Amarcord (1973) de Federico Fellini

  15 Noviembre 2012

Gradisca (*) 

amarcord-1“Señor príncipe, gradisca”, es decir, “Señor príncipe, cuando guste”, o, en traducción más libre, “Señor príncipe, disfrute”. Y a partir de ahí Gradisca pasó a ser el nombre de Ninola, como podría haber sido el del pueblo entero, una comunidad que parece hacer del goce el eje de su vida, el nexo de unión de sus integrantes. En ese sentido la invitación de Gradisca no lo es sólo al disfrute sexual momentáneo, sino a sumarse al estilo vital que impregna toda la realidad en que la circunda.

La película comienza con la llegada de la primavera, y ello da paso casi inmediatamente, con el acompañamiento de la inconfundible música de Nino Rota, a la fiesta en la que se celebra esa llegada y a la que casi toda la población acude a observar y ser observada. Las risas y el bullicio, las bromas benévolas y consentidas, son el marco sobre el que discurre la vida cotidiana de un grupo humano que podría representar perfectamente el tópico espíritu mediterráneo del goce perpetuo.

Sin embargo, a poco que se detenga la mirada sobre esa alegría, emergen los claroscuros. Tras las risas apunta la amargura, tras el disfrute la frustración. La propia escena en la que el príncipe es invitado al goce muestra ya el turbio trasfondo sobre el que se construye.

Gradisca acude a prostituirse en beneficio no de ella, sino de la comunidad, pensando en el paseo marítimo por el cual quizá el príncipe pueda interceder. Podría verse entonces como un sacrificio abnegado a favor de ese incierto beneficio colectivo, pero ni siquiera eso, pues Gradisca alberga en el fondo la esperanza de que este acto represente su propia salvación.

En realidad Gradisca no va a satisfacer al príncipe, sino a buscar a su príncipe, el que la sacará de la monótona vida que lleva. Como le dice su acompañante: “Es una ocasión para ti”, ocasión a la que se aferra y que, claro está, se esfuma tan rápido como aparece. Más adelante, cuando todo el pueblo acuda a ver pasar al lujoso trasatlántico, reconocerá las ilusiones que durante toda su vida ha ido forjando, a pesar de lo cual “aún sigo aquí esperando”.

Esa íntima frustración que acompaña a Gradisca es común a todos los personajes de la película. Podemos reconocerla en la estanquera, de la cual se nos sugiere una vida solitaria al cuidado de su padre, y que se aferra ingenua y un tanto desesperadamente al disfrute sexual que pueda proporcionarle el inexperto muchacho que llega a la hora de cerrar.

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Ocurre también con los jóvenes sometidos en la escuela a múltiples humillaciones, y condenados a realizar su sexualidad en la visión anual de las mujeres que acuden en bicicleta a la fiesta de San Antonio, o más cotidianamente a través de la visita diaria a una estatua, visita que no suprimen ni en los días de lluvia.

Esa desolación íntima que viven los personajes de la película queda más explícitamente manifestada a través de la represión ejercida por los fascistas, acompañada por silencios, miedos, traiciones calladas y vergüenzas contenidas. Bajo el supuesto esplendor de los desfiles, la música y las demostraciones públicas se esconde el fondo oscuro del terror, el reverso humillante del éxito.

La válvula de escape a esta situación es la fantasía o directamente la locura. En el primer caso observamos cómo en ocasiones se construye imaginativamente la realidad inalcanzable: es lo que ocurre con los niños que se sueñan campeones en las carreras de coches, o con el borracho que proclama su heroicidad sexual al satisfacer en una noche a 28 de las concubinas que acompañan al jeque de visita en el pueblo. Y en cierto modo también con el denostado cronista local empeñado en contarnos las excelencias del pasado de su pueblo. Pero cuando eso no basta, la evasión adopta la forma de demencia.

La secuencia de la excursión al campo con el tío Teo es quizá la más hermosa de la película. Todo comienza con la alegría del reencuentro, aunque, se nos indica, eso ocurre sólo una vez al mes. El resto del tiempo, deducimos, nadie se acuerda excesivamente del tío.

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Pero las risas y el jolgorio irán dejando paso paulatinamente a la amargura. Cuando se orina en los pantalones los acompañantes se miran con caras de circunstancias, como constatando un temor o certificando una rutina, aunque hay que disimular por el bien de la fiesta programada. La excursión continúa según lo previsto, pero poco a poco irán aflorando los verdaderos sentimientos de unos y otros, y el supuesto cariño dejará paso al hastío.

Cuando el tío Teo se sube al árbol y reclama insistentemente una mujer, no sólo deja patente su propia tragedia íntima, sino que desata la violencia y la impotencia a partes iguales que sus familiares atesoran. Resuelto el problema, preparando ya la vuelta, el tío comentará que desde arriba del árbol se veía un pueblo: “Cuánto tiempo hace que no voy a verlo”, añade.

El año acaba, el ciclo se cierra. De nuevo recomenzará con la llegada de la primavera, y los habitantes del pueblo se aprestarán a vivir situaciones similares a las que vivieron, aunque habrá uno que ya no lo hará, pues Gradisca ha encontrado su príncipe azul. Seguramente no era como el que soñó, pero al menos le permitirá escapar, y al hacerlo abrirá la única posibilidad, sin duda incierta, de realizar el exhorto que dirigiera al príncipe.

Quizá lejos de allí Gradisca comience de verdad a disfrutar.

Escribe Marcial Moreno


(*) Este artículo fue incluido inicialmente en el monográfico nº 47, dedicado a Amarcord, de Fellini, en junio de 2005. Más artículos sobre la película: http://www.encadenados.org/n47/047amarcord/04rashomon.htm

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