Prometheus (Prometheus, 2012)

  09 Mayo 2013

Nostromo cambia con los tiempos 

prometheus-1Admitámoslo, Ridley Scott ha tenido sus dos grandes obras al principio de su carrera; el resto de su filmografía ha ido basculando entre lo irregular, lo decente y lo pésimo.

Alien (1979) y Blade Runner (1982) fueron sus obras cumbre, quizás demasiado pronto desde luego, y ha tenido varios aciertos más (no tan recordados ni trascendentes) que le han situado en una posición bastante privilegiada en la meca del cine. Pero parece que todos olvidan fácilmente, tratándose de él, de algunos bodrios absolutos que nos ha ido dejando por el camino con la excusa de “yo hago películas de encargo”.

Por eso, Scott no ha dudado en hacer algo que ahora se lleva mucho, un back to basics (o un retorno a sus orígenes, dicho en plata) para intentar recuperar parte de ese prestigio de antaño.

Prometheus ha estado envuelta de mucho misterio desde que empezó a rodarse. Algunos dijeron que era una precuela de Alien pura y dura, otros dijeron que podía ser el 2001: una odisea en el espacio particular de Scott, unos pocos aventuraron que era el reboot de la franquicia de su monstruo depredador espacial… Finalmente, podríamos decir, ahora que por fin ha llegado a nuestras salas comerciales, que Prometheus es una especie que afortunadamente no se prodiga mucho actualmente.

Podríamos llamarla película oportunista, pues con el pretexto de “yo soy el autor original de Alien”, Scott junto con dos compañeros nuevos en el crimen —Damon Lindelof, uno de los creadores de la célebre serie Lost, y un tal Jon Spaihts— han erigido una soberana empanada espacial que ni explica nada ni sabe cómo hacerlo, que es mucho peor, sobre seres de otra galaxia que comparten el mismo ADN que la raza humana y que tienen unos bichitos muy malos para exterminar el planeta Tierra (aunque esto tampoco quede muy claro al final).

A Scott esta vez le va el rollo filosófico y fusiona su querido Alien con unas notas discursivas sobre los orígenes de la Humanidad, aunque como hemos dicho —y no nos cansaremos de decir— todo esto se queda en nada. O casi nada.

Hubiera sido un gran logro, seguramente, si el resultado hubiera obtenido forma definida y conclusiones cerradas, pero Scott cae en un enorme error haciendo que todos los caminos abiertos en sus múltiples tramas queden al descubierto y al aire sin resolución. Lo único que podemos sacar en claro es que seguramente toda esta operación comercial magníficamente orquestada, aunque con una desvergüenza inédita para el espectador mínimamente inteligente, es que con toda seguridad obtendrá secuela.

Esta especie de nueva vuelta de tuerca al tema Alien no es una precuela, ni un relanzamiento de la temible criatura ni nada que tenga que ver con la saga propiamente dicha, pero sí que se encuentra orbitando en una misma esfera temática. Sin embargo, no hay más que emparente esta cinta con el Alien que todos queremos salvo unos 30 segundos filmados como una serie B que se han insertado descaradamente para poder vender el producto como lo han hecho. Desde luego, si Scott quería un taquillazo lo ha conseguido, pero a qué precio (artísticamente hablando, claro).

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Estamos en Nostromo, perdón, en Prometheus

Se puede decir que las bases formales de la cinta son más que similares a Alien: tenemos una misión supragaláctica, un equipo de científicos, un androide demasiado racional, una nave alucinante (ayer era la Nostromo, hoy es Prometheus) y unos bichos malos que se pueden reproducir dentro del sistema humano. Incluso, alguna secuencia copia literalmente a las que vivió la teniente Ripley a bordo de la susodicha nave.

Pero las comparaciones son muy, muy malas, y más cuando son buscadas, como sucede en este caso.

Para empezar, han escogido un equipo con rostros serios y sobradamente conocidos hoy: la guapérrima Charlize Theron, que aquí parece que ha cogido un rictus impertérrito de mala leche; el guapérrimo Michael Fassbender, que es lo mejor de la cinta con su composición del androide sin alma y que aquí se deja afear incluso para crear mayor impacto; la instantánea promesa de Millennium, Noomi Rapace; y el toque negro, que siempre está por ahí en un grupo heterogéneo, Idris Elba.

Después tenemos un presupuesto de aquellos que permiten un arrojo de planos magnánimos, unos efectos visuales megalómanos y una estética fuera de serie. Por favor, si van a verla, escojan la pantalla más grande de su localidad y en 3D a ser posible, aquí sí se justifica este formato.

Este último consejo es especialmente explícito porque el aparato visual del filme es sencillamente impecable y, gracias al cielo, lo que distrae de todo el cúmulo de agujeros negros, fallos narrativos, huecos temáticos, cabos sueltos y otros desastres que contiene un guión que parece más un queso Gruyere. ¿Es posible que no se hayan dado cuenta o es que les daba igual?

Sabiendo que una de las mentes de Lost, Damon Lindelof, está detrás de todo esto, podemos adivinar fácilmente quién se ha inventado eso de la galaxia humana alternativa a la nuestra, la cabeza gigante estatuaria, los “ingenieros”, el sentido de la Humanidad y encima no cerrar ni una sola puerta cuando termina la película. Por supuesto, estamos directamente hablando también del final de la famosa serie.

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¿Y qué hace Ridley Scott? Pues utiliza su inteligencia y sus tablas cinematográficas forjadas a base de años ofreciendo planos perfectos y entendiendo lo que significa el espectáculo, ofreciendo además alguna que otra secuencia meritoria (la operación dentro de la cápsula o el despliegue de un mapa virtual del universo son sendos ejemplos). Por otro lado, parece haberse olvidado de las bajadas de ritmo, de la narrativa firme y de hilvanar secuencias con dignidad.

Prometheus es una cinta de ciencia ficción absurda y aburrida que no lleva a ningún sitio aunque pretenda transportarnos a lugares nuevos y desconocidos. Curiosamente, rehúye el terror elegante que supuso Alien y aboga por el terror de sangre y vísceras repugnante de cualquier cinta cutre con monstruo incluido (estilo la saga que originó Alien después, es decir, Alien vs. Predator).

Desde luego, los tiempos han cambiado y con ellos los gustos y, sí, es todo muy bonito de ver, pero sentimos no poder perdonar tantos callejones sin salida, soluciones narrativas de niño pequeño e incongruencias que atentan el sentido común en una historia que no se ha sabido concretar con firmeza.

Disfruten pues de lo que queda, que no es mucho, pero es suficiente como para aguantar las dos horas de metraje y dejarse llevar y quizás dentro de un par de años incluso ver la segunda parte de esta nueva saga. ¿No es ese el objetivo principal?

Escribe Ferran Ramírez

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