Batman vs Burton, Schumacher y Nolan

  21 Septiembre 2012

La derrota del caballero oscuro 

Batmam_1989_1¿Puede alguien derrotar a Batman desde la desmesura de su egolatría? Allá donde el Joker, Pingüino o Bane han fracasado, los supuestos hagiógrafos del enmascarado parecen estar en posición de completar la faena.

Tim Burton, Joel Schumacher y Christopher Nolan han sido los responsables de la franquicia de Batman en su etapa moderna, iniciada por el primero en 1989. Como en toda franquicia, se supone que lo que cuenta es el nombre del producto, sin importar tanto el responsable de llevarlo a cabo, siempre y cuando se respeten unos mínimos de coherencia y continuidad.

¿Pero qué características diferenciales podemos encontrar en cada una de ellas? Siendo tan queridas por la industria ¿Tienen alguna función especial?

La verdad es que hay tantos tipos de franquicias como necesidades o caprichos de las grandes distribuidoras; si lo que queremos es un catálogo fiel, quizá unos cuantos ejemplos puedan acudir en nuestra ayuda:

Si hablamos de la cantidad, como un modo sencillo de explotar un producto rentable, ahí tenemos la saga de James Bond, que cuenta con más de veinte entregas y cerca de una docena de realizadores, alguno de los cuales ha llegado a dirigir hasta cinco de ellas. Frente a tal efusión de fidelidad, hay algunas franquicias que se tornan promiscuas, como la de Harry Callahan iniciada por Don Siegel en 1971, donde ninguna de las secuelas de la película original repitió director, aunque se dio la particularidad de que el protagonista llegó a dirigir una de ellas (Impacto súbito, Clint Eastwood, 1983). Un caso parecido se dio también en la celebérrima Star Trek, donde Mister Spock (Leonard Nimoy) dirigió dos entregas.

Otra franquicia famosa es la de Alien, que ejemplifica una de las más afinadas virtudes estratégicas de la industria: la capacidad para descubrir nuevos talentos sin arriesgarse a arruinar un proyecto único, original e irrepetible.

Asumiendo el mismo principio de no reiteración de la saga Callahan, la franquicia extraterrestre fue capaz de poner el foco sobre realizadores por entonces poco conocidos, que acabaron por convertirse en algunos de los más famosos gurús cinematográficos de hoy día. Tomen nota si no me creen: El Alien original de Ridley Scott (1979) fue su segundo largometraje, e indudablemente, el que le catapultó al éxito; para  James Cameron la secuela Aliens (1986) fue el tercer largo y el primer gran presupuesto, aunque semejante proyecto tenía toda la apariencia de un regalo envenenado: ¿Quién iba a querer meterse en la continuación de un clásico universal de la ciencia ficción? Al parecer, sólo alguien que con cuatro duros ya hubiera hecho otro de la talla de Terminator (1984), película que por cierto, sería el origen de otra franquicia famosa.

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Aunque Cameron ya pudiera considerarse bragado en esas lides, Alien 3 (1992) fue el primer largometraje de David Fincher, exceptuando la grabación de un concierto que apenas merece ser incluido en la categoría de documental laudatorio; tres años después de vérselas con el extraterrestre, nos ofrecería Seven (1995), pasando ya a ser tomado en cuenta como autor de culto. Quizá el menos afortunado haya sido Jean Pierre Jeunet, que ya contaba con una trayectoria fantástica, pero parece indiscutible que Alien resurrection (1997) le abrió las puertas del mercado estadounidense.

Ya que nadamos por las procelosas aguas del cine fantástico, cabría señalar que en el mundo de los superhéroes las franquicias son legión, y es aquí donde se dan las características más definitorias de nuestro catálogo;  que las de superhéroes sean las películas más proclives a iniciar una franquicia es algo absolutamente lógico: cuentan con un substrato argumental riquísimo (miles de páginas esperando ser adaptadas) y una legión de seguidores dispuestos a lo pagar lo que sea por ver saltar a sus héroes de la inmovilidad del papel a la trepidante pantalla grande.

No es baladí, tampoco, el hecho de que muchos de esos seguidores sean directores de cine; personas que han crecido leyendo cómics y se han impregnado tanto de su espíritu como de su técnica. No resultaría un mal ensayo de la comparativa entre los estilos de la revista gráfica y la cinematografía, y de cómo creadores de ambos dominios, como Frank Miller han intercambiado la pluma por la cámara o viceversa, como sería el caso de los hermanos Wachowski o nuestro Alex de la Iglesia.

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No hay dos sin tres

Hoy día no hay héroe que se precie que no haya protagonizado una franquicia de al menos, dos entregas; podemos citar como ejemplo a Superman, que fue una de las primeras sagas en repetir director (Richard Lester, que hizo la segunda y tercera entregas), o Spiderman, que no debiera ser considerada  una franquicia (todas fueron dirigidas por Sam Raimi) de no ser porque en este 2012 se ha reiniciado la saga con Marc Webb.

En este sentido y por lo que respecta a Batman, la originalidad de la franquicia consistiría en que cada uno de los directores que se han hecho cargo de ella, habría disfrutado del privilegio de realizar dos filmes. Ese mero hecho estadístico podría darnos una idea más o menos objetiva de la capacidad de cada uno de ellos para llevarse el murciélago al agua, en la medida en que ante la igualdad de oportunidades, cada ciclo de dos películas tendría una personalidad propia fácilmente evaluable. Dada esta premisa, parecía lógico (y premeditado) que alguien acabara por tomar ventaja.

Presumimos que más por premio al éxito de público que a la calidad, a Christopher Nolan, frente a Burton o Schumacher, se le dio la oportunidad de dirigir su tercer Batman. Con ello habría conseguido —huelga decir que  de un modo injusto— pervivir  en el inconsciente colectivo como el mejor realizador de la saga del enmascarado nocturno.

Sin embargo esa no es, como veremos, una circunstancia feliz. Si se hubiera limitado a continuar con el procedimiento, su segundo Batman podría haberse constituido en el digno colofón a un paso irregular por la saga: Nolan hubiera sido uno más, sin estridencias. Sin embargo, la ambición le pudo y en su afán por superar a sus antecesores, aceptó embarcarse en una tercera entrega.

Con semejante apuesta, consiguió cosechar una victoria pírrica: se convirtió en un triunfador, pero a costa de imponer una deconstrucción banal del hombre murciélago. Fue tal la impostura, que lo único que hizo fue quedarse a medio camino entre la gloria y el oprobio; Nolan, ni ha conseguido mejorar a Burton ni erigirse en el supervillano que más ha hecho por humillar al caballero de la noche, bien que ha contado con grandes ventajas sobre ambos para conseguir alguno de esos trofeos.

En el aspecto más oneroso, el dudoso honor de ridiculizar a Batman corresponde a Schumacher, a quien, por respeto hacia el alma del difunto quiróptero, apenas reseñaremos. Baste sin embargo un breve repaso sobre los crímenes perpetrados para convencernos de que Gotham debiera declararlo enemigo público número uno, y que jamás debería permitírsele acercarse a menos de cien metros de la combinación de una cámara y una capa negra.

Pero para argumentar seriamente nuestra tesis —que Nolan ha resucitado a un Batman inane y que lo poco que salva a sus películas se encuentra en las fuentes de las que bebe su inspiración, y no a su talento— lo mejor es comenzar por el principio.

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Tim Burton: La forja de un héroe

La primera película, Batman, en el año 1989, fue una coproducción anglo-estadounidense en la que participaron la Warner y Polygram, y de la que hubo que sacar dinero debajo de las piedras. Era comprensible que la Warner no se aventurase sola por las calles de Gotham  con el fantasma del reciente fracaso de las tardías secuelas del otro gran icono de la DC cómics, Superman.

Así pues, buscaron colaboración británica en un proyecto no excesivamente hinchado financieramente, que apostaba a la vez por valores seguros (el reclamo de Prince, que actuó de simbionte en la medida en que se aprovecho del tirón de Batman para vender discos y a su vez atrajo las miradas hacia el proyecto cinematográfico del caballero oscuro) y como hemos sugerido antes, por la estrategia de contratar profesionales noveles con hambre de éxito y empacho de talento, como el propio Burton.

Redundando en esa idea, los actores implicados, salvo quizá Kim Basinger (que bordeaba la irrelevancia como actriz a pesar de haberse convertido en un icono sexual) y Jack Nicholson (que llevaba dos años sin actuar) eran desconocidos o secundarios sin oropel, aunque con una dilatada carrera. El actor que encarnó a Bruce Wayne, Michael Keaton, era tan poco célebre como Burton, con quien había rodado Bitelchús un año antes; Billy Dee Williams afrontaba el ocaso de su exitosa carrera como secundario de Star wars; Jack Palance había vivido tiempos mejores, aunque no cejaba en su empeño de morir trabajando. Personajes tan importantes como Alfred o el comisario Gordon fueron interpretados por gente del calibre Michael Gough o Pat Hingle, verdaderos stajanovistas de la profesión, pero nunca habituales del elenco de grandes presupuestos.

Pues bien, con estos mimbres, Tim Burton consiguió reventar todas las taquillas del mundo y colocar en el circo del merchandising el símbolo del caballero oscuro a un nivel nunca visto por ningún superhéroe. Subsidiariamente, revitalizó las carreras de los actores antes mencionados no sólo dándoles continuidad en la saga, sino abriéndoles nuevas perspectivas de trabajo.

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Batman le dio a Burton la notoriedad (y la libertad) que buscara durante largos años de travesía del desierto en los que apenas rodó dos largos —el mencionado Bitelchús y La gran aventura de Pee Wee (1985)— y con ello consiguió hacer un hueco para su barroca imaginería en una industria no demasiado entusiasta con los autores excesivamente innovadores.

Así, Batman vuelve (1992) contó con un presupuesto estimado en más del doble de su predecesora, aunque su recaudación fue tanto en términos absolutos como relativos, mucho menor. Este aparente fiasco ha querido verse como el principio del fin de la saga Batman en manos de Burton, pero quizá su abandono se debiera más al afán de libertad y a ciertas reticencias a encasillarse en un proyecto absorbente, como le sucediera a John Glenn con 007, que al miedo a descender por una espiral de recaudación decreciente.

No obstante, pueden apuntarse algunos motivos más para explicar tanto la mengua de popularidad de la segunda entrega del enmascarado, como el abandono de la saga por Burton.

Jack Nicholson y su Joker habían sido los verdaderos protagonistas de Batman. Con su desaparición, encontrar a un villano a su altura se hizo particularmente difícil. Ni todo el empeño de Danny De Vito ni la magnética y magnífica presencia de Michelle Pfeiffer pudieron hacer olvidar al divino malvado. Añadiendo a eso que Michael Keaton parecía actuar de un modo similar con o sin máscara, y que de ambas maneras carecía de personalidad para encarnar a alguien tan magnético como Wayne/Batman, la segunda entrega del mítico superhéroe se desinfló considerablemente, aún cuando ya contaba con estrellas de la talla de la Pfeiffer o Christopher Walken.

Este aparente fracaso debe relativizarse; si echamos un vistazo a las cifras, nos daremos cuenta de que Burton rentabilizó enormemente sus películas, y que la cuestión económica, tal y como sugerimos, no fue probablemente la que más pesó a la hora de despedirse.

Les sugiero que echen un vistazo a este cuadro para que saquemos conclusiones sobre el verdadero rendimiento de la franquicia Batman:

Película

Presupuesto
(millones de dólares)

Recaudación EEUU
(millones de dólares)

Recaudación total
(millones de dólares)

Batman (Burton, 1989)

35

251

411

Batman Returns (Burton, 1992)

80

162

266

Batman forever (Schumacher, 1995)

100

184

336

Batman y Robin (Schumacher, 1997)

125

107

238

Batman begins (Nolan, 2005)

150

205

372

El caballero oscuro (Nolan, 2008)

185

533

1001

El caballero oscuro: La leyenda renace (Nolan, 2012)

250

Por confirmar

Por confirmar

Teniendo en cuenta que en el mismo año 1989, Spielberg había invertido 48 millones de dólares en la tercera entrega de Indiana Jones, que Gremlins 2 costó 50 y que Coppola se gastó 54 un año después con la tercera parte de otra saga exitosa (El padrino), podemos colegir que el presupuesto de Burton no era exagerado. Más aún cuando la Warner estaba acostumbrada a invertir hasta 55 millones diez años antes por las primeras entregas de Superman.

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¿Qué hizo entonces diferente a Batman?

El Batman de Burton supuso, como se ha sugerido antes, la irrupción de un nuevo estilo en la imaginería heroica del cine estadounidense. El goticismo de su escenografía, junto a la densidad musical de la partitura de Danny Elfman, crearon unos ambientes comparables a los hitos de Blade Runner o Alien.

Se abandonó la ligereza de la lycra del hombre de acero, para embutir al murciélago en una armadura pesada, tan densa como la irrespirable y opresiva atmósfera de Gotham.  El mundo de los superhéroes había pasado de centrarse en la dialéctica luz/oscuridad para pasar al dominio total de ésta última: si el propio héroe era siniestro. ¿Qué esperanza quedaba a los simples mortales?

Esa oscuridad en el concepto, perfectamente compatible con el Batman moderno (consideremos así al surgido en el cómic Año Uno a partir de 1987), llegó a su paroxismo con Batman returns en 1992; el resultado, más que notable, sufrió sin embargo un efecto gaseosa en la taquilla, quizá debido a que los entusiastas del Joker y Kim Bassinger no encontraron en ella sino una nueva vuelta de tuerca a los ambientes opresivos y casi medievales que habían caracterizado a la primera película.

Pero ese goticismo que fue su mejor hallazgo, pesó también en el criterio de la productora a la hora de invitar a Burton a abandonar el proyecto: no se hizo de un modo directo, claro; simplemente se le sugirió que aligerara la carga ambiental de la tercera entrega para hacerla más accesible a las "familias con niños", cosa a la que evidentemente Burton se negó.

El camino quedaba expedito para Schumacher, un director que quiso recuperar para Batman la estética camp de los primeros cómics aparte de añadir algún que otro detalle estético de su propia cosecha.

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Joel Schumacher, o de cómo culpar a "Zapatero" de todos los males

Schumacher convirtió a Batman en un bufón, y a sus películas en un pastiche circense o lo que es peor aún, ferial, con exceso de neones, papel charol e histriones sobreactuados.

La saga de Batman ha tenido que superar algunos de los más notables percances que pueda sufrir la imagen de un superhéroe, en principio, un elemento que debe gozar de prestigio intachable. Si falla la imagen, acontece el descrédito y se asoma la desconfianza. Entre esos percances, el más nefasto suele ser el cambio de su protagonista, siempre y cuando no sirva para mejorar una insatisfactoria presencia.

El hombre murciélago ha sido encarnado por Michael Keaton, Val Kilmer, George Clooney y Christian Bale con desigual fortuna, pero podría decirse que sólo en este aspecto se ha conseguido, al fin y a la postre, mejorar. Bale parece hecho a medida para enfundarse el traje del quiróptero.

Pero Schumacher ha sido el único realizador que ha cambiado dos veces de murciélago a mitad de vuelo: Keaton por Val Kilmer y más tarde Kilmer por George Clooney, sin que quede excesivamente claro el porqué de ese trueque: Keaton dice que no quería implicarse en un proyecto en el que no estuviera Burton; Kilmer, que los villanos tenían más protagonismo que Batman o que le resultaba enormemente difícil ir a hacer pis en medio del set de rodaje con el traje puesto. Pero todos, sin excepción, acaban por hablar de ciertas de desavenencias con el director que heredó la saga.

Uno no sabe si esto es causa o consecuencia de la falla en la credibilidad de los Batman de Schumacher, pero lo que es seguro es que no es la única de las circunstancias que concurren para explicar el desastre.

Contando con un con un elenco protagónico de primerísimo nivel y con un presupuesto desorbitado —probablemente lo uno causa de lo otro—, Schumacher construyó una especie de pastiche alucinógeno insufrible de colores chillones, guión chirriante y absurdo y un escasamente disimulado ambiente erótico-festivo de toda tendencia (hetero, gay, sado, bestial, etc.); abundando en la anécdota, se cuenta que Bob Kane, el creador de Batman que acudió al set de rodaje, salió entre escandalizado y descompuesto al contemplar la armadura de Robin, que lucía dos llamativos pezones. No sabemos qué opinaría al contemplar las dos películas y la sarta de primeros planos de paquetes, traseros, abdominales y pechos masculinos, pero lo cierto es que murió un año después de que se estrenara Batman y Robin.

Gracias a esta transformación del ambiente (aunque quizá exceptuando la última parte), es posible que las "familias con niños" acudieran a las salas de cine a contemplar las hazañas de Batman, lo que en un principio resultó en un efímero éxito de taquilla; pero desde luego, consiguió espantar a los incondicionales de Batman.

A pesar de haber contado con gente como Nicole Kidman, Jim Carrey en el apogeo de su carrera, Tommy Lee Jones o Drew Barrymore en la primera entrega, y nada más y nada menos que con George Clooney, Uma Thurman y Arnold Schwarzenegger en la segunda, la saga decayó hasta límites insospechados, cosechando un fracaso enorme de crítica y público.

Uno no sabe muy bien cómo los actores más cotizados del momento (y alguno de los más inteligentes) pudieron aceptar hacer un bodrio como Batman forever (1995) después de leer el guión; quizá se debió a que consideraban que una película de superhéroes debía ser absurda por naturaleza y sólo quisieron embolsarse un sueldazo de la misma categoría.

Lo cierto es que Batman y Robin (1997) alcanzó cotas de indignidad difícilmente superables, aún con actores de primera línea supuestamente inteligentes.

La franquicia Batman tardaría ocho años en recuperarse de un golpe así.

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El caso Nolan: explicación de un éxito incomprensible

Todo cuanto pueda decirse a continuación posee la idiosincrasia de las explicaciones económicas: sólo pueden contarse a posteriori, y la misma argumentación hubiera podido servir para justificar el caso contrario. Sin embargo, creo que es lícito intentar aproximarnos al fenómeno Batman desde estos antecedentes.

Christopher Nolan tuvo la suerte de asumir, por un lado, la nefastísima herencia de Schumacher: tanto el público como la editora DC y la Warner estaban deprimidos ante la devastadora pérdida de credibilidad de la saga Batman. Hacía falta un revulsivo que colgara de nuevo al murciélago en el techo de las listas de éxitos.

Por el otro, Batman se había convertido gracias a Burton en un animal demasiado grande como para dejarlo caer; la salida entonces pareció sencilla: siempre hacia delante.

La Warner optó entonces por un director joven, pero consagrado: el Nolan de Memento e Insomnia, y duplicó la apuesta, aumentando el presupuesto del último Batman de Schumacher en 25 millones de dólares: en total, más de cuatro veces lo que había costado el Batman original de Burton.

Para no dejar cabos sueltos, se permitió contratar a un guionista que supiera qué eran los cómics: David S. Goyer había escrito unos cuantos para la DC, además de haber sido guionista de la trilogía de Blade. Como buen autor, era a su vez un empedernido lector, y conocedor de la nueva era de los cómics de Batman, Año Uno, escrita por el archiconocido Frank Miller.

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La combinación de director "serio", fuente original, guionista "competente" y presupuesto desorbitado, trajo como fruto el reinicio de la saga con Batman begins (2005), un inesperado pero esperadísimo éxito de público que contenía ya tanto la semilla del triunfo y la apoteosis como los males que acabarían por convertir a la saga en un producto hinchado y deforme.

En el primer aspecto, hay poco que otorgar a Nolan: las historias de Frank Miller tenían entidad suficiente como para haber resultado un éxito de ser dirigidas por alguien con el oficio necesario, y en ellas se encontraba la narración de todo aquello que cualquier devoto de los superhéroes quiere saber: ¿Cómo empezó todo?

Burton pasa como sobre ascuas sobre el asunto, en la medida en que lo único que muestra es el detonante de una vida imperfecta, el asesinato de los padres de Bruce Wayne por el Joker. Todo lo demás es soslayado, y la acción es retomada cuando el hombre murciélago aparece perfectamente definido como un superhéroe en cuyo afán justiciero se halla poco más que el germen de la venganza. A pesar de lo que pueda parece, Burton no es el responsable de ese salto temporal: trabajando con el guionista Sam Hann, éste le dijo a Burton que “Acabaría por completo con la credibilidad si mostrase el proceso por el cual Bruce Wayne se transforma en Batman”.

Pero Nolan sabe aprovechar la fascinación por los orígenes y muestra toda esa época en la que el joven Wayne pasa de niño miedoso y adolescente problemático a aprendiz de héroe en remotos confines, de mano del eterno maestro Ra’s Al Ghul (encarnado por Liam Neeson, que en otras ocasiones ha instruido a Obi Wan Kenobi de Star Wars o Ibalin de El reino de los cielos).

Esa especie de preludio es lo que salva, a medias, la primera entrega del Batman de Nolan; a pesar de ser larga, en ocasiones lenta y estirada, y preñada de psicoanálisis de baratillo, se deja ver con cierto interés si uno consigue superar la omnipresencia de la banda sonora.

Sin embargo, algunos de los graves defectos que acuña la franquicia en manos de Nolan empiezan a hacerse notar: en primer lugar, Gotham aparece identificada con una Chicago contemporánea; el acierto ambiental de las entregas de Burton si bien no se desvanece del todo, comienza a disiparse como niebla mañanera, lo cual no estaría mal si se nos entregara algo a cambio, por ejemplo, una aproximación realista a los miedos que nos atenazan hoy día. Pero Nolan quiere jugar a dos bandas situando una acción imaginaria, desmedida y fantástica en un ambiente conocido, intentando insertar una dosis de, digamos, realismo mágico que se torna impostada a las primeras de cambio.

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No digo que sea una mala idea: sostengo que está mal ejecutada; y lo está porque lo que de realista debiera tener la trama se muestra inconsistente, infantilizado y engolado hasta la nausea: el mafioso es el prototipo de malvado de cuento de hadas; a cada secuencia de la película le corresponde una frase sentenciosa de esas que abundan por facebook o las tarjetas de cumpleaños. La trama es absolutamente clásica dentro de lo que corresponde al cine de mafias que se apoderan de la ciudad mediante el soborno, por un lado, y por los villanos que pretenden dominar el mundo por otro. Un intento fallido, pues, de hacer moderno aquello que no es sino un policíaco clásico o una aventura de capa y espada.

La diferencia con Burton es que el buscado aspecto de años cincuenta de sus Batman casaba mejor con ese tipo de historias, y la realización no pretendía en absoluto disimular su ascendencia clásica.

Pero lo peor es que el director supuestamente "serio", no sale mejor parado el trabajo que realiza: a veces el desarrollo de la película aparece carcomido por la urgencia, a veces dilatado por un ansia trascendente. Ello muestra una dificultad enorme para establecer dentro del montaje, pero también del guión, un pulso narrativo en que las causas concatenen adecuadamente con los efectos: es decir, hay problemas graves de continuidad, tanto en la acción —lo que debiera llevar horas lleva minutos y viceversa, como la aparición de Batman en medio del caos para salvar a su prometida— como en la planificación —escenas aparentemente trascendentales se solventan de modo apresurado y estúpido sin mayores explicaciones, como la liquidación de Falcone o el espantapájaros, que pasan a mayor gloria con un plumazo de libreto; de hecho, en una especie de reconocimiento implícito del error, éste último debe esperar a la segunda entrega de la saga a ser capturado por Batman—.

Aunque el problema grave le aparece al realizador cuando Wayne se enfunda el traje de Batman: a la Warner parece habérsele pasado por alto (o sencillamente no le ha interesado verlo) que Nolan es un pésimo director de acción, y eso en una película de superhéroes, es un lastre considerable. Este defecto hubiera llegado a su paroxismo en la sobredimensionada Origen, que desperdició toda la originalidad del proyecto en un sin fin de tiroteos innecesarios, aburridos y reiterativos, de no ser porque la tercera entrega de Batman la ha superado con creces, hasta el punto de resultar, como veremos, histriónica y vergonzante.

Uno de los momentos más ridículos de Batman begins, el intento de salvar a la chica de una intoxicación mediante la búsqueda de un antídoto, muestra todas y cada una de las carencias de la realización y del guión de la saga Batman en manos de Nolan: son quince minutos de persecución en los que, exceso de pirotecnia aparte, los protagonistas no llegan a encadenar dos frases seguidas, además de que se repiten las existentes: hasta seis veces dice Batman “aguanta” a su novia; los policías, se limitan a decir “lo tengo” o “ha desaparecido” o “cuidado”.

Pero lo peor sigue sin ser eso: lo peor es que esa misma escena, casi clónica, se repite en las tres entregas del Caballero Oscuro de Nolan sin que mejore un ápice su dominio de la escena y la acción.

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En ese sentido, nadie parece haber reparado en que las tres entregas son la misma película: una trama mafiosa debe ser desbaratada por Batman; la persona que se halla a su frente es un hombre de paja; el verdadero malo es un villano carismático, cuyo auténtico plan consiste en el intento de destrucción de Gotham, cosa que casi se consigue, y que es evitada por Batman, que acaba por desaparecer hasta nueva orden.

¿Qué podría entonces decirse de la competencia de Goyer, el supuesto guionista, en ese aspecto? Que o bien no es tan competente, o bien se ha dejado engullir por la vanidad de Nolan, que parece no necesitar guionistas para hacer sus "obras maestras".

La prueba está en las siguientes entregas: la irrupción del también genial hermano del "genio", el guionista Jonathan Nolan, acabó por desplazar poco a poco a Goyer de la franquicia, hasta el punto de que la tercera entrega prescinde totalmente de él. Está por ver si su talento fue sobredimensionado o menguado por Christopher cuando veamos el resultado de la nueva entrega de Superman en manos de Zack Snyder, de cuyo guión es responsable.

Jonathan Nolan es, junto a Christopher, el responsable de haber guionizado (oficial o extraoficialmente) las películas más emblemáticas del director: Memento (2000), Origen (2010), El prestigio (2006) y las dos últimas entregas de Batman. Se dice que Memento surgió de una idea suya, y que ambos planificaron durante cerca de diez años lo que luego sería Origen.

Salvando las enormes distancias, y que Zeus me perdone por hacer esta comparación, el tiempo invertido en esa película sería similar al que Immanuel Kant empleó en pergeñar la Crítica de la razón pura. Del mismo modo que Kant redactó su obra luego en un espacio brevísimo de tiempo, Nolan plasmaría en celuloide Origen también en un lapso muy limitado. A Kant se le critica a veces ese apresuramiento; de Nolan podría decirse que apenas ha conseguido armar una estructura compleja vacía de todo contenido dramático.

Si es cierto que su hermano le ha ayudado en el proceso creativo de todos los filmes, ahora estamos en condiciones de comprender que los Nolan confunden Guión con Idea para un guión. Ellos trabajan en lo segundo, y quizá no lo hagan mal del todo. Pero debieran dejar lo primero en manos de profesionales; hasta que no lo hagan, sus películas seguirán sacando los colores de vergüenza ajena a la gente con un nivel de exigencia cinematográfica medianamente alto.

¿De dónde proviene su éxito, entonces? ¿Acaso la gente se anonada ante la contemplación de la magnificencia huera? ¿No estaremos equivocados los críticos, como el conductor que en sentido contrario en la autopista, cree ser el único que circula adecuadamente?

Modestia aparte, creo que no: al menos, yo no estoy dispuesto a aceptar que los Batman de Nolan son buenas películas, excepción hecha de El caballero oscuro (2008), de la que después nos ocuparemos.

Creo, sinceramente, que la respuesta está ahí fuera, al otro lado de la sala de cine.

El público (lo cual me incluye), trabajadamente idiotizado por los medios de comunicación de masas, las redes sociales, la urgencia en la información, la cortedad en los mensajes y la ausencia de reflexión y profundidad en el pensamiento a la que nuestro sistema educativo (lo que incluye la cultura en general) les tiene abocados, reivindica el derecho de la inteligencia a saciarse con alimento espiritual; esto es, la gente necesita esas reflexiones, esas profundidades en el pensamiento y ciertas guías intelectuales o espirituales, y no las encuentra (o no las busca) en el día a día.

Nolan ha saciado, del mismo modo que una hamburguesa típica de restaurante de comida rápida sacia el hambre, parte de ese anhelo. Ahí triunfan las frases sentenciosas, la trascendencia de salón, el psicoanálisis y la autoayuda enfundadas en traje negro.

Sus películas, pretendidamente profundas, aúnan entretenimiento y sofisticación; una mesurada combinación que satisface con muy poca dosis de calidad, a los poco exigentes.

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El caballero oscuro: una excepción que confirma la regla

El caballero oscuro (2008) es un accidente en la filmografía de Nolan sobre Batman. A pesar de contar con algunos de los defectos de su predecesora, resulta mucho menos pueril y descuidada. La decadencia y la dejadez de la tercera entrega todavía no asoman, y podría haber sido un digno colofón a su interpretación del mito del enmascarado, porque acierta en lo primordial con la idiosincrasia de los más oscuros relatos de Batman firmados por Alan Moore o Frank Miller.

Es obvio que su discurso sigue siendo grandilocuente, y que algunas de sus conclusiones morales son más que discutibles, pero, por primera vez, uno tiene la sensación de que puede explicar algunas lecciones básicas de ética con una película de superhéroes.

Pero El caballero oscuro es la excepción que confirma la regla de la mediocridad de los Batman de Nolan, porque su trama es como ya he sugerido, la misma que la de las otras dos. Sin embargo, una circunstancia feliz hace que se desvíe del camino de la insensatez y mediocridad de sus compañeras.

Parece darse la circunstancia de que El caballero oscuro pule casi todos los defectos de la primera entrega, alcanzando la cima de lo que una trama de ese tipo puede ofrecer; no estamos hablando de un clásico del género, pero sí de una película lo suficientemente bien construida como para resultar entretenida e interesante. La consciencia de haber alcanzado ese hito, aparece como la causa de que la tercera entrega sea tan absolutamente insufrible: Nolan ha querido exprimir el libreto, y cambiando los personajes e hinchando el presupuesto para tunear un tanto la falta de imaginación, pretende haber hecho una película distinta.

Lamentablemente, lo que le funcionó en taquilla dos veces, parece haber funcionado una tercera. A algunos, sin embargo, la rata pelada no nos la da con queso: La leyenda renace, es un bodrio infumable y lo que es peor, ideológicamente reaccionario.

¿Qué hace tan diferente de las otras dos entregas al Caballero oscuro, si, como hemos dicho, se trata en esencia de la misma película? Que ésta se  sustenta en la excepción de un personaje como el Joker.

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Otra vez el comodín salva a Batman. Ya la primera entrega de Burton se cimentaba en este nihilista genial, socarrón y bromista. La envergadura del Joker lucía tanto más cuanto más grande era el actor que lo representaba. En la película de Burton estaba interpretado por un Jack Nicholson desatado, que se comía en escena al murciélago a carrillos llenos y mandíbula batiente.

En la segunda, el perfil del psicópata es muchísimo más siniestro, pero no exento de humor negro: probablemente la mejor escena de la película —que se desarrolla en apenas tres segundos— consiste en el truco de magia con el que Joker hace "desaparecer un lápiz". La composición del malogrado Heath Ledger (cuya triste desaparición vino a añadir una categoría morbosa al asunto) es oscura y notable, sustentada en el miedo que inspira la inteligencia pura sin cortapisas morales. Esa es, en esencia, la base de la película, que gira en torno a los planteamientos del Joker y que Batman acepta sin rechistar: somos animales miedosos, nuestra naturaleza nos inclina a la supervivencia, y caso de acontecer el caos, ninguna regla social o moral evitará que nos matemos unos a otros con tal de sobrevivir.

Como un científico en su laboratorio, Joker convierte a los ciudadanos de Gotham en cobayas, y se enfrenta al murciélago como a una imagen en el espejo. La verdadera entidad de Batman como justiciero del lado luminoso queda al descubierto; el reverso oscuro que representa el Joker no es intrínsecamente peor que el del enmascarado: simplemente ha caído del otro lado.

Joker consigue hacer lo que quiere, y su triunfo es mostrar, al espectador atento, la verdadera esencia moral de las sociedades de hoy día. Poco importa si es derrotado personalmente por Batman; atrapado como está en el dilema, el caballero oscuro nunca podrá contradecir lo que Joker sugiere: tanto da quién sea el dominador, la de esta sociedad es una moral de borregos.

Curiosamente, ya que de moral hablamos, el acto más loable lo lleva a cabo un presidiario a bordo de uno de los barcos amenazados por la bomba que Joker ha colocado. Al parecer, Nolan no se había levantado muy patriotero ese día.

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El final de la saga Nolan: Dios salve a los Estados Unidos de América, al Mercado y a la policía de Gotham

Poco hay que añadir al último filme de la saga. Si nuestra tesis es cierta, lo único que ha hecho Nolan es repetir la fórmula argumental de las anteriores películas. Pero el cansancio y el agotamiento de la inventiva se dejan ver: no se ha añadido nada que no sean retazos de las anteriores entregas, y para ello basta ver el decorado de la cárcel donde se encierra a Wayne, que es el mismo que aparece en la primera película, aunque se supone que son dos lugares distintos.

Además, las persecuciones son clónicas en todas y cada una de las entregas, aunque ésta parece haber sido sacada íntegramente de la primera. En lo que respecta a los fallos de continuidad, estos son clamorosos, pero no quiero aburrir al respetable con asuntos como la aparición de Batman en Gotham tras ser desterrado a miles de kilómetros y sin un dólar en el bolsillo o el hecho de que delincuentes y policías se peleen a tiros, luego a puñetazos y luego a tiros otra vez.

La única excepción parece ser una corrección política en toda regla de El caballero oscuro; nada de discursos nihilistas, nada de cuestionamientos morales: el nuestro, aunque imperfecto, es el mejor de los mundos posibles, porque la alternativa es el socialismo, el comunismo o lo que es peor... la anarquía.

Tanto da que ese mundo lo gobierne el Mercado y no los políticos como representantes del pueblo: el hecho de que el alcalde de Gotham perezca en un atentado sin mayor explicación posterior, mientras los delincuentes respetan el sacrosanto templo de la bolsa, no es un indicativo de las asociaciones que Nolan quiere que hagamos —los malos eliminan el poder político y dejan intacto el económico— sino una torpeza mayúscula de guión, y por tanto, una traición del inconsciente: nada pasa si muere el político, pero no puede desmoronarse el mercado, porque entonces, ni Batman puede arreglar el desaguisado.

No se sabe muy bien si porque el grueso del rodaje se hizo en torno al décimo aniversario de los ataques del 11-S, Gotham ha pasado de ser Chicago a Nueva York, y el contenido patriótico del colofón de la saga le rebosa por las orejas al engendro: Bane ataca Gotham durante la interpretación del Himno Nacional, y, viniendo como viene de oriente, instaura un régimen de terror estalinista (una cosa pasadísima, oigan) en el que él, antes de deshincharse como un soufflé cuando Batman le toca, literalmente, las narices, ejerce de secretario general.

Pero como es evidente, acaban triunfando la libertad y el orden, los órganos de justicia y represión del Estado toman el control y Batman desaparece para dejar a los pobres mortales gobernarse a sí mismos. Nada que no hubiéramos visto antes.

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Así, Nolan intenta corregir su mejor Batman y para ello no ha dudado en sumirlo en la vergüenza.  Pero los incondicionales del enmascarado nos negamos a creer que el mito haya caído. En realidad, casi todo el mensaje reaccionario del filme deja intocado al caballero de la noche (enormemente difuso en esta entrega, acuciado más bien por problemas personales y emocionales que éticos) para centrarse en sus adláteres: la policía de Gotham, que por una vez aparece como heroica (y no como un nido de corrupción, que es lo que había sido hasta entonces), hasta el punto de ser el colectivo que alumbra al personaje de Blake, una especie de remedo del Tim Blake de los cómics que acabará por convertirse en Robin en próximas entregas.

¿Significa eso que Nolan nos amenaza con un cuarto Batman? Es difícil decirlo; si nos ceñimos a sus propias palabras, no: ha habido suficiente con tres entregas. Si atendemos a la creciente decadencia creativa de la saga en sus manos, tampoco, puesto que una sola idea ya no da para cuatro películas.

Pero la egolatría de Nolan es mayúscula; si su sucesor no consigue dejar el listón de la taquilla lo suficientemente alto —independientemente de la calidad del producto— me atrevo a asegurar que  es probable que regrese para "salvar" la franquicia. En ese caso, solo cabría esperar que la flauta volviese a sonar, o que se conjuntaran los astros de nuevo, o que alguien le escribiera un guión decente, para poder encontrarnos, al menos, con una película como El caballero oscuro de 2008.

Si decidiese retornar, estoy seguro de que retomaría la saga en el punto que la dejó, resucitando según su particular idea la figura del enmascarado como ya hizo una vez, e independientemente de los logros conseguidos por otros.

Pero el caballero oscuro merece un respeto, y no está para que nadie ironice con su renacimiento: ¿Es que acaso ha muerto alguna vez?

Bien estaba lo que bien acabó en la segunda entrega de Nolan… y la imagen de Batman alejándose en la noche perseguido por la policía era todo lo que su leyenda necesitaba.

Escribe Ángel Vallejo

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