El Padrino, parte III (1990) de Francis Ford Coppola

  06 Junio 2015

La corrupción familiar

el-padrino-3-1El Padrino, parte III representa la culminación en el ascenso hacia el poder de la familia Andolini-Corleone, así como su correlato objetivo: la caída y consiguiente pérdida del mismo. Tal concepción del poder se ampara en una visión realista, cuyos orígenes se remontan a Tucídedes (La guerra del Peloponeso) y cuya teoría ha sido desgranada por diversos autores (Maquiavelo, Hobbes, Nietzsche): la consecución del poder como el móvil básico en el que se fundamenta la naturaleza humana.

No obstante, dicha aspiración no responde a un impulso individual, sino que, desde una tradición arcaica, casi mítica, se sustenta en un bien común, en una proyección de destino atribuida a un pueblo, a una nación o a una familia. La familia Corleone adquiere, pues, en su constitución y desenvolvimiento, los ropajes propios de la tragedia clásica; se desenvuelve entre los hilos fatales que constituyen la maldición del solar de los Atridas y de la casa de Tebas, pilares temáticos arcaicos que nutrirán las obras de Esquilo, Sófocles, Eurípides… y del tándem Puzo-Coppola.

En paralelo con el anhelo, con la ambición de poder, discurre su Némesis, su maldición asociada: la muerte y la corrupción, tanto físicas como, sobre todo, morales. La pugna perenne por controlar los resortes del dominio conllevan un desgaste inmisericorde, una erosión anímica que, indefectiblemente, roe los principios éticos que han legitimado el asalto a los cielos. Al fin y al cabo, los Corleone son originarios de Sicilia, de la Magna Grecia, del lugar en donde se fraguó la retórica para defenderse de los abusos de los tiranos de Siracusa, a los cuales Platón se ofreció como intelectual… órganico. Y como muy bien afirma el personaje de Lucchesi —alter ego indisimulado del maquiavélico político italiano Giulio Andreotti—, en El Padrino, parte III, a través de una frase apócrifa y famosa, “el poder sólo desgasta a quien no lo tiene”.

La fatalidad intrínseca de la dramaturgia trágica, así como su estructura circular, cíclica, conforman el armazón de la saga de la trilogía los Corleone, desde sus orígenes hasta su conclusión, desde el nacimiento hasta la muerte, en un recorrido espacial boomerang, de ida y vuelta —entre Sicilia y los EEUU— símbolo del eterno retorno en el que está apresado todo hombre y su progenie. De ahí que la repetición mediante una estructura paralelística sostenga el armazón narrativo.

Diversas secuencias y escenas se muestran a lo largo del tiempo, mediante la liturgia católica, mediante los ritos y ceremonias sacramentales: el bautizo del hijo de Connie y de Carlo en El Padrino, del cual será padrino el propio Michael; la comunión de Anthony, el hijo de Michael, en la fiesta junto al Lago Tahoe, en El Padrino, parte II, fiesta que remite a la celebración del banquete nupcial de Connie y de Carlo con que se inicia El Padrino, simétrico al inicio de El Padrino, parte III, con la ceremonia de beatificación de Michael Corelone como comendador de la Orden de San Sebastián (sí, el mártir asaetado, como mártir de la causa familiar es el propio Michael-Miguel, nombre del arcángel jefe de los ejércitos de Yahvé, reverso del demonio en que se transformará por necesidad); la boda del joven Michael Corleone con Apollonia en Sicilia, única ceremonia que transcurre en la heredad genesíaca, que se atiene a todos los ritos y tradiciones propios del noviazgo siciliano, en una secuencia simétrica del ritual irlandés de El hombre tranquilo, de John Ford —mientras que la boda de Michael con Kay, en EEUU, se nos hurta—; el entierro y velatorio de los padres fundadores de la dinastía, de Vito Andolini y de su esposa, en la parte I y II, respectivamente. En la parte I servirá como desencadenante de la venganza de Michael, previa a su entronización como nuevo Don; en la parte II, la muerte de la madre supone la desaparición del dique de contención para volver a ejecutar su acto vengativo, en este caso sobre su propio hermano Fredo.

Así pues, se constituye todo un tapiz de relaciones familiares que urden el entramado afectivo, que sueldan la espina dorsal que sostiene la diégesis narrativa y dramática del guión, en el que el poder es una excusa, un mcguffin que debe preservar la unidad familiar, verdadera columna sustentadora de la condición humana, de lo esencialmente articulador de la base social desde los remotos tiempos ancestrales de la tragedia griega.

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La famiglia

La preservación de la unidad familiar frente a los peligros que acechan en el mundo circundante es el leit-motiv que arguyen todos los padrinos para justificar sus decisiones y para legitimar sus más atroces actos criminales. En el fondo, una especie de razón de Estado que se sobrepone al derecho, a la justicia, a la ley de los hombres, todos ellas imperfectas en tanto en cuanto son incapaces de regular esos instintos básicos que anidan en lo más recóndito de la naturaleza humana y que los diferentes Dones, por su perspicacia y su función mesiánica, por su instinto de supervivencia casi darwinista, saben detectar en las fieras que rondan su ámbito familiar.

Necesito el poder para preservar a la familia” le espeta el bastardo Vincent (Andy García) al Don, Michael Corleone (Al Pacino) cuando éste le encarga la defensa del núcleo familiar. Por consiguiente, Michael cederá el testigo a su sobrino ilegítimo, que desde ese momento se reintegrará por derecho propio y natural en la famiglia.

De igual modo, el patriarca Vito inicia su carrera criminal en las calles de la cocina del infierno de Nueva York para defender el bienestar de su incipiente familia. Su condición de trabajador legal y honrado como dependiente en la tienda de ultramarinos se ve amenazada cuando el capo local, Fanucci, le arrebate su puesto de trabajo para colocar a su sobrino. A partir de este gesto, Fanucci será hombre muerto, pues su poder entra en conflicto con los intereses del joven Vito, que no está dispuesto a que su familia atraviese penalidades; a someterse a los mismos parámetros que regían en la oriunda Sicilia, y que le costaron la vida a su padre, a su madre y a su hermano, provocando su orfandad, situación que no  piensa revivir de ningún modo.

El sostenimiento del núcleo familiar fundado en la nueva tierra de promisión, la consecución de unas buenas condiciones materiales, de un buen nivel de vida, serán la divisa moral que guíe la actuación de Don Vito Corleone.

La legitimación familiar

De hecho, la única legitimación moral válida, en último extremo, para el ejercicio del poder —criminal— será el sostenimiento de la unidad familiar. Sin la fuerza atávica, primigenia, que otorga la matriz afectiva y natural, sanguínea, no hay posibilidad de éxito, de triunfo, en un contexto hostil y nuevo, que funda la modernidad en el individuo frente a los derechos colectivos de la tribu; unos EEUU tan generosos en su acogida como antitéticos con la tradición secular siciliana.

Cuando Bonasera, el funerario, le pida a Vito Corleone que instaure justicia de verdad, frente al oprobio que ha sufrido su hija, a la pérdida del honor ante un intento de violación, y que la justicia americana no ha restituido como él considera que se merecería con un castigo ejemplar a los culpables, aquél le recrimina el abandono del redil siciliano. Tal era el deseo de integración en el nuevo mundo, que Bonasera quiso cortar lazos con sus congéneres, más cuando éstos se convierten en famiglia. El único requisito que le exige Don Vito es que le vuelva a profesar respeto, a él y a su mujer, madrina de la hija ultrajada. Por supuesto, Bonasera aceptará y servilmente pedirá perdón, al tiempo que besa la mano del padrino.

Consciente de que la familia lo es todo, Vito Corleone exigirá una moral intachable, de base cristiana, a sus vástagos. Vito es un hombre parco de palabras, lacónico y austero, valores que heredará su hijo Michael, razón por la cual devendrá heredero natural y legítimo del cetro familiar. El resto de los hijos sucumbirá en la dialéctica tradición-modernidad a la que se ven confrontados.

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La dialéctica tradición-modernidad

El tema de la inmigración y posterior aculturación en un nuevo país se desenvuelve en paralelo al tema familiar. En cierto modo, se asiste a un proceso de desintegración familiar auspiciado por la emigración, al modo de Rocco y sus hermanos, de Visconti. Como en la tragedia, el destino persigue a los Corleone.

La llegada al nuevo mundo no significa la superación de las taras originarias. Los modos mafiosos sicilianos también se han exportado a los EEUU: el antiguo régimen convive con la democracia, se expande por los intersticios de la legalidad, pues son los hombres quienes instituyen los sistemas de gobierno y los sicilianos también han exportado a su país de acogida los vicios innatos a su condición humana.

La semilla del crimen también germinará en la nueva tierra, incluso con más ahínco por su carácter virginal y su potencial fertilidad. La dureza y la firmeza de la moral siciliana también deberán exportarse, mantener viva su llama. Vito, sabedor de ello, contrapone los valores de la austeridad siciliana a los cantos de sirena propiciados por su país de acogida. Los hijos, en cambio, sucumbirán. Ni Santino ni Fredo ni Connie conseguirán fundar unas familias sólidas, como el patriarca, debido a sus pecados: infidelidad, divorcios, traiciones, debilidad, lujuria, desnaturalización afectiva, etc. Es decir, se dejan permear por la nueva moral americana.

Michael, no. Siendo el hijo que, en principio, se rebela contra la llamada de la sangre, contra el atávico y ancestral modo de vida originario, fatalmente acabará convertido en el guardián de las esencias. En la coda de El Padrino, parte II, hay una reunión familiar para celebrar el cumpleaños de Don Vito. El ataque japonés a Pearl-Harbor acaba de producirse. Se entabla una discusión en la que Michael comunica que ha dejado la universidad y que se ha enrolado en el ejército. Tal decisión provoca la ira de Sonny, que lo insulta. Michael antepone el servicio a la patria, algo extraño, frente a la pertenencia y a los lazos de sangre, prevalentes para el resto de la familia. Michael quiere ser un ciudadano, quiere ser un americano.

Los posteriores acontecimientos frustrarán sus planes. Cuando en El Padrino, parte III intenta reconciliarse con Kay, justifica su decisión de abandonar sus sueños y dedicarse al negocio familiar por la necesidad de salvar a su padre (por extensión, a la familia), por la llamada de esa sangre de la que quiso abjurar y a la que, trágicamente, se siente vinculado. Cuando asuma la condición de Don, Michael exhibirá la fe del converso, siendo más severo en el cumplimiento de las obligaciones morales y en la defensa a ultranza del núcleo familiar que su propio padre. En el Padrino, parte II, cuando Kay le explicite que su aborto no fue natural, sino provocado para no engendrar un potencial asesino, Michael desatará toda su ira siciliana, todo furor por la humillación (y el crimen) que se le ha inflingido, abofeteando a Kay y expulsándola de la familia, despojándola de aquello que más quiere: sus hijos.

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La doble corrupción

Para hacer frente a la corrupción del mundo, el Don necesita extirpar y alejar de sí y de los suyos cualquier atisbo de corrupción interna, de flaqueza  familiar. El mayor pecado que puede cometer un miembro de la famiglia, tanto natural como político, es la traición, pues ello supone la debilidad, el peligro de extinción del clan.

La corrupción moral de Sonny (su priapismo, su lujuria) será la causa que justifique su desaparición, siendo el elemento desencadenante el acto de felonía cometido por su cuñado Carlo, harto de que Sonny se entrometa en su matrimonio, defendiendo a Connie, su hermana, de los malos tratos a los que la somete según su potestad de marido y jefe familiar.

La debilidad y falta de espíritu de Fredo, su incapacidad de defender a su padre del atentado que sufre el día de Nochebuena; su casamiento con una americana desvergonzada  que lo ridiculiza constantemente no sólo a él, sino a la familia, lo orillan por parte del nuevo don, Michael, motivo por el cual, al sentirse postergado aun siendo mayor que Michael, traicionará a su propio hermano, traición que le acarreará la muerte, pues Michael ni olvida ni perdona, consciente de que no se puede permitir ningún signo no ya de debilidad, sino de clemencia.

Connie será la primera damnificada por la terrible actuación de Michael. Su marido será ejecutado por haber traicionado a la familia. Este hecho, su sobrevenida condición de viuda por la decisión de su propio hermano, la inducirá a abandonar a sus hijos y al núcleo familiar, sumiéndose en una vida disoluta y de disipación. Finalmente, se arrepentirá y pedirá perdón a su hermano, al cual le reconocerá el respeto que se merece como nuevo Don, convirtiéndose desde ese momento en el único sostén afectivo de su hermano, desempeñando el doble papel de esposa y consejera.

También el antiguo ayudante de su padre, Tessio, sufrirá la tentación y traicionará a la familia, lo cual le costará a vida, frente a la fidelidad que muestra Clemenza. Incluso Frank Pentangeli, que ha heredado la antigua casa familiar en Nueva York, se convertirá en un peón en el duelo que entabla Michael con Hyman Roth (Lee Strassberg, el maestro del método) en El Padrino, parte II, peón que será sacrificado por su intento de traición a Michael, aunque Pentangeli haya sido engañado para delatarlo, en una secuencia calcada de la primera parte, cuando se asesina a Luca Brasi, en un ejemplo más de los múltiples que dibujan la estructura paralelística argumental de toda la trilogía.

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La corrupción externa. Los enemigos del Don

El guión sabe perfilar muy sibilinamente la excepcionalidad mafiosa de los Corleone, a saber, sus crímenes siempre responden a unos actos defensivos, a una respuesta graduada para contrarrestar la ambición desmedida y amoral de sus enemigos, verdaderos artífices y responsables de entrometerse y asediar el feudo de los Corleone.

Vito Andolini debe abandonar Sicilia porque Don Ciccio ha asesinado a su padre, a su hermano y, en su presencia, a su propia madre, que ha ido a suplicarle que permita vivir al niño Vito. Su emigración responde a un anhelo de supervivencia. No obstante, Vito Andolini regresará a Sicilia para vengarse del hombre que lo convirtió en huérfano. Y se vengará salvajemente, abriéndole el vientre en canal como a un cerdo, a pesar de la edad provecta del homicida don Ciccio.

Vito hereda el ultraje cometido a su familia, la obligación de vengar tal crimen. Su bautismo de fuego no será en Sicilia, sino en Nueva York, cuando asesine a Fanucci en El Padrino, parte II, en una secuencia que pálidamente se calcará en El Padrino, parte III, cuando Vincent acabe con la vida de Joey Zasa en plena calle, en medio de una procesión. A partir de entonces una espiral de violencia infinita se ha puesto en marcha, una vorágine de consecutivas venganzas que diezmará, paulatinamente, a los Corleone.

Su preeminencia con respecto a sus enemigos mafiosos, a sus iguales, viene dada por una especie de superioridad moral: los Corleone sólo explotan los pecados veniales (juego, prostitutas), los vicios inherentes a la condición humana, a las debilidades del hombre, pero son renuentes a los estupefacientes, a los narcóticos, verdaderos paraísos artificiales de la modernidad que rechazan por degradantes, cuyo comercio es propio de los negros y de los latinos, a todas luces inferiores a los católicos apostólicos italianos, mejor, sicilianos. Resulta inverosímil esta negativa al tráfico de drogas, tan increíble como legitimadora de la moral diegética.

En El Padrino, Sollozo, apodado el Turco, desencadena el conflicto cuando ofrece a don Vito Corleone un suculento negocio con… las drogas, negocio que el Don amistosamente rechaza. El Turco se alía con los Tataglia, detrás de los cuales se encuentra Barzini, verdadero urdidor de la trama. Los enemigos son italianos, sus propios paisanos.

En El Padrino, parte II, el enemigo es el mencionado Hyman Roth, un judío perteneciente a la generación de Vito y con el cual Michael entabla una endiablada partida de ajedrez criminal, de la que el joven don Corleone resultará victorioso, a costa de un precio muy elevado: la comisión de un crimen de sangre, de un parricidio efectuado sobre su propio hermano Fredo. Este fratricidio condenará a Michael y lo perseguirá en sus más profundos pesadillas. Don Vito nunca se manchó de sangre propia; Michael, sí. Tal crimen acarreará pagar con su propia sangre, con la de su hija Mary, el fratricidio cometido. Mary se convierte en una Ifigenia inocente, sacrificada en el altar como un chivo expiatorio que pagará los pecados de su padre.

Finalmente, en El Padrino, parte III, don Altobello, un viejo siciliano de la generación de don Vito, será el enemigo-traidor al que deberá enfrentarse Michael. El enemigo vuelve a ser siciliano, incluso es el padrino de Connie, con lo cual la lucha será más encarnizada y el precio del triunfo más caro: la vida de la inocente Mary. El tributo, el sacrificio tendrá lugar en Sicilia, en una especie de regreso al hogar, a Ítaca, que permita purificar el alma atormentada de Michael, al mismo tiempo que lo arrostra al inicio: a contemplar el pútrido seno territorial donde se originó la familia y donde se extinguirá, pues la corrupción sigue siendo el mayor sembrado de la isla y sus propios habitantes, sus mejores cultivadores.

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La corrupción innata

Si la liturgia y el ceremonial religioso eran el atrezzo externo, barroco, de que se revestía el poder de la familia para disimular sus verdaderas esencias, la Iglesia Católica se erigía como la fuente legitimadora que preserva la fe-moral de los Corleone. Una fe tradicional, arraigada en lo más profundo de la tierra siciliana, anterior a los aires renovadores del Concilio Vaticano II. Al fin y al cabo el rey es rey por designio divino, igual que el don es don por designio de su fuerza.

Cuando un exhausto y ahíto Michael Corleone decida apartarse de la primera línea de fuego, amén de seguir actualizando sus mecanismos de poder para poder ejercerlo más intensamente, se procederá a una purificación interna y externa, a un lavado de imagen de la figura del don y de sus negocios. ¡Qué mejor elemento purificador que el agua bendita que hisopa el Vaticano, administrador en la mundana Tierra de las bendiciones inmateriales del Cielo!

Michael urdirá un plan para desprenderse de la pesada losa de su pasado criminal al tiempo que le servirá para blanquear su opaco capital. El don considera que puede comprar una bula papal, como antiguamente, con la que dar una pátina de brillo y esplendor a su difamado blasón familiar. Sin embargo, el Vaticano se mostrará como un discípulo aventajado de los modos y las prácticas mafiosas, pues al fin y al cabo más que de un alumno se trata de un verdadero maestro en el arte de los negocios, dado su inveterada experiencia desde la proclamación de religión oficial del imperio romano.

Aprovechándose de los hechos históricos acaecidos a finales de los años setenta y del corto papado del que disfrutó Juan Pablo II, los guionistas de El Padrino, parte III edifican un relato de política-ficción en el que Michael desempeña el papel de aprendiz de brujo. Huyendo de la estela escandalosa que ha desplegado en los EEUU, regresa a sus orígenes, a la génesis del clan familiar para comprobar in situ que nada ha cambiado, que todo sigue igual en la Sicila oriunda, donde la Mafia está engastada en los aparatos del propio gobierno y en los entresijos del mismísimo Vaticano.

Para los Corleone no hay escapatoria: Michael nunca podrá desprenderse de la pesada carga de su condición mafiosa, criminal, pues la sociedad civil que debería velar por el cumplimiento de la ley y la limpieza de las reglas del juego económico están trufadas de corrupción, siendo los políticos los mayores capos. La figura insobornable del nuevo pontífice no tiene cabida en un contexto degradado, Su excelencia será eliminado, cual un obstáculo más, por el entramado criminal que rige los destinos de Sicilia, del Vaticano, de Italia y, por extensión del universo entero. No hay salvación. No hay pacto. No hay tregua. La guerra es constante; la lucha, continua.

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Michael Corleone: el frustrado mesías redentor.

En su fuero interno, don Vito alberga la esperanza de que la aculturación total de Michael por el modo de vida norteamericano sea provechosa para sus intereses. El don conoce que los nuevos tiempos necesitan de nuevos hombres. Él mismo ha forjado su poderío no basándose en la fuerza bruta, sino tejiendo toda una serie de hilos tentaculares con los verdaderos ostentadores del poder moderno: jueces, policía, senadores, políticos…, todos ellos elegidos democráticamente.

Michael ha de ser uno de ellos para que la familia se fortalezca y siga detentando el lugar privilegiado que ocupa. El propio Michael aborrece todo el entramado de los negocios familiares. En la boda de Connie, no habrá foto familiar hasta que no llegue Michael. Michael arrastrará a esa foto a su novia americana, Kay (Diane Keaton). De igual modo, en El Padrino, parte III, Michael arrastrará a la foto familiar al sobrino bastardo, al hijo ilegítimo de Sonny, en un anticipo de su reconocimiento y de su legitimación.

Pero la fuerza del destino, de la sangre echará por tierra tanto los planes de Michael como los de don Vito. Michael tendrá que hacerse cargo de las riendas de la familia. Al igual que su padre, su bautismo de fuego responderá a un acto defensivo, de supervivencia: ha de salvar la vida de su padre y, por extensión, la de la familia, de un ataque externo.

Su extrema frialdad, su autocontrol y su recóndito instinto de venganza siciliano, soterrado hasta que ha contemplado inerme y malherido a su padre en el hospital, surgen con todo el criminal furor. El precio que ha de pagar Michael será muy caro: la muerte de su primera mujer, Apollonia, una siciliana antitética al modelo norteamericano protestante que representa Kay, tanto moral como físicamente y cuya unión representaba una religación con la tierra de sus mayores, un renovado pacto con lo arcaico y lo ancestral. La enemistad y animadversión de su hermana Connie, a cuyo marido ejecutará por traidor. Afortunadamente, Connie lo perdonará.

El asesinato de su propio hermano Fredo: su bajada a lo más profundo y oscuro de los abismos de la condición humana; su quiebra moral, su fractura interior. El divorcio de su segunda mujer: la ruptura de su familia, único bien por el que ha estado luchando y por el que ha sacrificado su vida. Finalmente, la pérdida de su hija, su báculo en mitad de las inclemencias vitales, su bálsamo y su consuelo. El redentor se ha convertido en un demonio temible, al que sus seres más queridos han orillado, a excepción de la inocente María-Mary.

Michael somatiza todo el dolor y el resentimiento que lo corroe interiormente. Físicamente, ha devenido una especie de Ricardo III. En su cuerpo se traslucen todas las cicatrices de su alma en su imparable ascenso hacia el poder. El halo trágico de la Orestíada esquilea se enseñorea de la narración. Las Erinias acompañarán el alma atormentada de Michael hasta su consunción física. El hálito shakespeariano del rey Lear, de la figura ambiciosa de Macbeth, de la imposibilidad del amor entre los primos carnales Vincent y Mary —nuevos Romeo y Julieta— desembocará en un final operístico, trágico. La Parca reclama su ofrenda.

La más vasta de las soledades será la única compañía de Michael en su agonía y muerte. Una soledad absoluta, en medio de la polvorienta y cruel y hermosa tierra que engendró a sus mayores, circunda su cuerpo. Los perros deambulando sobre su cadáver inerte serán sus únicos veladores. Al menos don Vito murió rodeado de cierta felicidad, en medio de un simulacro de huerto siciliano, en un jardín neoyorkino, habiéndose bebido un vaso de vino y jugando con su pequeño vástago.

La corrupción y la soledad del poder.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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