Dinero caído del cielo (1981) de Herbert Ross

  14 Noviembre 2012

Demasiada depresión (*)

Dinero caído del cielo, de Herbert RossDinero caído del cielo, excelente musical realizado en el año 1981 por el coreógrafo y director de cine Herbert Ross, adaptaba una miniserie televisiva realizada en 1978 para la BBC por Dennis Potter y estaba ambientada en los años 30, en plena depresión estadounidense.

De un presupuesto total de 22 millones de dólares, en Estados Unidos apenas recaudó 9 millones, y tampoco en España corrió mejor suerte, estrenándose con cinco años de retraso y recaudando poco más de 60.000 euros.

Probablemente la presencia de Steve Martin tampoco ayudó demasiado a levantar el proyecto, un actor que procedía del programa de televisión Saturday Night Live y posteriormente embarcado casi siempre en insulsas comedias, aquí realiza sin embargo su mejor interpretación, siendo nominado por ella al Globo de Oro como mejor actor de comedia o musical.

La historia nos cuenta la vida de un triste vendedor de partituras musicales (Steve Martin), con un matrimonio a sus espaldas todavía más triste, que recorre las desangeladas carreteras de Chicago intentando colocar sus partituras y que finalmente encuentra el verdadero amor en una maestra de escuela (Bernadette Peters). Las adversas circunstancias sociales, el egoísmo y la fatalidad concurrían para que el film no tuviera ni por asomo un final feliz. Y un final feliz era probablemente lo que deseaba el público de los años 80.

El cine de la década de los años 70 con sus directores estrella (Coppola, Scorsese, Cimino, Bogdanovich, Friedkin, entre otros), se había caracterizado por historias adultas, de estilo europeo, modernas y transgresoras; sin embargo, tras el hundimiento de United Artists con el fracaso de La puerta del cielo (Michael Cimino, 1980), las tornas cambiaron coincidiendo con los nuevos aires neoconservadores. Ya no valdría el riesgo, los sueños, el arte o la modernidad; a partir de ahora sólo contaría el dinero. Y el dinero estaba en fabricar películas superficiales dirigidas a las masas de adolescentes (cuanto más adocenados mejor).

En consecuencia, géneros clásicos, como el musical o el western, muy populares antaño, cayeron en desgracia. Apenas unos pocos títulos musicales se filmaron en los 80, pero ninguno de ellos se podía quitar el tufo conservador, con su apología del éxito, el sacrificio y el afán de  superación:  Fama (Alan Parker, 1980), Flashdance (Adrian Lyne, 1983), Dirty Dancing (Emile Ardolino, 1987).

Dinero caído del cielo nació con retraso, y por lo tanto, en una década equivocada

Dinero caído del cielo nació con retraso, y por lo tanto, en una década equivocada. Y es que si algo podría definir el film de Herbert Ross sería la tristeza. La depresión económica, el peso de la moral y las duras condiciones de vida, presentes durante todo el metraje, infiltran el alma y el semblante de todos los personajes, transmitiendo una sensación de vacío y desesperanza. La vida real es oscura y sucia (como retrata la fotografía de Gordon Willis, llena de claroscuros y contrastes), con carreteras desoladas, cines semivacíos y solitarios bares con sus halcones de la noche apoyados en la barra. Las únicas salidas que se atisban para los personajes serán el sexo, el amor y la música.

El sexo al que aspiran el protagonista y su amante (la maestra de escuela) se presenta como transgresor y atrevido, alejado del tedio matrimonial impuesto por una moral caduca y represora. Y el amor, mejor, el enamoramiento, es el factor que finalmente redime a estos personajes, logrando que olviden esa realidad mezquina y aportando una luz de esperanza.

Y en cuanto a la música, a diferencia de la mayoría de filmes musicales, en donde baile y música irrumpen en el devenir natural de la historia, generalmente reforzando el sentimiento amoroso o la alegría de los interpretes, en Dinero caído del cielo el número musical sólo aparecerá cuando los personajes sueñan que escapan de la dura realidad, imaginan quimeras o añoran amar.

En Dinero caído del cielo el número musical sólo aparecerá cuando los personajes sueñan que escapan de la dura realidad, imaginan quimeras o añoran amar

Pero el resultado obtenido de esta forma se convierte en  contraste puro. La contraposición entre los distintos planos del relato (lo real y lo soñado) resulta inquietante y surrealista. Lo imaginado se nos presenta con decorados inmaculados (de un blanco nuclear), composiciones musicales de geometría perfecta, remedando los números clásicos de Busby Berkeley, niños angelicales y banqueros sonrientes que conceden créditos a discreción. Como sabemos, nada más alejado de lo real.

En este mismo contexto las canciones no son interpretadas por los actores, sino que mantienen las voces originales de las antiguas grabaciones. No se puede evitar una sensación de irrealidad al oír cantar a los intérpretes masculinos con voces de mujer. Lo soñado por los personajes nos resulta todavía más perturbador que la propia realidad.

Estremece el excelente número musical Pennies from Heaven, interpretado por el acordeonista indigente (Vernel Bagneris), personaje, a la postre, decisivo en el relato. La moderna coreografía, el efectivo decorado (un enorme mural con fotografías que evocan la depresión estadounidense), junto a la letra de la canción (“hace mucho tiempo, las mejores cosas de la vida eran completamente gratis”), conforman el resumen perfecto de las intenciones de este film.

las canciones no son interpretadas por los actores, sino que mantienen las voces originales de las antiguas grabaciones. No se puede evitar una sensación de irrealidad al oír cantar a los intérpretes masculinos con voces de mujer

Destaca igualmente el número musical Let’s Misbehave de Irving Aaronson and his Commanders, quizá el más apegado a la realidad de toda la película, interpretado por Christopher Walken, actor roba-planos por excelencia, de presencia inquietante, donde se adoctrina a la cándida maestra: la vida es y será mucho más dura de lo que ella imagina.

Lo imaginado por nuestros personajes se identificará finalmente ―como parecía inevitable― con el cine (verdadera fabrica de sueños). El vendedor de partituras y la maestra entrarán a formar parte de la película que están viendo en un solitario cine (precisamente Siguiendo la flota, de Mark Sandrich 1936): primero, iniciando el baile en perfecto paralelo a la imagen de la pantalla; y más tarde, como parte del viejo film en blanco y negro. El sueño, el amor y el cine en el mismo plano.

Es la situación inversa a la observada en La rosa púrpura del Cairo (Woody Allen 1985), donde el personaje de ficción necesitaba acudir a la vida real (por despiadada que esta fuera) para encontrar el verdadero amor; en el film de Herbert Ross, los personajes sin embargo están encarcelados en la realidad, y sólo la imaginación (el cine en este caso) les servirá de vía de escape.

Dinero caído del cielo recibió tres nominaciones a los Oscar (incluyendo la fotografía de Gordon Willis), aunque finalmente no recibió ninguno

El final del film no puede ser más demoledor, con un Steve Martin perfectamente ajustado en su vulnerabilidad y patetismo, decantándose la narración definitivamente por el artificio. Herbert Ross, que había filmado el hallazgo del cadáver de la joven ciega con escalofriante verismo, decide filmar la escena en el patíbulo con un tono teatral, tanto en su decorado como en la interpretación, tomando partido por el espectáculo (el propio Steve Martin no puede asumir un final tan patético y reclama a su amante un final feliz como el de las películas que ambos ven). Veinte años más tarde Lars Von Traer, en Bailando en la oscuridad (probablemente influido por Dinero caído del cielo), sí que realizará un abordaje realista en una escena similar, aunque sin duda nos quedamos con la visión más vital y pudorosa de Ross.

El film recibió tres nominaciones a los Oscar (incluyendo la fotografía de Gordon Willis), aunque finalmente no recibió ninguno. Poco apoyado por el público y por la industria, quedó como un extraño musical, que poca gente tuvo oportunidad de ver en su momento, que enlazaba sin ambages con el musical clásico y con evidentes referencias culturales (Busby Berkeley, los pintores Reginald Marsh y Edward Hopper, entre otras) que dieron al producto un aire excesivamente minoritario.

En definitiva, eran los años 80, era un musical, extraño, triste, para adultos y con Steve Martin. No se me ocurren más circunstancias juntas para fabricar un fracaso perfecto y para convertirse en lo que hoy es, un magnífico film de culto.

Escribe Miguel Ángel Císcar


(*) Este artículo fue incluido inicialmente en el monográfico nº 66, dedicado a los Benditos fracasos, en enero de 2011. Más artículos sobre películas que fracasaron en: http://www.encadenados.org/nou/n-66-benditos-fracasos/   

En definitiva, eran los años 80, era un musical, extraño, triste, para adultos y con Steve Martin