Los juegos del karma de “Mulholland Drive”

  03 Marzo 2013 mulholland-drive-06

Todos sabemos que Mulholland Drive es una carretera ultra famosa que serpentea en Hollywood y en la que viven algunas estrellas del celuloide. También sabemos que David Lynch toma Mulholland Drive como lugar clave en el que se suceden una serie de sucesos extraños que impactan en la vida de los personajes de esta obra. Pero podríamos contemplar Mulholland Drive como una convergencia entre dos mundos, dos planos o dos universos que son los que nos propone Lynch.

No es la primera vez que el genial director nos introduce en una historia pesadillesca que se divierte saltando entre realidades (o ficciones, claro) que están íntimamente vinculadas. Ya sucedía en su primera gran obra, Cabeza borradora (1977). En esta podíamos ver un extraño ser que movía las palancas de un mundo agobiante en el que vivía el protagonista su particular peripecia.

Terciopelo azul (1986) o Twin Peaks (serie y película, 1990-1992) siempre mostraban una realidad adornada en la que se escondían recovecos que abrían nuevos y surrealistas universos plagados de espíritus, amenazas e incluso posesiones. Dicho de otro modo, veíamos a priori un mundo iluminado que escondía entretelas de profunda oscuridad que acababan por cobrar un protagonismo insólito.

El tema de la dualidad de mundos —o multiplicidad también podríamos decir— volvía a estar más presente que nunca en Carretera perdida (1997), la que podemos considerar la antesala de esta Mulholland Drive, junto con Twin Peaks. En Carretera perdida, y aquí el título ya nos alude a una vía física que conduce a lugares insospechados, teníamos varios planos dentro de los mismos espacios, dos mujeres que eran la misma mujer y un personaje principal que incluso mutaba su aspecto según la verdad —o la mentira— que tocara vivir.

Y de este modo, llegamos a otra carretera, la de Mulholland Drive, en la que dos mujeres se enfrentan a sus propias angustias y pecados. Se enfrentan también a sus condenas y sus venganzas, y por qué no, se enfrentan a la esperanza de recuperar lo que una vez (no sabemos cuándo) perdieron.

Betty y Rita

mulholland-drive-20Con los primeros planos de la sinuosa cinta conocemos a una mujer morena, bella, misteriosa y de gran magnetismo que circula en un vehículo. Cuando la mujer se da cuenta de que el chófer que la lleva está ahí para asesinarla a sangre fría, otro coche colisiona con el que ya conocemos. La mujer morena sobrevive al accidente y parece cambiar su rostro: lo que era antes del choque una mirada turbia, eléctrica, se convierte en una mirada dócil, perdida.

La mujer morena se refugia, casi por designio divino, en un apartamento que se ha quedado vacío. Es en ese apartamento (no entraremos en detalles argumentales ahora) donde conoce a Betty, luminosa y risueña, rubia y cándida, agradable y solidaria, que decide ayudar a la mujer morena. Puesto que ésta parece haberse quedado amnésica, Betty decide ayudarla sin importarle demasiado la evidencia de que la mujer morena parece metida en problemas serios. La morena, basándose en un poster de la mítica Gilda, se autobautiza como Rita.

Una vez las dos mujeres se conocen, parecen encajar rápidamente. Rita, la morena, es un ser débil e inseguro mientras que Betty es el lado opuesto. Se trata de una joven autosuficiente, atrevida, decidida, que parece complementar a Rita y que, además, en un momento dado, se revela como una gran actriz en ciernes. Ambas inician una especie de curiosa investigación sobre la identidad de la última para averiguar qué ocurrió exactamente en Mulholland Drive.

A la par que seguimos las pesquisas de las dos mujeres, conocemos a una espiral de personajes. Pero, sin embargo, son las dos mujeres las que llevan el peso principal y argumental de la historia que —aparentemente y por lo que hemos visto hasta ahora— es una historia normal. En un momento determinado, vemos a una camarera cuyo cartelito anuncia su nombre, Diane, y aquí debemos parar para retomar este argumento más tarde.

Adam, el director

Mientras que la rubia y la morena, Betty y Rita, dan rienda suelta a sus escapadas investigadoras, conocemos a Adam, un director de cine al que la vida le va a cambiar en unas horas. Unos misteriosos hombres le obligan a meter a una tal Camilla Rhodes en su próxima película —a lo que éste se niega en rotundo— y cuando llega a su inmensa casa (en Mulholland Drive, cómo no) se encuentra a su mujer en la cama con el que limpia la piscina.

Diríamos que a partir de este momento la vida de Adam da un vuelco absoluto y que lo se presuponía un director de éxito, con mucha pasta, una vivienda de aquellas que quitan el hipo en Hollywood y una mujer más o menos guapa, pasa a ser una persona sin dinero —sus cuentas son misteriosamente vaciadas—, sola y teniendo que aceptar unas condiciones que le son impuestas bajo amenaza. Diríamos que Adam parece estar siendo castigado.

Más adelante, en un plató de los estudios de la Paramount, las miradas de Adam y Betty se cruzan y algo sucede. Y no nos referimos a un flechazo porque no estamos en una comedia romántica. Nos referimos a algo extraño, por supuesto. Parece ser una mirada de reconocimiento, una especie de dèja vu, que queda más que claro por un acercamiento repentino de la cámara a los ojos de ambos personajes.

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Los demás

Si bien podríamos decir que Betty y Rita por un lado (como pareja ya indisoluble) y Adam (como llanero solitario) son nuestros protagonistas de referencia en Mulholland Drive, ya hemos dicho que hay muchos más personajes que aparecen y desaparecen. Es como si pulularan por la pantalla para mostrarnos los secretos que se ocultan tras el misterio que encierra Mulholland Drive.

Tenemos a Camilla Rhodes, que hace la prueba para el papel, tenemos a Coco, tenemos a un guapetón asesino a sueldo que pregunta por una morena desaparecida en un accidente de coche, tenemos a un personaje verdaderamente escalofriante que vive entre escombros, tenemos a dos viejecitos que acompañan en el vuelo a Betty cuando ésta llega a Los Ángeles en busca de la fama…

Todos ellos cuentan algo, dicen algo, hacen algo, aportan algo… y esos algos son muchas más pistas para entender (o al menos intentar entender) la cuestión kármica en Mulholland Drive. Y aquí hemos llegado a la piedra angular de este texto. Puesto que esto va de que cada uno cuente su visión/percepción/interpretación de esta poliédrica obra, aquí lo vamos a enfocar como un juego de karmas cruzados que se desarrollan en dos mundos diferentes.

En el Club Silencio

Las imágenes de la llegada al Club Silencio por parte de Betty y Rita son recordadas por todos nosotros. Es importante decir que la morena ya no es morena sino que Betty la ha transformado en rubia, un poco a su imagen y semejanza. Y esto sucede después de que ambas mujeres hayan llegado a un punto mucho más íntimo en su relación. Betty se la lleva a su terreno, metafóricamente hablando, mientras que Rita se lleva a Betty a un terreno físico en un punto en el que parece confluir el aquí y el más allá.

Entre los espectadores de este club, muchos han afirmado que se encuentra la mítica —y muerta— Laura Palmer. En efecto, hay una chica que, si bien diríamos con toda seguridad de que no se trata de la misma persona, guarda un parecido asombroso. Este Club Silencio, donde se canta y se llora a un amor perdido, parece ser el puente entre los dos mundos que Lynch nos abre.

Mientras esa canción convertida en himno que define la esencia de la película suena de fondo, las dos rubias descubren una llave que les abre una puerta. Es la puerta de ese otro mundo que las aguarda —y que nos aguarda— para mostrarnos lo que en realidad sucedió y los motivos por los cuales las leyes kármicas empezaron a hacer su trabajo. Una vez nos adentramos en ese otro mundo, entramos en una especie de caída libre que nos revela nuevas identidades.

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En la nueva realidad

Desde que esa puerta se abre, todo ha cambiado en ese nuevo universo alternativo. Tenemos a Betty, pero Betty ya no es Betty sino que es Diane, la que antes había sido una camarera en Hollywood, seguramente esperando su oportunidad de triunfar en el mundo del cine. Y Diane, la nueva Betty, está obsesiva y malsanamente enamorada de Rita.

Pero Rita ya no es Rita sino que es Camilla Rhodes, aquella guapa actriz que viene explícitamente encomendada para una interpretación que nunca hubiera logrado sin la intervención corrupta de unos productores con mal aspecto y peores costumbres. Tenemos a Diane y a Camilla en vez de a Betty y Rita.

Diane es una persona inestable, destructiva, insegura e incluso peligrosa. Camilla es la encarnación de la mujer fatal: depredadora, aprovechada, altiva y con la misma mirada eléctrica que tenía cuando la vimos por primera vez.

A su vez, Camilla está a punto de contraer matrimonio con Adam, el director que en un principio no la quería y que posteriormente cayó en sus garras. Adam afirma en esta nueva realidad que se divorció de su mujer, la que le puso unos buenos cuernos, y que entonces se emparejó con su nueva actriz. Esa Camilla Rhodes que en la otra vida se vio obligado a contratar.

Por supuesto, todos los personajes que antes habíamos conocido en algún punto, vuelven ahora a reverberarse de un modo más intuitivo que explícito. Pero da igual. Lo que tenemos aquí es una especie de cuestión cósmica por la que todos obtienen lo que merecen en una especie de plano justiciero que parece carecer de un tiempo concreto.

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La cuestión kármica

Si Diane es una mujer que busca fallidamente su oportunidad en Hollywood, se enamora de la persona equivocada y se da de bruces con la vida, su equivalente kármico es Betty, buena actriz, que consigue todo lo que quiere y obtiene el amor de Rita. Mientras que Betty encuentra el triunfo en la vida (o eso debemos suponer aunque su historia quede incompleta), Diane encuentra como única vía de escape la muerte.

Si Camilla Rhodes es una arpía que usa su belleza y su poder sexual como arma de seducción y de ambición para conseguir todo lo que quiere (incluyendo dejar a Diane locamente enamorada, obtener el papel que la llevara al estrellato y casarse encima con un director que se anuncia como uno de los mejores de su generación), su equivalente kármico, encarnado en Rita, la dejará amnésica, abandonada, perseguida, y finalmente redimida por el amor que en última instancia le brinda a Betty.

Adam, que ha sido obligado por sus productores a escoger una actriz que él no quería y que ha descubierto que su mujer le era infiel, acabará rodando finalmente su ambicioso proyecto, será un éxito a todos los niveles y se terminará casando con la actriz que le vino impuesta. Y a su modo, parece feliz.

El resto de personajes han sido postulantes de esta justicia divina, poética y surrealista que Lynch ha creado en este alambicado rompecabezas de identidades, en el que al final, como en cualquier buena historia de Hollywood, triunfa el amor.

El mundo del celuloide es así. Un ensueño mágico plagado de momentos mágicos en el que una buena historia de amor no puede faltar. Es precisamente lo que encontramos aquí, en esta carretera perdida llamada Mulholland Drive.

Escribe Ferran Ramírez

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