Los impostores (Matchstick Men, 2003)

  02 Junio 2013

Más formalismo que cine psicológico 

Los_impostores_1Ridley Scott es un realizador que navega por diversos géneros cinematográficos explorando, al mismo tiempo, las diversas facetas de lo humano. Su cine comprende, por ejemplo, épicas de corte futurista y otras de corte histórico. En ellas se desarrollan dramas científico filosóficos en clave policial (Blade Runner), otros de tipo sociocultural en formato road movie (Thelma y Louise), sin olvidar, por cierto, aquellos que toman la forma de viaje de suspenso terrorífico desplegado en términos de odisea biomecánica (Alien).

Scott es, pues, un explorador del tiempo y del espacio cinematográficos que se atreve a internarse tanto en tiempos históricos como en espacios siderales para tematizar, a través de las posibilidades plásticas de la imagen y el sonido, epopeyas, tragedias, misterios y otros motivos provenientes, básicamente, de la literatura histórica y científica.

Claro está que nuestro propósito no es el de querer reducir la filmografía scottiana a este mínimo recuento recién citado, sino más bien el de destacar a partir de éste lo particular que resulta el habérselas con una película como Los impostores (Matchstick Men, 2003, USA).

Particular en el sentido de encontrarnos con una cinta que hace del pequeño drama psicológico una comedia de suspenso detectivesco en un tono que evoca hacia el final un sentimentalismo al borde del kitsch.

Los hilos de la trama no tardan en ofrecerse al espectador: Roy (Nicolas Cage) es un estafador profesional que sufre de agorafobia y de un sinnúmero de tics y manías que lo tienen semi recluido socialmente. Su socio Frank (Sam Rockwell) es su conexión al exterior y su ayuda en casos de emergencia.

Es precisamente uno de estos casos —Roy pierde sus pastillas al caer éstas al caño del fregadero— el que lo lleva a perder su maniático orden y lo obliga a salir en busca de ayuda profesional.

Al encontrarla en un psiquiatra, el doctor Klein (Bruce Altman), Roy descubre que su problema puede tener un origen familiar: no está completamente seguro de haber tenido un hijo con la esposa de la que se separó hace ya largo tiempo. Es entonces cuando aparece la adolescente Angela (Alison Lohan) quien replantea y reorganiza emocionalmente al maniático estafador, dándole un giro familiar al desarrollo de la trama.

Las cosas se complican y los giros comienzan a sucederse como bien lo establece un guión basado en una novela —Matchstick Men de Eric García—, que se cuida de dosificar los detalles en función de generar un in crescendo narrativo que hace culminar el relato en una especie de giro total en la lógica de las acciones (1).

Scott logra en esta cinta articular una no despreciable dosis de suspenso y de sorpresa a partir del juego entre, por un lado, una fotografía deslavada y pulcra compuesta básicamente de una geometría de formas simples (emplazada en arquitecturas funcionales) y de colores secundarios (grises, verdes, rosas) y, por otro, un montaje basado en el uso de ciertas posibilidades técnicas de la cámara (enfoque, aceleración, ralentización y distorsión de los planos) y que, a su vez, resulta una especie de eco formal de la condición psicológica del protagonista.

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El contraste entre ambos elementos, a saber, lo pulcro de la fotografía de la imagen junto a lo inquietante de su tratamiento cinético por parte de los movimientos de cámara y del montaje, encuentra su síntesis en un tercer elemento: el uso de una banda sonora y de efectos acústicos que le imprimen una cierta armonía y que suturan —ya desde el principio mismo del film en el que el sonido del agua se convierte en un pasaje fluido desde lo extra (vemos la típica imagen corporativa de la distribuidora Warner Bros) a lo intradiegético (comienzan las primeras tomas introductorias del film mostrando los nombres del reparto)— los variados e indispensables hiatos producidos por la interpretación actoral de Cage, quien hace de las fobias y manías de su personaje el soporte central de todo el universo de maquinaciones narrativas y estilísticas presentes en Los impostores.

Más cercano al formalismo que al cine propiamente psicológico, Scott hace de este trabajo una pequeña caja de sorpresas, una especie de tributo tragicómico al género de los estafadores estafados.

La creación de atmósferas sigue siendo aquí, por cierto, una de las marcas distintivas de su cine y, en este sentido, Los impostores se agrega a los mundos scottianos, aunque sus pretensiones y rendimientos sean bastante menores que las de sus épicas estelares y terrenales.

Escribe Carlos Novoa Cabello


Nota

 (1) Por cierto, no sin ciertas incoherencias. La secuencia de la visita del psiquiatra a la supuesta sala de cuidados intensivos en la que yace Roy, visita en la que éste quiere transmitirle la clave secreta de su caja fuerte bancaria, y que es espiada por dos supuestos policías, no deja de resultar curiosa.

En efecto, si todo lo que contiene esta secuencia no es más que —de acuerdo a lo que se descubre posteriormente— un montaje para sacarle la clave a Roy y del que todos —el psiquiatra y los supuestos policías— participan: ¿por qué rodar, entonces, una toma en la que se ve a los supuestos policías en otra sala intentando escuchar verdaderamente la clave secreta a través de la pantalla de la cámara de vigilancia instalada en la supuesta sala de cuidados intensivos? Dicha incoherencia —que al menos a mí me lo parece— no resulta tal sino hasta que todo se consuma, es decir, ya al término de la película. Si bien dicha toma acrecienta la lógica dramática de los acontecimientos hasta ese instante, pues intensifica la sensación de encierro y desamparo del personaje principal, no menos cierto es que, finalmente, sacrificaría la coherencia final del guión.

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