Delitos y faltas (Crimes and misdemeanors, 1989) de Woody Allen

  16 Enero 2014

En busca de un mundo perfecto 

delitos-y-faltas-1Hablar del cine de Woody Allen es hablar de las relaciones afectivas entre hombres y mujeres y por extensión del fracaso de estas relaciones; todos y cada uno de sus títulos estudian sentimientos tan familiares como los celos, el deseo sexual, el enamoramiento o la perdida de la pasión y el amor.

Pero aunque en todas sus películas se analizan estos aspectos, si tuviéramos que elegir un título paradigmático, uno de ellos sería sin duda Delitos y faltas realizado en 1989 tras el film Otra mujer y el episodio Edipo reprimido que constituían también dos certeras miradas sobre el mundo de los afectos y el desamor.

La gestación del guión de Delitos y faltas resulta muy curiosa y claro reflejo del carácter de Allen: antes del verano de 1988 el realizador neoyorquino ya tenía medio acabado un guión que había pensado retomar a la vuelta de unas largas vacaciones por Europa; sin embargo durante el viaje no podía quitarse la historia de la cabeza por lo que aprovechó las mañanas para escribir en los papeles de carta de los hoteles en los que se alojaba (Estocolmo, Lago Como, Roma, Venecia, Londres...). Estas hojas sueltas las guardaba obsesivamente en el bolsillo interior del abrigo, y a medida que avanzaba la historia el bolsillo abultaba cada vez más y más. Cuando regresó a Nueva York había finalizado el libreto cuyo título preliminar era Brothers y que tras diversas modificaciones acabaría siendo el guión de Delitos y faltas.

A los temas tan queridos para Allen como la infidelidad, la traición y el desengaño amoroso, se añaden en esta ocasión el sentimiento de culpa sobre un trasfondo criminal, dándole a la historia un tono trágico que lo acerca en muchos momentos al más genuino cine negro. Vista en perspectiva descubrimos que Delitos y faltas es un claro antecedente de Match point (2005), otra de las obras cumbres incontestables del autor (aunque el tema ya lo había retomado tangencialmente, esta vez en tono de comedia en 1993 en Misterioso asesinato en Manhattan).

Parejas en crisis: el elogio de la mentira

Antes de entrar en materia es conveniente comentar brevemente el argumento del film, ya que en su estructura, conformada por dos líneas argumentales paralelas, se encuentra parte de sus virtudes aunque también en mi opinión de sus debilidades.

 Judah Rosenthal (Martin Landau) reputado oftalmólogo, no consigue hacer entrar en razón a su amante Dolores (Anjelica Huston) que reclama poseerlo en exclusiva, haciendo peligrar su confortable vida familiar y su actividad profesional. Un Judah atormentado, comenta sus desventuras a su hermano (personaje turbio con contactos en el hampa) y deciden que la mejor solución es la eliminación física de la amante. A partir de ese momento se establece en Judah una pugna interior entre los sentimientos de culpa y remordimiento y la necesidad de seguir adelante, de volver a vivir como si nada hubiera ocurrido.

Paralelamente Allen nos cuenta la tragicómica historia de Cliff Stern, un documentalista (interpretado por el propio director), en crisis con su mujer y que se enamora perdidamente de un miembro de su equipo (Mia Farrow), sufriendo un desengaño amoroso al comprobar cómo esta última contra todo pronóstico acaba emparejada con un cuñado de Allen (un exitoso y acaudalado productor de televisión al que Allen desprecia con toda su alma).

Sólo muy al final del film se juntan ambas líneas argumentales; Judah (Landau) y Cliff (Allen) coinciden en la boda de la hija del rabino ciego Ben (Sam Waterston), también cuñado de Allen y al que Judah había tratado en su consulta y en una magnífica escena donde ambos descansan plácidos en un sofá, dialogan sobre el remordimiento, el castigo, lo azaroso de la existencia, la ausencia de Dios y la necesidad de apechugar con los delitos y las faltas cometidas.

Toda la película está estructurada en torno al engaño, constituyendo la mentira y la búsqueda de un mundo ideal el verdadero motor de las relaciones sentimentales. Judah, el prestigioso oftalmólogo, lo tiene todo, una vida familiar perfecta, una amante más joven y vital, éxito profesional y económico, sin embargo la aparición de “la verdad” amenaza con destruir todo su mundo perfecto. Su amante ya no acepta por más tiempo las falsedades de Judah y decide que todo salga a la luz (incluso sus tejemanejes económicos).

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Pero la verdad resulta a la postre demasiado transgresora, ya que puede mandarlo todo a pique: familia, trabajo, posición social… y el futuro resulta muy incierto sin ese paraguas protector (“Yo no merezco todo esto”, afirma Judah). El asesinato arreglará las cosas y en un final francamente amoral veremos cómo todo vuelve a su cauce normal, a la vida familiar convencional, al mantenimiento de las apariencias y el status social.

Puede resultar duro, pero es cuestión de tener paciencia en un mundo sin principios; como declara el propio Judah a Cliff: “La gente arrastra consigo sus pecados, o puede que tenga un mal momento… pero pasa pronto y con el tiempo todo se olvida”. Un ejemplo similar lo tenemos en la última película de Allen (Blue Jasmine, 2013), donde la atribulada esposa interpretada por Cate Blanchett, hastiada de tanto engaño y falsedad, decide en un arranque de ira denunciar a su marido al FBI; a partir de ese momento todo su mundo se transforma, la seguridad que proporcionaban las falsas apariencias se desmorona y la entrada de “la verdad” genera una serie de fuerzas de muy difícil control.

La historia del documentalista Cliff Stern, aunque en un tono menor, también plantea interesantes dilemas morales, enfrentando por un lado la honestidad e integridad del personaje interpretado por Woody Allen, de ideas progresistas, fiel a sus principios morales y profesionales, aunque quizá por esa misma razón siempre sin un centavo, sin trabajo estable y a punto de separarse de su mujer, frente a la impostura y falsedad de su cuñado Lester (Alan Alda) productor mujeriego, rico y amoral.

Sin embargo, en un giro inteligente, el director vuelve las tornas contra la que creía que sería su nuevo amor (Mia Farrow), en realidad una réplica en femenino del propio Allen, ya que ésta de forma inopinada cae rendida frente a los encantos y marrullerías del exitoso productor. En unos diálogos no cargados de misoginia, Allen no comprende su actitud y reprocha a Farrow el haberse enamorado de un ser tan infame. La inocencia de Cliff (Allen) se desmorona, ya que descubre que en las relaciones afectivas la belleza, el poder y el dinero son importantes bazas con las que él difícilmente podrá contar.

Y para colmo de males, el profesor Levy, un filósofo superviviente del holocausto nazi, al que Cliff estaba dedicando un extenso documental, y que argumentaba que los humanos eran la suma de sus decisiones morales y que sólo la capacidad de amar daba sentido al universo, ese mismo personaje que era el faro espiritual de Cliff decide suicidarse, saltar al vacío y acabar con todo. Como remate a tanta profundidad de ideas deja una escueta y surrealista nota que deja desconcertado a Cliff y también a nosotros: “Me voy por la ventana”.

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Ensayo de un crimen

Dieciséis años más tarde Woody Allen retoma prácticamente el mismo esquema argumental en la excelente Match point, en mi opinión remake inconfeso de un título clave del free cinema británico, Un lugar en la cumbre (Jack Clayton, 1959).

En Match point Allen desarrolla las ideas que aparecían en Delitos y faltas, y en estado de gracia consigue una obra que aborda magistralmente el arribismo, los remordimientos y el castigo. Ahora Judah se ha transformado en el joven trepa Jonathan Rhys Meyers, que no puede permitir que su reciente mujer, su nueva posición social y su apartamento a la orilla del Támesis desaparezcan por el desagüe debido a las exigencias y los delirios de su atractiva amante (Scarlett Johansson). Pero los tiempos cambian y será el propio protagonista en Match point el que cometa el crimen, no necesitando intermediarios ni importándole lo más mínimo mancharse las manos con la sangre de su amante.

El remordimiento se materializa en una excelente escena en Match point cuando los espectros de la joven amante (Johansson) y de una inocente anciana, también fallecida en el crimen, se le aparecen a Rhys Meyers en la penumbra de la cocina. Esta escena ya se había ensayado en Delitos y faltas cuando, tras el crimen, Judah totalmente acongojado no puede conciliar el sueño y sale a la oscuridad de su comedor (sólo iluminado por la luz espectral de los relámpagos) y se le aparece el Rabino Ben, como un trasunto de su alma y de su conciencia perdida.

Un Allen más maduro en Match point sabe centrarse exclusivamente en la historia principal, obviando el principal escollo de Delitos y faltas con la doble línea argumental, donde la historia de Judah tiene una fuerza infinitamente superior a la de Cliff Stern, siendo reconocido este aspecto por el propio Allen: “En Delitos y faltas a nadie le interesaban mis aspiraciones (las de Cliff, el oscuro documentalista); solo les interesaba el éxito. Mi papel en la película cumplía la función de una mera distracción cómica. La verdadera historia de Delitos y faltas es la de Martin Landau” (1).

En el libro de entrevistas de Eric Lax, preguntado sobre su valoración personal de Delitos y faltas declara: “Estaba bien, pero pecaba de mecánica para mi gusto. Creo que me costó demasiado hacerla, mientras que Match point me salió de una forma mucho más natural. De repente me vi con los personajes indicados en el lugar y el momento adecuados”.

Mención aparte merece la puesta en escena de Delitos y faltas, unida a la impecable fotografía de Sven Nykvist, director de fotografía de un buen número de películas de Bergman.

Me gustaría destacar la corta escena del asesinato de Dolores, de elegante simplicidad, filmada sin diálogos y con el fondo musical del primer movimiento del Cuarteto en cuerda en sol de Schubert, que le da un tono fatalista muy inquietante. Comienza con la llegada del gánster en un plano cerrado mientras aparca su coche, seguido de un lento retroceso de la cámara que consigue encuadrar a la perfección el puente de Queensboro. Sigue una secuencia de seguimiento del sicario a Dolores, sobre todo mediante travellings laterales por las calles de Nueva York, y finalmente la entrada al apartamento de Dolores y el posterior sonido del timbre con el lacónico anuncio del asesino: “Vengo a entregar unas flores”. A partir de aquí cambia bruscamente de escena y Allen nos escamotea elegantemente la muerte violenta.

Judah no puede soportar el vacío y la culpa, y decide comprobar con sus propios ojos los efectos de sus actos. Sorprendentemente se presenta en el apartamento de Dolores que yace muerta en el suelo y con la cabeza vuelta nos mira a él y a todos nosotros, con los ojos bien abiertos y fijos.

Esos ojos abiertos reflejaran el reproche moral que nos perseguirá a todos, aunque no exista la pena ni el castigo, aunque todos los delitos y las faltas vayan a quedar impunes.

Escribe Miguel Angel Císcar


Nota

(1)  Conversaciones con Woody Allen. Eric Lax. 2009. Debolsillo.

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