Mentira latente (1950) de Mitchell Leisen

  02 Febrero 2013 Cuando las luces se apagan 

 

mentira-latente-0Mitchell Leisen (1881-1972) dirigió más de cuarenta películas, algunas realmente brillantes, sobre todo las realizadas entre finales de los años treinta y principios de los cincuenta. Al final de su carrera se refugió en la televisión, dirigiendo episodios de varias series. Antes de convertirse en director había sido director artístico, interviniendo en algunas de las producciones que Cecil B. de Mille rodase a caballo entre la década de los años veinte y principios de los años treinta.

Su condición de escenógrafo fue la que llevó a Billy Wilder, siempre mordaz (era, al igual que Hitchcock, una de las personas más temidas en Hollywood por sus sarcásticos e hirientes comentarios), a arremeter contra Leisen. Para Wilder sólo era eso, no sabía dirigir, sólo proyectar un relamido estilo sobre las películas que dirigía. Con ello, Wilder quería aludir a la homosexualidad de Leisen. La realidad era que no estaba de acuerdo en la forma con la que Leisen había dado vida a sus guiones.

Y es que en 1941 Leisen realizó la excelente Si no amaneciera. Se entiende que el guionista Wilder, que poco después iniciaría su carrera como director (1), no estuviera de acuerdo en cómo había reconducido su escrito. Y también la estupenda Arise, my love (1940), por no citar Medianoche (1939), primer tratamiento por parte de Wilder (en este caso como guionista) del cuento de La Cenicienta (2) que años más tarde le daría un nuevo sesgo como guionista y director en Sabrina (1954).

A pesar del sarcasmo, más bien debido a rencillas personales, Leisen fue un buen director, normalmente de comedias, aunque también se movió muy bien en filmes dramáticos como demuestra en la ya citada Si no amaneciera e incluso en sus nada desdeñables títulos bélicos o ligados, más o menos, a la serie negra, como es el caso de Mentira latente (No man of her own, 1950), uno de los últimos filmes realizados por Leisen antes de asentarse en la televisión.

Mentira latente se basa en una novela de William Irish (I married a dead man), de tan sugerente enfoque como la mayoría de las piezas breves que escribiera. No hay que olvidar que relatos de Irish, de verdadero nombre Cornell Woolrich, fueron frecuentemente utilizados en las series televisivas producidas por Hitchcock, Alfred Hitchcock presenta y La hora de Alfred Hitchcock (3).

Mentira latente, con sus giros, sus tramas inverosímiles, pero transformadas en una gozosa lógica narrativa, es un claro producto bien condimentado del clásico cine (medio) norteamericano. Con las suficientes trampas de guión, aparecidas en el momento preciso, con el fin de enganchar a los espectadores.

De todas formas no voy a hablar aquí extensamente del filme ya que únicamente me centraré en la relación-dialogo que establece la película con —y en— la Navidad.

Para ello, ya que es una película no demasiado conocida, indicaré lo brevemente que se pueda dentro de su enrevesada historia, su argumento. Y después me centraré en lo que llamaré los tres actos que configuran la Navidad: antes, durante y después de su celebración.

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Argumento

Helen (Barbara Stanwyck) embarazada de ¡8 meses! llega a Nueva Nork buscando a su amante, un truhan de poca monta, quien ni siquiera la recibirá en la casa donde vive con su actual amante rubia. Por debajo de la puerta el hombre le dará un billete de tren para que se marche a San Franciso. Helen coge un tren totalmente lleno (estamos en víspera del 4 de julio) por lo que ni siquiera tendrá un sitio para sentase. Un joven matrimonio se apiada de la chica. La mujer, Patricia, está embarazada de siete meses y marcha con el marido a conocer a la familia de éste, a la que nunca ha visto. Se trata de una familia acaudalada.

Después de comer en el vagón restaurante, las dos mujeres pasan al lavabo del tren y allí Patricia le enseña el lujoso anillo de bodas. Helen se lo prueba. En ese momento el tren sufre un accidente. En esa catástrofe muere el matrimonio. Helen, que si vivirá, despierta en la habitación de un hospital. Allí se entera de muchas cosas: ha nacido el hijo que esperaba, al tiempo que, por el anillo de bodas que lleva en un dedo, ha sido confundida con Patricia. Después de dudar qué hacer, decide, por el hijo, seguir con el engaño, aceptar ser Patricia. Así es reconocida por los padres y por el hermano (John Lund) del fallecido: nunca han visto a la verdadera Patricia.

A partir de ahí se producen dudas, culpas, equivocaciones, amores entre Helen/Patricia y el hermano del marido y aparición del truhán. Todo el filme está contado en flash-back en el que se resume la tristeza de Helen/Patricia en la gran casa en la que vive (in)felizmente casada (corroída la pareja por diversas culpas) con el falso cuñado. Ambos esperan la llegada de la policía que viene a detener a alguien por asesinato. ¿A quién?

No voy a desvelar más del argumento, merece la pena ver la película y comprobar cómo tal absurda, compleja e imposible historia es conducida desde una exacta lógica fílmica. Me interesa centrarme en los tres actos navideños enunciados

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Primer acto: días antes de Navidad

Helen, convertida en Patricia, ha cometido algunos graves errores en casa de sus suegros pero que son atribuidos a fallos de memoria por culpa del accidente.

Un cartel en un escaparate indica que faltan 20 días para las Navidades. Estamos en una calle repleta de comercios que se muestran tentadores de cara a las próximas fiestas. Delante de uno de los comercios, la falsa Patricia se encuentra con su cuñado (Bill). A él, el hijo menor de la familia, le gusta la mujer pero recela de sus fallos de memoria. El encuentro de ambos, en su búsqueda de regalos, comienza con alegría. Hablan mientras la cámara en un travelling lateral les sigue a lo largo de la calle. En un gesto amistoso, de unidad, él la coge del brazo. Entran en un comercio. El hombre quiere comprar una pluma como regalo de las fiestas para el padre. Es una lección ver cómo Leisen dirige esa escena, planteándola a través de, en general, un montaje interno dentro del plano incidiendo en especial en los gestos y miradas de los personajes. En un instante la mujer es sometida sin darse cuenta a una prueba por parte de Bill, que —como se ha dicho— desconfía de ella. Pide que pruebe la pluma, firmando. Y naturalmente pone su verdadero nombre. Un primer plano muestra su firma. Ya es tarde para rectificar, cuando se da cuenta del error. No puede retroceder. Bill hace como que no se ha enterado, pero su cara muestra que, ahora, está claramente convencido de que la mujer no es su cuñada.

Salen de plano. El punto de vista, desde el mostrador de la tienda, se mantiene. Se supone que la pareja sale. Hemos visto cómo ahora Bill no coge del brazo a la mujer. Se ha producido un claro distanciamiento respecto a Patricia.

En ese instante ocurre algo insólito: una mujer rubia se sitúa en el mismo lugar donde Bill ha comprado la pluma. Pide un mechero de oro al vendedor. Después de ese raro plano se produce un fundido.

¿A qué se debe la introducción de ese personaje? ¿Qué tiene con ver lo que estamos viendo? No hay que olvidar que todo plano que se incluya en un filme debe tener una razón de ser, en caso contrario está de más, fuera de sitio (4). ¿Lo tiene aquí?

Segundo acto: La noche fin de año

mentira-latente-1Han pasado muchas cosas. Las navidades deben haber sido felices en la casa de los padres de Bill y de… Patricia. ¿Cómo es posible después de la escena anterior?

Expliquémoslo: Al día siguiente de la escena de la tienda, Bill se propone decir a su padre (su madre está delicada) sus dudas sobre la identidad de su cuñada. Pero, cuando va a hacerlo aparece la falsa Patricia. Decide, por tanto, callar y preparar una trampa definitiva para saber si la mujer es una embaucadora que sólo desea hacerse con la fortuna de la familia. Por ello convence al padre que deje todo el dinero en manos Patricia.

Tiene lugar una reunión de toda la familia con el abogado. Patricia no sabe nada de lo que ocurre. Cuando se lo notifica el abogado renuncia. Ella no quiere ningún dinero. La cara de Bill se ilumina. Su cuñada si actúa así es por otra causa. Ella no quiere el dinero, no va, entonces, a la caza de la fortuna de la familia. Por eso las Navidades serán felices (no se verá su celebración en la película) y el día del Año Nuevo señalará, entre otras cosas, el comienzo de una nueva vida.

Estamos pues en el día de final de año. La cámara se sitúa a una cierta distancia de la puerta principal de la casa al abrir el plano. Está todo nevado (cómo no, si estamos en Navidad), se escuchan canciones. Alegría por todas partes. La cámara se comienza a acercar a la puerta de la casa. Se abre la puerta y sale dando gritos de alegría Patricia. Detrás toda la familia. Se encuentran muy alegres. Exclaman que qué bonito es todo. Se siguen escuchando las canciones típicas del momento. Bill y Patricia se separan de los padres. La madre mira ilusionada a la pareja que termina besándose.

Tercer acto: Se recogen las Navidades

Patricia va dando, desde la escalera donde está subida, las luces del árbol de Navidad. Van siendo recogidas por la madre de Bil, que las guarda en una caja para que estén disponibles en las Navidades siguientes. Todo rezuma felicidad. En la puerta aparece Bill con una carta para Patricia. ¿De quién puede ser? El plano muestra a ambas mujeres. Vemos cómo Patricia, que sigue en la escalera, abre la carta y la lee. Se tambalea, está a punto de caer. La suegra coge la carta. En un primer plano leemos lo que dice. Luego también ella alterada (al leer su contenido) se la da a Patricia, que con la carta, estrujada entre las manos, corre escaleras arriba. Pero ¿qué dice la carta para que haya causado tan conmoción? Es un anónimo que simplemente dice: “¿Qué haces tú en esa casa?”.

La carta, que devuelve la historia a un punto trágico ha sido enviada, como luego sabremos, por su antiguo amante, el mismo truhán (y padre de su hijo) que al principio no quiso ni verla. ¿Cómo seguirá la historia? Dará aun muchas vueltas y revueltas, más o menos inesperadas, sorprendentes. No voy a desvelarlas, ni mucho menos, pero sí quiero realizar una aclaración.

Tal situación, dentro de la película, con un personaje desaparecido desde el principio puede parecer absurda, al sacarlo de sopetón, de la nada y, como por arte de magia, devolverlo a la película. Pero, no es así, aquella rubia que cerraba la secuencia con la que se finalizaba el primer acto, y que el espectador se preguntaba qué hacia ella y quién era, mirando con atención hubiéramos descubierto que se trata de la misma rubia que acompañaba al truhán en la secuencia primera de la habitación (volverá a salir posteriormente y tendrá importancia en la resolución final de la trama). Esa mujer dirá al amante, cuando no quiso abrir a Helen unas palabras que, también, el espectador debería tener en cuenta. Nunca permitiré que me hagas lo que has hecho a esa”. Importante para el desarrollo de la parte final del filme.

Toda una declaración de intenciones, en un filme que muestra, en muchos de sus momentos, que Leisen no era un simple artesano. Una película curiosa e interesante que también se apresta a decirnos que las Navidades no son sinónimo de felicidad, a lo más un paréntesis que, a su terminación, nos devolverá con toda crudeza la realidad de la vida.

Escribe Adolfo Bellido López

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Notas

  1. En 1942 realizó Wilder su primera película en Hollywood, El mayor y la menor, aunque años atrás en su tránsito de Alemania a Estados Unidos, huyendo del nazismo, realizase en Francia Curvas peligrosas (1934).
  2. La afición de Wilder por la relectura de algunos cuentos infantiles le llevaría también a convertir a los siete enanitos de Blancanieves en siete profesores en Bola de fuego (1941), dirigida por Howard  Hawks, película reconvertida años después por el propio Hawks en Nace una canción (1948).
  3. Aparte de basarse, muy libremente, en uno de sus relatos, La ventana indiscreta.  Casi cien títulos entre películas y series de televisión toman como base relatos de Irish. Su obra ha sido sin duda una gran fuente de inspiración para películas de misterio.
  4. En la reciente y mediocre Hitchcock se introduce uno de esos planos despistantes y fuera de sentido (entre otros muchos): Scarlett Johansson (Janet Leigh) come palomitas que ofrece a Anthony Hopkins (Hitch) y este se las llevará a su casa como una especie de trofeo. El dar importancia a ese momento, sin más, carece de sentido. Si se quiere decir que de ahí sacó Hitch la idea de que Norman Bates en Psicosis se llevase palomitas de maíz a la boca, el error es doble: para eso el espectador debería conocer ese detalle, aparte que eso fue insinuado por Perkins y no por Janet Leigh. Eso sí, el detalle lo cambió Hitch ya que la sugerencia de Perkins fue que su personaje utilizase caramelos. Bueno era Hitch como para que alguien se comiese los caramelos sin que él lo aprobase. Por eso sorprende que en la película citada se cometa un error tan grave como decir que la mujer de Hitch rodó la célebre secuencia de la ducha. ¡Vaya desliz!

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