Sólo el cielo lo sabe (1955) de Douglas Sirk

  04 Febrero 2013 Regalos (envenenados) de Navidad 
solo-el-cielo-lo-sabe-9Esta excelente película fue ninguneada durante mucho tiempo por gran parte de la crítica, lo mismo que ocurriese con la mayor parte del cine realizado en los años cincuenta por Douglas Sirk, al considerarla como un vulgar y estúpido melodrama. En los años ochenta TVE, bajo la presidencia de Pilar Miro, y con Fernando Moreno como responsable de la programación externa, que incluía la oferta fílmica, ofreció inolvidables ciclos de cine que iban desde completas revisiones de grandes obras genéricas hasta estudios de directores.

Uno de ellos se dedicó a la obra de Douglas Sirk. Antes de la proyección de cada uno de sus filmes se incluía una parte de la larga entrevista que otro realizador, en este caso el español Antonio Drove, había mantenido con Douglas Sirk. Había que escuchar al buen realizador hablar con entusiasmo de sus películas y de todo lo que había querido poner en ellas. No, no se trataba, en el caso de su brillante ciclo de melodramáticas, de filmes tópicos e inútiles sino que en ellos, rodados con gran brillantez, había un estudio de personajes y también de la realidad social de un país. Admirable aquellas lecciones que Sirk impartía semana tras semana a los televidentes.

El cine de Sirk prácticamente se divide en dos partes, el realizado en Alemania en la década de los años treinta y el que dirigió en Hollywood desde 1943 hasta 1959, año en que vuelve a Alemania para dirigir teatro e intervenir en la realización de algunos cortometrajes.

Douglas Sirk (1897, Hamburgo-1997, Lugarno) huyó del nazismo para realizar su primer filme americano en el que claramente expresaba su posición frente al país del que había huido: Hitler’s Medman (1943), que firma, por vez primera, como Douglas Sirk, ya que en las películas realizadas en Alemania su firma era Detlef Sierck. Durante los años cuarenta dirige filmes de estructura policiaca, de planteamiento psicológico, muy común en el cine americano de aquellos años, e incluso alguna comedia.

Es en los años cincuenta en los que su cine se centra en melodramas en la honda de las películas de John M. Stahl, llegando incluso a realizar remakes de algunos de sus filmes. Aunque, eso sí, el estilo de ambos directores, y en cierta forma los intereses, difieren bastante.

En este periodo Sirk realiza títulos como Su gran deseo, Obsesión, Siempre hay un mañana, Hoy como ayer, Interludio de amor e Imitación a la vida, con la que cierra el ciclo. Años cincuenta en los que destacan sobre todo dos melodramas: Sólo el cielo lo sabe y Escrito sobre el viento. En estos años realiza otras excelentes películas, como son dos adaptaciones literarias, una proviene de una novela de Erich Maria Remarque, Tiempo de amar, tiempo de morir, y la otra corresponde a una novela de William Faulkner, Ángeles sin brillo.

Después de realizar Imitación a la vida decide volver a Europa. Al final de los años treinta había huido de la barbarie nazi pensando encontrar un paraíso de libertad en Estados Unidos, ahora comprueba que no es así, que la persecución promovida por el maccarthismo no es más que otro tipo de fascismo. América ya no es aquello soñado. Tampoco se encontrará a gusto en Alemania. El país lo encuentra hipócrita, sumido en una mentira. Su último destino será Suiza.

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Falso bienestar

Sólo el cielo lo sabe es, sólo en su apariencia, una historia de amor desgraciada y con final feliz. En el fondo eso no es más que un espejo, de los muchos que se acumulan a lo largo de las escenas del filme, como demostración de la mentira que supone la vida feliz de los habitantes de una pequeña comunidad americana.

Los dos personajes principales del filme y que intervendrán en varias películas de Sirk son Jane Wyman (ex mujer de Ronald Reagan) y Rock Hudson (actor que aparece en gran parte de las películas que Dirk rueda durante los años cincuenta).

La historia es sencilla. Una comunidad pequeña donde una mujer viuda con dos hijos mayores trata de vivir ante la mirada inquisidora de los habitantes del lugar. El comienzo del filme deja claro lo que Sirk pretende. En los letreros de crédito se muestra cómo es la ciudad en la que va a transcurrir la acción: la típica población de casas iguales, confortables, con jardín y garaje incorporado, dominada por el campanario (imagen que abre la película) de una Iglesia.

Poco a poco se va centrando la historia de deseos ocultos, de egoísmos, falsedades. Es imposible que Cary (Jane Wyman) pueda rehacer su vida junto al jardinero (el hijo del antiguo jardinero de la casa) que cuida su jardín. Está la sociedad que injuria a la mujer, que la trata de pérfida, mientras que ataca a Ron (Rock Hudson) como arribista (Cary pertenece a una determinada clase social mientras que Ron, para esa sociedad, es un don nadie).

Los hijos de Cary también se oponen a la relación de su madre con Ron. Acusan a la madre de querer abandonar la gran casa de su padre y de ser avergonzados por la unión de la pareja. Algo que alcanza su punto culminante en el momento que la mujer anuncia su matrimonio con un hombre que además es más joven que ella.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con la Navidad? Pasemos a ello.

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Soledad como contrapunto

Este artículo podía haber tenido otros títulos, como por ejemplo estos tres: La hipócrita sociedad, El duro egoísmo humano o Cuando los hijos se van. Hemos optado por el de Regalos (envenados) de Navidad ya que el centro del filme tiene lugar en esas fiestas y uno de sus regalos da lugar a uno de los grandes momentos del cine de Douglas Sirk.

Naturalmente en las Navidades cinematográficas nieva. Faltaría más. Y mucho. El título de una película americana y de una canción es, incluso, Navidades blancas. Aquí, en las escenas de la Navidad, o cuando nos acercamos a ella, la nieve no va a faltar. En uno de los planos veremos a Cary asomada a su ventana viendo cómo fuera nieva y dentro de la casa ella… está sola. El plano de Cary en la ventana mientras los copos de nieve caen nos muestra cómo la mujer llora. La nieve, o la lluvia, muestra su dolor, amplifica su soledad.

En ese momento, Cary está dispuesta a aceptar el sacrificio impuesto por la sociedad y por sus hijos. En su entorno social, cerrado, insolidario, inquisidor, Ron no tiene cabida, en el familiar sus hijos también han recriminado el intento de boda de su madre. Su hijo es claro al respecto: “No arruines nuestras vidas”.

La mujer ha aceptado su encierro, su prisión, pero al menos como le dice su amiga, la única que realmente tiene, “tienes a tus chicos, no necesitas, como otras, ir al club, a las fiestas para llenar tu vida”.

¿Tiene, de verdad, a sus hijos?

Cuatro escenas dibujarán claramente la realidad de Cary, las cuatro tomando como referencia el periodo navideño.

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En la primera, la mujer espera a los hijos en la estación de tren, la llegada de sus hijos que vendrán a pasar las fiestas con ella: se encuentran estudiando en la Universidad. Llega el tren. Cary observa cómo bajan los viajeros, pero los hijos no vienen. El tren se pone en marcha. La mujer se da la vuelta al tiempo que se le entrega un mensaje diciendo que no les espere, que no vendrán, están muy ocupados. Deberá esperar hasta el mismo día de Navidad para que ellos puedan regresar.

En la segunda, Cary va a comprar un árbol de Navidad para ponerlo en el salón de la casa. Allí se encuentra con Ron, que está ayudando al vendedor. Ese encuentro, con las navidades de fondo, será roto con la llegada de una joven que acompaña al hombre. Todos estos momentos se centran sobre todo en planos sobre la mujer, en su cara, en su tristeza.

La tercera es la ya indicada anteriormente de Cary en la ventana. Momento que viene complementado con la alegría de la Navidad expresada por un grupo de niños que pasan cantando las canciones típicas del momento.

La cuarta escena es la más importante, uno de esos momentos grandiosos, perfectos, que nos puede dar el cine. Escena que, por su fuerza, su intensidad, su valor fílmico siempre estará en nuestro recuerdo y… también en la historia verdadera del cine.

Es el día de Navidad. Cary está ordenando los regalos alrededor del árbol. Se abre la puerta y entran los hijos en el gran salón de la casa. Abrazos, parabienes. El hijo, en una actuación ausente, simplemente se centra en si ha llegado el regalo que han elegido para su madre, un gran regalo. Va a llamar para enterarse si está en camino. La hija se queda sola con la madre. Le anuncia que se va a casar y que, lógicamente, se irán a vivir fuera. Vuelve el hijo, ya está en camino el regalo, a quien su madre le enseña el regalo que ella ha escogido, un jersey. No parece apreciarlo, casi ni llega a mirarlo. Eso sí, le va a soltar varias perlas a su madre: se va una larga temporada a París y no sabe cuál es el momento en que volverá a la población: “¿No te parece que está casa será demasiado grande para ti, al no estar nosotros? Lo mejor sería venderla y comprarte una más pequeña (1).

El mundo, el débil mundo que Cary quería mantener, se desmorona. Se sienta, se aprieta las sienes, cierra los ojos: “¿De qué ha servido todo mi sacrificio?”. Pero entonces llega el regalo, ese esplendido regalo que antes le ha anunciado el hijo: “Felices Navidades, Feliz año Nuevo”.

¿De qué se trata? Sentada en el sillón mira el artefacto que acaba de ser colocado frente a ella: es un televisor. El técnico explica el aparato. Unas palabras que no tienen desperdicio: “No tiene más que apretar este botón y disfrutará del programa que usted desee reflejado en esta pantalla.  Drama, comedia, la comedia de la vida al alcance de su mano”.

La mirada de Cary se ha centrado en el televisor que la refleja a ella, su angustia, su soledad, su dolor. Poco a poco la cámara va acercando a la pantalla hasta llenar todo el plano. En la pantalla Cary: el drama de su vida al alcance de la mano.

Los múltiples espejos de la película se transforman en el espejo-mirada del televisor. Hay que ver esta secuencia, modélica, una y otra vez. Comprobar cómo Sirk, con mano maestra, orquesta la planificación hasta el encierro de la mujer.

Podía ser el fin de la película. Un inmenso final, lo que ocurre es que estamos en el reinado de Hollywood, de la Universal y del melodrama, y la película debe llegar a un final feliz después de una vuelta semi-trágica del guión. Al menos de momento en ese The end las cosas parecen aclararse. Lo que ocurre es que los finales felices lo único que cierran es un instante de la película no lo que ocurre más allá de ese FIN. Quizá, eso, sea otra historia digna de ser contada.

Escribe Adolfo Bellido López

 (1) En el momento en que Cary comentó a sus hijos que dejaría la casa y se iría a vivir, después de la boda, con Ron, el hijo increpó a su madre por abandonar la casa, por querer sustituir esa casa por otra: una forma, aseguró, de querer borrar el recuerdo paterno

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