Secretos de un matrimonio (Scener ur ett äktenskap, 1973) de Ingmar Bergman

  19 Enero 2014

La pareja bajo el microscopio

secretos-de-un-matrimonio-1Los analistas cinematográficos suelen coincidir en que Secretos de un matrimonio (1973) supone un giro en la temática de Bergman, centrada hasta entonces en el pensamiento existencialista y sus permanentes cuestiones sobre la soledad, la muerte, la fe o la ausencia de Dios.

Pero si bien es cierto que el cineasta desplaza su foco hacia comportamientos más íntimos de la naturaleza humana, nunca abandona su inclinación hacia la exploración aguda y lúcida del vacío y la angustia de la existencia. Lo que ahora  se propone este gran observador del alma del hombre es acercar al espectador el complejo mundo de la vida  conyugal y sus relaciones sentimentales, con el fin de poner de manifiesto sus contradicciones y sacar a la luz sus zonas más oscuras.

Secretos de un matrimonio fue en principio una exitosa serie televisiva de seis capítulos con la correspondiente versión cinematográfica de 195 minutos de duración, merecedora de un Globo de Oro entre otros muchos trofeos, a pesar de su duración y su carácter anticomercial. Cada una de las partes se adentra en un momento del estado de las relaciones entre Marianne (Liv Ullman) y Johan (Erland Josephson), donde se exploran sin compasión los actos y conductas de los personajes, sometidos a la implacable mirada del director sueco.

Los eternos interrogantes respecto al amor se transfieren a unos diálogos dramáticos, influencia reconocida de Strindberg e Ibsen, que sustentan el contenido del filme e impulsan la reflexión sobre toda una gama de emociones y comportamientos, desde la pasión y el odio a la vulnerabilidad y el arrepentimiento derivado de la conciencia de la culpa. Podríamos afirmar que esta película constituye un testimonio y manifiesto sobre la insatisfacción, el vacío y la soledad de la relación de pareja, y su afán por ocultar sus miserias y huir para no enfrentarse a ellas ni a sus causas.

El filme es casi un tratado sobre la forma en que las personas fingen vivir una representación de sus vidas, una falsificación acorde con las convenciones sociales y los sueños personales, antes de reconocer el engaño con que disfrazan las apariencias como si fueran auténticas realidades.

Así, la fragilidad del matrimonio entre Marianne y Johan se despliega a lo largo de los seis capítulos y se desmonta poco a poco, desplomándose como un juego de  naipes, que arrastra consigo a los dos personajes hacia nuevos territorios psicológicos de inevitables cambios e ilusorias sensaciones de autoconocimiento y progreso personal. Con la elegancia formal y la contención emotiva propia de Ingmar Bergman, la guerra de sexos, sometida a minucioso análisis, muestra  el modo en que toda una escala de  emociones latentes, como los celos y la insatisfacción personal, crecen soterradamente para desembocar en el aislamiento de los cónyuges, poniendo de manifiesto su inmadurez y sus enfermizas relaciones de codependencia. 

La crisis del matrimonio entra en el laboratorio para ser sometida a una detallada y cruel disección. Sus componentes serán aislados y analizados, por separado y conjuntamente, en la imaginaria dialéctica del creador de este artificio cinematográfico, algunos de cuyos detalles y matices expondremos a continuación.

I. Inocencia y pánico: la mujer tutelada

secretos-de-un-matrimonio-5El primer episodio presenta a los dos personajes en un plano medio frontal, con la cámara fija, que registra sus gestos en una pose artificial, correspondiente con la actitud requerida por la periodista  sentada enfrente. Las preguntas giran alrededor de sus respectivos roles en el matrimonio y de la complementación de sus personalidades en el medio en que viven.

Los elementos que configuran el plano general del interior del salón sugieren estabilidad y orden: el sofá tapizado de verde, la mesita de centro, los cuadros de enormes y recargados marcos, sin que falte la foto familiar de “papá, mamá y las dos niñas”. Todo remite a la solidez, permanencia y duración de las relaciones matrimoniales.

La ironía impregna el autorretrato de Johan, que con cierto sarcasmo se define a sí mismo como el marido y hombre perfecto, eje de una vida familiar modélica. Frente a este perfil, Marianne se muestra tímida e insegura, destacando su papel de ama de casa y madre por encima de su trabajo en un despacho de Derecho de familia. El bloqueo de Marianne, ante la periodista de la revista del corazón, y su inquieto silencio contrastan con la intervención de Johan.

La implícita ironía de su frase “Diles que tienes buen tipo” sugiere ya desde este momento la distancia que existe entre los cónyuges y el escepticismo de Johan ante la supuesta perfección de sus vidas. Que la realidad no se corresponde con las apariencias tiene su confirmación en la habitación sucia y desordenada, oculta tras las cortinas, que descubre la reportera al quedarse sola un momento.

La metáfora del espacio subconsciente al que se arroja todo aquello que, aunque nos pertenezca no queremos mostrar, funciona como indicio del malestar latente entre la pareja, y no tardará en emerger en el futuro. El germen del conflicto está creciendo de forma desigual en el interior de Marianne y Johan. Mientras la primera muestra cierta inconsciente ingenuidad en la percepción del estado de su matrimonio, el segundo exhibe su incertidumbre ante el futuro y sus dudas ante los riesgos de una felicidad tan  perfecta. El contraste entre las dos valoraciones de la situación genera desde el comienzo una tensión potencial que evidenciará más adelante la inestabilidad de las relaciones matrimoniales.

Según Marianne, la felicidad es sobre todo confianza y una vida sin cambios donde la bondad, la ternura, el humor, la moderación, la tolerancia y el respeto, hacen innecesaria la pasión de los comienzos. La fidelidad ha de ser natural, no impuesta y el amor es algo indefinible debido a su naturaleza emocional. Los niños, la casa y el trabajo colman sus anhelos, pues se es feliz en la medida en que no se desean imposibles.

Por el contrario, el discurso de Johan evidencia tanto su egoísmo individualista como su lucidez ante la irrealidad de tan idílica situación. Expresa sin disimulo su  desconfianza ante el futuro de una pareja cuyos fundamentos parecen ser de barro, tanto por sus inicios, basados en la búsqueda del consuelo por el fracaso de anteriores relaciones, como en la necesidad de  mitigar el dolor de la soledad. Su declaración sin ambages de que “hay que practicar mucho para no inquietarse por las cosas” acredita una actitud mucho más fría y distante que la de su mujer. Su sentido crítico no exento de sutileza demuestra su interés por ir más allá de las apariencias. El rechazo de la periodista respecto a la imposibilidad de que las opiniones de Johan figuren en el reportaje por “ser demasiado profundas” confirma asimismo que Johan ve algo que no percibe su mujer.

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Una cena reveladora

Esta desigualdad en los planos de apreciación de su escenario emocional y del entorno en que se desenvuelven sus vidas es la simiente de la incomunicación futura y de la crisis que se avecina. La secuencia  se inicia con una panorámica vertical que permite apreciar la calidad y el brillo de la lámpara de cristal, suspendida sobre una mesa dispuesta para la cena, con los detalles y la exquisitez propios del  ambiente burgués y elegante del comedor  y  los comensales.

La ironía de Johan se transforma en claro sarcasmo durante la velada con sus amigos Katerine (Bibi Andersson) y Peter (Jan Malmsjö). Su lectura del artículo publicado en la revista roza la parodia y anticipa la crueldad venidera, anticipada por la rudeza presente con que se tratan sus amigos, clara muestra de pareja en crisis permanente. Sus invitados escenifican ante Johan y Marianne sus desavenencias, y muestran sin pudor alguno su odio con una fiereza que roza el sadismo.

La tensión creciente que exhiben Peter y Katerine, ante la actitud conmiserativa de sus anfitriones, pone de manifiesto la angustia existencial y el dolor por la soledad de unas vidas condenadas a compartir su espacio vital solamente por intereses materiales y económicos. Su constante tendencia a la disputa sin restricciones, liberada por el alcohol que desinhibe las emociones contenidas por las convenciones sociales, confiere a esta secuencia una violencia excesiva, multiplicada por la  dureza con que los contendientes se zahieren, con un afán impregnado de cinismo y ansias de autodestrucción.

El existencialismo subyacente en el personaje de Peter se confirma en la cita de August Strindberg: “¿Existe algo más terrible que un hombre y una mujer que se odien?”.

Nada queda fuera del microscopio con que Bergman observa el interior de sus criaturas: el matrimonio como negocio, la falsedad, el engaño y la infidelidad, el sexo y la impotencia, el deseo y el odio, la conciencia de vacío, la soledad y el miedo. Todo para concluir con la insatisfacción que genera la falta de ternura y cariño en los hombres y mujeres que, como los niños, sólo quieren que les quieran.

Esta secuencia es casi un tratado sobre las crisis matrimoniales y sus causas, sobre los comportamientos compulsivos que se repiten una y otra vez: desde el odio y la acusación  hasta el arrepentimiento culpable y el perdón. Unas conductas que se  suceden hasta el infinito en un círculo  reiterativo e infernal.

Mirar para otro lado

La reacción de Johan y Marianne ante el conflicto de sus amigos muestra de nuevo sus divergencias. Aunque ella es muy dada a la construcción de teorías que expliquen los embrollos de pareja y él es más pragmático que sentimental, ninguno de los dos se enfrenta a la verdad.

Cuando Marianne aborta a pesar de que ha mostrado veladamente su disconformidad, se observa en sus palabras un atisbo de sagacidad al mencionar a Johan que el problema no es el niño sino ellos mismos. Su conciencia parece comenzar a despertarse ante la frivolidad de su marido, empeñado en conversaciones sobre asuntos domésticos y triviales.

Su malestar se acrecienta ante la insistencia de su esposo en que descanse y duerma, todo un símbolo del  empeño a desplazar los problemas al terreno obscuro del inconsciente. El sueño como modo de evitar enfrentarse a la comodidad de la mentira vivida de acuerdo con la imagen que se espera de Marianne, es para Johan la garantía de que las cosas permanecerán como están, sin molestos ni perturbadores cambios.

De este modo se hace patente el distanciamiento entre ambos, encarnado en la desolación que expresa el rostro de Marianne. El último plano de su cuerpo bajo la sábana, y sus manos aferrándose desesperadas a ella, cierran este episodio, pero abren el paso a la confusión y a los problemas venideros.

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II. El arte de esconder el polvo bajo los muebles

Este capítulo, al contrario del anterior, se desarrolla en varios espacios: la casa, el coche, los respectivos despachos de Marianne y Johan, y el restaurante donde se reúnen para comer juntos. En todos los ámbitos parece asomar el malestar latente y la opresión que el tedio y los convencionalismos ejercen sobre los personajes.

En la casa queda probada la falta de libertad de la pareja para vivir sus vidas al margen de las exigencias sociales de las familias de ambos. De nuevo sus reacciones son divergentes. Mientras Johan se expresa con su habitual ironía, reflejo de su escéptico pesimismo, Marianne acepta con abnegada naturalidad el malestar impuesto por las conveniencias. Cuanto más se aleja Johan de su papel de marido ideal, más se muestra Marianne de acuerdo con su rol de mujer comprensiva que se sacrifica sin perder la serenidad ni la  sonrisa.

La aceptación de la mentira es también el fingimiento de una felicidad  simulada. Ante la frustración constante, Johan se esconde y Marianne intenta sin éxito proponer cambios, viajes y otros artificios que les permitan seguir adelante en pos de una quimera cada vez más lejana. El levísimo destello existencialista contenido en la pregunta de Marianne sobre la búsqueda de su auténtica esencia tiene su correlato en la frustración de Johan por la crítica a sus mediocres poemas.

Quizá la respuesta a la cuestión planteada por Marianne esté en su despacho y en la entrevista a la señora Jacobi, una respetable mujer de 60 años que desea divorciarse. Su argumento principal es la ausencia del amor y el deseo de enfrentarse al vacío progresivo de una vida sin disfraces ni engaños.

Este personaje funciona como espejo de la propia Marianne y anticipa la previsible crisis de la pareja. El personaje de la señora Jacobi es redondo y significativo en cuanto a la coherencia de su desesperado discurso. Su nihilismo radical se justifica en la certeza de que cualquier fingimiento conduce a la anulación y la muerte. La fuerza y claridad con que este personaje percibe la desintegración física del cuerpo, la pérdida de las facultades sensoriales y la cercanía del vacío y de la nada conmueven profundamente a Marianne. Su miedo se refleja en el primer plano de sus ojos, colmados de bondad y comprensión hacia la anciana. Pero aunque Marianne cree comprender, no actúa.

Mientras tanto, Johan da salida a sus demonios buscando la causa de su tedio y del cansancio existencial que ha propiciado la pérdida de la pasión. Su invectiva sobre la mujer por su condición de mártir oprimida está plagada de acusaciones y rabia por la vida que ha llevado hasta ahora. La llamada crisis de los cuarenta parece haber anidado en un Johan frustrado por la mediocridad y vulgaridad de su matrimonio y de su vida. Pero, como su esposa, no se enfrenta a su verdad y prefiere irse a dormir.

De nuevo el sueño se ofrece como espacio de evasión ante las contradicciones personales, pues  así se retrasa el tiempo del dolor y se ocultan los más profundos conflictos. El violento sarcasmo de Johan no hace reaccionar a Marianne, que amablemente pone el despertador para el día siguiente. Un gesto muy doméstico cuando algo está a punto de estallarle en sus propias narices. Y ella ni se entera.

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III. Paula: la tercera en discordia

Este episodio en el que Johan confiesa su infidelidad y su apasionada relación con Paula, una joven de veintitrés años, es uno de los más logrados del filme y donde la sutileza del director se muestra con más talento. La frialdad y pragmatismo de Johan, cuando comunica a su mujer su separación como un hecho consumado fruto de una decisión inapelable, se debilitan ante la pasión con que reivindica su derecho a vivir intensamente. 

La apatía de su mujer y su preocupación por cuestiones cotidianas provocan un fulminante estallido verbal en el que Johan vuelca su insatisfacción sexual a la par que justifica su rebelión contra la presión familiar. Atribuye su fracaso vital a la frialdad de su esposa y a las exigencias de su entorno, de modo que otra vez se engaña a sí mismo, confundiendo su petición de una oportunidad de vivir verdadera e intensamente con  la necesidad de satisfacer sus deseos sexuales. Por eso, ante el dilema, huye con la jovencita que le augura placeres inconmensurables y una nueva juventud, a la vez que, involuntariamente, miente a Marianne al dejar constancia de su dolor por la situación creada.

Marianne, bloqueada por el estupor que esconde la gravedad del momento y una sensación de irrealidad que le lleva a solicitar que le mientan si ello le da esperanza, siente la humillación del abandono definitivo sin que la contención de su gesto le impida percibir la inevitable soledad de su vida. Como hizo en el fin del primer episodio, se tapa con el edredón, y esta vez llora.

Esta parte se ha desarrollado en dos dependencias de la casa: la cocina y el dormitorio. La intensidad de las pasiones que se desatan y la fuerza de los diálogos dramáticos confieren al filme cierto tono teatral y literario acordes con las filiaciones culturales del director.

Que un tema tan común y aparentemente vulgar alcance cotas altísimas de interés y emoción son sin duda mérito de la calidad de la interpretación de dos actores carismáticos, que ofrecen lo mejor de sí mismos. Una combinación de talento, ingenio y belleza en una  película que ha hecho, merecidamente, historia.

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IV. Un valle de lágrimas: el fin del espejismo

Todo este episodio se desarrollará en el salón de la antigua vivienda común. Una Marianne bella, satisfecha y distante se reúne con un Johan abatido y harto de su aventura amorosa y de su trayectoria profesional. Las tornas han cambiado: Marianne es feliz con su independencia, su amante y su profesión, mientras que la vida de Johan hace aguas. Sus quejas se combinan con la añoranza del hogar perdido y la conciencia del vacío de su existencia. Los intentos de Johan por acercarse a su todavía mujer chocan con el rechazo y la frialdad de ésta. Pero los viejos roles se mantienen pues él habla y ella escucha. Cuando Marianne lee en su diario el análisis de sus fracasos y de sus engaños como persona, él se duerme.

Sin embargo, el contenido de esta lectura es uno de los más interesantes de la película, pues Marianne revisa la inconsistencia de los principios que sustentaron su vida desde  su infancia. Define su educación como un veneno, un aprendizaje para el fingimiento y la falsificación, de modo que denuncia el hecho de haber vivido la vida que los demás esperaban de ella sin atreverse a ser ella misma.

La ironía que le lleva a confesar su vocación teatral siendo su vida “tan poco dramática” se completa con la conciencia de haber sido dependiente de los deseos ajenos, incluido su marido. La frase “Qué es lo que él quiere que yo quiera”, eje de su existencia, confirma esta dialéctica entre lo auténtico y lo fingido presente en toda la  historia.

V. Los analfabetos: el gran estallido

Este episodio se desarrolla en su totalidad en el despacho de Johan, un lugar austero y triste acorde con el estado de ánimo del protagonista. La conversación con Marianne pasa de tratar detalles sobre aspectos materiales del divorcio a temas más trascendente, que tienen que ver con la evolución de sus respectivas personalidades. En estos momentos las tornas parecen haber cambiado. Marianne se muestra como una mujer fuerte, libre y satisfecha con su vida personal y profesional, en tanto que Johan ofrece su lado más vulnerable, exponiendo el fracaso de su relación con Paula y su cansancio y desencanto como funcionario marginado por el gobierno.

El descarado optimismo de Marianne, respecto a la que ella considera excelente gestión de su vida, contrasta también con la percepción de Johan sobre la situación vital de ambos. La frase “Somos analfabetos funcionales. No sabemos nada de nosotros mismos” constituye la clave de la lucidez de un personaje cuya única certeza es que la felicidad no existe y que las teorías que sustentan los sueños son sólo ilusiones aptas para ingenuos y crédulos analfabetos. Su clarividencia le deja desnudo e impotente ante la presunción de Marianne y la ostentación que ella hace de su momento de gloria.

Sin embargo su aparente frialdad no es más que otra máscara que oculta su profundo desencanto, por lo que responde a las provocaciones de Marianne con violencia e ira. Su desencuentro se materializa de nuevo en el habitual desajuste de los tiempos y circunstancias que cada uno de ellos experimenta y valora. La incomunicación se impone y la tensión dramática aumenta.

Mientras Marianne expone la crónica de su liberación como catarsis de su antigua y enfermiza dependencia mediante un discurso analítico y emocional, Johan simplemente se deja ir hacia el terreno de los sentimientos. Si él, rendido, suplica una nueva oportunidad, ella le lanza reiteradamente el rechazo como un arma defensiva, con cierto cariz de venganza. La apatía masculina y su aparente reconocimiento de culpabilidad no hallan otra respuesta que la demanda femenina de igualdad y sinceridad. La propuesta de Marianne de aceptación mutua sin representar papeles choca con el sutil pesimismo de Johan: “No es posible, la mascarada continúa”.

La tensión acumulada por los silencios y las frustraciones de una vida desdichada estallan violentamente en una disputa física y verbal que  emerge cuando las palabras no sirven. La violencia física como recurso ante la inoperancia de los argumentos. El odio contenido se resume en la última frase de Johan: “Sólo quiero matarte ¿no lo entiendes, idiota? Podría matarte”.

La respuesta de Marianne refleja  lo difícil que es cambiar los roles y las cosas: “La culpa es mía. No es nada”.

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VI. A plena noche, en una casa oscura, en algún lugar del mundo

El título de esta última parte refleja la universalidad de la conclusión de este estudio sobre los laberintos matrimoniales. Con una introducción sobre las diferencias generacionales y las conquistas de las mujeres, encarnadas en Marianne y su madre viuda, el episodio se centra en los encuentros furtivos de los dos protagonistas a espaldas de sus respectivas parejas.

Ahora que han pasado diez años más, han dejado de defenderse y aceptan sus limitaciones. Aunque Marianne sigue con sus teorías sobre la felicidad, su seguridad se ve compensada por el nihilismo irónico de Johan. El humor preside ahora sus conversaciones, en un intento de relativizar las verdades y mentiras absolutas:

—¿Quieres a tu mujer?
—Me gusta desayunar con ella…

La única seguridad que los amantes comparten es la constante e inevitable confusión en que viven y la eficacia de la ternura como forma de paliar sus efectos. Sus charlas están presididas por una lámpara de papel con forma de sol, que sonríe con sarcasmo como un dios que  escuchara, cruel y divertido, la cháchara de sus criaturas.

Con esta máscara que vigila otras máscaras finaliza Bergman su tratado sobre el matrimonio con el complemento de un diálogo tan sugerente como  perspicaz:

A veces siento que te comprendo…
—A  veces lamento no haber sabido querer a nadie…
—A mi manera particular e imperfecta… nos queremos…
—Todo es más sencillo. A plena noche. No hablemos de ello porque el amor se evapora.

Salvando una enorme distancia, este final recuerda a la frase que Shirley McLaine dirige a Jack Lemmon en El apartamento, cuando éste intenta explicarse: “No diga nada y juegue”.

Escribe Gloria Benito

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