Olympia (1938) de Leni Riefenstahl

  08 Julio 2012
Deporte y propaganda política 

olimpia-104Desde los tiempos de “pan y circo”, el espectáculo, en cualquiera de sus múltiples posibilidades escénicas, ha tenido en muchas ocasiones un efecto propagandístico. En el siglo XX, con la popularización de los medios de comunicación escritos, la radio y la televisión, las figuras del deporte adquirieron un rol mediático que los estados supieron utilizar para sus propios fines. El deporte sirvió, como otro tipo de acontecimientos, para remarcar o poner en valor determinadas actitudes que convenía destacar para la consecución de un fin.

Jesse Owens compitiendo contra la idea de una raza aria superior en las Olimpiadas de Berlín en 1936, Mohamed Ali encarnando la rebeldía frente a la guerra de Vietnam y los prejuicios racistas a finales de los 60 en EE.UU., figuras del deporte que sirven como ejemplo en conflictos bélicos, deportistas que son utilizados como el ejemplo perfecto de las virtudes del Estado (los programas deportivos de los países comunistas como Cuba o la URSS en los 70).

Y también el uso del deporte como elemento de unión en países fragmentados socialmente por las dictaduras como en Brasil en 1970, con una selección de fútbol cuyo brillo maquillaba la oscura realidad social y política del país, o el triunfo de la selección argentina en 1978 que unía al país en torno al fútbol en un momento especialmente duro (dictadura militar, asesinatos, desaparecidos, etc.).

En la España franquista, en los tiempos de autarquía y aislamiento internacional, el deporte sirvió para fomentar la idea de patria con las victorias de deportistas aislados (Santana, Fernández Ochoa, Bahamontes, Ocaña) o deportes de equipo como el fútbol (equipos cercanos al régimen, el triunfo de España en la Eurocopa de 1964 frente a la Unión Soviética).

El uso de las manifestaciones deportivas por los poderes del Estado tiene su traducción en numerosas películas y documentos fílmicos. En este artículo nos centraremos en el documental sobre las olimpiadas celebradas en Berlín en 1936, Olympia, dirigido por Leni Riefenstahl. Si ya no creemos en la supuesta objetividad del género documental cuando las condiciones son neutras y limpias, pues concedemos una importancia vital a la mera elección del lugar donde se sitúa el objetivo, la duda crece exponencialmente en aquellos momentos históricos donde la falta de libertad y la presencia de los poderes del Estado se imponen de una manera brutal sobre los ciudadanos mediante el uso de la propaganda totalitaria.

El análisis crítico se torna fundamental cuando unimos el espectáculo deportivo de una olimpiada, tan propensa al espectáculo mediático, con la voraz propaganda de la Alemania nazi, por lo que hay que desentrañar los valores que motivaron su génesis, y sobre todo, conocer qué nos está mostrando no solo en la superficie sino en su interior.

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Alemania. Berlín. 1936

Olympia inauguró la serie de documentales que han servido como testimonio para ilustrar las efemérides deportivas celebradas cada cuatro años. Quizá ahora han perdido parte de su funcionalidad por la inmediatez de la difusión de las imágenes, pero a lo largo de la historia de las olimpiadas modernas, los diferentes documentales han dejado constancia del evento deportivo y también del momento social y político en que se desarrollaban.

La realización de estos trabajos siempre ha contado con nombres destacados dentro del panorama cinematográfico, así destacan directores como Kon Ichikawa, Claude Lelouch, Milos Forman, Arthur Penn o John Schlesinger entre otros, y las películas con motivo de la celebración de Munich 72 (Ocho visiones) o Los Ángeles 84 (16 días de gloria) son muy interesantes por su elaboración estética.

El periodo histórico que se vivía en Europa en 1936 era lo más alejado del espíritu de amistad y hermanamiento del que hacía gala el argumentario del barón de Coubertin. El ascenso del nazismo, con su actitud prebélica y las muestras de racismo hacia el pueblo judío, hicieron que países como España renunciaran a su participación (que luego se confirmaría por nuestra guerra civil) y otros como EEUU estuvieron a punto de no acudir.

La consolidación del fascismo en Italia, la Guerra Civil española, que empezó unos días antes su lucha contra el golpe militar dictatorial de Franco, y las ambiguas actitudes de las potencias europeas ante el crecimiento de la Alemania nazi, contribuyeron a la creación de un ambiente tenso que iría creciendo a lo largo de los meses siguientes.

Mientras tanto, Hitler encargó a Goebbels que se volcara con las olimpiadas para convertirlas en el gran exponente de la nueva Alemania. El ministro de propaganda se apoyó para este evento en el arquitecto del régimen, Albert Speer (1), y en la cineasta Leni Riefenstahl. Speer y Riefenstahl ya habían mostrado su eficacia para la difusión del nazismo a raíz de los encuentros celebrados entre 1933 y 1935 en Nuremberg con ocasión de los actos del partido.

Speer, arquitecto oficial Hitler y que en el último gobierno nazi llegó a ejercer como ministro de armamento, utilizaría sus conocimientos para establecer el diseño de los actos. Leni Riefenstahl, conocida actriz, directora y montañera, destacó por sus películas en los años 30, y tras un acercamiento a Hitler terminó convirtiéndose en la documentalista oficial del nuevo régimen. Tras la derrota de Alemania, Speer fue condenado a 20 años de cárcel y Leni Riefenstahl fue denostada por su apoyo al Tercer Reich lo que marcó el declive de su carrera, aunque años más tarde retomaría su carrera como fotógrafa (2).

El documental El triunfo de la voluntad, uno de los trabajos más reconocidos de Riefenstahl, filmado en 1934 para uno los actos del partido en Nuremberg, es un claro ejemplo de cómo poner la estética cinematográfica al servicio de un partido, estableciendo un patrón fílmico que Olympia recogerá adaptándolo a un evento deportivo.

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Olympia

El documental comienza con una serie de imágenes de unos atletas que nos retrotrae a la Grecia clásica. Unos travellings sobre las antiguas ruinas clásicas nos introducen en el origen de los Juegos Olímpicos, filmando las estatuas de atletas griegos que, acompañadas de una música sinfónica, se encadenan con la representación real de atletas desnudos que ejecutan las disciplinas clásicas como lanzamiento de disco, peso o jabalina.

En los juegos de Berlín fue la primera olimpiada de la época moderna donde se realizó el ritual del relevo del fuego olímpico desde Grecia hasta el país anfitrión y Leni Riefenstahl filma el traslado de la antorcha a lo largo de los diferentes países (Bulgaria, Yugoslavia, Hungría, Austria, Checoslovaquia, que unos años después serían anexionados por las tropas de Hitler) hasta llegar a Alemania. Como hiciera anteriormente en El triunfo de la voluntad, donde Riefenstahl filma el avión del Führer que se acerca a Nuremberg, aquí es una espectacular toma aérea la que nos aproxima al estadio olímpico, para mostrarnos el desfile inaugural.

La primera parte del filme, denominada Festival de las naciones, transcurre con las pruebas de atletismo donde la directora alemana enmarca la acción que transcurre en la pista con el aforo siempre lleno de público para destacar la imagen triunfalista de la organización. Para la recreación de las diferentes pruebas se utilizan unos estéticos primeros planos para las pruebas individuales que se combinan con la utilización de la cámara lenta y planos generales para las pruebas que se desarrollan a lo largo de la pista de atletismo, creando tensión con los rostros de la multitud. Destaca por su tratamiento innovador la filmación de la prueba de salto de pértiga, por la noche, con los atletas filmados en un plano contrapicado contra el cielo oscuro.

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Este primer bloque concluye con la prueba de maratón, donde se asientan las bases de la filmación moderna de este tipo de pruebas y cuyas características podemos observar actualmente: travellings sobre los corredores, planos de las piernas, sombras sobre el asfalto, esfuerzo de los corredores, etc.

El segundo bloque, Festival de la belleza, se inicia con unas escenas donde se muestra el descanso de los deportistas más allá de las pruebas físicas. Imágenes bucólicas, un cielo lluvioso, las gotas que caen sobre las hojas y la vida sana que el deporte simboliza. Riefenstahl se recrea con el retrato de los deportistas entrenando, preparándose, e incluso unas escenas de cuerpos masculinos que recuerdan a las imágenes de los marineros de El acorazado Potemkin.

Tras este interludio, la película retoma la filmación del resto de pruebas como el pentatlón que, por la participación de oficiales del ejercito, aparece revestida de características militares (prueba a caballo, tiro con pistola, etc.), el decatlón, la gimnasia y, sobre todo, los saltos de trampolín, en los que el tratamiento estético de la prueba (montaje, cámara lenta, elección del punto de vista de la cámara) alcanza uno de los momentos álgidos del documental.

Olympia es, por último, un ejemplo del uso del montaje (3). Su creadora empleó dos años para estructurar todo el documental y conseguir uno de los aspectos más importantes de esta obra, el ritmo. Ritmo con el que juega Riefenstahl para incrementar la tensión de las pruebas y donde la música juega un papel fundamental convirtiendo algunas escenas deportivas en auténticos ballets musicales.

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¿Una obra al servicio del nazismo?

Al contrario que la obra estrictamente política de Riefenstahl, conocida como la trilogía de Nuremberg, formada por Der Sieg des Glaubens (Victoria de fe, 1933), Triumph des Willens (El triunfo de la voluntad, 1934), a la que ya hemos referencia con anterioridad, y Tag der Freiheit: Unsere Wehrmacht (Día de libertad: nuestras Fuerzas Armadas, 1935), donde el carácter propagandístico del régimen nazi es innegable, Olympia, por su propia temática deportiva, donde el objetivo principal es documentar para la posteridad los principales acontecimientos deportivos, no acentúa de una manera tan intensa las ideas del nazismo como los documentales nombrados, pero sí que hay algunas características que conviene apuntar.

En primer lugar, destaca el triunfalismo del régimen alemán. El estadio olímpico, repleto de personas, es mostrado como una suma de individuos que se diluyen en una gran masa que parece tiene una sola voz. La grandiosidad que exhibe Riefenstahl, reforzada a lo largo de todo el documental, tiene el mismo objetivo que la exhibición de innumerables personas formadas frente al líder en los actos del partido. Este objetivo tiene la función de explicitar una respuesta homogénea del pueblo alemán. Y cuando aparecen los primeros planos de algún grupo de personas siempre sirven para reforzar el general de la masa.

Además, las personas forman parte de un todo que se organiza de una manera milimétrica, trazada, adoptando esquemas militares que llenan los grandes planos generales. La idea que se transmite es, aun dentro de un marco deportivo, que hay una gran fuerza dispuesta a seguir fielmente al líder.

La presencia del líder es otro de los elementos a tener en cuenta. Hitler aparece siempre atento, vigilante, comentando con sus subordinados. La iconografía del uniforme del Führer dota al espectáculo deportivo de un aditamento militar. Se reivindica, por lo tanto, la figura del líder como conductor de una masa fiel y que no presenta fisuras.

La admiración por los cuerpos perfectos, algo que en este caso tiene su justificación por la práctica del ejercicio deportivo, le sirve a la directora alemana para situar en primer lugar la teoría de la raza superior. Si los resultados en la pista no favorecieron la supremacía aria, y Jesse Owens se encargaría de dejar sentado ese tema (en el documental se oyen en la banda sonora algunos silbidos cuando gana y la voz en off le tilda en una ocasión de negro), las imágenes se centran en los cuerpos ensalzando la belleza de los participantes con planos muy estéticos que centran la atención del espectador en la fortaleza física.

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Cuando en la última etapa de su vida Riefenstahl realizó el trabajo fotográfico sobre los Nuba, la tribu africana, volvería a recibir críticas pues a pesar de retratar personas de color, las fotografías desvelan el culto a la raza con las mismas características: perfección, belleza y, en definitiva, superioridad.

En cualquier caso, el cine, como el arte en general, no es un elemento independiente que esté al margen de la sociedad que lo origina. Cuando Olympia se estrenó en 1938 recibió unas elogiosas críticas pues lo cierto es que la concepción del documental sorprende por su modernidad (incluso visto ahora casi 75 años después de su creación), pero en ese año ya era prácticamente imposible pronunciarse de una manera objetiva pues la deriva política y moral de Alemania se veía como un elemento irrefrenable (totalitarismo, militarismo, supremacía de la raza aria, antisemitismo, depuraciones y asesinatos, etc.).

Por ello, aunque nos deleitemos con las imágenes de este inmenso fresco deportivo, los elementos que hemos intentado traer a primer plano confieren a Olympia un carácter de documento propagandístico de un Estado totalitario que enturbia el resultado final. En comparación con otros documentales donde la importancia recae en el espectáculo deportivo, Olympia transmite un mensaje, y en eso hay que reconocerle el mérito a Leni Riefenstahl, de loa a un país, la Gran Alemania, que comenzaba a imponerse en todos los frentes.

El problema de Riefenstahl es que no comprendió que en el cine, en este caso el documental, forma y fondo son una unidad y el carácter estético no siempre justifica mensajes que, desgraciadamente, apenas unos pocos meses después del estreno de Olympia la realidad se encargaría de certificar.

Escribe Luis Tormo


Notas

(1) Curiosamente el hijo de Speer, Albert Speer Jr., se encargaría del complejo olímpico de los juegos celebrados en Pekín en 2008.

 (2) Quien desee profundizar en las vidas de Speer y Leni Riefenstahl puede consultar, además de una amplia bibliografía, dos libros autobiográficos donde intentan justificar su contribución al nazismo en base al deslumbramiento que producía Hitler y donde, obviamente, minimizan su participación en el régimen y en todos los terribles acontecimientos que rodearon al nazismo.

 (3) Todos los datos de producción de Olympia son espectaculares. La maquinaria cinematográfica alemana puso a disposición de Riefenstahl todo lo necesario para filmar cualquier detalle de los juegos, desde un sinfín de cámaras, operadores y técnicos, así como la posibilidad de rodar el material que quisiera. Esto implicó que la fase de montaje se alargara durante dos años, por lo que el filme fue estrenado en 1938.

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