Following (Following, 1998)

  03 Septiembre 2012

El laberinto Nolan 

Following-0A estas alturas, todos sabemos (o casi todos, vaya) que Following fue la opera prima del hoy celebrado Christopher Nolan. El realizador se ha convertido en un estandarte del cine contemporáneo con sus lecturas oscuras sobre el individuo y sus empanadas mentales repletas de crucigramas complejos.

Desde luego, Following era, en esencia, el prólogo y resumen de lo que iba a venir después, aunque finalmente, el director parezca haberse decantado finalmente por el cine de superhéroes y supramundos imaginarios encerrados en diversas estructuras de cajas chinas.

En Following no hay cajas chinas ni superhéroes. Más bien lo que encontramos es todo lo contrario. Tenemos a antihéroes, tres concretamente: el escritor frustrado, el ladrón inteligente y la mujer fatal de turno. Dicho así, parece que estemos delante de una obra en blanco y negro de film noir. No se equivocan si han pensado esto porque es exactamente lo que ofrece Following, una pieza de cine negro genuino aunque pasada por el tamiz de la experiencia Nolan.

También tenemos un enfoque temático que remite directamente a otro gran maestro de la narrativa tensionada. No es otro que Alfred Hitchcock. El tema del falso culpable, de la mujer como incógnita de la ecuación, de la intromisión en las vidas ajenas, del ladrón profesional… No me digan que, sólo nombrando estos temas, tienen ahora mismo en mente una retahíla de títulos del celebrado director. Esto es así porque Nolan es muy Hitchcock, aunque esto ya lo sabíamos, o lo intuíamos.

Y luego está la parte favorita de Nolan que no es de Hitchcock sino que es de cosecha propia. La deconstrucción de los tiempos narrativos o el relato acompasado como si de un reloj suizo se tratara, aunque a destiempo, es la gran constante en el cine de Nolan, ya sea en mayor o en menor medida. Esta deconstrucción, además, siempre le sirve al director para dar el triple salto mortal cuando finaliza la cinta. Siempre, en sus finales, aguardamos pacientes un final sorpresa, o dos o tres, que se sucede encadenado a todas las secuencias jeroglíficas que Nolan ha construido en el metraje previo.

Dicho de otro modo, Following ya fue, en 1998 (y esto lo decimos para todo aquel que no la haya visto, que suponemos es la mayoría), la guía maestra del cine de Nolan, de lo que él quería desarrollar en un futuro y de lo que nos iba a venir de su mano, salvo quizás algún traspiés perdonado por la crítica por tratarse de quien se trata. Por lo tanto, quizás no deberíamos tomarnos Following tan en serio como muchos la han tomado sino más bien como un ejercicio de aprendizaje de último año de un alumno aventajado.

En efecto, tiene más de experimento singular —aunque muy válido, ojo— que de debut completo pues quien esto suscribe tiene una teoría: Following era un entrenamiento previo a la que iba a ser su cinta revelación, Memento (2000). Diríamos incluso que es lo mismo que Memento pero en clave barata, más definida y más inteligible que toda la tergiversación de secuencias desplegadas en aquella. Algo así como un ensayo filmado. Veamos de qué va Following.

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Dentro del laberinto

Bill es un escritor de veintitantos y cara de arrastrado, desempleado por supuesto y con aspecto lánguido de esos que pasan mucha hambre, que se dedica a seguir a gente por la calle. Al menos, eso es lo que le cuenta a otro personaje del que no sabemos nada, ni llegamos a saber en ningún momento. Podría ser un desconocido, un amigo o un psicoanalista.

Y aquí empieza otro de esos temas tan Nolan: los problemas mentales internos de los personajes a los que dibuja. Rápidamente entendemos que Bill no es un personaje común sino que algo se cuece en su interior.

Puesto que Bill se aburre y su excusa para seguir a los demás es la inspiración literaria, se inventa unas reglas para determinar los parámetros de su pasatiempo. No sigue nunca a la misma persona dos veces, el género no condiciona sus elecciones… Pero un día un desconocido le planta cara, se sienta con él y le pregunta el porqué de su acoso. Este individuo, de nombre Cobb, es el ladrón inteligente que decide entrar, así por las buenas, y nunca mejor dicho, en la vida de Bill.

Cobb se dedica a entrar en apartamentos ajenos, robar lo que le place y, además, provocar el desbaratamiento de las vidas de esas personas a las que está robando: les pone bragas en una chaqueta, les cambia una bolsa de sitio, les implica con ciertos objetos… Es decir, no sólo roba sino que además provoca, a priori, que las vidas de esas personas se vean amenazadas más allá del mero robo. Bill entra tímidamente en el juego.

Finalmente, tenemos a la femme fatale obligada de toda cinta noir: una rubia que se mezcla con personajes de dudosos empleos, mafiosos y tipos dedicados al mundo del porno que se mezcla íntimamente con Bill. Es este triángulo, en el fondo, el eje descriptivo del argumento, pero Nolan, inteligente como es, nos lo vende diferente (ya no desvelaremos nada más) y nos hace luz de gas, de la buena, para hacernos uno de sus trucos de prestidigitador cinematográfico (¿recuerdan El truco final?).

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Fuera del laberinto

No hemos dicho hasta ahora que la cinta tiene una duración irrisoria pese a que, si ya han leído su argumento, éste parece largo y mucho más complejo de describir. Pues no. La cinta dura 70 minutos, una hora y diez minutos, es decir, muy poco. Nolan conjuga todo el peso narrativo en unas cuantas frases —su guión no debe rebasar unas quince hojas de diálogos— y en unas secuencias delimitadas por los fundidos en negro muy explícitas en cuanto a lo que quiere mostrar y lo que pretende reservarse como ases en la manga.

De este modo, tenemos los dos tiempos alternados para llegar a una conclusión final. Los mencionados fundidos en negro —atención, pista— son los que avisan de que el cambio de tiempo narrativo se está produciendo. Y ese blanco y negro difuminado, además de otorgarle ese aspecto paupérrimo que tan bien le sienta a la cinta, hace que los personajes se muestren muchas veces en la penumbra, como guiados por luces extrañas en la oscuridad (sí, les acabo de regalar otra pista)

Otro curioso aspecto de esta cinta es que contiene varios pasajes que tienen más de David Lynch que de Christopher Nolan, aunque todo vuelva a él y a su óptica caleidoscópica de la narrativa fílmica. Su partitura musical, sus claroscuros, la forma de filmar a sus personajes o las deambulaciones en espacios abiertos bien podrían estar tomadas de cintas como Cabeza Borradora (1971), Carretera perdida (1997) y, especialmente, Terciopelo azul (1986). Esto no parece que sea mera casualidad puesto que en su día Memento también fue comparada, y bastante, con Carretera perdida, e incluso Mulholland Drive (2001), posterior a Memento, también obtuvo las infames “comparaciones odiosas”.

Nolan, como Lynch, nos construye un mundo plagado de trampas, de peligros detrás de una esquina o de personajes que nunca son lo que parecen, y si lo son, crean verdadero miedo. Desde que tenemos en primer plano el rostro de Cobb, lo que siente el espectador hacia él es un profundo respeto infundado por el miedo. Es un joven alto, atractivo, bien vestido, con semblante inerte y una inteligencia dialéctica y mental de aquellas que supone un desafío hasta el dar los buenos días.

De algún modo, Cobb es el modelo. Bill, por lógica, es el que quiere seguirlo, en todos los sentidos. Para ello, se corta el pelo, se pone un traje y se cambia el aspecto para transmutarse un poco más en ese ser despiadado que en el fondo admira. Son la alianza perfecta de lo débil con lo duro, lo inesperado con lo predecible, un binomio de contrarios que jugarán al cazador y al cazado entre las calles de la ciudad. Por supuesto, nada bueno puede salir de ello.

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Nolan, the first and the following

Como sucedía en Memento, Following no es más que un ejercicio de estilo plagado de penumbras, planos elegantes y tres personajes extraños cuyas interpretaciones aún resultan más extrañas aunque se diferencian en que su obra novel resulta más plana mientras que la siguiente gozaba de mayor energía. Following no es ninguna obra cumbre sino de unos apuntes fílmicos rodados los fines de semana que conducirían a un desarrollo mucho más extenso y potente en la segunda obra mencionada del director.

Cierto es que Nolan aplica las leyes del cine negro pero las lleva a un terreno propio y vierte ahí muchas de las obsesiones y temas que van reiterándose en toda su obra posterior. Debemos considerar Following como una preparación afortunada, como un esbozo de toda la carrera posterior aunque merece la pena verla, y más ahora que será editada en España este mes de agosto por primera vez —aunque lo cierto es que podrían haberla estrenado mucho antes en algún circuito cinéfilo pues cuenta con sobrados puntos interesantes—.

Sabemos que estamos ante una primera película y con esa conciencia debe ser vista. También podemos pensar que Nolan aún no tenía pleno dominio del medio en su integridad. Las interpretaciones resultan artificiosas y teatralizadas, el arte del trucaje visual y narrativo aún estaba aquí por desenvolverse y ciertas secuencias se resuelven con soluciones un tanto toscas. Pero da igual. Porque se trata de la primera pieza del puzle que luego nos regalaría su director en esa impresionante carrera que se está forjando.

Así las cosas, vean Following si les interesa Nolan y opinen ustedes mismos. Desde luego, fascinará igualmente a los amantes de las historias dislocadas y de los enigmas sin resolver que esconden los cuentos. Fue la primera cinta del director y, desde luego, ya dejaba muy claro quién era y lo que pretendía. Sólo con eso ya tenemos suficiente artillería para entender toda su obra y para poder escribir estas modestas líneas. El resto les toca a ustedes.

Escribe Ferran Ramírez

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