Antes de Boyhood

  15 Agosto 2014

La trilogía de Linklater, Hawke y Delpy

trilogia-linklater-0El último festival de Berlín reservaba una sorpresa en su palmarés. Por lo inesperado y por la extraña propuesta que se alzó con el Oso de oro.

Boyhood, la última película de Richard Linklater, muestra en tiempo real doce años de la vida de un joven y los avatares que va experimentando su familia. Cuando decimos en tiempo real hacemos referencia a que el rodaje se prolongó durante ese mismo periodo temporal, de forma que vemos evolucionar a los actores en la pantalla. Ahí radica su originalidad.

El tiempo no está comprimido y falseado, sino que se le deja transcurrir mientras se mantiene ante él una actitud de observador que dé cuenta de su devenir. De esta manera la historia contada pierde fuerza ante la potencia del planteamiento sintáctico, erigiéndose la misma especificidad temporal en el verdadero contenido. Linklater ha querido filmar el paso del tiempo.

El éxito de crítica (no sólo el jurado del festival se rindió a sus excelencias) y el entusiasmo del público que tuvo ocasión de asistir a la proyección de esta película dan fe del acierto en el planteamiento escogido. Pero no nos engañemos. No es la primera vez que se intenta dar cuerpo en la pantalla a la densidad temporal. Ni siquiera es la primera vez que este director aspira a hacerlo.

Si somos rigurosos no queda más remedio que reconocer que su trilogía (de momento) Antes de..., si bien es cierto que sin una planificación previa, es ya un intento de adentrarse en los caminos por los que transita su última obra. En este caso con dieciocho años entre la primera y la última propuesta, y con sólo tres hitos para resumirlos, pero de la misma forma configura un continuo  en el que los propios actores han ido madurando al mismo tiempo que la historia que encarnan y, más aún, se han incorporado al equipo de guionistas, en una identificación que va más allá del mero trabajo actoral.

Las líneas que siguen pretenden mostrar la evolución que los dos protagonistas experimentan desde que son tiernos veinteañeros hasta su entrada en los cansados cuarenta, y discernir si esa maduración es sólo física o si, en cambio, la vida ha ido depositando su sedimento sobre sus caracteres y modos de actuar.

Antes del amanecer (1995)

Ya desde el primer momento queda claro que Jesse y Celine no son dos personajes homologables. Sólo hay una cosa que los asemeja en esos primeros instantes, y es que los vemos, a ambos, leyendo, lo que nos da idea de su pertenencia a un cierto extracto sociocultural.

Pero desde el momento en que entran en contacto, impelidos por la discusión de la pareja del tren, tan alejada de su inmaculada juventud, observamos matices bien diferentes en su manera de comportarse.

A grandes rasgos podríamos decir que Celine es mucho más agresiva en su proceder, mientras que Jesse juega un rol más retraído, más dubitativo. Ella le sostiene la mirada con una determinación que a él le cuesta mantener, y aunque la sonrisa no se aparta de su rostro deja establecido con claridad quién ejerce el dominio territorial.

Esta dualidad es la que estructurará toda la película. El juego de miradas se reproduce en otras ocasiones. Cuando están en la cabina de discos él la mira fijamente con alguna oculta intención que no se materializará, mientras que ella, que se sabe mirada, permanece a la espera. Podría pensarse que los roles se han invertido, pero nada de eso. Una vez establecida la relación de poder el control de la situación es por completo de ella.

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Esta relación de fuerzas es corroborada por otros detalles. Antes incluso de abandonar el tren Celine no tiene reparos en hacer bromas sobre el idioma del americano o en criticar abiertamente, a pesar de que acaba de conocerlo, su proyecto de documental. Ante tal atrevimiento Jesse mantiene una actitud que combina la leve sorpresa y la admiración. Admiración por una fortaleza que él no tiene, por una seguridad que en el fondo echa en falta. No en vano Jesse guarda un recuerdo de su infancia como un tiempo mágico, esa infancia que en cierto modo aún no ha abandonado y que, dados sus recuerdos, no parece dispuesto a abandonar.

Otro momento muy significativo tiene lugar en lo alto de la noria que domina Viena. Allí Jesse, acuciado por ese rol de macho que a su pesar tiene que asumir, se ve empujado a tomar una iniciativa que finalmente le supera. Lo vemos insinuarse y desmoronarse al mismo tiempo, hasta que es Celine, desprovista de clichés, quien asume la dirección de las operaciones, tal como su personalidad le impulsa a hacer.

Celine posee la tranquilidad de quien está segura de sí misma. Sus intereses son los propios de una persona madura. Declara su odio a las guerras, al control de los medios de comunicación, y hasta llega a rechazar las sonrisas gratuitas. Puede participar en los juegos que él le propone, e incluso inventar otros como el de la llamada telefónica, pero su intención siempre trasciende el juego, mientras que Jesse parece contentarse con permanecer en su seno, como atrapado en sus reglas.

Esta fortaleza de Celine arraiga en su más tierna infancia, esa en la que sus padres ya proyectaban para ella una ocupación en la que la principal divisa era ganar dinero, con la consiguiente concepción del mundo que a partir de ahí se genera, y que ha extendido al modo de comprender sus relaciones personales y amorosas.

La dimensión sentimental es, en ambos casos, cuanto menos compleja, aunque no cabe sino reconocer en ella una consecuencia de sus respectivas maneras de ser. La dureza de Celine hace que se plantee cada nueva pareja como un enigma a descifrar. La actitud inicial es siempre, nos dice, la del general que analiza al enemigo, por tanto una batalla de la que quiere salir victoriosa. Semejante modo de proceder la lleva incluso a planificar la muerte literaria de uno de sus novios.

Sin embargo ella misma reconoce las carencias que tal comportamiento conlleva. En una disputa de esta índole el amor flaquea, se retrae, vacila. Lo primero que suscitan los generales no es precisamente cariño. Sin embargo posee la suficiente madurez para reconocer la necesidad que tiene de ese amor incierto, y no le cuesta declarar lo mucho que le importa amar a alguien, y, lo que es aún más difícil de asumir, la necesidad de ser querida.

Tal necesidad es universal, y por lo tanto también concierne a Jesse. Pero a diferencia de su incipiente amada, él parece bloqueado ante la dificultad de materializarla. En un primer momento se resiste a hablar de su amor fracasado, y ha de ser ella quien lo fuerce. Su propia inseguridad le impulsa a teatralizar los sentimientos. Cuando ella se deja llevar por la pena que genera la constatación de que quizá sea su única noche juntos, él busca una vía de escape que mantenga el dolor en la campo de la ficción y lo convierta en más llevadero. Con sus dificultades, Celine tiene un propósito claro que requiere reflexión, seguridad, estabilidad. Ella no se precipitará, pero tampoco temerá tomar decisiones.

En cambio Jesse oculta sus sentimientos bajo una sonrisa casi infantil, la de aquellos que postergan las decisiones importantes por el miedo que los atenaza cuando han de tomarlas. El miedo al compromiso que siente lo disfraza con los ropajes de los problemas que causaría una vida conjunta.

Uno y otra están confirmando con su modo de proceder la percepción que de sí mismos tienen. Celine se siente una mujer anciana, y en cierto modo así es, pues a pesar de su juventud posee le bagaje de una vida ya vivida, la serenidad que brota de la experiencia acumulada, el saber hacer y la decisión de quien sabe afrontar la realidad por muchas dificultades que ésta presente. Por su parte Jesse sigue anclado en esos trece años sin patrones con los que vivir, el niño pequeño que suscita la ternura de su enamorada y, en cierto modo, su instinto maternal.

Y caminan, y charlan mientras caminan. Y Celine lo hace con paso firme, mirando al frente, sin desviar su rumbo. A su lado Jesse gesticula, la rodea, desarrolla una especie de danza envolvente que más que pretender conquistarla intenta esconder el hilo que lo mantiene atado. Aunque se resista a asumirlo, y como suele ocurrir, es ella la conquistadora.

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Antes del atardecer (2004)

Nueve años más tarde los patrones se mantienen, pero se han producido ciertos deslizamientos que constatan el efecto del tiempo.

A los seis meses de su primer encuentro parece que todo ha cambiado para Jesse. Su miedo al compromiso se esfuma en su deseo de recuperar a Celine. El mero hecho de que acuda a la cita concertada en Viena, de que empapele la estación con carteles dirigidos a ella, nos presenta a un hombre nuevo. Parece como si el encuentro del tren, las conversaciones mantenidas, le hubieran hecho madurar de repente. Y no sólo ya no teme compartir su vida, sino que se ha lanzado, precipitadamente, a hacerlo. Tras nueve años Jesse se encuentra casado y con un hijo de cuatro.

Sin embargo esa supuesta madurez no es completa. Algo de su viejo carácter permanece. La decisión vital que ha tomado, y ahí están los resultados, quizá requirió una mayor reflexión, una cautela que no se produjo. Y a partir de ahí la vida ha ido moldeando, golpe a golpe, su carácter.

Como declara, su existencia está marcada por el drama. Convive con una mujer a la que no quiere y a la que no se atreve a dejar. Y su talante no es ya el de aquel niño sin esquemas vitales, sino que se ha teñido de una especie de cinismo que deviene incredulidad. Vemos en él a un hombre resignado, aún bromista, pero con un tono amargo al fondo del que carecía. Frente a la visceralidad que por momentos asoma en Celine, Jesse reivindica un distanciamiento que ha utilizado como defensa (incluso lo llevó a convivir con unos monjes) y que ahora puede resquebrajarse. El único y verdadero interés que mueve su vida está en su trabajo de escritor, y éste gira en torno a la parisina que conoció en un tren de Viena y que ahora vuelve a estar ante sus ojos. Ese encuentro que narra en su libro y que sigue siendo el faro de su vida.

A lo largo de las horas que pasará en París con Celine Jesse asistirá, como un espectador, al proceso de absorción al que Celine lo somete. Y lo hace consciente y complacido, dejándose llevar, cediéndole la iniciativa con la convicción con la que un soldado confía en el general que lo llevará a la victoria.

Celine, como no podía ser de otra forma, acudirá a la librería una vez que sabe que ahí estará Jesse. Si no estuvo en Viena fue en contra de su voluntad, pero esta oportunidad inesperada no puede desaprovecharla. Ella sigue siendo quien dirige las operaciones y es quien posibilita el encuentro.

En Celine descubrimos ahora a una mujer un tanto visceral, aunque semejante actitud está volcada más en su vida profesional o en su ideología política que en su ámbito personal. Su serenidad de nueve años atrás se ha teñido de una cierta violencia que no es sino una respuesta a las inclemencias del tiempo transcurrido. En su renovado contacto con Jesse continua manteniendo la cautela de quien busca la firmeza en sus pasos, de quien tiene cometer errores por proceder a la ligera. Y de ahí que simule en un principio no recordar las relaciones sexuales que mantuvieron al conocerse, pues, como dice, no le interesan las relaciones fugaces.

Y en ese huir de las relaciones casuales, en sus intentos de encontrar el amor de su vida en hombres con quienes no es capaz de establecer una verdadera conexión, en su refugio en una pareja con la que no comparte ningún sueño, y cuyo máximo valor reside en los momentos de soledad que le permite, con todo eso Celine ha continuado siendo fiel a Jesse. Sin ser consciente de serlo, sin saber si volverían a encontrarse. O más que a Jesse ha sido fiel durante nueve años a una idea que encarnó en él y que durante todo este tiempo se ha resistido a abandonar. Podemos decir que Celine ha sido fiel a sí misma a través de Jesse.

Y siguen caminando. Y Celine, recobrada su serenidad, continua con el paso decidido. Y Jesse, curtido por la vida, reconoce con mucha mayor solvencia el valor de Celine, y la acompaña, la envuelve, se deja llevar por ese hilo que de nuevo la ha atrapado.

El hermoso final de la película es una representación teatral cuyo texto se ha escrito de manera tácita y en el que cada uno se esfuerza por escenificar pulcramente su papel.

Llegan a la casa de Celine, su territorio, su madriguera. Es Jesse quien ha dirigido hacia allí sus pasos. Poco a poco ha ido adentrándose en el mundo de Celine: París (podríamos añadir su retorno previo a Viena), su barrio, su edificio, su apartamento. La estructura del lugar en el que vive posee esa arquitectura como de útero materno en el que Jesse se siente voluntariamente acogido, y los vecinos son la comunidad en la que se va a integrar, como una avanzadilla de la familia que se está gestando.

Cuando suben al apartamento Jesse se recuesta confiado y contempla el despliegue de Celine. Ya no es el tipo dubitativo de nueve años atrás. Sabe a qué ha ido allí y espera los inevitables acontecimientos. Ha madurado y se entrega seguro a su amada. La búsqueda de nueve años, ciega a veces, concluye donde él siempre ha deseado. Ahora se siente conquistado y se abandona gozoso a esa conquista.

Por su parte Celine cierra el círculo que ha ido trazando alrededor de Jesse. También su vida ha sido una persecución errática del ideal que ahora tiene frente a sí. Pero fiel a su carácter ella no espera, sino que actúa. En un primer momento le canta el vals que compuso en su memoria, una manera de ofrecerle la seguridad que despejase sus últimas dudas. Quizá sea el momento, de entre las tres películas, en el que Celine se ofrece más en carne viva. Quizá sea el único. Sus máscaras caen a plomo. Descubre sus cartas: no hay trampa.

Y a partir de ahí retoma la representación con el papel que se espera de ella. Se insinúa, se contonea, pero no porque aguarde una reacción de él en el sentido de tomar una iniciativa que no estaría en condiciones de asumir, sino porque es la manera tácitamente acordada de penetrar uno en la otra. Ese y no otro es el verdadero sexo que la cámara parece hurtarnos, pero que en realidad muestra de manera casi obscena. La evocación de Nina Simone es uno de los momentos más gloriosos del cine de Linklater.

https://www.youtube.com/watch?v=T4YmIzbcLw0

La película concluye con una promesa de felicidad. Pero la vida sigue, y las ilusiones demasiadas veces se malogran. Nueve años más tarde nos enteramos de que Jesse perdió su vuelo y de que la familia que se insinuaba se ha materializado, si bien no todas las esperanzas se han cumplido.

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Antes del anochecer (2013)

Esta tercera entrega es cruel con los protagonistas. Han llegado a un momento en el que están en situación de evaluar los resultados de su apuesta. Y no salen airosos.

Celine sigue siendo la misma mujer decidida y fuerte que conocemos. La primera imagen que tenemos de ella es hablando por teléfono por cuestiones laborales durante sus vacaciones, y en la compra en el supermercado reparte las tareas de su familia sin la menor vacilación. Sin embargo su vida personal ha dado un giro significativo. El desengaño ha sustituido a la ilusión y la esperanza ha sido suplida por los reproches una vez constatado que el futuro no fue como se le esperaba. La dulzura de Celine ha dado paso a un carácter arisco, a una dureza que intuíamos pero que no tenía aún motivos para desplegarse en todo su esplendor. La pérdida de aquellos tiempos mejores no fue una renuncia. Ella desearía recobrar una pasión que tuvo y que ya no existe, querría volver a las conversaciones de antaño, tan escasas y mecánicas ahora, pero no es posible. ¿Qué ha ocurrido? Ha ocurrido la vida que embrutece y que en última instancia es ingobernable.

Jesse, quizá porque se dio cuenta antes, quizá por su carácter más complaciente y conformista, lleva mucho mejor la situación. Su sufrimiento es equiparable al de ella, agravado por el malestar que le genera la relación con su hijo, pero ya no cree que el pasado pueda ser recuperado. Eso, hay que decirlo, no significa que no ame a Celine, sino que ha recolocado su amor en otra dimensión, la única dimensión posible tras lo vivido.

Su ideal es ese momento en que su vida era suya, cuando se fue de la casa de sus padres, pero vive la pérdida con serenidad, sin rebelarse, pues es consciente de que la pasión juvenil no volverá, que sería ingenuo esperar que lo hiciera. Y esa conciencia, en lugar de derivar en la agresividad que atenaza a Celine, hace que profundice en su escepticismo, en su cinismo incluso.

Jesse sigue comportándose como un tipo conciliador, lejos de cualquier exaltación. Se ve inmerso en la ola de reproches que ahora articula sus vidas, pero su actitud es siempre la de quien intenta introducir el elemento racional, esa racionalidad de la que tan harta está Celine, en tanto que no resuelve sus verdaderos problemas.

Y es que esos problemas no tienen solución. El único y verdadero problema es vivir, con todas las adherencias que conlleva. Jesse lo ha visto a tiempo y lo ha aceptado. El resultado no ha ido más allá de ahondar en su cinismo, de metabolizar su insatisfacción y seguir su camino. Celine en cambio se ve envuelta en una dinámica autodestructiva que surge de la no resignación. Y esa contradicción no resuelta es la que hace de ella una mujer amargada. Celine, tan escrupulosa en la elección de sus amantes, tan comedida a la hora de entregar su vida a alguien que no fuera Jesse, sufre al comprobar que quizá se equivocó, que los ideales, todos, cuando se materializan se degradan. Aceptarlo o no es la medida que permite seguir viviendo, aunque sea una vida imperfecta.

El próximo libro de Jesse ya no tendrá a Celine como protagonista. La conexión entre ambos ya no es la que era, la que se empeñaron en forjar pese a todos los obstáculos. Su vida en común, en una especie de retorno a los inicios, pero ahora con conocimiento de causa, se vuelve problemática, el futuro incierto. Aunque Jesse sigue reivindicándose como el chico dulce y romántico del tren no es ya el mismo. En eso Celine es más sincera. Los paseos, escasos y rutinarios, han cambiado la perspectiva. La conexión entre ambos parece haberse roto. El inquebrantable hilo que los mantenía sujetos se ha quebrado para que emerjan dos soledades que se alejan. Su deambular ha adquirido la frialdad de quienes coinciden en el mismo trayecto sin compartir un verdadero viaje. Una especie de camino de vuelta del que les unió. Dos mundos cuya intersección se desvanece, esa intersección que costó tanto construir y que la vida ha ido diluyendo.

Celine y Jesse han vivido, con todo lo que eso significa.

Escribe Marcial Moreno

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