Ken Loach y el legado del thatcherismo

  22 Noviembre 2012

ken-loach-1Margaret Thatcher presidió el gobierno de Gran Bretaña entre los años 1979 y 1990. Su política consistió en una aplicación casi ortodoxa de las recetas liberales, con la vista puesta siempre en una recuperación económica que atendía mucho más a los grandes números que las particularidades que conformaban su entramado real. Las cifras macroeconómicas, con el tiempo, dieron la razón a su política, pero en el camino se produjo el dolor habitual de estos procesos y una transformación de la realidad social de su país.

No es cuestión de analizar las medidas concretas que la première británica adoptó, ni tampoco de establecer un paralelismo que siempre sería incierto, y hasta ingenuo, entre esas medidas y las consecuencias que de ellas se siguieron. Pero sí se trata de mostrar la realidad que se esconde tras las abstracciones, mejor aún, de dejar constancia de cómo el cine ha querido ser la ventana por la que se asome lo que las estadísticas encubren. El cine despojado de alardes artísticos y convertido en un instrumento que alerte de lo que sucede. Función crítica, por tanto, al servicio de una sociedad y, ¿por qué no?, de su transformación.

El relato de la pobreza en la Gran Bretaña de los noventa tiene, por encima de cualquier otro, un nombre, el de Ken Loach. En otros directores, como el caso de Mike Leigh, pueden rastrearse las huellas de esa situación, pero no dejan de ser un marco sobre el que se desarrolla otro tipo de historias, más abstractas, centradas sobre todo en el análisis psicológico de unos personajes y unos comportamientos que acontecen en unas coordenadas espacio-temporales pero que no son directamente deudores de ellas.

En cambio Ken Loach construye explícita y deliberadamente la crónica de lo que ocurrió, con un afán que casi puede calificarse de historicista. Tan sólo los hermanos Dardenne, en el caso de Bélgica, podrían representar un empeño similar en el cine europeo reciente, esto es, la iluminación de las orillas de una sociedad cuya opulencia se construye sobre la base de demasiados cadáveres.

Tres son las películas más importantes que Ken Loach dedica a este tema, y las tres suponen una mirada levemente retrospectiva. La primera es Riff-Raff, de 1991. Tras ella llegarían Lloviendo piedras, de 1993 y Ladybird, Ladybird, de 1994.

Después realizó sus fallidas incursiones en la guerra civil española (Tierra y libertad) y en la revolución sandinista (La canción de Carla), para volver de nuevo sobre su país en 1998 con Mi nombre es Joe, aunque con un propósito bastante menos combativo.

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El paro y la solidaridad

El plano con el que se abre la mirada de Loach al thatcherismo, al comienzo de Riff-Raff, es mucho más que una anécdota, es toda una declaración de intenciones. En un edificio en construcción (¿el país quizá?) deambulan sin temor varias ratas. Eso es justamente lo que nos quiere mostrar, la miseria que esconde lo aparente. Las ratas representan la putrefacción con la que los protagonistas están obligados a convivir, y son también ellos mismos, los expulsados a los márgenes de la sociedad, a quienes no les queda otra opción que la asunción de la miseria, su mimetismo con ella.

Las causas por las que se ha llegado a esta situación giran en torno al paro, el gran drama de las sociedades occidentales, o, como es el caso de esta película, el empleo precario e ilegal. El director analiza la vida de diversos personajes cuya existencia es una constante búsqueda de empleo que permita la supervivencia.

Pero en contra de lo que podría esperarse, su desesperación no suele conducirles, más allá de situaciones puntuales o casi cómicas, a la delincuencia, al robo. Parece como si a pesar de la necesidad los personajes de sus películas estuvieran investidos por una honestidad directamente proporcional a sus carencias. Más aún, en raras ocasiones los vemos caer en la desesperación. Aun siendo conscientes de su situación, mantienen una actitud de búsqueda constante sin ninguna concesión al fatalismo. Como se dice en un momento de Riff-Raff, deprimirse es para la clase media, no para los que curramos, o para los que necesitan hacerlo, añadiríamos.

ladybird-ladybird-2Por otra parte cunde la impresión de que el sistema que debería poner remedio a la situación resulta completamente inútil, si no pernicioso. Las películas se pueblan de oficinas de empleo, de servicios sociales, pero en ningún caso con resultados apreciables.

Son los propios afectados quienes constantemente están aguzando el ingenio para encontrar su particular salida a su situación. La invención de múltiples y hasta descabellados empleos, como el de desatascador de sumideros en Lloviendo piedras representan la única manera de superar el trance en el que se encuentran. En Mi nombre es Joe se improvisa, a la vista de unos rollos de papel sin utilizar, el oficio de empapelador, aunque será el propio gobierno a través de la inspección de trabajo quien se encargue de frustrar esa posible vía de escape.

Ese énfasis en cumplir y exigir el cumplimiento de la ciega ley por parte del Estado acaba convirtiéndose en el peor enemigo de sus ciudadanos. La máxima expresión de esta actitud está en la actuación de los servicios sociales respecto a los niños, a quienes no duda en separarlos de sus padres con el pretexto de su protección. Es el tema central de Ladybird, Ladybird, pero también está presente en Mi nombre es Joe. De ahí que los personajes aparezcan siempre abandonados a su suerte, sin otra fuerza redentora que la que de sí mismos pueda brotar, o la que proviene de la solidaridad entre los desdichados, otro de los grandes temas del cine de Loach.

Esa solidaridad queda perfectamente expresada en la canción que canta Susan en el pub. Se trata del tema de The Beatles With a little help from my friends, donde se expresa la confianza en llegar lejos si se tiene la ayuda de los amigos, sin distinción de quiénes sean éstos. La misma secuencia es la puesta en práctica de tal esperanza, cuando la intervención de esos amigos acalla los abucheos y permite a Susan volver al escenario.

El cine de Loach está lleno de estos rasgos de apoyo entre los desfavorecidos. En Riff-Raff, la ocupación del piso vacío se convierte en una tarea colectiva, y el traslado posterior es también asumido como una obligación de todos por la que nada se va a cobrar. Incluso cuando alguien viola esa norma, caso del que quiere recibir cinco libras por cobrar un cheque, es ignorado y hasta burlado.

riff-raff-1Lo mismo podemos decir de Lloviendo piedras, donde Bob se juega y finalmente pierde su trabajo tan deseado por ayudar a la hija de su amigo. O incluso en Mi nombre es Joe vemos cómo el protagonista arriesga todo lo que le importa en la vida, y que tanto le ha  costado conseguir, por remediar la situación en la que vive Liam.

Se trata de personajes, por tanto, desprovistos de cualquier atisbo de egoísmo, como si aún no hubieran resultado contaminados por el nuevo modo de vida que se quiere implantar, el que contempla el funcionamiento de la sociedad como una suma de anhelos privados. Se trataría de algo así como la puesta en práctica de microexperiencias socialistas como remedio y defensa frente al liberalismo rampante.

No hay que pensar, sin embargo, que este auxilio mutuo está condenado a permanecer en los límites de lo privado. Loach plantea un proyecto de extensión a la sociedad en general, el cual es a la vez un proyecto defensivo. El modo en que tal iniciativa se materializaría sería la propiciada por los sindicatos.

Estos son para Loach la esperanza desaprovechada. A diferencia de lo que ocurre en el microcosmos de los desposeídos, la desunión entre los trabajadores se traduce en la pérdida de relevancia de las organizaciones sindicales, y en consecuencia en el freno a cualquier vía de solución.

Aunque la idea reaparece en diversas ocasiones, en Riff-Raff adquiere su mayor significación en el momento en que el trabajador que se atreve a pedir mejoras en la seguridad es despedido sin más contemplaciones. Quizá aquí más que en ningún otro sitio esté ajustando cuentas el director con la política que Margaret Thatcher llevó a cabo contra los sindicatos británicos, y que acabó con su práctica demolición.

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Los culpables

Una de las cosas que llaman la atención en estas películas es la escasa presencia del opresor. Tan sólo en Riff-Raff se nos presenta con crudeza al empresario, o mejor a sus adláteres, que explota a sus trabajadores. Su descripción es la que cabría esperar, perfectamente definida en su maldad. Su actitud de vigilancia constante e insistente crítica a su escaso rendimiento mientras hacen crucigramas es diáfana para la compresión de las intenciones del director.

Sin embargo esta es la excepción. En Lloviendo piedras no sabemos dónde está el verdadero culpable. O hasta podríamos decir que esos culpables se entremezclan con las víctimas. Así ocurre por ejemplo con el robo de la furgoneta que haría posible el hallazgo de un empleo (magnífico el homenaje a El ladrón de bicicletas), o, sobre todo, en la constante presencia de los prestamistas extorsionadores, individuos procedentes en realidad del mismo extracto social que sus víctimas, a las que no tienen ningún reparo en devorar.

Aquella solidaridad de la que hablábamos no es por tanto universal, sino que  se combina con la crueldad que los propios habitantes de los márgenes de la sociedad ejercen contra ellos mismos.

Pero este camuflaje no quiere decir que Loach ignore la raíz del problema. Sobre todo en Riff-Raff, y con el tono didáctico que en excesivas ocasiones utiliza, las  referencias a la política conservadora británica son nítidas. El votar a Margaret Thatcher se considera una culpa, y quien lo ha hecho pasa a ser corresponsable de la situación. Incluso se lanzan diatribas contra las privatizaciones, entendidas como modernas formas de expolio.

La alternativa en un primer momento son los laboristas, quienes, se dice, construyeron miles de casas sociales en Liverpool y a pesar de eso fueron desalojados del poder por los votantes. Más adelante esta consideración un tanto esquemática será reformulada, y no resultará fácil ya encontrar a los buenos que rediman la situación.

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Vías de solución

Las películas de Ken Loach sobre la situación de su país en la época que estamos analizando son esencialmente pesimistas. Los valores que acompañan a los pobres, como la dignidad de quien se suicida en un acto desesperado tras haberle encontrado robando electricidad, o como el orgullo de quien no acepta que su hija no luzca como las demás el día de su primera comunión, o como la ilusión de quien aún espera poner una tienda y abandonar el trabajo mísero en el que pasa sus días, o como la entrega, en fin, de quien arriesga su vida para ayudar a su amigo, todos esos valores no bastan para mostrar una salida.

El punto inexorable al que la miseria conduce son las drogas. La drogadicción representa la más honda sima de la pobreza. De la actual y de la futura, como señala el suegro de Bob en Lloviendo piedras, cuando contempla a los jóvenes haciendo sus primeras prácticas de violencia. Y ni siquiera con los drogadictos se tiene piedad. El desprecio con el que Steve despacha a Susan cuando descubre su adicción puede figurar entre los momentos más crueles del cine de Ken Loach. El suicidio de Liam es, consecuencia de la droga también, la injusticia hecha imagen.

Las revueltas, personales, con las que concluyen sus películas son engañosas. Parece proponernos que, a falta de una verdadera solución, se produzca al menos cierta venganza reparadora. Los actos con los que se ataca a los poderosos (habría que decir a sus agentes interpuestos) no parece que vayan a resolver nada más allá de una satisfacción momentánea y casi seguro contraproducente. El final de Mi nombre es Joe, con el protagonista y su amada arrastrándose cabizbajos en un cementerio, no presagia nada bueno, e incluso la recuperación de la furgoneta en Lloviendo piedras no deja de ser un guiño que se agota en sí mismo.

El panorama final es por tanto desolador. Ni siquiera a la revolución le quedan opciones, lo que, bien mirado, es el peor de los estragos que las políticas liberales han causado entre los desfavorecidos de los países occidentales.

Ken Loach, al menos, ha dado testimonio de la situación. Su cine ya nunca volvió a ser tan interesante.

Escribe Marcial Moreno

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