Cine en las favelas

  12 Noviembre 2012 Postales ensangrentadas 

ciudad-de-dios-2Manguinhos, Jacarezinho, Vargenha, Mandela. El complejo del Alemán, Rocinha… son nombres de barriadas que a muchos sonarán por primera vez, pero en los últimos años el cine de denuncia se ha hecho un hueco en estos desolados parajes para enseñarnos en carne viva la crueldad de una realidad que palpita en las favelas brasileñas.

Bien es cierto que, desde que se nombró a la capital brasileira como eje religioso y deportivo de primer orden para los próximos años (allí se van a celebrar en 2013 las jornadas mundiales de la juventud con la visita del Papa Benedicto XVI; en 2014 el próximo Mundial de fútbol y en 2016 los Juegos Olímpicos), se ha llevado a cabo una exhaustiva ofensiva del Estado con el firme propósito de reducir, o al menos, contener el poder de la delincuencia que opera en la periferia de la denominada “ciudad maravillosa”, arrestando a cuantos narcotraficantes les salen al paso y aminorando así la peligrosidad que conlleva atravesar esas zonas delimitadas por dos de las avenidas de Río de Janeiro (las líneas amarilla y roja) por la que pasan el metro y el tren metropolitano.

Y es que el abandono al que la región fue dejada permitió la aparición de islas de violencia esparcidas por la ciudad y vías públicas en las que la peligrosidad en el tránsito era patente. Si a eso le unimos la falta de presencia policial y la existencia de las llamadas “milicias” integradas por ex policías que se han convertido en una suerte de poder paralelo que extorsiona a los habitantes el panorama ha sido desolador.

Menos mal que el cine ha servido de catalizador de una situación que intentaba ser silenciada por los poderes fácticos. Varios cineastas han explorado la desigualdad y violencia que se pueden encontrar, y el resultado ha constituido una serie de poderosas y a la vez controvertidas aproximaciones fílmicas.

Tal es el caso de la aclamada cinta Tropa de élite (Tropa de elite, José Padilha, 2007) de la que hace muy poco se estrenó su secuela, titulada Tropa de élite 2 (O inimigo agora e outro, José Padilha, 2010), muy poco vistas en los cines españoles (cómo no).

Este film está contado a través de la figura de un policía ficticio, el Capitán Nascimento, miembro de las fuerzas especiales de la policía de Río (BOPE). Con un hijo en camino, Nascimento quiere sobrevivir a su última misión: pacificar una favela antes de la llegada del Papa Juan Pablo II.

Basada en la novela escrita por el sociólogo Luiz Eduardo Soares y ganadora, entre otros premios, del Oso de Oro en la 58ª edición del Festival de Cine de Berlín, Tropa de élite se ha convertido en un referente y en uno de los films brasileños más comentados de la historia.

Pero antes de la aparición de esta más que recomendable propuesta el cine brasilero ya se había acercado a esta problemática en diferentes tiempos, comenzando por la década de los cincuenta, y en un film en especial: Orfeo negro (Orfeu negro, Marcel Camus, 1959).

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En Orfeo Negro no encontramos ni drogas ni armas, sino una versión del mito de Orfeo y Eurídice (ambientado en época de Carnaval) trasladado a las chabolas de Río, a donde llega Eurídice huyendo de un hombre que la acosa y al que aborrece.

Si bien no se trata precisamente de un acercamiento demasiado realista a la pobreza que se puede hallar en estos asentamientos precarios, ya que la propuesta padece un marcado acento hollywoodiense que la aleja de las palpables carencias de infraestructuras básicas para enseñarnos un mundo colorista y muy romántico, se antoja necesario remarcar que es el primer film de marcada popularidad que enseñó al mundo estos asentamientos y contribuyó a hacer universalmente famosa la música popular brasileña.

Pero si existe una película que dio la vuelta al mundo por su contrastada calidad y puso en el mapa cinematográfico la auténtica veracidad de un problema irresoluto durante décadas esa fue sin duda Ciudad de Dios (Cidade de Deus, Fernando Meirelles y Kátia Lund, 2002), tal vez la más conocida dentro de este género.

El film cuenta la historia de Buscapé, un joven aspirante a fotógrafo, y a través de su mirada, también la de las favelas de Río. Gran parte del mérito de Ciudad de Dios radica en reflejar de manera fehaciente la cultura de las armas y la importancia de la droga que abundan en el lugar. Vemos en primera persona la hilera de casas simétricas; la luz blanca dura y lisa en la calle, e incluso las luces parpadeantes en una fiesta después de un asesinato.

En la retina del espectador más concienciado queda marcada a sangre y fuego aquella escena en la que Ze Pequenho, aún en su más tierna infancia antes de convertirse en el cabecilla más importante de la droga, asalta un dispensario y ejecuta sin piedad a todo aquél que se cruza en su camino.

En Ciudad de Dios se puede observar cómo la única manera de progresar es delinquiendo, robando, traficando y asesinando a todo aquél que quiere interponerse en los negocios fraudulentos, aunque sea el paso más sencillo para llegar a la tumba.

Sin embargo, el film abre una puerta a la esperanza en la figura de su protagonista, quien a base de tesón y testarudez, consigue salir del sórdido lugar. Y como suele ocurrir en estos casos, la academia hollywoodiense no supo ver las incontables virtudes que atesora la película, y obvió sus cuatro candidaturas (mejor dirección, guión adaptado, dirección de fotografía y montaje) aupando a la vanagloriada saga de El señor de los anillos.

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No quisiera acabar este artículo sin nombrar otra película muy importante a la hora de hablar del cine en las favelas (trabajo, que, por supuesto, tampoco ha visto ni verá la luz en nuestras norteamericanizadas pantallas): Favela Rising (Matt Mochary, Jeff Zimbalist, 2005).

Este documental nos narra la historia del nacimiento del proyecto social y banda llamada AfroReggae, una ONG que lucha contra el narcotráfico, a parte de ayudar a miles de personas a salir de la marginalidad y llevar adelante una estructura que engloba además de bandas de música, grupos de teatro, circo y centros culturales.

La primera mitad de la película resulta impactante en su descripción de la brutalidad, y así somos testigos directos de torturas, asesinatos y crímenes varios que se ejecutan bajo la impunidad de los mandatarios y las fuerzas del orden. Pero después que el hermano del fundador del movimiento es asesinado, este decide junto a un compañero lanzar un grupo de música y danza en el que sus miembros deben renunciar al consumo de alcohol y drogas para llegar a formar parte. Así a través de la música consiguen cambiar su penosa realidad.

Como colofón añadimos unos cuantos títulos, algunos vistos y otros no, que pueden servir de guía a nuestros lectores para adentrarse más a fondo en este mundo inhóspito y desgarrador que, esperamos, pronto sea historia: Pixote, la ley del más débil (Héctor Babenco, 1981); Madame Sata (Karim Ainouz, 2002); Radio Favela (Helvecio Ratton, 2002) y Última parada, 174 (Bruno Barreto, 2008).

Escribe Francisco Nieto

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