La guerra de los Rose (The war of the Roses, 1989) de Danny DeVito

  21 Enero 2014

Hasta que la muerte los separe

la guerra de los Rose-2No parece inocente, histórica y metafóricamente hablando, el título que Warren Adler escogió para la obra que luego Danny DeVito adaptó al cine, dando lugar a la que casi todos consideran su mejor película. En efecto, la denominación de la misma parece referir a la célebre Guerra de las dos Rosas, que por más de treinta años asoló las tierras británicas a finales del siglo XV con ocasión de la disputa del trono entre los Lancaster y los York.

Esa guerra ha servido de inspiración más recientemente a la famosa epopeya de Juego de tronos, pero mientras que para la serie de novelas adaptadas a la televisión la excusa ha sido servirse de aquélla y algún otro acontecimiento histórico —el aficionado a la Historia reconocerá andanzas de Napoleón en Egipto o desventuras de Roger de Flor en Adrianópolis— para construir un monumento a la brutalidad y ambición humanas, la película protagonizada por Michael Douglas y Kathleen Turner ha querido centrar el foco en un aspecto mucho más prosaico: la ocupación del palacio donde se asienta el trono, representado por la casa que el matrimonio Rose erigió en hogar, y que sirve como detonante de unas luchas de poder de inspiración —efectivamente— medieval.

Esa ocupación se constituye en metáfora del contemporáneo pragmatismo y materialismo norteamericanos, en paralelo a la pura ambición de dominio generalmente adscrita al territorialismo feudal.

Pero la película no obvia tampoco el idealizado romanticismo de la literatura medieval, ya fuera cantar de gesta, romance o amor cortés, que ha pasado a nuestra época como un almibarado compendio de lugares comunes que incluyen por extensión el locus amoenus de los antiguos, y que sufre una degeneración paulatina debido al baño de realidad que otorga el paso del tiempo.

Porque, en efecto, lo que caracteriza a La guerra de los Rose es precisamente el hecho de centrarse en lo que no cuentan los cuentos, aquellos largos años de felicidad y perdices que constituyen el recurrente epílogo, fundido a negro, de toda narración romántica que se precie.

Como toda intriga cortesana, ésta posee también sus dosis de conjuras, contubernios y traiciones, y no faltan en ella arribistas o colaboradores necesarios, así como cronistas o trovadores que narran la epopeya.

El director de la película, Danny DeVito, se reserva un papel principal en este aspecto para cantar, ¡oh musa! La cólera de los Rose, que causó infinitos males y dejó no pocas enseñanzas a los incautos que quisieran aventurarse en las procelosas aguas de los divorcios a la americana.

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La gran epopeya del doncel y la doncella

Como fábula moral de nuestro tiempo, la película empieza con una advertencia: el divorcio es peligroso y desencadena fuerzas incontrolables. El hecho de que Danny DeVito, en el papel de un abogado “...que cobra 450 dólares la hora” quiera disuadir a un cliente que pretende divorciarse renunciando a esa suma, recuerda por lo paradójico a la supuesta maldición gitana que amenaza con el “pleitos tengas y los ganes”,  y lo que se nos está sugiriendo es que en ningún caso vale la pena embarcarse en un proceso de semejante naturaleza por superar con mucho las pérdidas a las ganancias. 

El relato —omo veremos casi mítico— de los hechos a los que puede dar lugar un intento de divorcio, es lo que constituye el principal argumento de la película, y es la excusa perfecta para dar un repaso a lo más  característico del entramado social / familiar de Norteamérica.

Gavin d’Amato (Danny DeVito) es el abogado que media entre los dos aspirantes al trono simbolizado por la escritura de propiedad de la casa, pero antes que eso, se convierte en testigo privilegiado de las desventuras de los Rose.

Su papel es más de rapsoda que de cronista, puesto que se erige en narrador omnisciente que cuenta detalles en principio inaccesibles a los mortales —lo que sugiere el carácter mítico antes señalado— y su cometido, por consiguiente, el de ser penúltimo eslabón de la enseñanza moral de esa guerra, narrando cada una de sus batallas sin eludir los estragos para disuadir a otros de recorrer las mismas peligrosas sendas.

Esta característica podría hacer dudar al espectador de la veracidad del relato (no en menor medida que el hecho de que un abogado “divorcialista” no quiera cobrar o que asegure que el asunto de los Rose no trascendió porque él lo ocultó a la prensa), pero quizá no bastaría para sugerir que todo es una pura invención.

Más bien parecería que Gavin se ha vuelto un “tradicionalista” convencido, y que la guerra de los Rose despertó en él una suerte de escepticismo tanto en lo que respecta a la costumbre de divorciarse como hacia su propia profesión, de la que abjura con un chiste clásico: ¿Qué son 500 abogados en el fondo del océano? Un buen comienzo.

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Historia de un desamor

La historia que Gavin cuenta se detiene apenas en el prólogo, que por lo demás resulta en la narración completa en la que se recrearían los relatos clásicos; lo que realmente importa a D’Amato es esa parte nunca contada de la historia, cuando los cónyuges comienzan a disgregar el alma que antes era una sola, en suma de individualidades por lo general profesionalmente definidas, para acabar separándose en mónadas incomunicadas e inconciliables.

Este proceso tiene como origen la nunca aceptada sumisión de la mujer a un papel secundario en la vida matrimonial; si algo define a Barbara Rose es su independencia, que no “casa” bien con la ambición profesional de Oliver, quien debe presumir de mujer, residencia y familia delante de sus compañeros y superiores de manera que no quede duda que la suya es una auténtica familia tradicional norteamericana.

Pero una de las características de esa familia es —por extraño que nos parezca aquí, en la muy católica España— la asunción del divorcio como método de pacificación conyugal; la separación más o menos civilizada y amistosa, ley mediante, favorece que haya toda una cohorte de ex parejas que por lo general se llevan mejor con los antiguos compañeros que con los actuales. Pero el divorcio constituye también un elemento productivo fundamental de la cultura estadounidense, de modo que pueda llegar a existir una especialidad entre los letrados denominada “abogado divorcialista”.

Así, haciendo honor a una tradición que dice que el índice de divorcios en los Estados Unidos de América es del 50% en el primer matrimonio, del 62% en el segundo y hasta del 70% en el tercero —comer y divorciar, todo es empezar— lo raro sería que los Rose no entraran en algún momento en crisis matrimonial que pudiera desembocar en divorcio, máxime cuando existe toda una legión de colaboradores necesarios esperando iniciar un proceso en el que ellos —y no los cónyuges— deben erigirse en únicos y auténticos ganadores.

Lo que resulta un tanto extraño es que ese proceso se enquiste hasta el punto en que lo hace el de los Rose. La metodología, el protocolo y el algoritmo debieran estar, en los Estados Unidos, lo suficientemente bien engrasados como para que una separación no se tornara traumática. Sin embargo, es la suma de elementos externos la que hace difícil la separación de los Rose, y a estos elementos es donde apunta la crítica de Danny DeVito como director, inspirado como dijimos por la obra literaria de Warren Adler que a su vez bebió de las amargas fuentes del divorcio real de un famoso empresario de la comunicación, William Rose.

Billy Rose y su mujer Eleanor protagonizaron un divorcio muy mediático, que pese a lo sonado, no fue ni de lejos tan extremo como se muestra en la película, lo que redunda en su carácter de fábula moral casi evangélica. 

Esos elementos externos, hora es ya de decirlo, son el cuerpo de abogados divorcialistas, la lucha de sexos y el materialismo occidental, en fatal combinación que desemboca en tragedia.

Lucha de sexos

la guerra de los Rose-7Lo que la película hace particularmente bien —y por ello no sería descabellado realizar una especie de experimento sociológico en torno a la misma— es plantear la tan cacareada lucha de sexos desde la definición sutil de los roles de género.

La habilidad de DeVito consiste en presentar los personajes de manera que sea prácticamente imposible no tomar partido por uno de ellos y que además esta toma de partido esté por lo general sesgada desde una perspectiva de género; es decir, que los hombres tiendan a comprender a Oliver mientras que las mujeres puedan entender mejor la postura de Barbara.

No quiere decirse con esto que cualquiera de ellos tenga razón y que además la definición sea certera; la sutileza refiere aquí a lo sibilino. Pero la toma de postura inconsciente está hecha con la mala intención de conducir a situaciones irresolubles: si la lucha de sexos es esto, entonces la síntesis dialéctica no es superadora, sino destructora.

Barbara aparece como una mujer independiente, pero que renuncia a trabajar para que Oliver pueda ascender en su carrera. Esa larvada frustración reclamará posteriormente una satisfacción, pero para entonces los roles activo-pasivo ya estarán enquistados. Barbara sólo encontrará salida en la ruptura del “techo de cristal” que la oprime (simbolizada quizás en la lámpara), pero con ello destruye también aquello que más quería —su identidad propia—, ya que admite usar las armas y métodos del enemigo para alcanzar sus objetivos: la afirmación frente a los demás, la territorialidad y por último la violencia destructiva.

Oliver se nos muestra como más sensible, verdaderamente enamorado, fiel y abnegado. Sin embargo, es incapaz de darse cuenta cómo necesita ensombrecer a su esposa para ascender en una escala social profundamente machista. Es natural que muchos hombres sientan que es la verdadera víctima de una mujer egoísta, pero ello sólo muestra que no alcanzan a comprender la sumisión y desprecio al que ha sido sometida Barbara. Oliver “marca” con orina su territorio (esta vez el símbolo es el pecado) y cree que todo le pertenece por el hecho de haberlo pagado. Ignora que muchas cosas no se compran acabadas, y que la creación y el cultivo son algo que lleva tiempo y dedicación, no sólo surgen de la semilla del dinero. En un aspecto casi freudiano, digamos que ella ve las cosas de la perspectiva de la gestación y él sólo desde la inseminación.  

Esta lucha de sexos, como dijimos, constituye uno de los temas centrales de la película, pero no el único. Como elemento detonador puede hablarse del materialismo, dado que lo que de verdad lleva la guerra a sus posiciones más cruentas es la posesión de la casa —el territorio—  donde de nuevo Barbara se muestra aparentemente más beligerante.

la guerra de los Rose-6Esta interpretación, si bien no inexacta, resulta apresurada: sólo si no reparamos en que le ofrece a Oliver todo lo demás, justo antes de cometer una traición que desata la furia de su marido, podemos pensar que Barbara es una cazafortunas. Es cierto que su ansia de independencia la hace enormemente agresiva e incluso cruel, y que de nuevo Oliver aparece como más comedido, pero en realidad ella lucha por algo que realmente le importa y él sólo por el hecho de vengar la traición, la vergüenza.

Cabe preguntarse si realmente la casa es un objeto material en sentido estricto, o sólo una metáfora territorial. Si de verdad queremos hablar sobre materialismo, no debemos equivocar el enfoque; el afán de lucro por encima de todas las cosas aparece fuera del elemento conyugal: en los despachos de los abogados.

Los que de verdad entablan batalla por la casa son ellos; a ellos les va el pan en la victoria. El arrepentimiento de Gavin acontece un instante antes de que las cosas lleguen a término, pero entonces ya es demasiado tarde, y se da cuenta de que él mismo provocó aquella situación, con su sabiduría jurídica. Cuando las voces de la razón —y de la conciencia— se hacen oír, la razón y la conciencia de Oliver ya están perdidas. Gavin es despedido por pusilánime, y sólo queda ya una batalla por librar, a vida o muerte.

En el otro extremo se halla el letrado de Barbara; su desprecio hacia Oliver podría llamarse crueldad, de no ser profesionalidad pura. Cuando su cliente duda sobre el paso —la traición de la carta desvelada, el momento de debilidad de Oliver— que acaba de dar, el abogado no duda afirmar que recordará aquel día como uno de los más felices de su vida.

El último elemento materialista es, curiosamente, el amor. Aquél que se profesan los Rose que contiene poco más que pasión; cuando los fuegos se apagan (otra metáfora ejemplificada en el árbol de navidad que se incendia y Oliver extingue), nada se yergue entre las cenizas. Los años de ocupaciones profesionales han dejado de lado el cultivo del cariño. Sólo un coche y una casa perviven, incluso por encima de los hijos, como ejemplo de entrega. En esas circunstancias el terreno estaba abonado para que los abogados hicieran su trabajo tarde o temprano.

Paradójicamente, lo que hubiera podido terminar de un modo amistoso, se torció  por la incapacidad de Oliver para interpretar las señales de desesperación de Barbara. Eso, junto con la colaboración necesaria de crueles picapleitos, condujo a los Rose a acabar como se supone deben acabar todos los matrimonios: juntos hasta que la muerte los separase.

Escribe Ángel Vallejo

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