Una mirada a la oscuridad (A Scanner Darkly, 2006)

  23 Agosto 2014

 

“Si el escáner sólo ve lo oscuro tal y como yo, estoy condenado durante la eternidad”

a-scanner-darkly-0Nunca ha resultado fácil adaptar una obra de Philip K. Dick al cine. Es un escritor complejo, profundo, cargado de paranoias, alucinaciones, monólogos internos y una profundidad como sólo pudieron desarrollar los más grandes de su género. Y sin embargo, a pesar de esa complejidad, o debido a lo atractiva que resulta, siempre ha sido uno de los autores de ciencia ficción más adaptados a la gran pantalla, con mayor o menor acierto.

Juzgar el acierto de Linklater a la hora de seguir esta tendencia resultaría complicado, y exigiría un análisis en muchas vertientes. Si lo analizamos desde el punto de vista de la fidelidad al texto original de Dick, sin duda hay que darle el aprobado. Si lo juzgamos en base a lo logrado de la personalidad y la fuerza narrativa del filme, también. Su fracaso fue básicamente en lo comercial, donde recaudó en todo el mundo menos de lo que costó realizarla… algo a lo que se unió el poco éxito en taquilla de la también estrenada en ese año Fast Food Nation.

Sin embargo, sería un error, como siempre, analizar el valor de la película en ese sentido, y cabría darle la vuelta a la cuestión. También Blade Runner, otra cinta basada en una obra de Dick, fue un fracaso comercial en su día, y a día de hoy se considera una de las obras maestras del cine de ciencia ficción. El paralelismo en ambos casos va más allá del autor y el fracaso original, pues ambas comparten esa dificultad para llegar al público, que en un caso pudiera darse sobre todo por su forma de narrar, y que aquí se debe, básicamente, a todo el conjunto.

Una mirada a la oscuridad podría ser fácilmente la obra más complicada e inaccesible de Linklater, no ya por la técnica que utiliza (el rotoscopiado para convertir en animación en movimiento secuencias filmadas con imagen real… una técnica clásica en el cine que tiene en el Blancanieves y los siete enanitos de Disney su primer referente a gran escala, y que a Linklater ya le funcionara muy bien en Despertando a la vida, en 2001), sino por la unión de ésta con una historia donde ni el espectador ni los propios personajes son capaces de entender en toda su magnitud las cosas que están ocurriendo.

Dick construía aquí una novela distópica donde en el futuro un gobierno (totalitario y represor, como siempre) se veía abocado a la lucha contra una droga muy peligrosa, la Sustancia M (Sustancia D en el original), de enorme adicción y consecuencias devastadoras para quienes la consumen. Para ello, desarrollan una serie de operaciones encubiertas intentando descubrir el origen de esa droga.

Hasta ese punto, la historia no resulta nada extraña. De hecho, el trasfondo es el mismo que podría tener cualquier película que toque los temas de narcotráfico y lucha contra éste. Sin embargo, la novela, y por ende la cinta, van muchísimo más allá.

El plantear la historia en el futuro (1994 en la obra original escrita en 1977; y simplemente “siete años más tarde” del tiempo presente en la película) permite jugar con ciertos avances que, al cabo, se vienen a plasmar en uno solo de importancia: el traje mezclador, programado con infinidad de imágenes cambiantes que hacen irreconocible a cualquier persona, y que permite mantener el anonimato de los agentes de la ley, y por tanto su seguridad.

Es el único avance de importancia que vemos en la película, que por lo demás plantea una realidad muy similar a la nuestra. Sin embargo, el guión (adaptado de la novela por el propio Linklater) sabe sacarle un enorme juego al mantener la tensión constante de no saber quién se oculta detrás de cada traje, salvo en el caso del protagonista: el agente Fred, que de paisano es en realidad Bob Arctor, un drogadicto de poca monta al que su departamento le encarga investigar, junto con sus amigos Freck, Barris, Ernie y Donna.

Ya tenemos sobre la mesa, por tanto, el primer punto enrevesado de film, y que la verdad se me antoja un tanto absurdo a la hora de plantear ese futuro, o si cabe una crítica contra ese sistema establecido: el hecho de que los agentes no sepan quién es quién (ni siquiera los superiores inmediatos lo saben… tan sólo los que verdaderamente mandan, y los psicólogos de la oficina del sheriff), lleva a situaciones tan absurdas y delirantes como que un hombre tenga que investigarse a sí mismo.

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En el clima de la cinta, sin embargo, no resulta tan extraño. Todo destila un ambiente de manía persecutoria y de vigilancia constante, como apunta la propia misión de Freck o la vigilancia de llamadas que el gobierno realiza al principio. El chivatazo que protagoniza uno de los personajes, el no saber quién hay tras los trajes mezcladores… todo lleva a una construcción agobiante y paranoica, en que se desenvuelven los monólogos internos de Fred y Arctor.

Y si hablamos de ellos como personas separadas es porque, en realidad, lo son. La mayoría de protagonistas de la película de los que sabemos algo son, por decirlo en una palabra, raros. Mucho. Todos ellos están afectados por las drogas, de una manera u otra: Freck alucina viendo cómo infinidad de bichos le recorren el cuerpo; Barris tiene unas tendencias psicópatas bastante curiosas; Ernie se limita a ser Woody Harrelson un poco pasado de vueltas; y Donna no soporta que la toquen.

Todos son personajes extraños, bien construidos, que dan en todo momento la sensación de que algo falla en ellos; sin embargo, no llegan al nivel de Fred/Arctor, que en cierto momento de la película empieza a dudar por completo de su identidad, creyendo que él es solo Fred, y que Arctor no es más que un tipo al que conoce y vigila.

Esa disociación del personaje protagonista tiene a la vez una parte buena y una parte mala. Es cierto que logra recrear muy bien esa sensación de desasosiego y de no saber qué ocurre en que se ven inmersos los personajes; sin embargo, también es verdad que hasta el final de la película el espectador no entiende ni la mitad de lo que está ocurriendo, y que el hacer que el público se sienta estúpido complica mucho que este disfrute de la cinta o aguante hasta el final.

Se logra, claro está, pero porque más allá de ese complicado trasfondo (al que cabría añadir como último apunte el de la crítica hacia las instituciones establecidas, en este caso Nueva Senda y, tras la conclusión final, el propio gobierno), el aspecto técnico artístico y de la película es una verdadera maravilla.

Linklater acierta de pleno con el uso del rotoscopiado, pues a pesar de la, como decíamos, poca ciencia ficción que hay en la cinta, el uso continuado de imágenes surrealistas cobra una fuerza mucho mayor con el uso de la animación, por ejemplo cuando Arctor ve en su delirio cómo Barris y Ernie se convierten en una suerte de cucarachas gigantes con cabeza humana.

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A esa técnica se une una banda sonora a cargo de Graham Reynolds, que repetiría con Linklater años más tarde en Antes del anochecer, y un ritmo lo suficientemente lento como para provocar, si el espectador logra superar las barreras, la inmersión total en la historia.

Las interpretaciones, por su parte, no son nada inesperado. Keanu Reeves, como Fred y Arctor, mantiene el despiste de no saber lo que le está ocurriendo de la misma manera que lo mantenía en Matrix, y sin demasiado esfuerzo; Rory Cochrane, Woody Harrelson y Robert Downey Jr. forman un trío con buena química y bastante convincente en la historia; y Winona Ryder, la nota femenina del reparto, no desmerece en absoluto a los demás. No resultan especialmente destacados, pero construyen bien a sus personajes, incluso (como en el caso de Cochrane) con tan sólo unas pocas pinceladas, y eso basta para dejar el resto de la importancia del film a la trama.

Una trama que, a medida que avanza y va resolviendo incógnitas, mientras plantea otras nuevas, se va cerrando con mucho acierto (pocos cabos sueltos quedan), y un tono cada vez más oprimente y oscuro, y aunque queda abierto en sus últimas consecuencias, éstas no presagian nada bueno. La sensación se confirma con el mensaje final de la cinta, una versión reducida de la nota de Philip K. Dick en la novela, donde recordaba a todas las personas de su vida que sufrieron daños graves o muerte tras la adicción a las drogas.

Puede que no sea una de las grandes obras de Linklater, ni tampoco la más recordada por su público, pero es desde luego una apuesta tan arriesgada que uno no puede por menos que quitarse el sombrero ante lo bien resuelto de su enorme profundidad, sabiendo al mismo tiempo dotarla de una mirada personal y sin perder en ningún momento la esencia intrínseca a la obra de Dick.

Cerrada en sí misma como ella sola, y precisamente en ello radica la satisfacción de disfrutarla.

Escribe Jorge Lázaro

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