Cuando éramos reyes (When we were kings, 1996)

  26 Julio 2012

Conciencia racial, un reino sin poder 

cuando-fuimos-reyes-0El 30 de octubre de 1974 tuvo lugar en Kinshasa, capital del entones Zaire y actual Republica del Congo, el que posiblemente fue el combate más esperado y publicitado  de la historia del boxeo del siglo XX.

En él se enfrentaban el campeón de los pesos pesados George Foreman y Muhammad Ali, antes Cassius Clay, un peso pluma cuyos 100 kilogramos hacían más patente la envergadura física de su contrincante, un gigante de fuerza y vigor. Además, Ali  parecía estar en un momento descendente de su carrera, tras la culminación de sus éxitos diez años antes con la derrota de Sonny Liston.

Estas circunstancias hacían previsible el resultado de una confrontación planteada en términos muy desiguales, por lo que, cuando Ali lanzó el reto a Foreman fueron muchos los que sonrieron con suficiencia de entendidos ante lo que consideraron un capricho o una salida de tono, propios de un enfant terrible.

En esta circunstancia, el documentalista y productor Leon Gast filmó abundante material para un documental sobre los antecedentes del combate, que pese a su calidad no vio la luz hasta pasados 23 años, cuando el productor Taylor Hackford (Oficial y caballero) decide financiar el proyecto, que se estrena en 1997. When we were Kings fue Premio de la Crítica de Nueva York y Los Ángeles, y obtuvo galardones al Largometraje  documental por parte de La Academia y el Independent Sprint.

El resultado es una narración amena e intensa de los meses previos al combate, en los que las bravatas y andanadas verbales de Ali propician la creación de un clima que se llena de expectativas y elementos no exclusivamente deportivos. Las diatribas y ocurrencias de Muhammad Ali nacen en abundantes ruedas de prensa más o menos improvisadas, crecen y se reproducen hasta extremos tales que trascienden el ámbito boxístico, para generar otra realidad más universal, cultural y política.

De hecho, el material fílmico está presentado de tal manera que más que el relato de los prolegómenos de un combate, la película resulta ser una radiografía de la sociedad estadounidense de los años 70, inmersa en los problemas del racismo y en los escándalos del gobierno norteamericano.

En 1997, durante el estreno, un Muhammad Ali tocado por el Parkinson, enfermedad que llevó siempre con gran dignidad, declaró con su habitual desparpajo que la película le “hacía sentirse viejo”. En el documental, con 55 años, dice que en los tiempos actuales ya no hay héroes que combatan las villanías de los malvados. Para Ali, éstos  eran los responsables políticos de  la marginación de  la población negra y su dependencia de las drogas, así como sus carencias en materia educativa y cultural.

Muy combativo en estos campos y admirador de las ideas de Malcom X, Ali aprovecha el evento deportivo de su pelea con Foreman para exponer al mundo su particular concepto de lucha político-social por la conquista de los derechos civiles de los negros, y para identificarse a sí mismo como héroe frente a un contrincante convertido a su pesar en Goliat listo para ser abatido por David.

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Cómo se fabrica un héroe

Como en los viejos cantares de gesta, la película es una narración épica cuyo clímax es el momento del combate Ali-Foreman. Y como tal, no podía faltar la exaltación del héroe, aquel que, pese a la inferioridad de sus atributos, será conducido por el destino hacia el éxito y la gloria.

Pero este documental es algo más. El ritmo de los yembés africanos sirve de fondo a los créditos de presentación y a los planos encadenados de Ali con su discurso incendiario y mitinero, lleno de autoalabanzas sobre su valor actual y posterior victoria. Espectáculo deportivo, África negra y reivindicación política, ése es el combinado que se va a filtrar tras la apariencia de un filme boxístico plagado de sugerentes alusiones y declaraciones directas.

La historia se presenta en forma de narración cronológica sobre la génesis del evento y sobre la explosiva personalidad de Muhammad Ali, frente a la cual se desdibuja un Foreman pasivo y apagado, pues el 80% del filme es casi una hagiografía de Ali, su capacidad para el desafío y sus cualidades excepcionales. La responsabilidad del relato recae en personajes de primera fila, pertenecientes al mundo del cine y de la cultura, cada uno de los cuales tiene asignada una tarea específica en el desarrollo de la historia.

En primer lugar, el cineasta Spike Lee (Malcolm X, Fiebre salvaje, Clockers) aprovecha para comentar aquellas cuestiones más afines a su personal punto de vista político, insistiendo en las diferencias entre los negros africanos y los llamados afroamericanos, con el fondo de la problemática racial de EEUU y la crisis política ocasionada por la dimisión del Nixon.

Admirador incondicional de Ali, al que considera divertido, carismático y “máquina de boxear”, se regodea en explicar el episodio de la negativa del boxeador a participar en la guerra de Vietnam y los cinco años de prisión así como la multa de 10.000 dólares que tuvo que abonar. La conocida frase de Ali “ningún vietnamita me ha llamado jamás negro” sirve de colofón al relato de Lee, y se complementa con el de Thomas Hauser, biógrafo de Ali, que  alude a su  “hablar claro, valiente y sin miedo a perjudicar su carrera”, lo que le supuso ganarse el odio de parte de la sociedad norteamericana, no sólo por su conversión al islamismo sino por la osadía de Ali de mezclar política y deporte.

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Otro narrador es Norman Mailer, escritor (Los hombres duros no bailan), guionista, periodista político y ensayista de renombre (Hacking Catastrophe, sobre el 11-S e Irak). Su función parece ser realizar un análisis psicológico del héroe y del enorme ego que le lleva a ridiculizar a su contrincante hasta el hartazgo, así como la posibilidad de la existencia de un miedo latente, que el susodicho se apresura a negar.

El escepticismo de Mailer sobre la victoria de Ali es compartido por el periodista deportivo Howard Cossell, que comenta los combates ganados por Foreman y su contundente pegada. El montaje en paralelo, constante formal del filme, contrasta las imágenes del “formidable Foreman” con las descaradas declaraciones de Ali, llenas de chascarrillos y anécdotas jaleadas y celebradas por sus  fans.

El lado tierno de Ali corre a cargo de Odessa Clay, la all’s mother que relata el episodio infantil del robo de su bici, lo que le llevó hasta Joe Martin y su escuela de boxeo para “dar su merecido” a los ladrones. Drew Brown, all’s assistant trainer, insiste en cambio en los aspectos religiosos del personaje al que ensalza como “profeta, amante de Jesús, los pobres y los niños”.

Es notorio el modo de sacar partido político al tema religioso, pues se nos indica que la  misión de Ali es vencer al Tío Sam y que el mundo es una representación divina en el que los hombres sólo somos actores. Los valores espirituales del personaje no nos alejan de su estrategia deportiva que consiste en saber recibir golpes y no rechazarlos sino aprovechar para buscar los puntos débiles del otro. Todo un tratado de manual de psicología de andar por casa, pero muy efectivo cuando se trata de mover a las masas y ponerlas a favor de los intereses de quienes las manipulan.

Finalmente, encontramos a George Plimpton, ese versátil espécimen cinematográfico y periodístico que lo mismo hacía cameos en Lawrence de Arabia como entrevistaba a Faulkner o escribía sobre béisbol u ornitología. En el filme, nos habla de Kinshasa, la capital de Zaire, del dictador Mobutu Sese Seko y su omnipresente crueldad. Enfatiza el talante amoral del gobierno africano y la represión excesiva para limpiar de delincuentes las calles.

Plimpton declara que “Kinshasa se convirtió en la ciudad más segura de África y el mundo”. Con ironía remata: “al menos mientras la prensa extranjera asistió al combate”. Tampoco confiaba mucho en la victoria de Ali, pues consideraba a Foreman un gigante de gran fortaleza, “como un tanque”.

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Pero el mejor narrador de las hazañas de Ali es el propio Ali. Sus ruedas de prensa, sus provocativas declaraciones, constituyen todo un ejemplo del modo de vencer  mediante la palabra, lo que hoy se llama “pensamiento positivo”. Ali fue un maestro de esa técnica consistente en repetir una y otra vez que uno es el mejor. El rostro de Muhammad Ali se cuela constantemente en los comentarios de los otros narradores, dejando constancia de su voz y de su mensaje pleno de buenos augurios. Machacón y persistente, gracioso y punzante, Ali se hace con su público construyendo un autorretrato epopéyico pero popular y cercano.

He aquí algunas muestras de su carácter arrogante, charlatán, impulsivo pero sincero:

En el Walford Astoria Hotel de Nueva York: “Soy fuerte, profesional. He talado árboles, he vencido a un cocodrilo, he peleado con una ballena. He esposado a un rayo, he metido en la cárcel a un relámpago. He asesinado a una piedra. He llevado un ladrillo a un hospital. Soy tan malo que hago enfermar a las medicinas”.

La gente se encantaba con su discurso popular, demagogo, chistoso. Cuando le preguntan sobre su estrategia de combate, Ali dice: “voy a bailar. No me cogerá”. Los ataques a Foreman se intensifican a medida que se va aproximando la fecha del combate. Con enorme crueldad dice que su oponente tiene miedo y por eso se ha lesionado, con el consiguiente retraso del evento.

Cuando Ali sale a correr rodeado de los niños y jóvenes negros que le adoran, mientras amaga con los puños añade que “además Foreman está en mi país”. Ali se apropia de todo y de todos. El grito colectivo “Ali, Boma ye” (Ali, mátale) resuena en calles y gradas como el de la gran hinchada que arropa a su favorito. Ése es el rasgo de este héroe singular: que se ha hecho a sí mismo el personaje indispensable de toda África, como símbolo de una negritud diferente y  esperanzada, presagio de grandes cambios, de grandes ilusiones. Y en los entresijos del discurso deportivo, la nota política, como si fuera portador de una misión casi divina: “defenderé una buena causa para los negros africanos… Quiero ganar para ayudar a todos los desfavorecidos del mundo”.

Si le dicen que Foreman es más fuerte, Ali afirma: “Yo tengo a Dios de mi parte”. Si existe algún caso en que la actitud garantiza el éxito, sin duda la preparación de este famoso combate de boxeo es una muestra ejemplar. Pues Ali no sólo ganó la pelea. Puso los problemas africanos en el primer plano mundial, aunque una vez que el evento finalizó, todo se olvidó y volvió a ser igual.

O quizás no.

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El espectáculo es el negocio

No podía ser de otra manera. Leon Gast completa el paisaje que rodea y posibilita el gran combate con la descripción de los participantes en el espectáculo deportivo.

La figura central de este gran negocio es el patrocinador Don King, hombre ambicioso y carismático, que reunió a los mejores músicos y artistas de su tiempo para celebrar y animar la fiesta. James Brown, rey del soul, B. B. King, The spinners…

Los más destacados de América y África, en un evento mundial”, “La reunión de negros americanos y africanos” son frases que aluden a algo más que el mero acontecimiento cultural.

De forma oportunista, completa su discurso sobre la esencia de “ser negro”, con apreciaciones políticas alusivas a la injusticia y a la defensa de los derechos civiles. Dice que su deseo es “fundir lo mejor de la música y el deporte”, pero otros dicen de él que es “el que más ha explotado, desmoralizado y arruinado a los boxeadores”, lo que relativiza sus declaraciones y cuestiona su precaria moralidad, aunque haya pasado a la historia por la organización del evento Ali-Foreman.

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En resumen…

Quien mejor sintetiza el ambiente generado por el combate y todo lo que lo rodeó es uno de las artistas de la troupe, Malik Bowewns.

En relación con el recibimiento que tuvo Ali en África, afirma que la gente veía a Alí no sólo como boxeador, sino como político, por lo de su postura ante la guerra de Vietnam. El público elogia a Ali y desconoce a Foreman (“creíamos que era blanco”). Todos adoran a Ali. Foreman, aunque negro, representa a América, mientras que Ali representa a África. Además, Foreman viaja y se muestra como un elegante famoso, con escolta, comitiva y coche de lujo, lo que contrasta con el populismo de Ali y también con la miseria de los barrios más pobres.

Llegó el día del combate y, sorprendentemente, ganó Ali. En el documental, la tensión narrativa asciende hasta el clímax como es habitual en el género. Algunas malas lenguas susurran sospechas sobre el mal estado de Foreman y su incomprensible reacción.

En el filme, el montaje en paralelo alterna planos de Foreman entrenando y el escorzo del rostro de una mujer negra, sus ojos dilatados, sus trenzas. El sudor de su piel impregna su canto, a la par que jadea sobre un fondo sonoro de golpes de percusión y músicas ancestrales.

“Una mujer con manos temblorosas, un súcubo, podría anular a Foreman” dice Muhamad Ali a una hechicera. Esta imagen y estos sonidos son los mismos que aparecen en los créditos iniciales del filme. El lenguaje cinematográfico de Leo Gast sugiere una explicación esotérica. La de Ali es más explícita: “Mi Dios controla el universo”.

Sin comentarios.

Escribe Gloria Benito

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Título Cuando éramos campeones
Título original When We Were Kings
Director Leon Gast
País y año Estados Unidos, 1974-1996
Duración 89 minutos
Guión Leon Gast
Fotografía Varios
Premios
1996: Oscar: Mejor documental
1996: Círculo de críticos de Nueva York: Mejor documental
1996: Festival de Sundance: Nominada al Gran Premio del Jurado
1996: Oscar: Mejor documental
1996: Círculo de críticos de Nueva York: Mejor documental
1996: Festival de Sundance: Nominada al Gran Premio del Jurado
Distribución Sección visual (DVD)
Intérpretes Muhammad Ali, George Foreman, Don King, James Brown, B.B. King, Mobutu Sese Seko, Spike Lee, Norman Mailer, George Plimpton, Thomas Hauser, Malick Bowens, Lloyd Price, Wilton Felder, Wayne Henderson, Stix Hooper, Joe Sample, Miriam Makeba