La teniente O’Neil (G. I. Jane, 1997)

  17 Mayo 2013 Pequeño gran hombre 

La_teniente_ONeil-2No podemos ni obviar ni eludir el hecho de que cuando Ridley Scott filmó La teniente O’Neil en 1997 no se encontraba, precisamente, en lo que podemos llamar su mejor momento de forma artística.

Tras haber bebido las mieles del triunfo con las siempre reivindicables Alien o la un poco sobrevalorada Thelma y Louise, Ridley entró en una especie de bucle creativo en el que sus películas se iban contando por sonoros fracasos tanto de crítica como de público.

Fue el caso de 1492: la conquista del paraíso (donde se nos quería hacer comulgar con ruedas de molino y explicarnos que Colón descubrió América a pesar de lo brutos, torpes e incultos, avariciosos y mezquinos que eran los españoles); de la muy blandita y sensiblera Tormenta blanca, donde se reivindica la lealtad y los principios de la camaradería marítima de manera harto descafeinada; y de la película que ahora nos ocupa, La teniente O’Neil.

Estamos ante un proyecto que se plantea desde un primer instante como vehículo de lucimiento de la emergente actriz Demi Moore, quien desde Ghost se había convertido en una auténtica megaestrella hollywoodiense refrendada por éxitos posteriores como Pensamientos mortales, Algunos hombres buenos, Una proposición indecente, Acoso o Coacción a un jurado.

La película tenía todos los números para haber hecho saltar la banca y ganar buenos dividendos en taquilla, pero no fue así. Con un presupuesto de cincuenta millones de dólares el único reconocimiento que consiguió fue el de los Premios Razzie a peor actriz para la buena de Demi Moore, quien a partir de entonces no volvió a levantar cabeza dando un traspié tras otro.

El film incide en el habitual discurso ideológico ya apuntado en películas precedentes del mismo director, con la teniente Ripley (aquí el rango vuelve a ser el mismo y no creemos que sea por mera coincidencia) a la cabeza, en el que se plantea una situación a priori lógica, una mujer desea hacer aquello para lo que, como ciudadana, puede aspirar, pero le es vetado según las leyes implícitas del patriarcado, para luego terminar afirmando valores que se encuentran a años luz del igualitarismo democrático que parecen querer defender.

La trama, trufada de una testosterona hormonal que salpica cada fotograma, nos cuenta cómo las presiones de una senadora del Congreso de los Estados Unidos (papel que supuso uno de los últimos de cierta relevancia para Anne Bancroft, la inolvidable madre seductora de El graduado) convierten a la teniente Jordan O’Neil en la primera mujer que forma parte de una unidad de élite del ejército, concretamente los Navy Seals de los marines (una de las unidades por cierto que más proyección han tenido en cuanto a adaptaciones cinematográficas se refieren, con títulos tan conocidos como Alerta máxima o Decisión crítica, ambas con Steven Seagal de protagonista; Black Hawk derribado; La Roca o Lágrimas del sol).

En el fondo, nadie espera que sea capaz de superar un régimen de entrenamiento tan severo que obliga a que el sesenta por ciento de los hombres acabe arrojando la toalla, aunque O’Neil demostrará a base de tenor y muchas “pelotas” que nada es imposible si te lo propones.

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Todo el desarrollo de las dos horas de metraje se mueve entre los duros y muy violentos entrenamientos que tienen que sufrir los aspirantes, que encima son constantemente humillados por sus superiores, entre los que destaca un emergente Viggo Mortensen, que aquí luce un bigotillo fascistoide bastante particular, y las escenas palaciegas en las que los políticos machistas y homófobos de turno luchan lo indecible para que la intrépida pionera no logre su objetivo último: el de que hombres y mujeres seamos vistos y valorados iguales ante la ley, ante Dios… y ante un tribunal militar, si se precia.

Unas cuantas frases para el recuerdo que podrían sonrojar a cualquier estudiante de primero de guión de cualquier academia de cine, comenzando con la célebre “chúpame la polla”, que es la frase del libreto más recordada cuando se habla de esta película, y que corresponde al momento en el que después de una dura lucha cuerpo a cuerpo entre instructor y alumna ésta se revuelve entre el barro y le suelta esa sublime arenga, para regocijo de todos sus compañeros que ya ven en ella a una auténtica marine (sic).

Otros impagables momentos dialogados para el recuerdo y que dan una ligera idea de por dónde van los tiros serían estos: “Esto es como follar en un accidente de coche”; “¿Por qué está aquí teniente?”; “¿Le pregunta eso también a los hombres?”; “La verdad es que sí”; “¿Y qué le responden?”; “Que así pueden hacer volar la mierda”; “Pues lo mismo”.

El film también puede impresionar debido a la cantidad de obscenidades y tacos que se pueden contar por metro cuadrado. Muy parecida en ese detalle a las míticas El sargento de hierro, de Clint Eastwood, rodada una década anterior, y a la aún más mítica La chaqueta metálica, de Stanley Kubrick, a la que no llega ni a la suela del zapato, aquí el lenguaje utilizado sorprende por su crudeza y el ametrallamiento de improperios al que son sometidos los indefensos espectadores.

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Por supuesto, el ejército es el ejército, lo que se traduce en la obligatoriedad de la utilización de un tipo de lenguaje a años luz del que propondría la Academia de la Lengua Española. Referencias sexuales crudas y comentarios sexistas que sin embargo no se ven acompañadas de escenas subidas de tono, si exceptuamos aquélla en la que la protagonista se está duchando y es sorprendida por su superior, quien aprovecha la ocasión para echarle un vistazo general de arriba a abajo.

Hay que reconocer en ese aspecto el duro y arduo trabajo de Demi Moore no tanto en la composición del personaje como en su preparación física para acometer un rol en el que la exigencia corporal es extrema. Así, la vemos ejercitándose de manera harto convincente mediante flexiones, abdominales, saltos y demás ejercicios que de solo verlos ya te producen agujetas.

En definitiva, suponemos que cuando el film se estrenó se multiplicarían el número de solicitudes femeninas para ingresar en cualquier cuerpo militar estadounidense que se preciara, con lo propensa que es la población yanqui a la hora de dejarse la piel para defender a su país.

Vista ahora desde una perspectiva histórica que suele poner a cada uno en su lugar, no deja de ser un trabajo simpático en el que se pueden acusar muchas de las constantes de los proyectos cinematográficos patrióticos que coincidieron con la era Clinton en la presidencia: intentar dar un tono demócrata a instituciones decididamente republicanas, aunque el poder de la familia Bush todavía estuviera muy presente en la industria hollywoodiense de la época, y más si se trataba de ensalzar el Mando de Guerra Naval por excelencia del país de las barras y estrellas.

Escribe Francisco Nieto

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