Breve encuentro (Brief encounter, 1945) de David Lean

  22 Diciembre 2013

Viendo, sintiendo la realidad

1. Preámbulo

breve-encuentro-1Los trenes entran y salen ajenos a todo, a todos. Únicamente atentos a su propio deambular, que incorpora una música que sus ruedas transmiten y que tantos parecemos relacionar con el transcurrir de la existencia. Vamos, diríamos que es casi como una metáfora. A la que unimos las nubecillas del vapor de las locomotoras, deslizándose bajo los acristalados techos de las estaciones, para incorporarse al espacio exterior.

Y todo esto ocurría en tiempos que ya no son, que ya no están, que ya no podemos palparlos, analizarlos, revivirlos. Salvo cuando se presentan con las imágenes de una película irrepetible: Breve encuentro, de David Lean, que está basada en una obra breve de Noël Coward, Naturaleza muerta, y que a través del cine ya nos pertenece: la hemos hecho nuestra.

2. Naturalismo romántico

Y no podía ser menos cuando en una estación de tren, en su cafetería de ir y venir, de encuentros casuales, toman contacto dos seres como insatisfechos, aunque aparentemente felices. Y se dan cuenta que congenian, que se sienten atraídos mutuamente; y que el futuro está aún por escribir.

Eso es lo que suele pasar: el presente está dando siempre pasos hacia el futuro. No es de otra manera, aunque románticamente sí podemos cambiar los tiempos, las sensaciones, los sentimientos, las apetencias. Y también hasta pueden aparcarse las crisis, asumirlas o resolverlas. Se comprende: todo depende de la voluntad de cada cual para entenderse, satisfacerse a sí mismo y respetar a los demás.

Porque, para empezar, su historia es sencilla, como la de tantos y tantos que deambulan por sus vidas con el aparente sosiego de que están viviendo, sintiendo, lo que les corresponde. Van de casa al trabajo, a las reuniones, a las tertulias, y de paseo, o al revés, con la sensación, prácticamente aceptada, de que así es la existencia cotidiana que desempeñan y que han hecho suya, casi sin aspaviento alguno.

 Además, en esta ocasión, apoyándose en las notas románticas, fluidas, de un piano que dialoga con la orquesta con la sutilidad de una tristeza añadida, al borde de ser superada. Y que se amolda a los personajes como si ellos mismos la fuesen componiendo, porque forma parte de sus sentimientos, de esa pasión que les lleva a comprender mejor sus deseos y su realidad a uno y otro lado del espejo.

Que David Lean haya escogido el Concierto nº 2 para piano y orquesta de Serguei Rachmaninoff, revela algo más que conocer lo que se traía entre manos. Nos dice que cuando las imágenes están sintiendo, resolviendo, la realidad, se necesita un contrapunto adecuado para que dicha realidad, sin dejar de serlo, se incorpore a nuestras vivencias como si de nosotros mismos se tratase.

Como contraste, y complemento, tenemos la historia de la encargada de la cantina; la de la amiga de Laura; del amigo de Alec que le cede su piso; la riqueza del entorno de los viajeros; el ambiente gris-nublado de las calles, con ese organillo tocando Deja que el mundo gire. Y sus carreras para subir al tren, que están, como un presentimiento, en andenes enfrentados…

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3. La crisis del amor

Porque eso es, por descontado, la crisis de pareja: el amor se ha convertido en rutina, aburrimiento; sobre todo cuando se convive bajo el mismo techo y los alicientes que les unieron se han tornado tedio y cansancio. Así están ambos cuando se miran, se sienten, en el bar de la estación del ferrocarril, cuyos trenes les llevan a sus trabajos y los devuelven a sus hogares.

Alec (Trevor Howard) y Laura (Celia Johnson) entran en la cantina y la doble crisis da comienzo. Así de simple y de natural. Porque los primeros 30 minutos de este Breve encuentro son impresionantes y emotivos: como si estuviésemos espiando, sin que lo supiesen, sus afectos y tensiones en un marco tan real y conocido que nosotros mismos pudiéramos ser ellos.

La arenilla en el ojo de Laura es un pretexto y el médico Alec la examina con tal pulcritud que nos dice, por medio de los sabios planos de Lean, que el futuro les aguarda con el tono místico de las conjuras, y la sabia conciencia de que sus crisis devengarán responsabilidades en tiempo real.

Y las secuencias se deslizan con las cadencias que marca Rachmaninoff, al tiempo que vemos cómo, en aquellos tiempos, se fumaba en los cines, tomaban coñac para reponerse, se vestían para cenar, aunque fuese en casa; y se decían frases cuyo sentido de la crisis provocada las hace, ahora mismo, de un verismo tal que hasta pudiera molestarnos.

“Si te murieras, me olvidarías; y yo quiero que me recuerdes”. Así le dice Alec y no se trata sólo de sabiduría, se trata del sentimiento a flor de piel, del convencimiento de que su pasión está más allá del tiempo…

“Tenemos responsabilidades. Esto es tiempo muerto”. La demostración de que la crisis los ha cogido a ellos mismos, Alec y Laura, y vamos comprobando que tampoco pueden esquivarla: “No es tiempo real”, concluye Alec, porque sus relaciones están marcadas por sus pasados, que terminan por anular la pasión que se tenían. Véase el plano del beso con el paso del tren…

“Perdóname por haberte amado”. Y esa es la realidad, declaración de Alec, fundida en este Breve encuentro, que hace que su doble crisis de pareja se expanda, como las nubecillas de las locomotoras de aquellos sus trenes, y acabe en ese espacio que es volver a su condición anterior, al principio de las crisis; suplicando para que poder amar, y ser amado, sea lo más gratificante que le acontezca al ser humano.

4. Epílogo

De la misma manera que Laura, voz en off, pone las cosas en su sitio en relación con la inoportuna presencia de su amiga, que incordia en su despedida con Alec, así sabemos que las películas, a la chita callando la mayoría de las veces, nos ayudan bastante más de lo que se suponen los intelectuales y políticos de turno. Es decir, que los breves encuentros a que dan lugar nos complementan.

En esta ocasión por medio de una doble crisis, analizada, y más allá de sus 30 primeros minutos impresionantes y emotivos, diríamos que son sus 86 minutos totales, con las imágenes de quien sabe confiar en ellas por sus encuadres, por su montaje, por su música y porque cuenta con los actores adecuados, desde los mencionados hasta todos los que completan las secuencias.

Vista hoy, no es que parezca realizada ahora mismo, es que traspasa su propia idoneidad para enclavarse dentro de aquellas obras cinematográficas a las que el tiempo beneficia continuamente, pues no en vano al tiempo pertenecen. Y no es una paradoja. Es la constatación de que el arte y la vida son animales simbióticos, como sospechábamos desde siempre.

Gracias, una vez más, a Noël Coward, Celia Johnson, Trevor Howard, Robert Harris, Ronald Neame, Anthony Havelock-Allan, David Lean y a todos cuantos han hecho posible este gratificante, fructífero, imperecedero, saludable y apasionado Breve encuentro.

Escribe Carlos Losada

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