Beautiful Girls (Beautiful Girls, 1996) de Ted Demme

  18 Enero 2014

Nos hacemos mayores 

beautiful girls-1Algunas películas requieren ser vistas en un momento concreto. Sólo así alcanzan una proporción que de otro modo resultaría inexplicable. Cuando se estrenó Beautiful Girls un reconocido crítico de por aquí lo supo ver y expresar. Decía que hay películas que cuentan bien una historia, emocionan y hasta hacen pensar, pero que a todo eso, en algunos casos, se añade decir algo de nuestra vida, la vida de quienes la contemplamos, y es entonces cuando ingresan en una dimensión distinta, cuando, como es el caso, pasan a formar parte de un equipaje del que ya no nos desprenderemos nunca.

Beautiful Girls nos cuenta todas las fases del amor. Desde el tímido despuntar que encarna Marty (inconmensurable Natalie Portman), la coqueta y cautivadora vecina de Willie, hasta aquella en que ya no es más que un triste, por lo añorado, recuerdo del pasado, el que traspasa al padre de Willie, siempre taciturno e incapaz de descolgar de los armarios los vestidos de su difunta esposa. Entre ambos extremos se sitúa la pandilla de amigos del instituto con sus particulares y siempre difíciles noviazgos, trazando un mosaico en el que se pueden leer las múltiples facetas, aunque con un íntimo denominador común, en las que se expresan las relaciones humanas.

Podríamos señalar en primer lugar los matrimonios felices. Se adivina que así fue el de los padres de Willie. Al menos así se deduce viendo la tristeza que ha dejado su final. Aunque más bien tendríamos que sospechar que semejante abatimiento se nutre no tanto de lo perdido como de la soledad y el desamparo al que nos aboca, siendo así que el objeto resultaría intercambiable en tanto que su función no sería otra que aplacar los demonios amenazantes de su ausencia.

Pero sí que tenemos un ejemplo de matrimonio feliz, y de otros que intentan serlo, y hasta incluso de quien no le importa simular felicidad con tal de mantener el orden establecido.

Mo y su mujer, con sus dos hijos siempre vociferantes, es el modelo en el que se miran sus amigos. No es que quieran llegar ahí, pero es ahí a donde se dirigen de manera irremediable. La suya es una felicidad de manual, sin aspavientos, sin emociones, sin excesos. Entre los hitos de su vida de casados está aquel momento en el que Mo y su suegro se cayeron del bote en el que iban a pescar. Y entre las reglas inquebrantables que dan solidez a su unión el volver pronto a casa y no olvidar pagar a la canguro.

Eso parecer ser que es justo lo que desea Jan, la desencantada novia de Paul. Como con éste no parece probable que pueda alcanzar sus objetivos, decide sustituirlo por el carnicero. No importa que sea mucho mayor que ella. No importa que su profesión no sea la preferida para su condición de vegetariana. No importa siquiera que, como todos, babee al ver entrar a Andera. Le sirve.

Qué duda cabe de que el pronóstico de futuro de tales relaciones no es del todo halagüeño. Tienen, además, un ejemplo en el que mirarse. Se trata del caso de Darian y su marido Steve. Ambos saben de su naufragio, pero simulan un orden protector que a duras penas se mantiene. Darian finge la ignorancia de su marido mientras se entrega a Tommy como válvula de escape que le permita seguir recordando su esplendorosa juventud. Por su parte Steve puede aceptar incluso compartir a su mujer con tal de, dice, salvar su matrimonio.

Este es el destino que les aguarda. Algunos lo persiguen con ahínco, otros se rebelan, o simulan una impotente rebelión. Otros fantasean con un mundo irreal  que redima una vida sin redención posible.

Este último sería el caso de Paul y su diamante color champán. Su retrato es el de la inmadurez absoluta. Al final de la película incluso Marty le apabulla en ese campo. Quiere reconquistar a Jan a base de bloquear la puerta de su garaje y cree que caerá rendida, y agradecida, al anillo que pretende regalarle. Pero mientras tanto sigue pensando que las modelos son el objetivo a conseguir, pues no sólo son guapas y ricas, sino que además viajan mucho, y así no es necesario pasar demasiado tiempo con ellas. Ese tiempo que necesitará para actividades tan sofisticadas como ver los doce capítulos seguidos de Hombre rico, hombre pobre.

beautiful girls-6

Tommy (Matt Dillon) es otro de los que intenta una infructuosa rebelión. Era el tipo arrollador de los tiempos del instituto, el que se las prometía felices, y el que aún se resiste a entregarse. Como confiesa tras la paliza: “No soy lo que esperaba llegar a ser. Ni siquiera estoy cerca de parecerme”.

En realidad esa es la gran tragedia de los personajes de la película, la conciencia de que el paso del tiempo ha jugado en contra de cada uno de ellos. Cuando esa conciencia aparece, cuando uno reconoce el desajuste entre las aspiraciones y la realidad, es cuando se desata la crisis. Y si el valor es escaso su superación es imposible. Así, Tommy acabará aceptando a Sharon (“Una de las buenas”, dice), la mujer fiel, abnegada, comprensiva, la que no necesita más porque quizá nunca esperó nada más, la que le proporcionará la vida monótona y equilibrada de la que Tommy ha tratado en vano de escapar. Tampoco es probable que el próximo año visite a Willy en Nueva York.

Willie (Thimoty Hutton) representa un compendio de todo lo que hasta aquí se ha mostrado. En él los contrastes se agudizan y el drama se vuelve más sofisticado.

Al comienzo de la película lo vemos comprar sólo un billete de ida, e intuimos un drástico cambio en su vida. Pero pronto comprobaremos que la vuelta está programada desde el principio. Volverá escoltado, como si de un prisionero se tratara. Ese teórico cambio, con el que él también ha fantaseado, va a resultarle tan ilusorio como lo es para el espectador.

Willie sabe que tiene que tomar una decisión, pero le va a resultar tan difícil como a Hamlet. Una y otra vez se repite a sí mismo, porque los demás  no parecen oírle, que está atravesando el típico bache. No es un año lo que lleva saliendo con Tracy, sino sólo once meses, seis de ellos de convivencia. Y no es que Tracy no valga la pena. Puestos a calificarla alcanza un merecido siete y medio. No llega al ocho, es cierto, pero tampoco se queda en un cinco raspado. Con ella le espera una vida de siete y medio.

Y en esto que aparece Marty. Willie no es tonto y sabe que esa historia que se insinúa no es posible. Es perfectamente consciente de que llegará el momento en que Christopher Robin crecerá y se olvidará de Poo. Pero aún así se deja llevar. Como un estúpido se ve considerando la posibilidad, deseando su realización. Cuando Marty le propone esperar, en lugar de descartarlo por absurdo, se embarca en un razonamiento que pretende convencerle a él mismo antes que a la niña. Willie necesita razones para la sensatez.

Aunque asume que se ha hecho mayor y tiene que empezar a pensar en el futuro, es decir, que tiene que aceptar que los sueños de juventud no se realizarán, que el pianista no podrá vivir de su música, que ser vendedor de material de oficina (con un buen sueldo base más comisiones) tampoco está tan mal, a pesar de que ya pasaron aquellos días en que no se podía comer ni dormir, de que ya llegó el gran apagón, aún así, es como si luchara por detener el tiempo, por imaginar ese momento en el que el abismo entre él y Marty pudiera ser salvado.

beautiful girls-4

Y es que lo único que quiere Willie es tener algo hermoso. Pero de lo que no se da cuenta es que la belleza que él añora es la que va indisolublemente ligada a la juventud, y por lo tanto la que desaparece a medida que ésta se consume. En el fondo no es la belleza de los objetos o de las personas, sino la de un tiempo en el que todo era posible, en el que el mundo aún estaba en nuestras manos. No cae rendido ante Marty porque ésta sea un gran proyecto de futuro, sino porque necesita creer que su propio futuro no se agota en los materiales de oficina.

En ese futuro también estará Tracy, la profesional de éxito, quien le reprocha, sutilmente, que lleve borracho dos semanas, quien le indica dónde debe dejar el equipaje, y quien le recuerda, mientras abandonan el pueblo cubierto por la nieve y el hielo, que Marty es una chiquilla muy mona. La belleza que nunca volverá.

El final de la película nos presenta un falso final feliz. Todo parece acabar bien, pero nada lo hace. La aceptación de la realidad es más el sometimiento a una condena que una liberación.

Tan sólo Andera (espléndida Uma Thurman, presentada como una revelación, casi a cámara lenta), que huye de esa enorme casa de las lágrimas en la que en realidad todo el pueblo se ha convertido, buscando a Van Morrison, los Martinis con hielo y los periódicos del domingo, parece convencida de su elección. Pero como ella misma reconoce, es una chica facilona, le basta con que alguien sea capaz de pronunciar cuatro palabras: “Buenos días, dulce niña”. Lo que ocurre es que Andera está de vuelta, ha recorrido todo el camino y ha descubierto su lugar. No ha sido confinada en él. No es que naciera con novio, como todas las que son como ella. Es que sirve el whisky de un modo que se aprende sólo a base de tiempo y vida.

Queda la solidaridad, la camaradería, nuevas fiestas que se celebrarán y que producirán otros reencuentros. Y se recordará otra vez la canción tantas veces coreada:
http://www.youtube.com/watch?v=DPQ47h-k-nw

Pero todo seguirá igual.

En Delitos y faltas Woody Allen nos decía a través del repelente personaje de Alan Alda que la comedia no era más que tragedia más tiempo. Cabría decir tras ver esta película que la sentencia debería invertirse. La tragedia no es sino comedia más tiempo.

Escribe Marcial Moreno

beautiful girls-3