Black rain (Black rain, 1989)

  01 Junio 2013

Bienvenidos a Osaka 

black_rain-10Poco queda en el thriller de la década de los ochenta de la grandeza del noir clásico de los años 40-50 o del realismo sucio y la dureza tan característica del policiaco setentero.

Ya olvidada la influencia de los directores estrella y rendidos a los caprichos de los ejecutivos de los grandes estudios, en los 80 se busca la máxima recaudación satisfaciendo al gran público (jóvenes en su mayoría), primando los efectos especiales, tramas efectistas y una puesta en escena generalmente artificiosa que bebe del mundo de la publicidad y el videoclip.

Insigne representante de este cine espectáculo es Ridley Scott, que ya había visitado con relativa fortuna el género negro con la magnífica Blade Runner (1982), mezcla de géneros ambientada en un futuro desolador y una obra menor como La sombra del testigo (1987), con una trama eficaz que se dejaba ver con interés aunque presentaba un enfoque excesivamente conservador de la familia que acababa lastrando el resultado final.

Con este bagaje a cuestas, Scott emprende la dirección de Black rain (película que inicialmente debía dirigir Paul Verhoeven), con  producción de Paramount y utilizando para ello un elenco actoral entonces de máxima actualidad (Michael Douglas, que venía de recibir el Oscar al mejor actor por Wall Street, acompañado por un pujante Andy Garcia).

La cinta muestra una investigación policial centrándose en el choque entre dos culturas: Japón frente a los Estados Unidos. Oriente vs. Occidente. Este contraste entre el mundo oriental y el occidental dentro de una trama criminal ya se había ensayado en esa década por Michael Cimino en Manhattan Sur (1985), donde se analizaban las actividades delictivas de las triadas chinas en el barrio neoyorkino de Chinatown.

Aunque previamente el cine ya había tratado los aspectos étnicos de otros grupos criminales (italianos, irlandeses, judíos o hispanos), el crimen organizado de origen asiático aportabaun plus de exotismo a los argumentos y permitía abordar determinados ambientes y decorados donde se ensamblaban la modernidad y la tradición.

Por desgracia, Ridley Scott no resulta en absoluto original con las vicisitudes de estos policías americanos enfrentados a la mafia japonesa, y por fuerza tenemos que referirnos a dos films que muchos años antes ya habían sido precursores del género negro ambientado en Japón.

Antecedentes: La casa de bambú (1955) y Yakuza (1975)

la-casa-de-bambu-1Samuel Fuller rodó La casa de bambú con producción de la Fox en escenarios naturales de Tokio, en color y en un perfecto CinemaScope, alejándolo del claroscuro y los ambientes del noir clásico, aunque dotándole de esa contundencia y violencia seca tan característica de su cine.

En esta cinta el grupo criminal que actúa en Japón no está formado por japoneses sino por excombatientes norteamericanos, y está liderado por el frio Sonny Dawson (una interpretación muy ajustada de Robert Ryan), secundado por el que será su antagonista, el sargento Krenner (Robert Stack).

El film será recordado, además de por una muy velada relación homosexual entre Sonny y su lugarteniente, sobre todo por la crueldad mostrada por el personaje interpretado por Robert Ryan. Sonny no duda en ordenar eliminar a sus propios compañeros heridos en los atracos (detalle que recogerá posteriormente Sam Peckinpah en Grupo salvaje) y, en otra escena ya mítica en el género negro, Sonny al sentirse traicionado asesina a tiros de forma fulminante a su segundo mientras este toma el baño en una cuba de madera.

Rodada en la ciudad de Tokio y ocasionalmente utilizando cámaras ocultas en algunas de las localizaciones, el film de Fuller refleja con verosimilitud el Japón de posguerra, mostrándonos las relaciones e interferencias de la sociedad japonesa con las todavía omnipresentes autoridades norteamericanas.

Nos queda la curiosidad de observar algunas calles reales del Tokio de aquellos años, algo anticuadas y desaliñadas, o la persecución por la zona portuaria atravesando los protagonistas antiguas embarcaciones de madera que parecen sacadas de una estampa del siglo XIX.

No obstante, en la escena del tiroteo final ya se apunta un ligero aire de modernidad, cuando el sargento Krenner —interpretado por Robert Stack— abate a tiros a Sonny en una atracción de feria ubicada en lo alto de un edificio. El cuerpo de Sonny queda medio colgado en la cúspide de una noria que gira sin cesar. La noria esta coronada por un globo terráqueo metálico a modo de extraña premonición del hipertrofiado desarrollo industrial y tecnológico que acechaba al Japón.

yakuza-2Veinte años más tarde, otro film de temática noir, Yakuza (Sidney Pollack, 1975), con guión de Paul Schrader y Robert Towne, nos mostraba cómo otro americano (un taciturno Robert Mitchum) ayudaba a un compatriota cuya hija había sido secuestrada por la mafia japonesa (la yakuza del título del film). Para este cometido recaba la ayuda de un antiguo yakuza, alejado ahora del ambiente mafioso, e interpretado de forma hierática por el popular actor japonés Ken Takakura.

En dos décadas el Japón ha cambiado radicalmente y aunque la tradición todavía pesa sobre las almas y los comportamientos de los personajes (véanse los teatrales gestos de respeto de los propios gangsters o el alto valor concedido al honor y la  amistad), la ciudad y su entorno ha sufrido una gran transformación. El lacónico Robert Mitchum pasea su imponente presencia por las calles repletas de tráfico y luces de neón, a la vez que la moderna arquitectura que se muestra en algunas escenas (aeropuertos o grandes edificios en espacios abiertos) aporta a la cinta un aire frío y distante, casi mortuorio.

La contención de los sentimientos, su falta de exteriorización se canaliza finalmente hacia una violencia desatada y explosiva. No hay salida para resarcir el ultraje al honor o la pérdida de un ser amado, sólo queda la eliminación del contrincante.

La escena final es una verdadero tour de force en cuanto a dirección y montaje. Habitación por habitación, Mitchum y Takakura van eliminando a miembros de la yakuza. En ningún momento perdemos la referencia y seguimos perfectamente la acción, siendo un ejemplo perfecto de cómo filmar la violencia, sin utilizar un montaje hiperfragmentado o ralentis injustificados.

Estoy convencido que Ridley Scott disfrutó en multitud de ocasiones de ambos films, y a buen seguro que los asimiló para mostrarnos su particular visión del Japón moderno: Black rain.

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Black rain: buddy Movie en Japón

Con parte del cine comercial de los ochenta (y eso incluye  a Black rain) ocurre como cuando miras tus antiguas fotos de una boda o una reunión de amigos: ¿cómo pude usar esa chaqueta con esas hombreras o peinarme así?, ¿cómo podía gustarme aquella moda?

Cuando he vuelto a revisar Black rain he descubierto parte de sus trampas y convencionalismos, su esteticismo barato (las odiosas columnas de humo presentes en todas las escenas) y esas interpretaciones forzadas, pensadas exclusivamente para la taquilla. ¿Por qué entonces me pareció en su momento una película apreciable? Bueno, en mi defensa diré que era joven y es lo que había.

La trama de la película es simple e inverosímil, y a pesar de todo resulta bastante efectiva, mostrándonos a Nick Conklin y Charlie Vincent, dos policías de Nueva York (interpretados por Michael Douglas y Andy Garcia) que presencian un ajuste de cuentas entre bandas japonesas rivales. Logran detener al asesino (el sádico Sato) y reciben el encargo de entregarlo a las autoridades japonesas en Osaka. Allí el criminal es ayudado a escapar y los policías sienten la obligación moral de volver a capturarlo, para ello recibirán la ayuda de un policía japonés de comportamiento intachable (de nuevo Ken Takakura, al que ya habíamos visto en el Yakuza de Pollack).

El film de Scott es una buddy movie dramática en dos tiempos, tan característica de aquellos años, centrada como es habitual en el contraste de personalidades de la pareja en cuestión. Por un lado, tenemos al policía interpretado por Michael Douglas, inestable y violento, poco amigo de seguir el reglamento y con una vida personal desestructurada, con problemas familiares y económicos.

Inicialmente su compañero es Andy Garcia, policía pulcro, honrado y dicharachero, hasta que Garcia es asesinado por la banda de Sato. Lleno odio y sed de venganza, Douglas establece pronto nueva pareja con el integro policía japonés Masahiro Matsumoto (Ken Takakura): aquí el contraste es todavía más llamativo, resaltando la estolidez y hermetismo de Takakura frente al histrionismo interpretativo de Douglas.

En un giro a mi parecer interesante, la cinta en el tercio final deja de lado la trama (ya de por sí muy simple) y se centra sobre todo en la valoración moral y ética de sus principales protagonistas. Si el personaje de Douglas resulta demasiado esquemático y superficial, con ese rol de policía amargado y violento ya visto repetidas veces en la pantalla, el personaje de Matsumoto muestra más matices, con excelentes detalles de composición, con su vestimenta anticuada (siempre gabardina y traje oscuro), la honradez que deja traslucir su humilde vivienda y el aprecio a la amistad y al trabajo representado en la veneración a la placa de policía de Andy Garcia, que ocupa un lugar preeminente entre sus objetos personales.

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Pero si por algo destaca la cinta de Ridley Scott es por su marcado carácter referencial, en concreto al trabajo de Pollack de 1975, y en un raro ejercicio estilístico, al propio film de Scott Blade Runner de 1982.

Las conexiones con Yakuza son muy evidentes al haber utilizado al mismo protagonista (Ken Takakura), además en un papel muy similar desde el punto de vista ético. Algunas escenas pueden pasar por claro homenaje, cuando no por una autentica copia, como la visita en ambos films a Takakura, experto en artes marciales, que está entrenando el manejo de la espada en la disciplina del kendo.

En el final de Black rain también ambos protagonistas se ven envueltos en un tiroteo contra los gangsters japoneses, pero a diferencia de Pollack, Scott no puede evitar contentar a la galería con una espectacular persecución en motocicleta que poca verosimilitud aporta al relato. El tono de Yakuza no es tan nervioso, es más sosegado y reflexivo, como si la acción se adecuara al tempo anímico de Mitchum y Takakura.

Las referencias a Blade Runner, aunque centradas sobre todo en su diseño de producción y dirección artística, resultan en verdad curiosas (dejando aparte la sonoridad similar de ambos títulos). A nadie se le escapa la influencia del mundo oriental en la iconografía de Blade Runner, desde el diseño de vestuario, las calles superpobladas con sus paneles luminosos o la  música oriental asociada a la expresión publicitaria omnipresente. La iconografía de Black rain cuando su acción transcurre en Japón retoma estos mismos referentes estéticos.

La primera visión que tenemos de Japón en Black rain es una aterradora toma aérea, con un cielo anaranjado, donde vemos una Osaka industrializada, plagada de chimeneas humeantes. Es una recreación del infierno al que se acercan nuestros protagonistas.

Posteriormente, durante el desarrollo del film se nos describe una sociedad masificada, con un tráfico incesante y donde la abundancia de neones y ruidos crean una sensación de aturdimiento. Todo nos recuerda al film futurista de Scott, no falta siquiera la escena de nuestros policías comiendo tallarines en un puesto ambulante bajo la lluvia como ya hizo nuestro querido Harrison Ford siete años atrás.

Como se ve, Black rain no es un film exento de puntos de interés ni una obra vacía, pero verla actualmente crea cierta sensación de melancólica irritación. Se ven demasiado sus trampas, los convencionalismos de la trama y las soluciones estéticas forzadas. Es un trabajo aplicado pero le falta la sinceridad que Scott consiguió en otros films, como en Alien, Blade Runner o la excelente American gangster. Scott si se lo proponía era capaz de hacerlo mucho mejor.

Seguiremos esperando.

Escribe Miguel Angel Císcar

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