El Apartamento (1960) de Billy Wilder

  27 Enero 2013

Navidad sin Navidad 

el_apartamento-103Puede que haya personas que se hayan quedado un poco extrañadas ante el encabezamiento de nuestro artículo dedicado a El apartamento dentro del Rashomon dedicado a la (In)feliz Navidad. Y es que esta auténtica obra maestra del séptimo arte se podría englobar dentro de un grupo de películas ambientadas en fechas tan señaladas pero que a su vez se caracterizan por tener escaso espíritu navideño.

Así, trabajos tan destacables y a la vez tan poco entrañables como La jungla de cristal, El día de la bestia o Eyes Wide Shut podrían encuadrarse dentro de este selecto grupo. De todas maneras, aunque podamos afirmar que El apartamento no es una película navideña al uso, si que su localización en este preciso espacio temporal que culmina en la Nochevieja sirve para potenciar el drama de C. C. Baxter (Jack Lemmon), un hombre tristemente solitario en contra de su voluntad.

De nuevo, asistimos a un retrato de la Navidad como un mero juego de apariencias e hipocresías, tras el que se esconden historias terribles de soledad que rozan la marginalidad.

El protagonista, mientras el resto del mundo vive su representación de presunta felicidad y fraternidad, representadas en sórdidos lugares (aquí, como veremos, en un bar y en una gris oficina), vive una vida básicamente asocial y falta de esperanza, mientras tiene que aguantar que a personas de ralea bastante desagradable no les falta ni el cariño incondicional ni la compañía de sus mujeres y amantes.

En ese aspecto no deja de ser llamativo que la única persona que parece preocuparse por el personaje de Lemmon durante todo el relato sea un vecino médico, presumiblemente judío, a quien, como es natural, la Navidad le trae sin cuidado. Será este galeno, claro representante de la ética y racionalidad en plena vorágine de celebraciones y borracheras sin fin, el único que le ofrecerá ayuda desinteresada cuando, involuntariamente, se meta en un buen lío con la despechada amante de su jefe, de la que Baxter se encuentra perdidamente enamorado sin ser correspondido.

Wilder recrea un retrato pesimista y negro de una sociedad que aprovecha las celebraciones tradicionales para expandir toda su maldad, egoísmo y avaricia, manipulando al prójimo a su antojo para su propio placer o conveniencia; aquéllos que han instaurado su propio sistema de valores. La crítica es muy dura, pero gracias a la ironía desplegada vemos la película acompañados siempre de una media sonrisa.

Este espíritu tragicómico que sobrevuela el film alcanza cotas sublimes en las dos escenas más importantes a mi juicio de toda la película: la fiesta prenavideña que tiene lugar el día de Nochebuena en el piso diecinueve de la Cosolidated Life de seguros de Nueva York, y todo lo que acontece en Nochevieja, y que culmina con la conocidísima secuencia de la confusión con la botella de champán.

Las referencias navideñas en El apartamento tardan bastante en aparecer en pantalla, exactamente cuarenta y cuatro minutos de un total de ciento veinte minutos de metraje. Se produce en la centralita telefónica de la empresa. Allí vemos un árbol de Navidad consecuentemente adornado y rodeado de paquetes con supuestos regalos y varias tarjetas de felicitación pegadas en una pared lindante.

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En ese preciso instante una de las telefonistas anuncia a bombo y platillo que ha comenzado a celebrarse una fiesta en uno de los pisos superiores, lo que da pie a una panorámica de dicha planta donde observamos a una multitud de trabajadores entonando a viva voz el tradicional Jingle Bells; de mientras otros tantos, ajenos a las aptitudes cantoras de sus compañeros, se dedican a bailar y correr como locos por la dependencia.

El protagonista del film, preso de la alegría producida por su inminente ascenso, se atreve a invitar a Fran Kubelik (una guapísima Shirley MacLaine) a tomar una copa, sin saber que está a punto de vivir una secuencia muy amarga: mientras va en busca de bebidas, la secretaria de Seldrake, su jefe, pone en antecedentes a Fran sobre los pasados devaneos del Gran Jefe. Ella queda profundamente compungida al darse cuenta de que sólo es una conquista más. Baxter le pide a la muchacha su opinión sobre un sombrero que ha comprado, ella le presta su espejo para que vea cómo le queda, y él se da cuenta de que es el mismo objeto que encontró en su apartamento cuando se lo prestó a Seldrake para que llevara a su desconocida amante.

En toda esta larga escena el elemento navideño viene representado por una felicitación de Navidad enviada por Sheldrake y que Baxter le muestra a Fran. En ella se ve a éste en una típica estampa familiar navideña junto al árbol, su mujer, sus dos hijos vestidos de militar y hasta su caniche.

La segunda escena importante que ocurre en Nochebuena nos sitúa a Baxter con el corazón hecho pedazos ahogando sus penas en un bar atestado de gente. En ese instante en el que el júbilo del gentío y la tristeza de la soledad del individuo abandonado se mezclan de manera antológica entra un tipo disfrazado de Papa Noel que pide al dueño del bar que le sirva un whisky lo más rápidamente posible, ya que según él, ha aparcado el trineo en un lugar prohibido.

Es importante resaltar lo grotesco de la situación: la figura por antonomasia de las fiestas ingiriendo alcohol y carcajeándose de forma estruendosa mientras hace tintinear su campana. Desde luego no se trata precisamente de una imagen ejemplar para todos aquellos devotos de las Pascuas.

Baxter conoce entonces a una chica igual de solitaria que él que tiene que pasar sola la Navidad porque su marido se encuentra preso en Cuba, debido a que le han pillado ¡drogando a un caballo! Ambos intiman y acaban bailando mejilla con mejilla mientras el local ha quedado desierto a excepción de Santa Claus, apoyado contra la barra con una buena tajada.

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En cuanto a Nochevieja se refiere, el momento en que uno toma conciencia de que es el último día del año se produce cuando la escena se abre en el restaurante chino donde Fran y el Señor Sheldrake tienen sus esporádicos encuentros furtivos cinco minutos antes de que sea la medianoche y el año toque a su fin. Ahora su mujer le ha dejado y él ha decidido formalizar su relación con la que hasta ahora tan sólo era una aventura. Fran está sentada sola en el último reservado, con un sombrerito de papel que forma parte del cotillón y una expresión pensativa en el rostro. Sheldrake está abriéndose paso entre los juerguistas que se apiñan en la barra y atestan los reservados.

El pianista está consultando el reloj con el brazo izquierdo levantado. Da la señal dejando caer el brazo y se apagan todas las luces. Al mismo tiempo empieza a tocar Auld Lang Syne, una canción que se relaciona especialmente con la celebración del Año Nuevo. Cuando la canción acaba, y todo el mundo presente estalla en ruidosas aclamaciones, Sheldrake se gira y Fran ya no está en su asiento. Asistimos entonces al momento final que indicábamos con anterioridad y del que vale la pena recuperar unas líneas de diálogo donde se menciona la Navidad por última vez en el film:
     —Baxter: ¿Y el Señor Sheldrake?
     —Fran: Le enviaré una tarta de frutas todos los años por Navidad.

El apartamento se convierte así en una triste fábula navideña: no hay nieve; las fiestas como la que se produce en la oficina son puro desenfreno; la única ocasión en la que aparece Santa Claus es para verlo borracho como una cuba y el clímax de la Nochebuena acaba con un intento de suicidio.

Un título mayor de un director enorme que nos sirve como anillo al dedo para ilustrar nuestro Rashomon sobre la (In)feliz Navidad.

Escribe Francisco Nieto

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