Las manos sobre la ciudad (1963) de Francesco Rosi

  05 Junio 2015

Corrupción urbanística

las-manos-sobre-la-ciudad-1El Neorrealismo italiano nació y vivió apegado a la tierra. A los escombros de la Segunda Guerra Mundial pero también, porque ahí estaban, a las resonancias de tiempos atávicos, a los rostros, a los gestos, a las miradas desencantadas de quienes no acaban de escapar nunca del pasado. El cine neorrealista los traía al presente, los hacía aparecer, daba fe de su existencia.

Su posición no era expresamente reivindicativa porque no necesitaba serlo. La mera exhibición de ese ámbito hasta entonces velado poseía tal fuerza que tornaba innecesario, redundante, cualquier atisbo de énfasis crítico. Mostrar la realidad se constituía en el acto más efectivo, a la par que elegante, que el combate político pudiera acometer.

Y luego llegaron los epígonos. La sociedad cambiaba, los cascotes se retiraban, el país se reconstruía y las conciencias requerían una agitación renovada. El paisaje neorrealista se modificaba, por mucho que sus pobladores continuasen agazapados, y los nuevos cineastas retomaban la inaplazable, siempre inaplazable tarea de hacer aflorar lo oculto, de denunciar los trasfondos que estrangulan la realidad y que, a fin de cuentas, no persiguen sino la permanencia del pasado bajo formas renovadas.

Pero ahora se requería un impulso suplementario. La nueva corriente dio en llamarse Realismo crítico, y en el nombre se percibe ya la diferencia. Lo crítico, implícito en el movimiento neorrealista, consustancial a él, inscrito en la mera noción de realidad, ha de ser explicitado, ejercido de manera deliberada para que surta su efecto.

O así al menos lo considerarán estos cineastas, ajenos a cualquier temor a una sobredosis que condujera al colapso.

Francesco Rosi es uno de los representantes más conspicuos de esta generación de directores italianos. Originario de Nápoles (el maltrecho sur) su obra va a girar casi siempre en torno a los abusos del poder y a lo insondable de sus cloacas. El suyo es un cine militante, marcado por su proximidad ideológica al Partido Comunista Italiano, una proximidad que fue más que a unas siglas (desaparecidas hace ya tiempo) a una manera de concebir la realidad.

Hablar de la corrupción en el cine requiere hablar por tanto de este director recientemente fallecido. Y entre sus obras la más específica para el tema que nos ocupa es Las manos sobre la ciudad, radiografía de la especulación inmobiliaria que, examinada hace más de cincuenta años (la obra data de 1963), sigue poseyendo una, desgraciadamente, fresca actualidad.

La historia es bien conocida. Las ciudades crecen a golpe de plan urbanístico y los terrenos que conquistan multiplican su precio. Demasiado dinero para dejarlo escapar. Las fortunas crecen y se expanden, y la honorabilidad flaquea. Los poderes públicos confunden su función y las cuentas ya no se rinden ante los ciudadanos sino ante el propio patrimonio.

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Lo político

El análisis de esta situación se estructura en la película a partir de dos líneas temáticas que corren paralelas. La más evidente podría llamarse la vertiente política del problema, y su tesis subrayaría la confluencia entre el poder y los intereses particulares de los constructores. Más aún, la subordinación de aquél, a cambio de unas migajas del banquete, al provecho de éstos.

El comienzo de la película incide directamente en esta continuidad. La repetición del discurso que hacen los constructores en boca de los políticos liga desde el primer momento ambas posiciones, y a partir de ahí el relato se dedica a explicitar sus conexiones y los esfuerzos por mantener tal situación.

Desde este planteamiento no sólo se pone en cuestión la actuación de determinados personajes, sino del sistema en su conjunto. La mirada de Rosi no se limita a señalar las imperfecciones que deben ser extirpadas para mantener la salud del conjunto, sino que arrambla con la estructura misma de ese sistema. La concepción de la película huye de individualizar a los responsables de la corrupción, y recurre de manera constante a la multitud indiferenciada y a las posiciones intercambiables de quienes dirigen el Ayuntamiento de la ciudad. Que tras las elecciones se inviertan los papeles entre el partido que gobierna y sus socios, y nada cambie, alude a la estructura misma del procedimiento democrático, y no a su periferia.

La misma planificación insiste en la indistinción entre los políticos. Las discusiones son filmadas casi siempre en planos generales que no facilitan la discriminación entre las posiciones de cada uno. Junto a ello, imágenes como la de los carteles electorales superpuestos, amontonados, abundan en esta idea.

Las elecciones planean por toda la cinta. Representan el mecanismo que asegura la permanencia del sistema de privilegios. Un trámite en el que las decisiones no las toma el pueblo sino los dirigentes de los partidos. Se trata de una democracia degenerada en la que la consulta a los ciudadanos adquiere rango de mascarada intrascendente. Comprar las voluntades de los votantes es el menor de los problemas a los que los gobernantes se enfrentan, y cuando el alcalde reparte dinero entre quienes acuden a agasajarle no yerra al identificar el verdadero funcionamiento de la democracia.

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El modo en el que Rosi presenta al pueblo, una masa amorfa, anónima, chillona y vacua, frente al cálculo de quienes la manipulan, a su actitud taimada que no deja nada al azar, da buena cuenta de cuál es el verdadero funcionamiento de la práctica democrática.

Si la esencia está así de pervertida poco cabe añadir sobre los mecanismos de control. El desesperado intento del concejal de la oposición por dar vida a la comisión de investigación llega a adquirir tintes entrañables por su ingenuidad. Las trabas van desde la apelación al orden del día o a la exclusiva competencia judicial hasta el cinismo menos sutil, el que justifica la insólita rapidez en la adjudicación de ciertas licencias urbanísticas en la eficiencia del sistema. Finalmente es la fuerza de los votos, de la mayoría, la que sepultará cualquier atisbo de verdad que en esa comisión pudiera asomar.

El papel que desempeña la oposición tampoco es heroico. La actitud del concejal de izquierdas empeñado en sacar a la luz los tejemanejes de los gobernantes personificaría la del propio director, a cuyas inclinaciones políticas ya nos hemos referido. Sin embargo ese intento no pasa de representar un mero voluntarismo. Los resultados son conocidos, y ni siquiera las denuncias de la prensa surten efecto alguno. Como dice el concejal centrista, “nosotros somos la opinión pública”.

El dilema que se le plantea al concejal honesto que no quiere seguir asumiendo un estéril papel de comparsa, el que invita a escoger entre la moral y la eficacia política, es en realidad falso, pues la eficacia que quedaría salvaguardada concurriendo de nuevo a las elecciones es más justificativa que reivindicadora. Los planos cenitales de las discusiones en el ayuntamiento, alejándose la cámara y englobando a todos los participantes, sitúan a los díscolos en el engranaje del sistema antes que en su exterior, apuntalándolo con sus disensiones antes que derribándolo.

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Lo personal

La visión social y política del problema, la que sirve de armazón sobre el que se construye la película, esconde una reflexión menos explícita sobre los mecanismos y motivaciones personales que conducen a esta situación.

Ya desde el primer momento, con la presentación de los terrenos que son objeto del interés de los especuladores, y la súbita aparición de una mano que parece apresarlos, nos señala la codicia que guía el comportamiento de los corruptos. Las imágenes de la ciudad abigarrada, casi como si estuviera empaquetada para ser engullida por quienes se han constituido en sus dueños, la sensación de ser una jaula opresiva de la que sus habitantes no pueden escapar, subraya esa visión objetual que supone, a fin de cuentas, la utilización de las personas para el propio provecho. Del mismo modo cabe entender las escenas que tienen lugar en el despacho del Eduardo Nottola. Los planos y fotografías de la ciudad que cubren sus paredes ejercen la función de cuadros de una colección particular que se muestran con orgullo a las visitas.

Ante esta ambición desmedida no cabe la más mínima concesión a ningún sentimiento de carácter compasivo. Cuando el edificio se derrumba las víctimas causadas no entran en el debate si no es como obstáculos a la continuación del negocio. Y cuando el Ayuntamiento decreta el desalojo es con el único fin de proteger esos mismos intereses. La tragedia de quienes abandonan sus casas contrasta con la frialdad de quien mira impasible la escena desde un lugar apartado, como evaluando los beneficios que le reportará. El travelling que une los dos espacios, continuos sólo en lo físico, marca la distancia entre el lucro de uno y la miseria de otros.

Pero en su ambición Nottola es un hombre que sufre. Es un sufrimiento bien distinto del que experimentan sus víctimas, desde luego, pero no menos real. Es la tensión, siempre reflejada en el rictus amargo de su expresión, de quien ve amenazada su situación privilegiada y debe estar atento siempre a cualquier riesgo, a cualquier traición que la ponga en peligro.

En este sentido su moral gira alrededor de su negocio, y nada está por encima de él, ni siquiera su hijo, a quien entrega para salvarse a sí mismo y su fortuna. Cuando su posición dominante encuentra verdaderos escollos para mantenerse es toda su persona la que se viene abajo, la que se desmorona. Rosi lo presenta en un magnífico plano, tras la amenaza de su partido de defenestrarlo. En ese momento apaga la luz de su despacho, de sus dominios. Su rostro se queda a oscuras, observa sus posesiones ahora inciertas, y sale del plano dejando la maqueta abandonada. Acabar con la actividad que Nottola desarrolla es poco menos que acabar con su persona.

Finalmente sobrevivirá, porque los personajes como él, en situaciones como ésta, siempre sobreviven. Cambian los políticos, permutan los alcaldes, se rebelan los honestos, se suceden elecciones, y la ciudad sigue siendo un conglomerado de casas en manos de sus verdaderos dueños. Una ciudad que crece, y al hacerlo lo único que ocurre es que se acrecienta el botín. Las imágenes aéreas finales, una vez más, vienen a mostrar el plano del tesoro.

Escribe Marcial Moreno

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