El buscavidas (1961) y El color del dinero (1986)

  16 Julio 2012

Las habilidades del perdedor 

el-buscavidas-1En el cine, y también en la vida real, los fracasados y perdedores han tenido desde siempre una atracción especial por ciertos deportes y juegos de azar, como el boxeo, las carreras de caballos, los rodeos o, en el caso que nos ocupa, la práctica del billar. Todas estas actividades tienen algunas características comunes, como la cercanía a los bajos fondos y los ambientes sórdidos, las apuestas y la presencia de mafias que controlan buena parte de su estructura interna.

A pesar de todo, el mundo del billar ha aparecido raras veces en la gran pantalla, aunque existen dos títulos fundamentales, uno de los años 60, El buscavidas y con 25 años de diferencia El color del dinero, que nos muestran la trayectoria vital del jugador de billar Eddie Felson, encarnado magistralmente por Paul Newman, y ambas logran trascender el propio juego del billar para crear un relato que analiza el fracaso y la redención, la codicia y el desamor, en definitiva, las habilidades que caracterizan al buen perdedor.

El buscavidas (The Hustler, Robert Rossen, 1961)

Robert Rossen era responsable de haber dirigido varias piezas clave del cine progresista de los años 40, como Cuerpo y alma (1947) o El político (1948), y como era de esperar, fue llamado a declarar en 1951 por el Comité de Actividades Antiamericanas dirigido por el senador McCarthy. Inicialmente rehúsa dar nombres a la comisión, lo que le conduce a dos años de ostracismo y paro, hasta que en 1953 solicita audiencia a la comisión y delata a 57 miembros del partido comunista (partido al que Rossen también había pertenecido).

Tras varios años de incertidumbre laboral, rodando algunos títulos en Europa, no será hasta la llegada de El buscavidas cuando Rossen intente levantar un proyecto verdaderamente personal. Es seguro que todas las experiencias sufridas por el director esos últimos años, sobre todo la delación y los problemas laborales, se transmitirían y enriquecerían el guión y las imágenes de una obra tan desgarradora como El buscavidas.

Con estos precedentes y tras el fracaso económico de su film anterior —Llegaron a Cordura, 1959—, Robert Rossen comenzó a trabajar sobre una novela de Walter Tevis ambientada en el mundo del billar, con producción de la Fox, contando con la colaboración de Paul Newman, un actor emergente que por entonces empezaba a despuntar.

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La historia nos cuenta los comienzos de Eddie Felson (Paul Newman) por distintos garitos, amañando partidas de billar, con el objetivo final de vencer al Gordo de Minessota (Jackie Gleason), un mítico e invencible jugador de billar; este reto le induce a aliarse con un personaje despiadado (el magnífico George G. Scott) y esta conjunción de codicia y egoísmo hundirá la relación afectiva que Felson había iniciado con Sarah (Piper Laurie, escritora fracasada que ahoga sus penas en alcohol).

Es El buscavidas un film de aprendizaje moral. El joven Eddie Felson se nos presenta como un extraordinario jugador de billar, habilidoso, expansivo y jactancioso, aunque por desgracia todavía inmaduro. Se recalca repetidas veces en la película su falta de carácter, motivo por lo que nunca consigue finalmente el triunfo deseado (a lo que también contribuye su afición al whisky JST Brown). El personaje de Eddie se contrapone al resto de intérpretes del film (su manager, su novia, sus contrincantes) que aparecen como más seguros, sólidos y con la experiencia que les han proporcionado los golpes de la vida.

En este sentido resulta paradigmático el personaje del Gordo de Minessota, presentado como un jugador excepcional, de gran experiencia y temple, al que Felson aspira vencer, aunque lo que de verdad anhela es a parecérsele mínimamente —“El Gordo de Minessota tiene más temperamento en un dedo que tú en todo el cuerpo”—.

Queda evidente que una de las tesis del film es que en cualquier actividad de la vida (y el billar es una más), quizá no sea lo más importante lo habilidoso o brillante que uno consiga ser, sino la solidez, el carácter y la tenacidad.

Si el Gordo de Minessota aparece como uno de los referentes de Eddie Felson, su novia Sarah Packard (interpretada por Piper Laurie) se conforma como su contrapunto moral. La vida ha maltratado a Sarah (su cojera y alcoholismo, su fracaso como escritora, su desarraigo familiar), sin embargo, de todos los personajes, sólo ella ve una salida digna a su situación vital a través del amor sincero a Eddie, cree que todavía hay una posibilidad de salvación si logran amarse y compartir sus vidas. Sarah representa la sencillez y la vulnerabilidad, en oposición al inmaduro Eddie y, sobre todo, en clara confrontación con el gangster Bert Gordon (al que da vida George G. Scott), verdadero reverso moral de Sarah.

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La guerra sin cuartel entre Sarah y Bert Gordon, esto es, entre la “autenticidad-amor” frente a la “falsedad-codicia” (en definitiva, entre el bien y el mal), resulta en ocasiones algo retórica y simplista, aunque se consiguen matices verdaderamente impactantes, como la derrota final de Sarah, que opta por entregarse físicamente al gangster en un acto de degradación máxima (cuando todo esté cercano a su final, Sarah escribe en un espejo: “Pervertidos, depravados, enfermos”). El joven y pusilánime Eddie queda en esta confrontación desplazado, sin saber dónde posicionarse, y cuando descubra la verdad entonces ya será demasiado tarde.

El suicidio de Sarah supone la redención moral de Eddie, su resurgir como ser humano. Al final ha logrado madurar, sabe distinguir y tomar partido. La partida final de nuevo contra el Gordo de Minessota demuestra que Eddie es el verdadero nº 1 en el billar, desbancando de este puesto al Gordo, aunque esto suponga el final de su carrera profesional, acuciado por los gangsters y, sobre todo, por el remordimiento del amor perdido. Pero esto ya es otra historia.

Rossen se apoyó en la fotografía expresionista de Eugene Shuftan para dar el dramatismo que necesitaba el film: filmada en Cinemascope, potenciaba los claroscuros, y, junto a la música de corte jazzístico de Kenyon Hopkins, acercaba la película al ambiente sórdido y opresivo de la serie negra.

Mención aparte merece la labor del director artístico Harry Horner, que consigue crear unos ambientes y decorados modélicos. Las lúgubres salas de billar, cercanas como iconos visuales a los gimnasios de los boxeadores, las cafeterías de las estaciones de autobuses donde merodean Sarah y Eddie o el apartamento de Sarah, nos traen a la memoria  la tristeza de algunos lienzos de Edward Hopper o el trabajo fotográfico de Robert Frank en Los americanos.

La conjunción de todos estos talentos unido a una historia donde el juego del billar servía de metáfora al juego de la vida, consolidó a El buscavidas como un film de culto que relanzó, al menos artísticamente, la carrera de Rossen, que volvería a alcanzar con Lilith (1964) altas cotas de calidad cinematográfica.

El color del dinero (The color of money, Martin Scorsese, 1986)

el-color-del-dinero-1¿Qué ha sido de Eddie Felson 25 años después? Esto es lo que se planteó el autor Walter Tevis en una nueva novela que entregó a la consideración de Paul Newman (convertido por entonces en una de las figuras con mayor influencia artística de Hollywood). Newman, impresionado por el trabajo de Scorsese, le ofreció a éste la dirección del film, y después de rehacer varias veces el guión, fue finalmente firmado por el novelista y guionista  Richard Price (por cierto, coautor de la serie televisiva de culto de la HBO The Wire).

Ahora Eddie Felson se ha domesticado, comercia con whisky, lo que le permite vivir aceptablemente, mantiene una relación sentimental con la madura dueña del bar que frecuenta y, aunque ha abandonado la práctica del billar, es el mentor de otros buscavidas (John Turturro). Es una vida tranquila, pero sin brillo ni pasión.

La aparición del impulsivo y habilidoso jugador de billar Vicent Lauria (Tom Cruise) y de su novia Carmen (Mary Elizabeth Mastrantonio), devuelven la esperanza al envejecido Eddie Felson. Cruise se presenta como el reflejo exacto del propio Felson en su juventud, el diamante en bruto que es necesario pulir, y significa en definitiva la vuelta a un mundo de riesgo, de pasión y de dinero fácil.

El objetivo de Eddie es prosaico y materialista, conseguir que Lauria triunfe en el Nine-ball classic de Atlantic City, la reunión de los mejores jugadores de billar del país, pero no tanto para ganar el título del torneo (como sería lo lógico), sino sirviéndose de artimañas ganar las partidas y las apuestas de las sesiones de entrenamiento, ahí  donde de verdad está el dinero.

Al analizar El color del dinero es imposible no volver la vista a los resultados obtenidos 25 años antes con El buscavidas. En mi opinión, El color del dinero no consigue la profundidad moral que logra transmitir el film de Rossen, y su devenir es más superficial, más centrado en el propio juego del billar y las interioridades de los torneos y en la consecución del triunfo material. Si se quiere, El color del dinero es más realista en relación con la práctica del billar y es menos metafórica.

No obstante, en el tramo final el film de Scorsese logra superar estos prosaicos planteamientos iniciales y se nos muestra lo que podíamos llamar la segunda redención de Eddie Felson. Eddie, que se creía un experto conocedor del alma humana, se ha visto engañado por diversos jugadores de ventaja (entre ellos el propio Cruise), y opta por una solución insólita: tras poner en forma su cuerpo (incluida una puesta a punto de su agudeza visual) decide conseguir la excelencia como jugador de billar. No importan ya las apuestas o el dinero que se pueda ganar, lo importante es demostrar que eres el mejor en buena lid y el final abierto del film de Scorsese es muy significativo en este sentido.

En la última escena, Newman juega de nuevo al billar con Vincent, no sabemos lo que va a depararle el futuro, si va a conseguir ser el mejor o va a volver a fracasar (como es probable vista su trayectoria), pero esbozando una media sonrisa golpea con fuerza la bola y afirma confiado: “Porque he vuelto”. No todo está perdido, esa simple frase llena de vitalidad nos vuelve a iluminar el camino: lo esencial es la profesionalidad, la tenacidad y no rendirse.

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Resulta destacable el cambio de registro de Paul Newman en el film de Scorsese, aquí con un rostro y un físico en plena madurez, realizando un trabajo actoral mucho más contenido de lo habitual en este actor del método, más centrado en las miradas y en cierta economía gestual, logrando transmitir el punto de solidez y experiencia que el papel requería. Esto resulta más evidente en contraposición al trabajo de Cruise, en general un buen actor, pero que en esta ocasión realiza una interpretación bastante antipática y sobreactuada.

La dirección de Scorsese es modélica, y como es habitual en él, con impactantes hallazgos visuales, como los travellings desde el punto de vista de las bolas de billar, el tratamiento del sonido —el golpeteo de las bolas como icono sonoro—, un montaje rápido alternado con escenas de tempo más lento, como algunas jugadas virtuosas ejecutadas por los propios actores y rodadas en plano secuencia.

La fotografía de Michael Ballhaus, de tono azulado, simula la fuerza expresionista del blanco y negro, potenciando los escasos puntos de luz y las sombras de las salas de billar. Chirría por desgracia una banda sonora algo heterogénea, con temas muy interesantes junto a otros de aire discotequero, que la aleja de la sobriedad de la banda sonora de Kenyon Hopkins en El buscavidas.

Cuando hemos acabado de ver en sesión continua El buscavidas y El color del dinero nos sentimos próximos a Eddie Felson, tanto en su desnortada juventud como en su serena madurez, compartimos sus defectos, debilidades y sus escasos momentos de gloria y logramos aprender la lección: en ocasiones para poder redimirnos y ganar la partida final, hemos de sufrir y perder, desde seres queridos hasta fortuna o una falsa posición social; esa es la dura senda que hemos de recorrer para recobrar nuestra autoestima.

Parece algo pretencioso para sólo dos películas sobre el mundo del billar, pero es que la vida, de verdad, tiene carambolas muy extrañas.

Escribe Miguel Angel Císcar

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