Perversidad (Scarlet Street, 1945)

  03 Noviembre 2013

Hombre florero. Mujer florero 

Perversidad-Scarlet-Street-1En el ámbito de la creación, la inspiración y la frustración son valores que se antojan contradictorios. Sin embargo, son muchas las ocasiones en que los obstáculos, barreras, incomodidades y dificultades posibilitan un inconformismo que es canalizado mediante el arte.

Fritz Lang es uno de los directores más reconocidos y admirados de la historia del cine por su peculiar biografía y por su trayectoria cinematográfica. En pocas palabras, un recorrido por el cine que comienza en Alemania, se desarrolla en Estados Unidos y culmina en la República Federal de Alemania. La obra de análisis se encuentra en la segunda categoría

Scarlet Street, traducida como Perversidad, podrá ser acusada de maniquea o convencional; de ser poco original —se trata de otra perspectiva hacia la historia ya expuesta en La Chienne de Jean Renoir— o para algunos ser una obra menor de cine negro. Sin embargo, Scarlet Street es un ejemplo muy representativo de adaptación, de cómo un director insigne del expresionismo alemán puede mimetizarse con la industria cinematográfica hollywoodiense y aún así dejar claves o pistas de su inconfundible autoría.

Al tener esto en cuenta, esta película no sólo presenta una trama de cine negro en la que una joven pareja engaña y manipula a un hombre que ya está a punto de comenzar el tercer acto de su vida; sino que este personaje, Christopher Cross, es el vehículo que habla de la vejación hacia el mundo del arte. Cross está inmerso en un matrimonio de cinco años en el que es absolutamente ninguneado y que sólo es apreciado en su trabajo, el cuál no le trae la felicidad. Además en su empleo, gestiona los billetes y el éxito monetario de los demás.

Tan sólo encuentra la capacidad de sonreír honestamente cuando postra el caballete y el lienzo en el baño de su casa y comienza a pintar. Y digamos que sus creaciones artísticas no pertenecerían precisamente al “Modo de Representación institucional” que se lleva en el momento. Se percibe en ellos toques surrealistas o metafóricos lejanos de la lógica de la coherencia. 

Es muy significativo el diálogo entre Charlie y Christopher, cuando el primero contempla uno de los cuadros que ha pintado su compañero, en este caso el de la flor que Kitty, la manipuladora (y manipulada) femme fatale de la película, le ha regalado. Mientras Charlie fuma un puro con cara de escepticismo y se coloca las gafas para mirar fijamente el lienzo pregunta: “¿Dónde encontraste una flor como esa?”. Christopher señala con la mano la margarita que tiene sobre el lavabo. “¿Quieres decir que ves esto (cuadro) cuando miras esto?”. El artista titubea: “Sí, es… es lo que siento. Verás, cuando miro esa flor, veo a alguien…”.

Ese alguien se refiere indudablemente a Kitty, sin embargo, no puede seguir verbalizando sus emociones porque Adele, su placadora esposa, entra al baño y debido al sobresalto de encontrarse a dos hombres mirando un cuadro, emite un agudo quejido. Una escena sencilla pero clave que demuestra la miserable e incomprendida vida de Christopher Cross.

ss-Lienzo-servicio

Estampado floral

Una flor es la representación natural básica de la belleza formal, un obsequio que demuestra aprecio y afectividad, un elemento que inspira a artistas. Un estampado floral derrocha alegría, jovialidad, vitalidad y tradicionalmente, feminidad. ¿Pero existen más capas detrás de esa instantánea atracción o es mera superficialidad?

De una forma u otra, Scarlet Street se trata de una película en la que las flores inundan la pantalla, diría hasta de una forma (atención a la paradoja) sutilmente agresiva. Sin embargo, aquí quien recibe una flor no es una inocente jovencita a la que un apuesto galán pretende conquistar, sino que la víctima embaucada es un hombre con una vida depresivamente estabilizada.

La inversión de los roles de género es comedida e inteligente y presenta unas desviaciones del esquema narrativo clásico hollywoodiense más que reseñables. La figura de la femme fatale ­­—que nace de la mano del cine negro, género al que Lang ha contribuido cuantiosamente— es aquí la que convierte al personaje de Chris, interpretado por el icónico Edward G. Robinson, en un iluso que cree vivir el idilio perfecto cuando realmente es estafado por una joven pareja, formada por Kitty y Johnny. Pero ni siquiera Christopher era una víctima planeada, a la que mereciera la pena estudiar, sino que su elección ha sido puramente fortuita y desganada. A pesar de todo, las falsas promesas de amor de Kitty hacen que Christopher viva en una ilusión y se convierta en un hombre nuevo.

Desde hace cinco años Chris lava los platos. Él cocina. Él es el amo de su casa y el criado de su matrimonio. Y lo hace con convicción, pero también va ataviado con un delantal que destaca por un potente estampado floral. Un delantal que le recuerda que prefiere antes el olor de la primavera que el sabor de un puro. Las tareas de la casa, un acto de pura normalidad se convierten en vejaciones puesto que como él señala, si él friega los platos es solamente por ella, por Adele.

Al igual que en el baño, la cocina es el marco en el que este personaje se mueve como pez en el agua, la diferencia es que el segundo le esclaviza. Chris no sólo vive supeditado al perfil de su esposa sino que es particularmente humillante la omnipresencia de Homer, el primer marido de Adele, de quién hay un retrato que preside su casa. Un cuadro imperativo y autoritario; y por supuesto, de un estilo hiperrealista, una corriente que choca con las creaciones de nuestro protagonista.

Todos los corsés que ciñen la vida de Chris explotan cuando Adele llega a casa, y él en la cocina oye cómo su esposa le acusa de plagio por haber visto sus cuadros en una galería de arte firmada por Katherine “Kitty” March. Él está en la cocina embutido en su primaveral delantal. Los improperios de su esposa se funden con la primera revelación de las mentiras de su amante. La furia inicial crea una de las imágenes más icónicas de la película: un inspirado y floral Edward G. Robinson (corbata incluida) con una mirada desorbitada y un cuchillo en alza.

ss-Falso-autorretrato Kitty

La zafiedad de la femme fatale

Scarlet Street no fue especialmente alabada en su estreno, pero se trata de una película anómala por varios aspectos. Uno de ellos es que la perversa femme fatale, arquetipo de mujer manipuladora que derrocha elegancia e inteligencia, aquí consigue llevar a cabo sus tretas con la vulgaridad por bandera.

Kitty, interpretada por Joan Bennett, tan sólo es admirada por el personaje de Chris. El espectador rechaza su figura de una forma instantánea, algo que no ocurría con la femme fatale por excelencia, la modélica Barbara Stanwyck en Double Indemnity, que marca un perfil que se tomaría como ejemplo en el cine de los años 40.

En el retrato del personaje de Kitty, los estampados florales que inundan su casa y vestuario no simbolizan atracción y delicadeza, sino que funcionan con un efecto radicalmente contrario. Un efecto relacionado con lo cargante; las flores se convierten en una estrategia desesperada de ocultar su naturaleza basta, chabacana y absolutamente carente de dignidad. Al fin y al cabo, da igual que una alfombra tenga un estampado primaveral si sobre ella se posan una infinidad de platos sucios (gandulería que contrasta con el esmero de Christopher). 

Tampoco se puede afirmar que el talento de Kitty resida en ser la titiritera de Chris. Realmente quien lleva las riendas de la manipulación es Johnny, interpretado por Dan Duryea, y quien ve en el arte una potencial arma de sacar dinero. La transición que funde su personaje con la serpiente enroscada de uno de los cuadros de nuestro protagonista es su mejor definición.

La figura de Johnny es importante porque además de ser un personaje interesante y con matices, es vital para dotar de dimensión a la presencia femenina. Si la primera vez que conocemos a Kitty es en la calle, de noche, golpeada por Johnny, es evidente que no estamos sólo ante un teatrillo de una pareja de estafadores, sino a una mujer zafia y vulgar con una venda en los ojos marcadas por la palabra “Johnny” inmersa en una espiral de ambición perdidamente enamorada de un maltratador. Hay mucho de dramático en el personaje de Kitty más allá de la etiqueta de deslumbrante villana.

Su personaje muestra varias capas de interpretación, no sólo por parte de la actriz, sino de la propia Kitty. Ella misma se presenta como actriz ante Christopher con una leve sonrisa de medio lado y realmente consigue hacer que el resto puedan ver en ella a una mujer elegante y divertida.

ss-Flor-surrealista

 

El castigo del crimen

El castigo del crimen es un valor que hasta el estreno de esta película parecía inherente en las producciones hollywoodienses. Si una película no tenía final feliz, al menos debía contar con un desenlace moralmente justo. Posiblemente sea Scarlet Street una de las primeras películas en las que el cometer un crimen no tiene ninguna consecuencia aparente, al menos si se entiende el término “castigo aparente” como sinónimo de “prisión”.

Esto dota de un ácido tenebrismo a la película que conecta de forma directa con la etapa alemana, puramente expresionista de Fritz Lang. No es casualidad que Lang pasara a convertirse en uno de los claros representantes del film noir en su aventura cinematográfica estadounidense.

Al realizar una comparación entre esta película, Perversidad, y la que firma Lang justo un año antes, La mujer del cuadro (1944) también interpretada por Edward G. Robinson y Joan Bennett, se puede apreciar una ruptura con las presiones académicas. Mientras que en La mujer del cuadro el tono es más tenue y ligero, el final de Perversidad es apoteósico y delirante, una explosión de pesimismo en la que la imagen oscura inunda la pantalla.  Y en la que el castigo a los personajes trasciende una mera encarcelación. 

Destacan en el segmento final de la película las declaraciones ante un juzgado de los personajes principales y secundarios. El cine pasa a convertirse en teatro y el minimalismo de las declaraciones se fundamenta en un foco blanco que ilumina el rostro de aquel que habla. La mayor parte de los personajes no mira directamente a cámara, por ello destaca la intervención de Adele, la esposa de Chris: “¿Pintar el señor Cross? Sólo copió su trabajo, es un ladrón. Me ha robado a mí, a su empresa y a Katherine March”.

ss-declaracion-adele

¿Quién es el autor?

Es evidente que el contexto y las circunstancias en las que el autor crea una obra son importantes por mucho que se cierre la mirada al propio documento cinematográfico. El modo de representación que instauró Hollywood en su cine clásico ha dejado grandes obras maestras a lo largo de la historia del siglo XX. Sería injusto decir que los segmentos más académicos de las películas de la etapa americana de Fritz Lang, realmente no son marca Fritz Lang.

Ya Truffaut exponía cómo el autor de una película siempre es el director, a pesar de la cantidad de personas que trabajan para crearla. No es casualidad que un perfil como el de Fritz Lang le causara fascinación, de ahí su participación en Le Mépris, de 1963. En esta Scarlet Street el verdadero artista era un hombre de cincuenta años, mientras que el público y la crítica admiraban a la que creían la genuina creadora, una joven y bella dama. Sin embargo, al autor tan sólo le importaba que su trabajo por fin hubiera sido valorado y reconocido. A fin de cuentas, en Scarlet Street hay altas dosis de autorretrato.

La trayectoria de Lang  es tan sólo un ejemplo más de un estilo puramente arraigado que, a pesar de estar parcialmente opacado por los modelos encorsetados de contar historias a los que tuvo que rendirse para poder vivir del cine, la visión de un autor, de un artista, pervive frente a todas las fuerzas opuestas.

Escribe Juan Bernardo Rodríguez

ss-kitty-estafadora