Memento: un experimento arriesgado

  04 Septiembre 2012

La memoria y los recuerdos son algo intangible 

memento-6Memento es un experimento sorprendente y arriesgado que somete al espectador a la dictadura de un punto de vista impuesto por su guionista y director Chistopher Nolan.

Es algo parecido a ese tipo de obras que emergen de vez en cuando en el panorama cinematográfico en las que hay una apuesta radical por un estilo o estructura y que podemos ver ejemplificadas en dos películas, ya lejanas en el tiempo, como son La mujer del lago (1947) de Robert Montgomery, filmada desde el punto de vista del protagonista mediante la imposición de la cámara subjetiva durante toda la narración; o La soga (1948) de Hitchcock, construida en torno a un plano-secuencia (en realidad, ocho planos-secuencia para todo el film).

Memento parte de una premisa muy clara desde el principio: la memoria y los recuerdos son algo intangible que en el ser humano pueden ser manipulables, bien por su propia voluntad, bien por efectos externos (una enfermedad, en este caso).

Es por ello que la primera secuencia en la que el personaje de Leonard (Guy Pearce) realiza una foto con una Polaroid, símbolo habitual de lo que significa captar la realidad en un momento determinado, y esta foto se va borrando poco a poco en un proceso inverso al natural (en lugar de aparecer la imagen, se diluye hasta desaparecer): Nolan ya nos está indicando precisamente que la memoria y los recuerdos no tienen que coincidir con la realidad (sentando las reglas de por dónde va a conducir la historia).

A partir de esta secuencia inicial el espectador va reconstruyendo (o cree hacerlo), a la vez que el protagonista, los diferentes pasos del proceso mediante dos líneas narrativas, color y blanco y negro, que se encuentran hacia el final (o principio) de la película.

En esta narración es la alteración de la línea temporal de los flash-backs la que rompe su sentido clásico pues, en lugar de aportar información para ratificar un hecho, sirve para variar continuamente la opinión que tenemos de los personajes y las situaciones; de tal forma que el espectador debe participar en el juego y la estructura impregna el tema hasta convertirse en una sola cosa.

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Y es precisamente esta mímesis entre estructura y tema la que hace que el film adquiera brillantez pero, a la vez, engendra un lastre que se hace presente una vez finalizada la película y que se materializa en la duda de si esta obra tiene vida más allá de la proyección.

Esta duda que plantea Memento es la misma que transmiten, salvando las distancias estilísticas y temáticas, los dos ejemplos de los que hemos hablado con anterioridad. Es decir, cuando pensamos en un buen ejemplo de lo que supone captar una mirada subjetiva de un personaje, ¿nos acordamos del experimento, La dama del lago, o lo que nos viene a la memoria es la primera parte de Vértigo, donde el uso de la cámara subjetiva nos mete en la piel (y en el pensamiento) del personaje de James Stewart?

Memento es una película que se ve muy bien porque la estructura matemática de esos flash-backs termina proporcionando soporte al metraje, el problema es que también ahoga los diferentes temas (la falsedad de las personas, la verdad y la mentira, la arbitrariedad de las situaciones) que sobrevuelan por todo el film pero no terminan de despegar precisamente por esa estructura.

Escribe Luis Tormo


Este artículo fue publicado inicialmente en el nº 20 de Encadenados, en abril de 2001, con motivo del estreno del film en España.

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