Cautivos del mal y Dos semanas en otra ciudad, de Vincente Minnelli

  12 Mayo 2014

El cine o la vida

cautivos-del-mal-0El cine clásico de Hollywood tiene notables ejemplos que abordan el proceloso mundo del cine, como Los viajes de Sullivan (P. Sturges, 1941), El crepúsculo de los dioses (B. Wilder, 1950), Cantando bajo la lluvia (S. Donen y G. Kelly, 1952) o Ha nacido una estrella (G. Cukor, 1954), sin embargo el díptico formado por Cautivos del Mal (1952) y Dos semanas en otra ciudad (1962) realizado por Vincente Minnelli constituye en mi opinión la más preclara aproximación al mundo del cine y, aunque diez años separan ambos films, observamos una rara unidad conceptual y estilística, influenciado sin duda por la presencia del mismo intérprete (Kirk Douglas) y la elegante realización de Minnelli.

Vincente Minnelli comenzó su carrera diseñando decorados y trajes para los espectáculos de Broadway de los años 30, hasta que Arthur Freed (que crearía una serie de musicales innovadores en la MGM) se fijó en las cualidades del joven Vincente; a partir de entonces la asociación de Minnelli con la Metro fue prácticamente constante, realizando durante su carrera esplendidos musicales y melodramas, siempre caracterizados por el barroquismo de su puesta en escena, el tono pasional de sus historias  y un exacerbado empleo del color.

La colaboración de Minnelli con el actor Kirk Douglas fue muy fructífera para ambos, realizando tres películas, las dos que nos ocupan y, en 1956, El loco del pelo rojo, basada en la vida del pintor Van Gogh, que le supuso a Douglas una nueva candidatura al Oscar al mejor actor en una película de Minnelli (ya había sido nominado por Cautivos del mal), y permitió al director desarrollar su complejo sentido cromático y analizar el fatalismo y la grandeza de la creación artística. Como declaró Minnelli sobre su relación con Douglas: “Trabajar con él en los tres filmes que rodamos juntos fue la colaboración más estimulante y gratificante que recuerdo”.

Cautivos del mal (The bad and the beautiful, 1952):
El nuevo Citizen Jonathan Shield

Cautivos del Mal estaba basada en la historia corta Tribute to a Badman de George Bradshaw, con guión de Charles Schnee, y nos introduce en la vida de Jonathan Shields (Kirk Douglas) un productor de cine “hecho a sí mismo”, tenaz y manipulador, a través de las historias que relatan por medio de flashbacks tres de sus colaboradores: el director Fred Amiel —Barry Sullivan—, la actriz Georgia Lorrison —Lana Turner— y el guionista James Lee Bartlow —Dick Powell—.

Estos han sido convocados por Shields para que participen en su nuevo proyecto, pero traicionados y resentidos rechazan su ofrecimiento y rememoran sus vivencias con el tiránico productor, conformando un puzle sobre la verdadera naturaleza de Shields, añorando los días en que creyeron contar con un amigo auténtico, con alguien que era capaz de potenciar sus cualidades artísticas y al que no le importaba sólo el dinero.

La estructura de la película sigue los pasos del film clásico Ciudadano Kane de Orson Welles (1941), donde también asistimos a la reconstrucción de la vida de otro magnate (en este caso de la prensa) a través del relato poliédrico de las personas que convivieron con él. Esta estructura en ambos films aporta al relato un tono enigmático, de encuesta policial, donde se nos descubren las claves de la verdadera personalidad de nuestro protagonista (Kane-Shields), y finalmente vemos cómo encajan todas las piezas; de esta manera la nostalgia, la fatalidad del discurso, el recurso al flashback y los claroscuros de la fotografía en blanco y negro aportan a estos melodramas el estilo característico del mejor cine negro.

Cautivos del mal es muchas cosas a la vez, entre ellas una acerada visión del Hollywood clásico de los grandes estudios, de la búsqueda desesperada del éxito y el reconocimiento, de la dualidad entre la creación artística más pura y los resultados en taquilla, pero ante todo el tema fundamental es la amistad traicionada (como también los será en Dos semanas en otra ciudad). Para el productor sin escrúpulos encarnado por Kirk Douglas no existe limite moral, cualquier método es válido para conseguir sus objetivos (en su defensa estos objetivos serán  fundamentalmente artísticos y no sólo crematísticos).

Para el productor Shields lo esencial es el producto artístico final, tal como él lo concibe, aunque para conseguirlo deba apropiarse de ideas ajenas y rechazar la participación del que parecía su mejor amigo, enamorar a una actriz con la autoestima baja y demasiado pendiente de la botella o alejar (con desastrosas consecuencias) a la entrometida esposa de su exitoso guionista. Todo vale en este mundo de apariencia y la falsedad es sólo un mal necesario, y esto queda perfectamente ejemplificado en la brillante escena donde Shields paga sin ningún pudor a los extras que han actuado como figuración en el entierro de su padre.

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No obstante el personaje interpretado por Douglas resulta arquetípico, y aunque entendemos sus motivaciones (entre otras querer restituir la memoria de su padre caído en desgracia), poco o nada sabemos de su vida privada, sus amores (se esboza alguna relación con actrices de segunda fila), si tiene familia o que hace más allá de sus proyectos cinematográficos, aspectos que sin embargo son mejor trabajados en el trio de amigos del productor. La figura de Shields se convierte, con matices, en un icono más, el de magnate prepotente y algo torturado, que exprime a sus colaboradores y consigue extraer lo mejor de ellos, aunque le vaya con ello la perdida de la amistad o el amor.

La puesta en escena de Minnelli es brillante, con su atmosfera recargada y los sofisticados y elegantes movimientos de cámara, destacando el lento travelling de retroceso en la escena inicial del funeral, desde el encuadre de la cara hierática de Shields, abriendo el plano y retrocediendo por encima del féretro del padre, junto a otra escena cumbre donde con otro magistral travelling asistimos al nacimiento de una gran actriz: aquí Georgia Lorrison (Lana Turner) logra emocionarnos con su magnífica interpretación y también a todo el equipo de rodaje que, enmudecido, la contempla encaramado a las altas escaleras del plató. La cámara se desplaza desde la actriz por todos los miembros del equipo hasta acabar en un foco de iluminación y encadena con otro foco pero en el exitoso día del estreno en las calles de Hollywood. Pocas veces se ha dicho tanto con tan sólo un lento movimiento de cámara.

Parte del éxito de esta película se debe, además de a la excelentes interpretaciones de todos sus actores y actrices (incluido el Oscar a Gloria Grahame como mejor actriz de reparto), a la autenticidad que las imágenes trasmiten y a ciertos referentes artísticos muy populares que los espectadores podían fácilmente identificar. Así era fácil reconocer en la figura del productor encarnado por Kirk Douglas una mezcla de Val Lewton —productor de La mujer pantera, de Jacques Tourneur— y de David O. Selznick —productor de Lo que El viento se llevó—.

No en vano vemos a Shields participar en sus inicios en el rodaje de un film igual al de Lewton (en una gran escena cómica y ante los desastrosos disfraces de pantera deciden sugerir el terror más que mostrarlo, siendo esto la marca de fábrica del tándem Lewton-Tourneur). Tampoco es difícil descubrir personajes que nos recuerdan a John Barrymore,  Erich Von Stroheim o a Alfred Hitchcock.

Con todo la escena final del film resulta en mi opinión demasiado blanda, con los tres personajes todavía resentidos con Shields, pero inevitablemente atraídos por su personalidad arrolladora, por su empuje y vitalidad, y con sus caras alrededor del teléfono no pueden resistirse a escuchar (y con probabilidad también aceptar) la última propuesta del productor con una sonrisa cómplice.

La sombra del Citizen Shields es demasiado alargada.

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Dos semanas en otra ciudad (Two weeks in another town, 1962):
Vacaciones en Roma

Durante los años sesenta se comienza a vislumbrar el fin de la hegemonía de los grandes estudios de Hollywood, modificándose las condiciones de trabajo habituales de los productores y directores de la era clásica, y esto se refleja en el nuevo film sobre el mundo del cine que rueda Vincente Minnelli en 1962 con la MGM: Dos semanas en otra ciudad.

Basada en un novela de Irving Stone, la cinta analiza cómo los rodajes se han trasladado al continente europeo para reducir costes (en este caso a Cinecittá en Roma), las viejas glorias intentan todavía encontrar un resquicio de dignidad y mantener su actividad laboral, pero finalmente lo único que vislumbran es decadencia y la certeza de que los tiempos pasados ya no volverán. El cine y el mundo han cambiado definitivamente.

Jack Andrus (Kirk Douglas), actor que ha vivido recluido los últimos tres años en un lujoso psiquiátrico debido al abuso del alcohol y al recuerdo de la traición de su esposa Carlotta (Cyd Charisse), recibe la oferta de trabajo de su amigo Maurice Kruger (Edward G. Robinson) director de cine con el que había trabajado repetidas veces. Andrus entra sin pretenderlo a formar parte de la desenfrenada vida romana, con sus rodajes excéntricos en Cinecittá, la Dolce Vita, el alcohol y el reencuentro con su ex mujer Carlotta, todo un cóctel que pugna por hundirlo pero que paradójicamente acabará provocando su redención. Porque ante todo Dos semanas en otra ciudad es una historia de amistades traicionadas y de descenso a los infiernos con redención final.

Así, Andrus (Kirk Douglas) de vuelta a la actividad laboral intenta acabar la película de su amigo Maurice Kruger cuando éste enferma, pero el director se sentirá traicionado cuando considera que Andrus le intenta robar su película aprovechándose de su situación; pero nada hay más lejos en la intención del actor que se siente herido por la apreciación de su amigo. Por otro lado, también Andrus se siente traicionado y abandonado por su ex mujer, lo que le ha sumido en una profunda depresión, y el reencuentro con esta en Roma le descubre la verdadera catadura moral de su antigua pareja.

Este cúmulo de situaciones lleva a Andrus a un estado emocional cercano al suicidio, que se manifiesta en la escena donde Douglas conduce su coche a toda velocidad con Carlota histérica de copiloto y la sensación de muerte inminente en sus rostros (escena que ya ensayaría en Cautivos del mal, cuando Lana Turner, abandonada por Jonathan Shields, conduce desenfrenadamente y está a punto de estrellarse-suicidarse).

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Ambas escenas, rodadas de forma muy similar, con un estilo frenético y exagerado, sirven de elemento metafórico y purificador, y así cuando la loca carrera acaba y la amenaza de la muerte se aleja, permite a los personajes emerger de sus cenizas y recuperar su autoestima: Georgia Lorrison asume que Shields no la ama pero paradójicamente ahora es una excelente actriz con un futuro prometedor, y Andrus ve claro que ya no necesita a nadie y que se siente con fuerzas para desarrollar una creativa carrera como director.

Minnelli lleva al extremo en este film las referencias cinematográficas, y en un complejo juego de espejos se auto-homenajea citando su anterior film sobre el mundo del cine. Aquí Kruger-Minnelli y Andrus-Douglas enseñan al resto del equipo de rodaje en un pase privado uno de sus éxitos de la época clásica, que no es otro que la misma Cautivos del mal. Así, un Douglas maduro se observa así mismo en la pantalla como un actor de éxito y, emocionado por su interpretación y por observar una autentica obra maestra, le susurra a Kruger: “Kruger, eres genial”. Kruger (o Minnelli, es lo mismo) melancólico le responde: “Era genial”. Esta escena, en el fondo triste y crepuscular, nos alumbra sobre la situación laboral de los directores de la época, sobre el declive artístico y el paso inexorable del tiempo.

Sin embargo Dos semanas en otra ciudad no es un producto redondo, está excesivamente pegado a los tópicos de los años sesenta, con una visión turística de los excesos de la Dolce Vita romana, una interpretación de Douglas excesiva y poco matizada (sus temblores, las borracheras…) y un uso del color en mi opinión demasiado evidente y gratuito (la habitación de Kruger cuando espera el traslado al hospital está totalmente saturada de rojos vivos: paredes, sabanas…).

Quizá la culpa en la falta de armonía final del film este en su productor Dore Schary, que al parecer mutiló parte del metraje rodado, pero dudo mucho que el producto original, aun sin cortes, hubiera llegado a la altura de Cautivos del mal.

Sin embargo, y aunque resulta inevitable, no es buena idea establecer comparaciones entre ambos films, sino que hay que verlos como un conjunto, como un todo que nos explica el cine y por extensión el proceso de creación artística de una buena parte del siglo XX.

Escribe Miguel Ángel Císcar

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