Cine y miseria en África

  02 Diciembre 2012 África no es un país, es un espejo 

la-pesadilla-de-darwinÁfrica es un país... o al menos así lo creen gran parte de los jóvenes de entre trece y catorce años a los que el profesor incauto pregunta. A veces uno no sabe si la ignorancia no responderá, secreta e involuntariamente, a una verdad sometida.

Lo fácil es escandalizarse ante semejante afirmación, pero cuando uno recorre siquiera vagamente la historia del continente africano, puede llega a descubrir que las catalogaciones clásicas no valen más que la simple retórica.

África no es un país, se afirma, sino un continente formado por muchos países distintos. Sin embargo al profano la realidad del continente se le aparece cuasi uniforme: si acaso puede distinguir vagamente entre el África magrebí y la subsahariana, pero en su imaginario surgen, ante la mención de su nombre, simultánea e  indistintamente dos conceptos primarios: calor y pobreza, ante los que se diluyen todos los matices. África no es en absoluto pobre, pero sus verdaderas riquezas se esconden tras la maraña demagógica que han trenzado los artífices de siglos de saqueo,  tal y como los hombres se esconden del sol abrasador del desierto.

África no es un país, pero bien podría serlo: si país deriva de paisaje, pero también de la noción de territorio con una historia y organización comunes, entonces el continente misterioso bien puede merecer ese nombre.

África es administrativamente un continente desde que la colonización estableció arbitrarias fronteras dentro de las regiones que se disputaban las potencias europeas. Algunas de ellas (Libia, Egipto, Sudán, Kenia, Namibia, Botswana o Sudáfrica) muestran asombrosas líneas rectas en su geografía política, que responden invariablemente a un reparto territorial trazado en los mapas de los colonizadores.

El gusto por la geometría no fue bien acogido por una población eminentemente nómada, que no entendía de fronteras imaginarias; no pocos conflictos africanos han surgido de esos trazos administrativos. Si atendemos a ese carácter, el trashumante, podemos colegir que más allá de los esporádicos conflictos tribales la conciencia africana era una conciencia global, no meramente territorial y mucho menos, administrativa. África era un inmenso país(aje) para sus pobladores, que se extendía a lo largo y ancho del horizonte siguiendo la ruta de las escasas lluvias: la patria eran el agua y el verdor efímero, nunca el espacio encerrado dentro de líneas abstractas.

El mencionado discurso sobre su pobreza no es menos engañoso: si hacemos un recuento de sus recursos, nos daremos cuenta de que el continente es probablemente el más rico del mundo: África atesora el 50% de los diamantes, el 22% del oro y el 90% del platino, por no hablar de otros recursos mineros como el cromo (81%) o el ansiado Coltán con el que se fabrican todos los aparatos electrónicos del mundo (90%).  Respecto de su potencial energético, baste saber que es el continente con mayor índice de insolación y que produce el doble de petróleo que consume, además de grandes cantidades de Uranio, exportado en su mayoría.

¿De dónde viene pues, su innegable miseria?

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La maldición de los recursos

Es conocido el hecho, atestiguado por innumerables naciones a lo largo de los siglos —también la España imperial, ahíta del oro y la plata de las minas de América, que acabó por vender sus expropiadas riquezas a cambio de naderías— que los países que basan su economía en las rentas de sus recursos naturales, ni se desarrollan ni construyen democracias genuinas.

Una de las razones que suele esgrimirse es que esos países no incentivan la cultura del trabajo, pues resulta más fácil vivir de las supuestamente inagotables rentas. En principio, sería como mínimo cínico atribuir ese carácter acomodaticio al África: en realidad, el continente negro —al igual que la América precolombina— nunca precisó de falsa opulencia mientras no fue colonizado; se bastaba con su organización tribal y la emergencia de algún imperio ocasional, por lo general autosuficiente y deudor del sector primario. Fueron los administradores europeos, henchidos de la cultura protestante del trabajo, los que descubrieron un subsuelo riquísimo, listo para ser explotado.

Cualquier otra explicación es fruto de la mala (o la nula) conciencia, que no quiere admitir corresponsabilidades en la penosa situación actual del continente.

Y he dicho bien, corresponsabilidades, porque tan cínico como inocente sería atribuir toda la responsabilidad al colonizador europeo: los africanos se bastan solos para construir regímenes tan totalitarios y sanguinarios como los que ocasionalmente han padecido los europeos, y que son hoy moneda común a lo largo de su territorio. Conflictos como los de Sierra Leona y Ruanda, si bien no exentos de trazas postcoloniales, son en su mayor parte fruto de las luchas de poder entre facciones étnicas, alimentadas a partes iguales por el fulgor diamantino y el odio secular.

En lo que sigue, trazaremos un boceto sobre cómo ha sido tratada la realidad económica y política del continente a través de la cinematografía; en tanto que boceto, debe ser parcial y esquemático.

Sus líneas maestras serán tres: por un lado la colonización, por el otro la descolonización, y por último el imperialismo económico, tan teñido de sangre como sus predecesores; por motivos de espacio uno no debe ser prolijo, así que cada uno de los espacios tratará un máximo de tres películas, sin que ello sea óbice para nombrar alguna más. Ésta es mi selección.

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El colonialismo: dos visiones desde un mismo acontecimiento

Pareciera que la visión europea del colonialismo africano —por razones obvias no nos ocuparemos del americano y el indio— fuera en ocasiones en exceso amable. Cuando uno estudia películas como Memorias de África (Sydney Pollack, 1985), la imagen que se transmite de la ocupación británica es de un romanticismo embriagador. Los protagonistas son los colonizadores y los nativos y sus problemas apenas aparecen tangencialmente. Todo esto no la convierte, en absoluto, en una mala película... pero desde luego queda bastante alejada de nuestro propósito.

En la cinematografía propiamente británica sobre África, parece haber dos enfoques distintos: el complaciente y el crítico. Curiosamente, dos películas que podrían considerarse partes de una misma saga y cuyo responsable es en esencia la misma persona, ejemplifican cada uno de esos dos contradictorios aspectos.

Zulú (1963, Cy Enfield) es una suerte de western británico adaptado al continente africano. En parte gracias a esta coincidencia de género, ha sido comparada con la mítica El Álamo (John Wayne, 1960). No obstante las coincidencias no son sólo estilísticas: tanto Zulú como El Álamo contienen una fuerte carga política, que presupone el heroísmo de los colonizadores y mistifica su lucha en pos de la dominación del territorio.

Aunque los enemigos a los que se enfrentan los occidentales no son tratados de un mismo modo en ambas películas: mientras que en El Álamo —calidad cinematográfica aparte— John Wayne ha sacado a relucir lo peor de su ideología, manipulando groseramente los hechos históricos y despreciando al enemigo de un modo soez, en Zulú Cy Enfield no ha minusvalorado la grandeza de los combatientes africanos que se enfrentan a las huestes británicas capitaneadas entre otros por el teniente Gonville Bromhead (Michael Caine) en Rorke’s grift.

El contenido es muy similar en ambas: inspirados en la gesta de los griegos (fundamentalmente espartanos) frente a los persas en la batalla de las Termópilas, casi todos los ejércitos del mundo han engrosado su épica rememorando esa batalla clásica en alguna ocasión.

Grita_libertad-1La defensa de un emplazamiento estratégico a manos de sus escasos ocupantes frente a un ejército innumerable, es otra coincidencia remarcable entre la obra de Wayne y Enfield. No obstante, cabe señalar que en el segundo caso la superioridad técnica del armamento británico era un elemento no despreciable; Enfield, como no queriendo restar mérito al arrojo Zulú, llama la atención sobre este hecho y concede esa pequeña desventaja a los africanos: ese podría ser el antecedente moral que luego le llevara a guionizar Amanecer Zulú, una película estadounidense menos hinchada de patriotismo y un tanto más crítica con el proceder británico que su predecesora. Curiosamente ambas cuentan dos episodios correlativos, que en el espacio de muy pocas horas se dieron en la guerra anglozulú de 1879.

En Amanecer Zulú (1979, Douglas Hickox), una película que podría considerarse precuela de Zulú, y cuyo guión estuvo a cargo del director de la misma (Enfield), se narran los acontecimientos inmediatamente anteriores a la batalla de Rorke’s grift. Las tropas británicas, muy confiadas en sus propias fuerzas y en la superioridad de su armamento, realizan una incursión en territorio Zulú que acaba en masacre, o según se mire, en lección de humildad.

La película narra en primera instancia los pormenores de la invasión británica del imperio Zulú acaudillado por Cetswayo, sin eludir las discusiones en los fríos despachos coloniales británicos tan alejados de la calima, allá donde lo más caliente era el té que los arrogantes y prepotentes británicos saboreaban mientras se repartían el pastel africano.

Toda la primera parte ejemplifica aquella visión crítica del colonialismo de la que hemos hablado, y la segunda no desmerece en absoluto la épica guerrera de ambos ejércitos, en ocasiones comandados por la avaricia de unos pocos gerifaltes que desde la lejanía apenas reparan en el beneficio económico, muy por encima de cualquier tipo de consideración de carácter humano.

Aunque se ha presumido que Zulú es superior cinematográficamente, no lo es menos que Amanecer Zulú es mucho más valiente y osada: esa osadía es quizá, la que le costó a su guionista, Cy Enfield, verse envuelto unos años antes en un proceso de la caza de brujas del senador McCarthy, acusado de ser comunista.

El casi absoluto dominio británico sobre la mayor parte del África subsahariana no fue, sin embargo, un remanso de paz colonial: subyugados los africanos, en cierto modo desde una postura paternalista y con afán “civilizatorio”, el imperio hubo de vérselas apenas un año después de la guerra zulú con los descendientes de los colonizadores holandeses, los Boers, que reclamaban para sí una parte del territorio que los británicos consideraban bajo su dominio por derecho de conquista.

Las guerras de los Boers finalizaron con una victoria británica, aunque de hecho las concesiones a los campesinos afrikáners fueron sustanciosas, tanto económicas como en ocupación de territorios. Lo que de verdad fue remarcable del conflicto es que acabó por sacar a la luz la peor parte de cada uno de los dos contendientes: por un lado, los británicos corrigieron y aumentaron el fatídico invento del general español Valeriano Weyler —los campos de concentración— en cuyos malsanos recintos murieron decenas de miles de personas de etnias diversas. Por el otro, los descendientes de los holandeses establecieron dentro del dominio de facto de sus territorios uno de los más abyectos regímenes de la historia, basado en la segregación y el desprecio racial que duró, para vergüenza del mundo, hasta el año 1994.

Apartheid y extraterrestres

tierra-prometida-1El régimen segregacionista del apartheid ha sido llevado al cine en muchas ocasiones, con desigual fortuna. Una de las mejores es la que representa Tierra prometida (Cry, the beloved country, 1952); esta película, que constituye uno de los primeros papeles de Sidney Poitier, se rodó sólo cuatro años después de instaurado legalmente el régimen que de hecho ya estaba en vigor desde principios de siglo.

Posteriormente contó con un remake en 1995 (Llanto por la tierra amada, de Darrell James Roodt), protagonizado por James Earl Jones y Richard Harris, y cuya música fue compuesta por el especialista en África John Barry, el mismo que haría la partitura de Zulú, Nacida libre (1966) o Memorias de África.

Ambas, inspiradas en una obra literaria de Alan Paton, cuentan la historia de dos padres enfrentados por un caso de asesinato en medio del odio racial, y no es extraño encontrar en su planteamiento la semilla de lo que luego sería el desenlace de otra obra vinculada al racismo, American History X (Tony Kaye, 1998), en la medida en que los papeles de agresores y agredidos se intercambian y confunden en un golpe de efecto demoledor.

Mucho más cercanas en el tiempo, y casi como catalizadoras del movimiento social y político que llevaría a acabar con el régimen, encontramos obras que se han hecho un pequeño hueco entre los clásicos bienintencionados, como puede ser el caso de Grita libertad (Richard Attenborough, 1987), donde el periodista Donald Woods (Kevin Kline) cuenta la historia del activista Steve Biko (Denzel Washington), asesinado por el régimen.

Debido a las presiones políticas, la película hubo de rodarse en Zimbabue, y a pesar de estrenarse en Sudáfrica, muchos cines fueron allí amenazados por programar su proyección.

Uno de los últimos filmes de Marlon Brando también estuvo relacionado con el apartheid; se trata de Una árida estación blanca (1989), y en ella el gran divo muestra su capacidad para dar vida a personajes que encarnan sus convicciones personales, profundamente comprometidas en contra del racismo. Le acompañan, haciendo un trabajo notable, Donald Sutherland y Susan Sarandon.

La conclusión de la película, lejos de ser complaciente, muestra las dificultades que sufrirían los críticos con el sistema racista en sus propias carnes, convirtiéndose en apestados sociales por mor de su bienintencionada causa.

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Algo parecido, aunque convenientemente metaforizado le sucede al protagonista de la estupenda District 9 (Neil Blomkamp 2009).

La película, según todas las apariencias, es un relato de ciencia ficción: una nave extraterrestre “naufraga” en el planeta Tierra, con miles de extraterrestres a bordo, y ello provoca un problema migratorio de primer orden.

En principio, la cosa tiene todos los visos de convertirse en un problema meramente cultural, pero la ambientación del conflicto en Sudáfrica dista mucho de ser inocente: el hacinamiento extraterrestre en chabolas y la eficiente represión administrativa por parte de los afrikaners dejan muy a las claras que su contenido es fundamentalmente histórico y crítico, y que pretende llamar la atención sobre las desigualdades de facto que aún se producen en el país meridional.

El destino del protagonista, tal y como señalamos, pasa por asumir las mismas penalidades que sus en principio represaliados debieron sufrir: debido a una infección, el afrikaner se convierte en paria, y acaba por probar su propia medicina.

District 9 es un producto reivindicativo desde la socarronería, no exento de violencia visual y emotiva, y profundamente comprometido, aunque lo sea de un modo soez: la violencia es un medio lícito en según qué circunstancias.

Más amable parece Invictus (Clint Eastwood, 2010) en la cual el deporte sirve para la reconciliación de las distintas etnias.

Admitida Sudáfrica de nuevo en las competiciones deportivas mundiales de las cuales había sido expulsada, debido a su régimen segregacionista, el presidente Mandela (Morgan Freeman) se conjura para unir en un sólo deseo las voluntades de los afrikaner y los africanos.

Esto lo consigue dando su apoyo al equipo nacional de rugby, los Springboks, mediante una serie de actuaciones a lo largo del país de las que surge una hermandad impensable tan sólo unos años atrás.

Contra todo pronóstico, en uno de esos hitos en los que la realidad parece superar a la ficción cinematográfica, la selección de fútbol sudafricana consigue vencer a la neozelandesa, que ironías del destino, llevaba por sobrenombre los All Blacks (todos negros).

La historia del apartheid pareció concluir gracias a episodios como éste. Sin embargo, es dudoso que las consecuencias de la colonización se hubieran disipado tan alegre e incruentamente.

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Descolonización y violencia

No son pocos los que asumen que la descolonización de África fue un proceso fallido, repleto de violencia e insatisfactoriamente concluso, sobre todo para los colonizados. Muchos otros, quizá más cercanos a la realidad, proclaman que es absurdo pretender que la descolonización haya concluido: si acaso se le ha dado un nuevo nombre y ha evolucionado a una etapa en que la implicación territorial se ha transformado en una dominación puramente económica.

De la primera opinión son aquéllos que reivindican una actuación, sustentada en  la responsabilidad de los países colonizadores en la situación actual del continente. Podríamos hablar de la intervención de Francia o Italia en la primavera árabe, como países moralmente responsables de lo acontecido en Túnez, Argelia o Libia en las últimas décadas.

La segunda opinión, reflejada en ámbitos de la izquierda, subraya que la colonización ha dejado paso a un nuevo imperialismo en el que la sumisión de los países de continente ya no es administrativa o política, sino económica. Las empresas multinacionales de intereses fundamentalmente occidentales —no cabe soslayar el papel que China comienza a interpretar en el escenario global, y muy especialmente en África— se han repartido el pastel de los recursos africanos a cambio de productos manufacturados de índole muy poco diversa: fundamentalmente basura y armas.

En el primer caso, películas como La batalla de Argel (Gillo Pontecorvo, 1965) o en menor medida Fuera de la ley (Rachid Bouchareb, 2010), muestran el proceso de descolonización francés en Argelia, tanto desde la óptica de los colonizados -fundamentalmente grupos terroristas como el ELN, dependiente del FLN- como de los colonizadores, con la guerra sucia y la represión de la población civil por parte de las autoridades francesas.

A Pontecorvo se le ha acusado de sectario —dado el tratamiento desigual que hace de los implicados en el conflicto—: los franceses son evidentemente los “malos” de una película cuasi documental en la que, sin embargo, no se ocultan los excesos terroristas del FLN.

No podemos dejar de reconocer lo acertado de alguna de estas acusaciones; no obstante, la altura cinematográfica de esta película es monumental, y la caracterización del conflicto cumple sobradamente con los criterios de cualquier documento histórico, por lo general nunca lo suficientemente objetivo. No deja de ser un filme de visión muy recomendable, realista, cruel y emocionalmente vibrante. Toda una lección de cine que no merece pasar al olvido.

En otra liga juega Fuera de la ley, una reciente revisión del conflicto argelino por parte del muy reivindicativo Rachid Bouchareb. La película tiene ínfulas de thriller, además de drama familiar, y no incide tan amablemente en las justificaciones políticas del FLN.

A pesar de resultar muy entretenida, se pierde un tanto en las justificaciones históricas y en la presentación de los personajes, lo que no es óbice para dejar de recomendar su visionado.

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Neocolonialismo e imperialismo económico: la multiplicación de las balas y los peces

Nos encontraríamos ante el fenómeno del neocolonialismo, en el segundo de los casos antes mencionados: la situación de dominio de los países colonizadores ya no es territorial, sino económica y cultural. El abandono de las potencias ocupantes no se habría producido sin antes dejar atados y bien atados todos y cada uno de los sectores estratégicos que pudieran tener un influjo en la geopolítica futura, siempre de un modo ventajoso para los antiguos explotadores.

En ese sentido, hablamos de la virtual explotación de los recursos naturales del continente por parte de multinacionales europeas, americanas o chinas, sobre todo en lo que respecta al sector minero o energético. Entra aquí en juego la habilidad política y legislativa de los antiguos colonizadores: muchas veces se reconoce que los recursos pertenecen de hecho a los legítimos ocupantes del territorio, y lo único que se paga es un derecho de explotación de la tierra.

Pero los posibles recursos sufren un cambio cuasi ontológico desde que permanecen en el subsuelo hasta que salen a la superficie. La pila bautismal que los hace cambiar su naturaleza original suele ser la máquina que los extrae: si el petróleo permanece bajo tierra, es tuyo; si lo extraemos gracias a mi tecnología, es mío.

Algunos neocolonizadores emplean también alguna que otra maléfica estrategia para matar dos pájaros de un tiro, vendiendo a la vez productos manufacturados a los africanos, lo que traería de vuelta a Occidente el dinero ofrecido a cambio de los recursos naturales cedidos a bajo precio por los indígenas.

Las estrategias son variadas: en primer lugar, se trataría de instaurar satrapías, por lo general a cargo de caudillos formados en Europa y con simpatías hacia el opulento modo de vida occidental; el catálogo de nombres es extenso: Idi Amín —a cuya figura se dedicó la película El último rey de Escocia (Kevin MacDonald, 2006)—, Bokassa, Teodoro Obiang, Charles Taylor, Gadafi, y un larguísimo etcétera.

Acto seguido, se trataría de establecer relaciones comerciales con esos gobernantes, puenteando (o directamente destruyendo) todos los cauces democráticos. Suele resultar mucho más económico sobornar a un solo gobernante que a toda una cúpula política o incluso a todo un país.

Por último, junto al maletín de dinero suele adjuntarse un catálogo de chucherías, por lo general armamento de guerra, que hace las delicias de los soberanos siempre celosos de su seguridad personal y de los avances del enemigo. Si tal enemigo no existiese, lo mejor sería crearlo... negociando con él en los mismos términos.

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Tres películas pueden incluirse en esta categoría, que ordenaremos de menor a mayor entidad cinematográfica.

En primer lugar, Diamante de sangre (Edward Zwick, 2006), una película que sacrifica la crítica a la comercialidad, sobre todo de los rostros de los protagonistas, todos bellísimos (Leonardo Di Caprio, Djimon Hounsou y Jennifer Connelly), y que no acaba de resultar creíble en la medida en que fantasea con la transformación moral del protagonista, que pasa de mercenario sin escrúpulos a redentor del África subsahariana y denunciante de los enjuagues europeos.

No obstante, la información que suministra es muy aprovechable: cuenta el proceso mediante el cual, por un lado, se adiestra a los niños soldado para aterrorizar a una población que se utiliza como mano (el singular tiene su gracia, dado que alguna de las dos extremidades suele ser amputada) de obra esclava en las minas de diamantes.

Posteriormente, muestra cómo funciona el mercado de diamantes mundial, en lo que consideramos la mejor secuencia de la película, un mini documental que nos habla de las violaciones de las más elementales leyes del mercado y que haría las delicias de cualquier keynesiano: los diamantes se extraen y son enviados a Europa (generalmente al Reino Unido o a los Países bajos), donde se almacenan durante años para evitar que el exceso de oferta haga bajar los precios. Aquéllos que atesoran semejante riqueza, se dedican a sacarla poco a poco al mercado, multiplicando así el precio normal (nunca real) de los diamantes.

El secreto está en controlar fuertemente las minas, de manera que ni un solo diamante escape al control de los mercenarios primero y de los tratantes después... y eso sólo puede lograrse mediante la violencia más extrema.

Como es evidente que a los mercenarios les importa un pimiento los diamantes, lo que se les ofrece a cambio son armas, que otorgan poder sobre las personas. Esto los transforma casi en animales sedientos de sangre, y hace que se instauren microgrupos de dominación dentro de lo que se considerarían las fronteras de un país.

Es evidente que así es imposible constituir un Estado bajo el imperio de la Ley, y por eso mismo se dice de los países africanos son “estados fallidos” bajo el control de los señores de la guerra.

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Pasamos así a la segunda película sobre el tema, que lleva ese mismo nombre. En El señor de la guerra (Andrew Niccol, 2005) se muestra la vida de un traficante de armas, encarnado por Nicholas Cage e inspirado en un personaje real —el archiconocido traficante de armas ruso Viktor Bout— que pasa de vender uzis israelíes a tanques y helicópteros soviéticos sin despeinarse.

Muy al contrario, la vida de Yuri Orlov es un continuo ascenso en el mundo de los negocios y la opulencia, por lo general desprovista de todo dilema moral. Orlov, amante de su esposa y de su hijo, al menos de un modo ocasional y socialmente tolerado, no se plantea que su profesión cause ningún tipo de mal —el tabaco y los automóviles matan más personas que mis armas, llega a decir— simplemente sabe que lo que hace se le da bien —lo que constituye la base del sueño americano y el triunfo social— y al fin y al cabo no está más que satisfaciendo una necesidad humana básica: matar.

El señor de la guerra, a pesar de moverse en los parámetros del mainstream, constituye una película notabilísima; es ágil, divertida, cínica y de apariencia moral ambigua —el protagonista nos cae estupendamente— pero tiene un trasfondo sobrecogedor. Algunas de sus escenas pueden contarse entre las más memorables de la cinematografía de la década, pero además acaba por conseguir su objetivo cuando en la escena final, el principio de realidad se impone a la justicia.

La película muestra a la perfección el esquema económico antes mencionado, según el cual las satrapías se sustentan en el tráfico “alegal” de armas. Ofrece una explicación de por qué las fronteras del África son tan permeables y de la magnitud del negocio de venta de armas, de lejos, el más rentable del planeta.

Pero lo más importante es que semejante negocio dista mucho de ser un mercado exclusivamente negro. El color favorito del protagonista es el gris, aquél en el que se mueven los gobiernos que pontifican que la mano derecha debe ignorar los actos de la izquierda.

El tráfico de armas es invisible porque se camufla en ocasiones de negocio legal, y esto se hace con la connivencia de los poderes económicos y también de los políticos. El mérito de Andrew Niccol es haber mostrado esto de un modo didáctico y a la vez, entretenido.

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No menos didáctica, pero mucho más descorazonadora y cruel, es la última de las películas que trataremos en este apartado: La pesadilla de Darwin (Hubert Sauper, 2005).

Este grandioso documental ya no peca de fantasioso ni mucho menos de divertido. Su magnitud es comparable a la habilidad que muestra para describir, tangencialmente, lo que se esconde tras la apariencia de un negocio legal, que supuestamente trae beneficios a los tanzanos.

La introducción de la perca del Nilo en el lago Victoria facilitó una especie de monocultivo piscícola que trajo grandes beneficios a los explotadores del lago. Su carne, jugosa y abundante, se vende hoy día en casi todos los mercados europeos, y por tanto también en los españoles.

Pero de ahí no puede colegirse que esto suponga un beneficio para los pobladores ribereños del lago; es más, se demuestra que donde antes podían sobrevivir hasta 300.000 personas, ahora sólo viven 3.000. Curiosamente, malviven muchas más, dado que atraída por la magnitud del negocio, la población ha visto incrementada su densidad en los alrededores del lago. Esta gente suele alimentarse de las sobras (podridas) de la manipulación del pescado.

Las respuestas son variadas: en primer lugar, la explotación y manipulación de la perca ha pasado a manos privadas (concretamente indias), para después ser exportada a Europa gracias a convenios colaterales, en los que los rusos, principalmente, se ocupan del transporte.

Dado que esto se ha convertido en un sustancioso negocio, del cual los africanos apenas obtienen las migajas, se ha descuidado absolutamente la biodiversidad del lago. La perca es un depredador voraz, y con un índice de reproducción altísimo: esto ha acabado por extinguir a casi todas las demás variedades piscícolas, y ha conllevado un canibalismo entre los peces. De ahí el nombre de La pesadilla de Darwin.

Pero esto no es todo: lo que en realidad está queriendo mostrar la película es que los aviones que se llevan el pescado a Europa no vienen vacíos. Como ustedes pueden imaginar viendo el cartel de la película —una perca cuya silueta se confunde con un fusil— lo que los aviones traen de Europa son armas.

Armas que alimentan los conflictos africanos, cuya venta sostiene —en un círculo diabólico— la ausencia de estructura económica y política del continente, desangrado en multitud de conflictos, se eterniza.

A la vez que aumenta la riqueza de los traficantes y gobiernos occidentales, la imposibilidad de hacerse con el control de las poblaciones de un modo democrático mantiene al continente en un estado de pobreza perpetua. La deuda, muchas veces contraída por los sátrapas para masacrar a la población, se vuelve además de inasumible e impagable, odiosa. Los mejores cerebros huyen, con lo que a la pobreza económica y la indigencia política debemos sumar la miseria intelectual.

llanto_por_la_tierra_amada-1África muere, lentamente, al mismo tiempo que nuestra conciencia moral se desvía de la virtud al beneficio. Nuestra incapacidad para comprender lo que sucede en el continente misterioso está muy lejos de ser sólo geográfica.

África no es un país; África es un espejo en el que se ve reflejada nuestra imagen: cada vez más famélicos e insatisfechos, morimos desnutridos de conciencia, enfermos de codicia e ignorantes de los mecanismos que dominan nuestras vidas.

Escribe Ángel Vallejo


Más información sobre cine y África:

Crítica de Invictus (Clint Eastwood, 2009)

Crítica de District 9 (Neil Blomkamp, 2009)

Bandas sonoras de John Barry

Crítica de La pesadilla de Darwin (Hubert Sauper, 2004)

Crítica de Fuera de la ley (Rachid Bouchareb, 2010)