American Gangster (American Gangster, 2007)

  16 Abril 2013 ¿Integridad o puritanismo? 

American_Gangster_3No soy un entusiasta del cine de Ridley Scott. Ni siquiera la aclamada Blade Runner consigue que se despierte en mí algo parecido a la emoción. Reconozco en sus películas un estimable oficio, pero echo en falta el talento artístico: esa escena inolvidable que recluye en las sombras al resto de la película y que nos acompañará siempre.

Quizá esté pidiendo demasiado. O quizá es que he soportado demasiadas sobredosis de cine clásico.

Con vocación de cine clásico está hecha American Gangster, como casi todo el cine negro. Hasta Tarantino lo intentó con Reservoir Dogs. Pero tanto uno como otro, más allá de su brillante superficie, no acaban de alcanzar la excelencia a la que este cine nos acostumbró en otros tiempos.

En el caso que nos ocupa no estamos ante una película desdeñable, ni mucho menos, pero el regusto final que deja dista bastante de la plena satisfacción. Aún cuidando todos los recursos propios del género adolece de una falta de profundidad que no se consigue únicamente con la exhibición de tales recursos. Requiere algo más. Maestría lo llaman.

Esta carencia se hace evidente sobre todo en el tratamiento de los personajes. La película plantea el tradicional enfrentamiento entre el policía bueno y el delincuente malo. Aunque ése es sólo el planteamiento, pues no tardaremos en descubrir que tales categorías se diluyen y abocan a la ambigüedad cuando se aplican a los protagonistas del filme.

El policía supuestamente bueno lo es, y en grado sumo. Su hazaña, que planea por toda la película, es haber devuelto un millón de dólares de dudosa procedencia cuando nadie, ni siquiera su propio compañero, que se supone que lo conoce bien, lo habría hecho, y más aún cuando su precaria situación económica quedaría más que resuelta con ese dinero. Incluso al final del trayecto que la película nos propone tales principios permanecen inalterables, como lo demuestra el hecho de que rechace una vez más la salvación económica que el delincuente acorralado le propone. La honradez es pues incontestable.

Sin embargo esa honradez en lo profesional no guarda una estricta correspondencia con lo que ocurre en el ámbito personal. Richie (Russell Crowe) es un defectuoso padre y un mal marido. Aquellos principios tan estrictos flaquean en la relación con su mujer. La infidelidad parece ser la norma de su vida, y la traición su consecuencia natural. Y para acentuarlo más el director carga las tintas sobre su aspecto, el cual, lejos de reflejar la admiración que su desprendido comportamiento ante el dinero merecería, nos lo muestra como alguien con muy poco atractivo.

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Justo lo contrario es Frank Lucas, el gangster interpretado por Denzel Washington. Como todos los gangsters su presencia es impecable. Si la imagen externa es la puerta de entrada que nos condiciona en la valoración de quien tenemos delante Frank ya tiene mucho ganado.

Y aunque se trata de un delincuente su valoración no llega a ser del todo negativa. Y eso es así porque, como en el caso del policía, posee unos principios morales muy sólidos. Podríamos decir que Frank es un excelente profesional, si bien su profesión no es de las más recomendables. Él tiene bien claro cuáles son las normas a seguir, y la honradez en su aceptación, aderezada con la constancia y la disciplina, son su norma de vida y el camino que le lleva al éxito.

Es significativo el tratamiento de la institución familiar. Como en los viejos clanes, Frank se siente en la obligación de recompensar a su familia por las penalidades que la injusta sociedad le ha deparado. Él, el triunfador, no olvida sus orígenes, no puede dejar de lado a quienes le respaldaban cuando no era nadie, ni puede ignorar el proceso que, a través de su mentor, le ha llevado a la situación en la que ahora se encuentra. Por todo ello se ve en la obligación de reproducir respecto a sus allegados ese orden de cosas, de ampararlos bajo se protección.

Sin embargo hay un momento en que la familia, el amor hacia ella, colisiona con sus principios, con el modo de trabajar, con la profesionalidad que a sí mismo se exige y que exige a los demás. Y ahí resultará implacable. Sus convicciones están por encima de cualquier otra consideración y la incompetencia, aunque sea de alguien próximo, no puede ser tolerada.

La observancia inquebrantable de esas normas de comportamiento, la constancia de unos principios que pueden ser calificados de morales, es el fundamento de su éxito. No estamos lejos del ideal americano. El trabajo bien hecho, la constancia, la disciplina, hacen posible que cualquiera pueda ascender en la escala social y convertirse en un triunfador. Frank es un buen ejemplo de ello. La miseria de su infancia, reflejada aún en el rostro de su madre, ha podido ser superada y sustituida por su opulenta vida actual.

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Pero no sólo Frank nos muestra ese proceso. También Richie lo ejemplifica. No en vano su trabajo abnegado y sus sólidas convicciones acaban consiguiendo que se convierta en un abogado de éxito.

Y si la integridad es la imprescindible vía que conduce al triunfo social, cuando ésta titubea se adivina el fracaso. Es lo que sucede con la magnífica aparición del abrigo de chinchilla, el detonante de la caída de Frank.

Ocurre que Frank se enamora, y al hacerlo su rigidez se resquebraja. El hombre calculador, frío, el que lo tiene todo estudiado, abre un espacio a las emociones, y con ellas al descontrol. Seducido por la inconsciencia de su mujer (“cherchez la femme” habría que decir una vez más) acepta hacerse visible, entrar en el espacio de la ostentación, caer en la banalidad del halago y el reconocimiento. Es su fin.

El mensaje que subyace es de una integridad que raya en el puritanismo. Tampoco esto le es ajeno al ideal americano, el que no perdona la flaqueza, el que reserva un castigo para cuando ésta se produce. Al fin y al cabo no cabe culpar a nadie ajeno a uno mismo del propio fracaso.

Pero aún intentando mostrar el carácter poliédrico de los dos personajes principales, aún tratando de acercarlos por caminos distintos (en realidad así está construida la película, como una búsqueda entre los protagonistas que sólo al final culmina), no acabamos de sentir su humanidad. Están diseñados para que entendamos su ambigüedad, pero les falta algo de carne, de realidad. Sabe todo un poco a precocinado, a un producto de la ingeniería genética que ha perdido, dicen, el gusto de lo auténtico. Sí, es la distancia que media entre las grandes obras y esta digna aproximación.

Junto a la complejidad moral de los protagonistas, complejidad que hace de los policías corruptos los auténticos malos de la película, hay otro tema que se asoma fugazmente, casi como un marco que contiene lo anterior, pero que es crucial para entender lo que acontece.

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Se trata del paso del tiempo, de lo ineluctable de este devenir temporal, de la imposibilidad de detenerlo, de su capacidad de destruir todo cuanto lo puebla, y, en consecuencia, del testimonio de la fragilidad humana.

El cambio, la sucesión en el dominio del impero del narcotráfico, es el primer signo evidente de lo que decimos. La muerte de Bumpy Johnson alza hasta la cúspide del negocio a su chófer. El poderoso desaparece súbitamente y es sustituido por otro que viniendo desde la nada ocupará su lugar. Pero además sus métodos son contrapuestos. La queja del viejo capo sobre el modo en que ha cambiado América, sobre lo mal que se hacen ahora las cosas (sin tiendas pequeñas, sin intermediarios...) no es óbice para que su sucesor se aproveche de esos cambios en su favor y los lleve a su máxima expresión. Y así es como decide ser él mismo quien se provea de la droga en el lugar donde se cultiva, algo que nunca habría hecho su antiguo jefe.

Pero, como todos los triunfos, también el suyo es efímero. La flecha del tiempo sigue avanzando y llevándose con ella lo que encuentra a su paso. Frank caerá, y al salir de la cárcel se encuentra con un mundo que ya no es el suyo, un mundo en el que él no tiene su lugar, el lugar que ocupó. Y así siempre...

En este sentido, y no nos debe engañar su cuidada factura, con momentos realmente brillantes, como el montaje en paralelo de los policías buenos y los policías malos, American Gangster es también una película triste, desencantada, en la que a las alegrías les subyace un fondo mucho más radical de amargura, de desesperanza. No hay triunfadores, porque cualquier triunfo será siempre pasajero.

Estamos por tanto ante una película que, aunque no pasará al Olimpo del cine negro, nos trae el sabor de aquellas obras maestras desde la honestidad y la corrección caligráfica que siempre se le debe exigir al cine. Sin serlo todo no es poco.

Escribe Marcial Moreno

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