel otorgó a Clint Eastwood. La película revisita los convulsos años 70 norteamericanos, incluso texturiza la imagen para lograr ese granulado propio de la televisión de aquella época.

No es un ajuste de cuentas con el presidente de aquel turbulento periodo, al que se le concede árnica y perdón, sino con los propios EEUU setenteros, con sus contradicciones y anhelos de libertad. La época de la derrota en Vietnam y el inicio de un “rearme moral” que fructificaría con la victoria de Reagan en 1980. La etapa en la que surgió toda una generación de cineastas y actores que dominarían la industria cinematográfica posterior a pesar de sus rebeldes inicios (Coppola, Scorsese, Cimino, Allen, pero también Lucas, Spielberg, Pacino, De Niro, Hoffman…).

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Ron Howard renuncia a profundizar en ese malestar moral de los 70; rehabilita cinematográficamente al hombre Nixon y ofrece a Frank Langella la oportunidad de “vampirizar” con su actuación a todo aquello que se le ponga por delante.

Perjudica a la película el intentar reporterizar mediante la imitación del estilo televisivo algunas secuencias de la preparación de la entrevista, sobre todo las centradas en el bando de Frost. No consigue dotarlas de mayor “realismo” por utilizar este mecanismo.

La explicitud de la metáfora entre apariencia-imagen frente a esencia-profundidad la remarca con el motivo de los zapatos: Nixon utiliza unos zapatos clásicos atados con cordones; Frost, unos mocasines de diseño italianos, “afeminados”. Al final, Frost le regala a Nixon un par de este tipo de zapatos. Es ontológicamente imposible que Nixon se los pueda calzar; pero eso sí, se clausura el filme mientras los ¿admira-desprecia?

Resulta curioso que tres de los filmes con más posibilidades de conseguir los premios de la Academia de Hollywood en 2008 fueran tres “revisitaciones” de tres décadas de la historia reciente de los EEUU: Revolutionary Road revisita los 50 a través de la desintegración anímica de una pareja en apariencia ideal; La duda evidencia la lucha ideológica que subyace bajo una inocencia (perdida) en los 60; El desafío propone la rehabilitación humana de la bestia negra presidencial de los 70, de la mancha política origen de los diversos gates posteriores (Irangate, Clintongate…).

Crisis? What crisis?

Escribe Juan Ramón Gabriel

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