Vivir un gran amor (The end of the affair, 1955) de Edward Dmytryk

  14 Enero 2014

Amor, fe, esperanza 

vivir-un-gran-amor-2Que el nombre del realizador de origen canadiense Edward Dmytryk (o Edward Dmytrik, como se puede leer en algunos escritos) no haya pasado a engrosar el nutrido listado de grandes directores de la historia del cine no quita que durante su extensa filmografía haya parido algún que otro trabajo al que se le pueda aplicar el adjetivo de gran película e incluso el de obra maestra. Títulos como Lanza rota (Broken Lance, 1954), El baile de los malditos (The Young Lions, 1958) o Espejismo (Mirage, 1965) dan buena prueba de ello.

Víctima de lo que se vino a llamar la Caza de Brujas hollywoodiense, el cineasta se vio obligado a dejar de trabajar, aunque para esa época ya había dirigido films tan destacables como Historia de un detective (Murder, my sweet, 1944) o Encrucijada de odios (Crossfire, 1947) y no fue hasta años después en los que, en un discutible ejercicio de chivatazo máximo, acusó delante del Comisión de Actividades Antiamericanas a algunos colegas de profesión, que no volvería a trabajar con asiduidad. Eso sí, trasladándose a Inglaterra, donde a pesar de su exilio seguiría trabajando para los grandes estudios como Columbia, 20th Century Fox, MGM y Paramount Pictures.

Vivir un gran amor corresponde a este último periodo, y concretamente fue rodada en 1954, años antes de su posterior declive que le llevó a involucrarse en proyectos tan poco recomendables como Shalako (Shalako, 1968) o Víctimas del terrorismo (The human factor, 1975).

En esa época, el director parecía centrado en escudriñar en la mente humana, realizándose una serie de preguntas que luego derivarían en otros tantos trabajos donde abordaría el mismo tema desde distintas perspectivas.

Vivir un gran amor nos sitúa en Inglaterra, en plena Segunda Guerra Mundial. Sarah Miles (una inconmensurable Deborah Kerr, sin duda alguna lo mejor de la función), es la aburrida esposa de un funcionario británico. Cuando, durante una fiesta, su marido le presenta al escritor americano Maurice Bendrix, Sarah no puede evitar sentirse atraída por él. Entre ambos nace un amor apasionado que los lleva a soñar con un futuro común, pero inexplicablemente Sarah pone fin a la relación. Con la ayuda de un detective privado, Maurice intenta averiguar por qué.

A grandes rasgos estas serían las premisas por las que se desarrollaría este drama romántico de ribetes bélicos. El director va por faena desde el primer momento y no han pasado cinco minutos de metraje que ya vemos (mejor dicho imaginamos) a la infiel pareja consumando su recién descubierto amor tras una sosa fiesta en la que son presentados por su marido.

A partir de ahí todo se mueve entre los celos de él, quien no soporta una relación en la que se tiene que conformar con los pocos ratos de encuentros furtivos, por lo que le apremia a que abandone su status social y huya con él a parajes recónditos; y ella, quien a sabiendas de que acaba de encontrar al verdadero amor de su vida, no atina a desembarazarse de todo lo que le ata al pasado.

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Hasta que un día ocurre un desgraciado accidente producto del lanzamiento de una bomba, y el amante queda malherido. A partir de entonces, Sarah se muestra esquiva y hace lo posible por cortar todo tipo de relación. ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué le ha llevado a tomar tal decisión? Pues nada más y nada menos que una promesa hecha a nuestro Dios redentor en la que si salvaba la vida de su amor ella se comprometía a llevar una vida sosegada y sin sobresaltos emocionales. 

Como bien se indica en un momento del ajustado guión, las dudas de Sarah pasan de ser físicas a metafísicas, terreno donde Dmytryk no se mueve con tanta soltura como en el melodrama almibarado. Puede que sea porque la educación cinematográfica occidental nos ha permitido conocer figuras como Robert Bresson o Ingmar Bergman, auténticos baluartes a la hora de preguntarse con conocimiento de causa la existencia o inexistencia de la figura de Dios, o bien porque no nos creemos a pies juntillas que a una atea confesa le venga, tan de repente, una iluminación divina de semejante alcance, lo cierto es que el desarrollo de la trama se resiente para mal de este giro de timón narrativo.

La protagonista visitará tanto a un cura como a un apóstata, en una búsqueda de la verdad que no hallará hasta que el director decida elegir entre uno de los dos caminos, precisamente el que le resulta más cómodo, aunque aquí no lo desvelaremos.

Aunque todo el grueso de la narración se centra en la figura de los dos amantes y sus cuitas para no ser descubiertos vale la pena destacar la presencia de dos actores secundarios que en la mayoría de las ocasiones en las que aparecen en pantalla actúan como auténticos robaescenas que engrandecen la calidad de lo explicado.

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Nos referimos a la figura del sufrido, y por qué no decirlo, cornudo marido, interpretado por un Peter Cushing sin capa con la solvencia y crédito a la que nos tiene acostumbrados (su arqueo de cejas y su rostro desencajado cuando se entera de que su mujer está viviendo una aventura extramatrimonial no tienen precio), y a la divertida y casi paródica actuación de un grande de la escena británica como John Mills, quien borda el rol de detective con hijo un tanto despistado y atolondrado. Ambos logran los momentos de mayor atención por parte del espectador, un poco cansado de la monotonía de un personaje tan anodino como al que da vida Van Johnson, quien con una inexpresividad fuera de toda lógica no logra transmitir toda la fuerza que se requería para alguien que vive un amor tan enfermizo y real.

Como datos complementarios señalar que el film está basado en la novela The end of affair, escrita en 1951 por Graham Greene, autor entre otros de textos básicos que luego se convirtieron  en clásicos del séptimo arte como El tercer hombre, El ministerio del miedo o Un americano tranquilo; que la excelente fotografía fue llevada a cargo por Wilkie Cooper, quien más tarde alcanzaría fama y prestigio al ser el laureado operador de los coloristas títulos de Las aventuras de Simbad; y que la banda sonora del film fue compuesta por Benjamin Frankel, autor de partituras tan conocidas como Noche en la ciudad, Una rubia para un gangster o La batalla de las Ardenas.

En 1999, cuarenta y cuatro años después del original, se rodó un remake del film dirigido por Neil Jordan, titulado El fin del romance. En esta ocasión, la pareja protagonista fue interpretada por Ralph Fiennes y Julian Moore, mientras que el rol del marido difamado fue a parar al irlandés Stephen Rea.

Con una estética más cuidada y unas caracterizaciones más ajustadas, la crítica especializada coincidió en que este remake fue superior al original, aunque dada la carencia de medios de la época, para nada hay que desdeñar la labor de un director como Edward Dmytryk, capaz de sacar oro interpretativo de una floja adaptación.      

Escribe Francisco Nieto

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