Corazones en lucha (Vier um die Frau, 1921)

  31 Octubre 2013

El Fritz Lang más desconocido 

corazones-en-lucha-1El paso inclemente del tiempo y las pésimas condiciones de conservación de los negativos originales suelen ser los principales enemigos del cine silente. Muchas películas mudas se han perdido irremediablemente, otras se conservan en condiciones bastante precarias y de algunas sólo existen copias a las que les faltan secuencias enteras.

Pese a este horrible panorama para cualquier cinéfilo que se precie, existen algunos casos aislados en los que gracias a la ardua labor de restauradores y conservadores que suelen trabajar en filmotecas de todo el mundo, algunos de estos títulos aniquilados emergen cual ave fénix y se recuperan para poder ser proyectados en las mejores condiciones posibles.

Prácticamente no conocemos a ningún director, de los denominados grandes, de quienes se guarde de manera íntegra toda su producción muda (John Ford, Howard Hawks, F. W Murnau, Tod Browning o King Vidor serían claros ejemplos de esto que exponemos). Sin embargo, existen algunos cineastas que han dispuesto de mayor fortuna y sus obras han sobrevivido casi en su totalidad a incendios, destrucciones, bombardeos, pérdidas o a la simple desatención.

Fritz Lang sería uno de estos realizadores suertudos, y al director alemán podríamos unir otros nombres tan importantes e imprescindibles como Alfred Hitchcock, Ernst Lubitsch o Carl Theodor Dreyer.

Con todo y con eso, durante un buen periodo de tiempo se dieron por perdidas algunas cintas (caso de sus dos primeros films), mientras que otras se hallaban en estado deplorable. En este segundo grupo se encontraba el film que ahora nos ocupa, Corazones en lucha (Vier um die Frau, 1921), que sólo había podido verse en su versión completa con motivo de su estreno comercial, que en Alemania tuvo lugar el 3 de febrero de 1921.

Gracias a la actuación de la Cinemateca de Sao Paulo y el Museo del Film y la Televisión de Berlín los planos estropeados fueron retocados con paciencia infinita y los virados en color se corrigieron a partir de los virajes químicos originales. Gracias a su labor podemos disfrutar de una de las piezas más escondidas de Lang, un eslabón perdido en un momento crucial de su trayectoria, ya que inmediatamente después de Corazones en lucha el cineasta germano rodó una de sus películas más emblemáticas de esta etapa, Las tres luces (Der Mude tod, 1921), para pasar posteriormente a centrarse en la inquietante saga protagonizada por el doctor Mabuse.

Algunos críticos han hecho notar, al respecto, algunos rasgos comunes entre Corazones en lucha y El testamento del Doctor Mabuse, tales como la radiografía de la corrupción en las clases altas, la práctica habitual de la existencia de advenedizos sin escrúpulos, el chantaje, la tensión social…

Corazones en lucha, que también se puede encontrar en algunos lugares con el título de Cuatro hombres y una mujer, nos cuenta la peripecia de un comerciante qe decide comprar a su esposa una joya en un lugar bastante destartalado y repleto de maleantes, donde los delincuentes trafican a sus anchas con joyas falsificadas.

Precisamente en este lúgubre lugar, se topa por casualidad con un hombre con el que su mujer había mantenido un romance hacía ya unos años. Al reconocerlo, lo sigue hasta el hotel donde se aloja y le envía una carta, imitando la letra de su esposa, para proponerle una cita. Este será el detonante para que se produzcan una serie de equívocos que también tendrán como protagonistas a un hermano gemelo con muy malas intenciones, un chantajista que intentará sacar tajada de la rocambolesca situación y la pobre Florence, la esposa del comerciante, quien sin comerlo ni beberlo se verá envuelta en una espiral de dudas, celos, ambiciones y reencuentros que nos llevarán a un colofón bastante inesperado.

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Lang contó en esta ocasión con la inestimable colaboración de quien por aquel entonces era su esposa y la vez guionista de sus films. Esta fue la segunda ocasión en la que colaboraron juntos, tras el drama romántico La imagen errante (Das wandernde Bild, 1920). Nos referimos a la novelista y también esporádica actriz Thea von Harbou, que trabajaría con él hasta que el maestro se enamoró de la prometedora intérprete Gerda Maurus, su musa en trabajos como Los espías —Spione, 1928— o La mujer en la luna —Frau im mond, 1929—.

Posteriormente Thea abrazaría la ideología hitleriana, muriendo en París en 1954, aunque siempre será recordada por haber escrito la monumental Metrópolis, obra reverenciada hasta el día de hoy. A ella le debemos también la perfecta disección de personajes oscuros e impactantes, historias sociales cargadas de drama y de tragedia, caracteres profundos y leales a sus principios, y especialmente, un puñado de retratos femeninos dignos de admiración y del mayor aprecio.

Esta es otra modestia historia sobre una mujer leal y enamorada, cuyo marido no vive en paz hasta no obtener claridad sobre una circunstancia anómala que tuvo lugar en el día de su boda. El film se basa en un in crescendo de intensidad narrativa que también recuerda a episodios posteriores de películas que por uno u otro motivo tuvieron mayor calado en su vasta e interesantísima filmografía.

Las actuaciones de todo el elenco actoral son sobresalientes ya que todos los intérpretes se resisten a sobreactuar en una línea narrativa melodramática que invitaría a la gesticulación excesiva. Entre todos ellos, Carola Toelle, quien da vida a la sufrida esposa del comerciante, destila una encomiable y admirable veracidad en su rol a partir de una composición que logra transmitir las dudas y los deseos secretos que su personaje padece, mientras que un excelente contrapunto sería la participación de su vampírica amiga y confidente, quien no cejará en su empeño de medrar a base de constantes coqueteos e incluso de no tener escrúpulos a la hora de traicionar a la que se supone su mejor amiga.

Vale la pena mencionar también la gran fotografía de Otto Kanturek y el diseño de producción de Ernst Meiwers y Hans Jacoby, quienes consiguen una magnífica ambientación tanto de los suntuosos vestíbulos de hoteles y salas donde se mueve la clase alta como de la representación realista de los escenarios suburbiales y entornos menos favorables: calles de barrios miserables repletas del tipo de caracteres que se puede esperar encontrar en este tipo de lugares.

En definitiva, un trabajo menor dentro de la colección de clásicos que convirtieron a Fritz Lang en uno de los mejores directores de la historia del cine, pero que satisfará con creces a los amantes de la época expresionista alemana, un periodo en el que se parieron auténticas obras maestras, y que sirvió de instrumento principal a la hora de desarrollar futuras escuelas estéticas del cine mundial. Toda una curiosidad que no debería pasar desapercibida.

Escribe Francisco Nieto  

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