El truco final (El prestigio) (The prestige, 2006)

  09 Septiembre 2012

Cine de alto voltaje 

el-truco-final-1Cuando te enfrentas un lustro después de haber sido estrenada a una película de la que guardas un grato recuerdo siempre lo haces con el temor de que tu entusiasmo fuera infundado y lo que antes te llevó al aplauso ahora te conduzca al bostezo y al aburrimiento.

Con esta preocupante premisa me dispuse a volver a ver El truco final, aquel film de Chistopher Nolan rodado en 2006, entre las dos primeras partes de Batman (Batman Begins y El caballero oscuro) que, entre otras curiosidades, mucha gente tiende a confundir con El ilusionista (The Illusionist, Neil Burger, 2006), cinta de idéntica temática que se estrenó con pocos meses de diferencia.

Pues bien, puedo afirmar sin temor a equivocarme que El truco final aguanta sin problemas un segundo visionado, e incluso me atrevería a vaticinar que un tercero o un cuarto. ¿Y por qué? Pues muy simple. Porque es puro espectáculo de imaginería visual.

Al director inglés se le podrá tildar de pomposo y de tramposo, pero desde luego nunca de soso. Este film que ahora nos ocupa entretiene desde su majestuoso arranque, con un Michael Caine inmenso (su sola presencia en pantalla ya augura el rigor y la seriedad de cualquier producto que cuente con su flemática presencia) explicándonos a través de una inocente niña, un pájaro enjaulado y un pañuelo los tres preceptos por los que se rige todo gran truco de magia: el primer acto es la presentación, el mago muestra algo normal, pero probablemente no lo es; el segundo es la actuación, donde transforma lo que aparentemente era normal en algo extraordinario; y por último el prestigio, donde lo imposible se convierte en posible.

Toda una declaración de intenciones que no sólo sirve al realizador de vademécum para desarrollar su enmadejada trama trufada de flashbacks y giros de guión que obligan al espectador a mantenerse alerta durante las dos horas largas de metraje, sino que se convierte en su guía de ruta para sus futuras producciones. Porque su cine se nutre de la constante búsqueda de elementos cinematográficos con los que asombrar y dejar admirado al público que paga religiosamente su entrada.

Y a fe de Dios que lo consigue. Sus recursos son ilimitados: desde una puesta en escena tan brillante como esclarecedora, donde ya se nos informa de que aunque la película hable de magos y de sus trucos se nos va a mostrar absolutamente todo sin trampa ni cartón, pasando por un guión milimétrico escrito junto a su hermano Jonathan (con quien también ha firmado los libretos de algunos de sus exitosos trabajos, como Memento o la recién estrenada El caballero oscuro: La leyenda renace) y unos actores principales en constante estado de gracia (tanto Hugh Jackman, elegido para el papel por sus trabajos previos en los escenarios de Broadway, como Christian Bale, actor fetiche en la carrera de Nolan, están soberbios en sus respectivos roles), confieren al conjunto una aureola de clásico instantáneo capaz de crear universos paralelos que permiten que el espectador pueda escaparse de su propia realidad durante un buen rato.

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Vale la pena comentar que el film está basado en una cautivadora novela del mismo título que el film de referencia escrita por Christopher Priest en 1995, un texto donde ya se puede intuir la mezcla de géneros que también funciona en la película, además de introducir elementos steampunks como la aparición del profesor Tesla (interpretado en la cinta por un sorprendente y comedido David Bowie) y tratar algunos de los más conocidos recursos utilizados en las novelas de misterio y que nos traen de manera automática a la mente otras aproximaciones al tema de la teleportación, como La mosca (que también disfrutó de su afamada adaptación cinematográfica), o de la estructura en forma de diarios que consiguen una gran fluidez en la narración y que remite a otras grandes novelas como Drácula.

De todas maneras, los hermanos Nolan tardaron nada más y nada menos que seis años en adaptar el escrito, lo que da idea de lo elefantiásico de una empresa en la que, según declaraciones de los propios guionistas, lo más complicado fue tratar de traducir al lenguaje cinematográfico algunos de los artilugios narrativos que querían conservar, como el uso de los diarios personales y cómo eso repercute en la trama, o la síntesis de otros elementos que permitieran una adaptación por un lado muy libre, pero por el otro muy fiel al espíritu del libro.

Pero volvamos al film. Para permitir que la acción siga adelante sin tener que mostrar antes de tiempo las cartas que oculta bajo la manga, el cineasta recurre a una compleja estructura en forma de flashbacks no cronológicos, sin intención puramente esteticista del orden narrativo sino con el único objetivo de llevar a cabo una experimentación formal mediante la deconstrucción del relato fílmico en base a su naturaleza quebrada, algo así como la lógica evolución de lo ya puesto en solfa en Memento.

Los juguetones giros de la trama vienen marcados por los avances dentro del violento enfrentamiento de inteligencias entre los dos antagonistas de la función: un duelo retratado con un tono entre socarrón y sádico que recuerda, y mucho, al pulso teatral que mantenían los dos protagonistas de La huella, clásico de 1972 dirigido por el maestro Joseph Leo Mankiewicz y que contó también con Michael Caine como uno de los maestros de ceremonias.

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En cuanto al elenco actoral se refiere, aparte de los ya citados con anterioridad, hay que destacar la siempre gratificante presencia de las actrices norteamericanas Scarlett Johanson (Los Vengadores, La Dalia Negra) y Piper Perabo (El Bar Coyote, Doce en casa) quienes nos ofrecen aquí una de las mejores actuaciones de sus titubeantes y desequilibradas carreras; así como la presencia de otros actores y actrices de la escena británica, como la conocida Rebecca Hall (Transiberian); Andy Serkis (quien alcanzó fama tras su recreación del Gollum de El señor de los anillos); Jim Piddock (La fría luz del día); Mark Ryan (Los ángeles de Charlie) o Roger Rees (Frida).

También se incluye en el reparto de forma anecdótica a Chao Li Chi (a quien la mayoría de los espectadores recuerdan como fiel criado de Angela Channing en Falcon Crest), dando vida en un sentido homenaje al reputado mago Ching Ling Foo, uno de los más prestigiosos ilusionistas que triunfaron a finales del siglo XIX, con trucos tan populares como el que le permitía fumar humo y fuego, el que consistía en cortar la cabeza a uno de sus ayudantes, o el de la pecera que aparecía de la nada, que es el que se menciona en el film.

Y poco más que añadir a este interesantísimo trabajo de un director que parece tocado por una varita mágica, ya que convierte cada uno de sus trabajos en un acontecimiento.

Y es que Christopher Nolan es tan listo que es capaz de engatusarnos desde el mismísimo título del film, ya que si acudimos al diccionario y atendemos a la etimología de la palabra prestigio, nos sorprenderemos al darnos cuenta de que proviene del latín praestigium, que en la época romana venía a entenderse como truco o engaño, muy alejado del significado actual de alta estima y sólida reputación.

Prestigio y engaño, el juego ha comenzado…

Escribe Francisco Nieto

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