Million Dollar Baby (Million Dollar Baby, 2004)

  03 Julio 2012

El mundo de los perdedores 

Million_Dollar_Baby-1Tres personajes representan en la película de Clint Eastwood (1) el mundo de los luchadores sin fortuna: seres que sueñan con un momento del pasado que pudo suponerles un momento de gloria y que quedó para siempre suspendido en ese instante de realidad que nunca fue.

No basta con ser valiente para triunfar, dirá Frankie (Eastwood) a Maggie (Hillary Swank) al comienzo de la película. ¿Qué hace falta además? ¿Acaso ser deshonesto, tramposo? El país de las grandes oportunidades, ese que dicen que es Norteamérica, no se “abre” para todos, sólo para unos cuantos. Y esos no son nuestros personajes, los dos ya citados más Eddie (Morgan Freeman), un negro que aspiraba a campeón y que nunca llegó a serlo.

Million Dollar Baby habla de perdedores en una América que sueña con el triunfo. De chicas que sueñan con ganar millones de dólares. La mayoría lo único que obtiene son pequeñas propinas en sus oficios de camareras en mugrientos cafés. Pero lo importante es aspirar, luchar por salir de esos ambientes. Por algo la película se desarrolla en el país de las oportunidades... perdidas. Y también de la violencia, y la mentira.

Paul Haggis, el guionista, tiene que ver mucho con la visión que muestra la película (como demostrará en la posterior Crash, su primer filme como realizador), pero, por ahora, en este filme, sin duda, el que llega a unas determinadas conclusiones coherentes con su personal (y larga) obra es Eastwood.

Haggis y Crash dejan muy claro que se mueven por otro camino: su más aparente que brutal discurso antirracista, introduce un canto a un país como América, capaz de acoger en sus “brazos” a gente de todas las razas y creencias. Casi nada. Algo que desde luego no aparece aquí. Aunque aparezcan en el filme de Eastwood gentes de distintas razas será para contarnos otras cosas, otras formas de llegar a hablar de la desesperanza, de las trampas, de los engaños, de la violencia, de las mentiras más viles.

Película oscura, iluminada casi exclusivamente por los combates de boxeo donde la sangre y los focos sobre aquellos que gritan y se dejan llevar por la violencia, contrastan con los gimnasios destartalados, con los hospitales siempre silenciosos y solitarios, con los lugares perdidos en medio de ningún sitio.

El comienzo del filme deja las cosas claras, al tiempo que define con simples rasgos a cada uno de los personajes principales. Asistimos a un combate de boxeo. Una chica mira lo que ocurre en el ring. Nadie repara en ella a pesar de que ha boxeado en uno de los combates iniciales. Esos a los que nadie presta la más mínima atención. La mirada de la mujer se centra en un viejo manager que está intentado curar las heridas de su boxeador para que pueda seguir el combate y... ganarlo. Ella sabe que ese hombre, el que ha conseguido que un boxeador derrotado gane un combate que tenía perdido, debe ser su entrenador. Una espera en el pasillo del local y una aparente conversación sin esperanza. “Deseo hablar con usted”, dice ella. “¿Acaso le debo dinero o conozco a su madre?”, pregunta él. Se acaban de conocer dos seres que tienen mucho en común, aunque de momento no lo saben. Y, al menos él, curtido en mil batalles se encuentra a la defensiva. Probablemente por eso, él rechaza entrenarla.

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Frankie, ése es nuestro hombre, tiene bajo su conciencia muchas cosas, demasiados recuerdos que le culpan. Su vida parece marcada por esa palabra tanto en el boxeo como en la vida. ¿Acaso hay tanta diferencia entre un mundo y el otro? Frankie quiere triunfar, o mejor, desea que alguien de su entorno triunfe. Pero ahora, en la última etapa de su vida, reconoce que sólo ha conocido los sinsabores de derrotas cercenadas por los múltiples remordimientos que le corroen. Es por eso por lo que retrasa una y otra vez la “ascensión” de sus mejores púgiles. Quiere que estén totalmente preparados para poder llegar con ellos a lo alto. Y es tan difícil. O quizá sepa que ante él se abren demasiados abismos para poder encontrar en sí mismo el triunfo. Y si él arrastra el fracaso también aplastará a los que le acompañen. De ahí, de esa nueva derrota (en la vida o en el boxeo) nacerá un nuevo problema de conciencia. 

Frankie es una persona atormentada. Pero a pesar de sus fracasos espera una oportunidad. Quizá la última. Elevar a un púgil a lo alto, poder abrazar, y ser por tanto perdonado por su hija. Sus dos familias (la pugilística y la real) le conducen a un pozo sin fondo. Ahí está la obsesión de la culpa, el haber hecho las cosas mal, el no haber tomado la decisión correcta en el momento decisivo.

Un simple detalle, aparentemente accesorio, nos dice que es irlandés, un apasionado lector de Yeats en traducciones galaicas, una forma de intentar recuperar sus orígenes. Lo de menos es que Yeats escribiera todas sus obras en ingles. Frankie es un desplazado en todo que busca, desea hacer. Su problema es que no sabe cómo llegar al fondo de la cuestión, a obtener el triunfo. Lo suyo, aparentemente es el boxeo, pero quizás lo que le guste de verdad sea ocultarse de todos, ser el rey en el país de la nada.

Por eso sueña en perderse, en vivir en un lugar solitario donde nadie pueda encontrarle. Allí, encerrado en sí mismo, podrá encontrar la paz y la tranquilidad. Alejado de gritos y de peleas. Pero ¿alguna vez podrá dejar de pelear? ¿O existe, acaso, algún sitio dónde alguien pueda vivir sin enfrentarse a algo? Por eso Frankie es un amante del boxeo, porque sabe que la vida es un combate y que siempre hay que estar preparado y atento a los mil golpes que pueden venir de nunca se sabe dónde. 

Todos los días (“hace 23 años que lo haces”, dice el cura) acude a la iglesia para rezar y para preguntar al sacerdote sobre tal o cual cuestión más o menos dogmática que no entiende, o simplemente para inquirirle sobre el sentido de la vida. Y sobre las razones de sus fracasos profesionales y personales. Por ejemplo, por qué le abandonan sus mejores púgiles y por qué otros llevan el estigma de la derrota como su amigo Eddie, que perdió un ojo por no decidirse a parar aquel combate necesario para el púgil. Era el combate 109 y Eddie se había marcado llegar al 110. No llegará nunca a celebrarlo al menos delante de los espectadores que exigen sangre. Aunque a lo mejor puede venir de otra forma: como una pequeña compensación a su larga espera. 

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Pero, para Frankie, todo eso quizá no son más que pequeños fracasos que ocultan el principal: la separación de la hija que le ignora, que una a una le devuelve todas las cartas que le escribe repetidamente. Frankie posee cajas enteras repletas de cartas siempre devueltas al remitente. Nunca sabremos que pasó entre ellos dos, tan sólo que se separaron quizás por un mal entendido, probablemente porque nunca llegaron a congeniar. Una familia, la suya, rota, como tantas otras. 

Frankie, en su lento caminar, con su espalda siempre encorvada, en la oscuridad que siempre encierra su cara, muestra la derrota, el signo del fracaso. Es importante la forma en que la película muestra a los personajes, les caracteriza, dice todo de ellos con un solo rasgo en ese comienzo en el ring, en el cinismo piadoso que representan las conversaciones entre Maggie y Eddie, o en la forma de representar la preocupación por las cuestiones religiosas. 

Cómo olvidar ese momento excepcional, gran definición del personaje, al mostrarle en uno de los primeros momentos del filme, arrodillado en su habitación, pidiendo por su hija. Eso son los detalles importantes, sugerentes, capaces de retratar a un personaje. Algo que Eastwood ha aprendido a través de hacer películas y de observar a los maestros con los que trabajó.

Entre Eddie (que vive en el propio gimnasio de donde probablemente no sale si no es para ver otro combate) y Frankie existe una amistad que podríamos denominar fordiana. Seres que se miran, se conocen, saben cómo tratarse. Una amistad por encima de aquella “culpable” pelea, presente en ese ojo perdido del boxeador. Eddie sabe lo que significa combatir, la dificultad de vivir, de salir airoso de cada combate diario. Sabe también lo que para Frankie significa esa hija que le ignora y probablemente incluso le odie.

Por eso la película, como se muestra al final, no es ni más, ni menos que una larga carta que el amigo escribe a esa hija que ha “renegado” del padre. Simplemente para que sepa cómo es, cómo fue ese hombre que al final del filme desaparece hacia alguna parte después de haber perdido su último combate, en un último intento por encontrarse finalmente consigo mismo o esperar la muerte una vez que ha conocido a alguien que pudo ser su hija y cuyo trágico fin supone su máximo sentido de la culpabilidad. Trágico momento en el que se une el sentimiento del amor y la muerte. Lo más terrible es que sea él quien se vea obligado a matar a esa chica que ha representado, incluso, la razón por la que ha perseguido el triunfo: un instante que supone ya un declive de su vida. Y mata a la chica, a su pesar, accediendo a la petición que ella le hace, porque le es imposible seguir mirando a alguien que fue hecha para luchar convertida prácticamente en un vegetal.

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El honor de los vencidos

Trío protagonista formado por perdedores en un mundo de (falsos) ganadores. Dos hombres con pequeñas o nulas esperanzas y una mujer dispuesta a vencer, a convencerse y convencer que puede hacer en la vida algo más que esperar coger el próximo tren. Hay que cogerlo, si es preciso, en marcha, porque a lo mejor nunca habrá un próximo tren.

Maggie, a pesar de sus años, piensa que la edad no es obstáculo para que pueda triunfar en el boxeo. Para conseguirlo hay que poner voluntad. Ha tenido un sueño que desea hacer realidad. Lo tiene en cuenta al dirigirse al comienzo a ese hombre que sabe cómo hay que combatir. Aunque sabe que tendrá que vencer todas sus reticencias.

Dos miradas y dos seres que convergen a través del boxeador que nunca pudo llegar a alcanzar su meta. ¿La alcanza alguien? ¿No es la vida una lucha constante para intentar salir adelante? He ahí la estupenda metáfora que desgrana el filme, lo que lleva al propio director a afirmar que su película no es de boxeo. Es mucho más: presenta la lucha diaria por subsistir, por llegar a alguna parte. Luchar por y para vivir, para entender, para saber, para ver la luz más allá de la oscuridad en la que viven los personajes.

La vida, como el entrenamiento para el combate, es dura. En todo momento hay que estar practicando y sobre todo estar alerta, preparado, en guardia. La traición puede producirse en cualquier momento. No puede uno despistarse ni un solo momento. Bajar la guardia significa quedar en manos de los otros. Y eso es lo que le ocurre a Maggie cuando su sueño está a punto de hacerse realidad. Pero baja la guardia porque cree en la nobleza, en la honradez de los otros y eso se paga caro. Ella, como Eddie o Frankie, pertenece a otra clase de personas. Esas que dan todo por el amigo, que nunca traicionan.

Hay un paralelismo entre el púgil primero y Maggie. El primero, al ver que Frankie no se decide a que opte al título no tiene reparo en cambiar de apoderado. De ir en busca de quien le ofrece el combate al que Frankie se opone. Poco importa que su manager le haya resuelto miles de problemas, que sea su amigo. Si no quiere que pelee por el título no se debe a que no crea en él. Se debe a que teme que no alcance el sueño y se esfume para siempre otra ilusión más. Por eso pide paciencia. Algo que no es fácil asumir. Pero no habrá rencor después de la traición, sino alegría cuando el púgil al que él entrenó gane el título.

Con Maggie la actitud de Frankie es semejante. Se niega a que pelee por el título. Teme que una boxeadora “tramposa” haga imposible su triunfo. Como con su anterior púgil, hace lo imposible por llevarla hacia delante. Sin que Maggie lo sepa, Frankie tiene que “pagar” para que pueda pelear, ya que nadie quiere a una boxeadora tan rápida como ella, capaz de noquear de salida a su contrincante.

Cuando Frankie se niega, al principio, a que combata por el título, ella no le traiciona. Es uno de los muchos hermosos momentos del filme. Hay que saborear la forma como rueda ese instante, la planificación perfectamente estudiada. Eddie ha acompañado a Maggie a una cafetería. Le ofrece un pastel por su nuevo cumpleaños. En el extremo de la barra se encuentra uno de las personas que puede hacer posible que ella boxee ese soñado combate. Eddie se lo comenta: “no tienes más que dar un paso y decir aquí estoy yo y aceptó”. Eddie, después de decir esas palabras se marcha. Deja sola a Maggie a un lado de la barra del bar. Al otro lado está el promotor. Otra especie de ring. Maggie se acerca al promotor. Se presenta, le dice lo que desea, y lo que él espera que acepte. Sólo habla ella. Y al final deja claro que no le interesa ese ofrecimiento, que ella nunca traicionará a Frankie. Sólo boxeará cuando él lo proponga. Honradez, amistad, fidelidad por encima de todo. La nobleza como homenaje a los nobles personajes del cine clásico norteamericano.

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El albornoz, el cielo

Frankie, noble y atormentado irlandés, siempre soñando en el mundo del procede, regala a Maggie, en su primer combate profesional, un albornoz que lleva impresas unas palabras en galaico. Palabras que el público corea una y otra vez en sus combates. Pero ella ignora lo que quieren decir. Pregunta a Frankie por su significado, pero la respuesta es siempre la misma: te lo diré el día que triunfes.

Sin embargo, no podrá cumplirse la promesa de esa forma. El significado lo conocerá Maggie en el último suspiro de su vida. Para ella ya no hay ninguna esperanza de lucha. El combate está decididamente perdido. Frankie le susurra a Maggie el hermoso adiós como despedida de este mundo: “Mi querida, mi amor”, las palabras que aparecen en el albornoz. Instante que además señala el soñado, e imposible, triunfo sobre la chica que debió ser su hija. El sueño, el de Frankie, también ha desaparecido. Mientras muere Maggie la veremos, en un plano mantenido, marchar en la noche por el largo pasillo del solitario hospital hacia un lugar apartado donde ya nadie le espera, ni nada existe... salvo quizá un cielo reconvertido en la mejor tarta de limón del mundo. 

Con anterioridad, en una más de las muchas excelentes secuencias del filme, Frankie y Maggie han llegado a un café protegido de cualquier mirada situado en un lugar imposible de encontrar. Tan destartalado como el propio gimnasio de Frankie. Pero allí se prepara la mejor tarta de limón del mundo. Un sitio perdido en cualquier lugar del país, sólo conocido por unos cuantos aunque “cantado” por otros muchos. Es el sitio ideal para descansar o morir. Se encuentra rodeado de árboles. Es difícil de encontrar porque es un lugar único. Un cielo donde sólo son admitidos los bienaventurados perdedores. Es su lugar de reposo, el descanso que espera a los aguerridos guerreros incapaces de aceptar lo vulgar, deshonesto o traicionero. Su camino termina allí mismo. Donde nadie jamás podrá llegar a romper la esperanza de la victoria. 

En este sentido, Million Dollar Baby tiene bastante que ver con Crash. Ambas hablan de América, de la lucha de unos y otros por intentar abrirse paso en el país donde todo es posible. Pero hay una gran diferencia, como ya se ha indicado: Crash es una apología encubierta de un país que a pesar de todo abre sus brazos a las distintas etnias. Fracasados y derrotados, pero con patria o casi. Eastwood es mucho más duro en sus conclusiones. Aquí la esperanza sólo se encuentra en el lugar perdido o en un más allá donde no hay traiciones, sólo amigos capaces de acompañarte, de darte la mano para que no te pierdas en la oscuridad. Al tiempo que te susurran hermosos mensajes de amor antes de la partida final. Derrotados victoriosos. 

La secuencia de la visita al escondido café se une con dos momentos realmente interesantes. El primero corresponde a la visita que Maggie realiza a su familia acompañada por Frankie. Se plantea una especie de unión entre la vida de los dos protagonistas. Al igual que Frankie quiere ser querido por su hija, Maggie desea que su familia la quiera. Por ello le compra una casa, la trata con mimo ante la indiferencia y quejas de su madre y hermanas. Ellas no quieren casa sino dinero. Le exigen cosas distintas a las que ella les ofrece. Poco les importará luego su enfermedad o su muerte, sólo quieren, como se muestra en las secuencias del hospital, hacerse con el dinero de una hija que para ellos no existe más que como forma de rentabilidad.

Frankie, por su parte, ha sido rechazado por su hija. No sabemos la razón. Poco importa. Con gran regularidad él le escribe unas cartas en las que probablemente reclama constantemente perdón por lo que pudo llevarles a distanciarles. Cartas que, como se ha dicho anteriormente, son devueltas sin haber sido leídas.

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Dos historias que se unen por medio de dos familias que distan mucho de ser unión, comprensión, amor. El destino se ha equivocado al repartir a los seres. Quizá resulte demasiado esperpéntica y tópica la familia de Maggie (burdos retratos que tanto parecen ser del gusto de Haggis, el guionista). Esquemáticos y exagerados personajes donde nada falta. Se representa la abnegación frente a la codicia. El desequilibrio de la balanza. ¿Quién es o representa en realidad la familia? 

El segundo momento de interés en este bloque temático expone claramente la visión de alguien enfrentado a su pasado. Maggie y Frankie han parado en una gasolinera. Frankie sale de su destartalado coche. Enfrente hay una ranchera donde una niña espera a su padre. Abraza un perro. Maggie mira a la niña. Ella le devuelve la mirada y ambas sonríen. Niña y mujer señalan el encuentro de dos vidas en un camino de ida sin vuelta atrás. Tras la sonrisa de aquella niña se encuentra la propia Maggie sosteniendo el perro querido que su padre se vio obligado a matar. Excelente secuencia que supone una relación tanto con el pasado como con el futuro. Seres que a veces se ven obligados a matar, para evitar el sufrimiento o la sensación de inutilidad de las personas que más quieren o necesitan. 

Maggie acaba de redescubrir su infancia perdida y, sin darse cuenta, en ese momento queda descrito su posterior trágico destino. Es un instante también abierto a confesiones. Maggie preguntará a Frankie si tiene familia. Él le contesta que tiene una hija. Eso es una familia, responde Maggie. Pero eso quiere decir otra cosa: ella es, en realidad, la hija en la que él piensa. Dos seres idénticos y opuestos, negados por el destino.

Maggie no tiene padre (ni realmente familia), Frankie es como si no tuviera ninguna hija. Dos seres que comprenden que deberían haber formado parte de una misma familia. La hija sin padre, el padre sin hija. Los recuerdos. Un viaje en el destartalado coche por lugares solitarios narrado de forma perfecta por medio, casi en su totalidad, de un montaje de primeros planos que van alternándose a partir de la propia oscuridad. 

Finalmente, la secuencia concluye con la llegada a ese imposible y oscuro paraíso que en el fondo parece todo menos un edén. Unas cuantas mesas, pocas, ocupadas, una negrura y una tarta de limón tan perfecta que rememora el cielo. Las luces del ring, el griterío de los combates está muy lejos de aquel ambiente. Aquí se siente, se respira la tranquilidad, la paz, el amor incluso en la forma de preparar cariñosamente una inolvidable tarta.

A continuación, después de esta excelente secuencia, se va a romper el hechizo de un momento de “gloria”, de un instante en el que se ha estado más cerca que nunca de la posibilidad del sueño. Será el combate por el título con su griterío, con ese halito de falsedad, con esas caras enrojecidas por la violencia, con la negatividad y el odio acabando con la esperanza del triunfo, con el imposible deleite de un cielo que haga olvidar la brutal realidad de la vida.

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La traición, el sueño a punto de cumplirse

La escena del combate da un vuelco a toda la película. El triunfo nunca lo podrá alcanzar Maggie, ni lo podrá saborear Frankie. Un golpe traicionero propiciado por la vencida hará imposible que el deseo se cumpla, que aquello por lo que tanto se ha luchado se haga realidad. Y, aún más terrible, aunque de forma accidental será Frankie el que lleve marcada para siempre la señal del desastre: el banco que acaba de colocar para que se siente Maggie, es sobre el que “rebota” su cabeza después del golpe traicionero de la boxeadora alemana.

Ante este absurdo estallido de violencia, Eastwood parece recordar en este instante un singular plano de uno de sus maestros, Don Siegel: la cámara en grúa, asciende por encima de los personajes, alejándose del ring, de los personajes. No comparte la violencia, la “injusticia” que refleja ese instante. Un cierre de secuencia idéntico a aquél en que Clint Eastwood, en la primera película de la serie que interpretará sobre el inspector Harry (Harry el sucio), golpea brutalmente al delincuente al que acaba de coger en el campo de béisbol. Allí, igual que ahora, la cámara asciende en grúa como repudiando tal acto, intentando no sumarse a tan gratuita violencia. Clint Eastwood, que ya dedicó Sin perdón a sus dos maestros, Siegel y Leone, no puede olvidar las lecciones que aprendió de ellos en las películas que intervino como actor.

Pero la secuencia no es el final del filme. Es como un punto y aparte. O mejor, lo que lleva a la conclusión de la historia. El traicionero golpe a Maggie ha noqueado también al espectador. La luchadora en busca de su sueño se ve ahora conducida a un camino sin retorno. No podrá moverse, no podrá vivir sin asistencia de aparatos que la permitan seguir manteniendo una absurda vida. Incluso su pierna le ha sido cortada. Y ella, eterna luchadora, no puede aceptar verse así, impotente.

Sólo Frankie y Eddie la acompañan en estos momentos. Frankie leyéndole los libros de Yeats, pensando quizás el lugar de donde vino para hacer realidad un sueño imposible. Y mientras van desgranándose las palabras de un poema sobre un cabaña perdida y hermosa donde reina la paz, ambos quizás pensarán que Yeats ha definido mejor que nadie el cielo que un día encontraron perdido en el tiempo y en el espacio. Un lugar real o ideal. ¿Qué más da? Soñado o vivido les lleva a sentir la razón de una vida en un lugar parado en el tiempo. Desde ahí la lucha, el amor, la amistad será ahora otra cosa. Luchando, han conseguido llegar al final del camino y ahora, al volver allí, ni siquiera habrá que estar alerta, porque ahora ya nadie tiene que protegerse de nada.

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En esta parte final aparece de forma contundente la anteriormente señalada hermosa simbología de la película: la lucha por la vida. La vida es el gran combate que cada uno debe afrontar. Con condiciones y reglas determinadas. No hay que esconderse, sino afrontar las ocasiones que se presentan: luchar por mantenerse en pie, por abrirse paso en la vida para sentir que se ha tratado de hacer posible un sueño antes de morir. “La gente muere todos los días y nunca tuvieron una oportunidad. Hay que tenerla como Maggie la tuvo”, dirá Eddie a un abatido Frankie. Ahora ya no importa morir. Porque al menos, aunque no se haya cumplido del todo, se ha acariciado el sueño del triunfo.

El problema de Maggie (y de Frankie), a pesar de los continuados consejos, ha sido no saber protegerse. Y en todo instante hay que estar alerta, protegerse. Hay que estar atento para salir airoso de la gran comedia o drama que es la vida. Protegerse de todo y de todos. Al final lo único que realmente quedará, y será válido, en un mundo donde cada uno va a lo suyo, es la verdadera (y nunca interesada) amistad. Cruel conclusión, pero desde luego no la única posible. Una vez terminado el combate, saboreado casi el sueño, sólo queda el morir dignamente. 

Se puede comparar el final del filme con todo Mar adentro para comprobar la gran diferencia que existe entre ambos títulos. El de Amenábar es pretencioso, sensiblero, ligero en el tratamiento del tema de la eutanasia. El de Eastwood se enfrenta al tema con seriedad. Los personajes aquí no son planos como en la película española. Sufren, se debaten, presentan sus inmensas dudas y se dejan de entelequias bienintencionadas para poder salvar tan grave dilema.

Por eso Frankie es tan distinto al personaje que ayuda a morir al parapléjico en Mar adentro. Toma una decisión que cree necesaria por encima de todo, incluso de su propia “desaparición”. Mata a su “hija” para salvarla y nunca la olvidará. No es su hija biológica pero sí a la que siempre deseó tener. Momentos antes, bastante antes, en un intento de identificación con el padre muerto, Maggie le dice: “Sólo te tengo a ti Frankie”. La contestación suya es lacónica como todas sus palabras: “Pero me tienes”.

Maggie ha bajado la guardia después de ganar, como lo reconoce, pero también ha cumplido el sueño de su vida, ha intervenido en un gran combate, y ahora va a recibir la muerte del mismo ser que le llevó a cumplir el sueño. ¿Añadirá Frankie un nuevo concepto de culpabilidad a los muchos que atenazan su alma? ¿Se perderá para siempre hacia el suicidio, la nada... o hacia la verdadera vida? ¿Sabrá incorporarse nuevamente a la vida haciendo lo que siempre ha hecho: luchando? Difícil que así sea porque la muerte de Maggie es su propia muerte.

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Momentos antes de tomar la decisión ha pedido (tan inútilmente como siempre) consejo al sacerdote. Le ha contestado con una norma “natural” pero al tiempo difícil de comprender en (y desde) la vida: “Si la matas, escucha, olvida a Dios, el cielo, el infierno, si lo haces acabarás perdido en algún lugar en el que nunca llegaras a encontrarte”. ¿Será cierto? ¿O se encontrarán allá, en ese ningún sitio, Maggie y Frankie? ¿No será en la antesala del paraíso, donde ambos seguirán luchando para traspasar sus puertas? Son la síntesis de las palabras de Yeats: “Me levantaré y partiré hasta encontrar un cabaña. (...) Y allí me instalaré”. Y esas palabras, como queda dicho, hacen también referencia a un cielo lleno de tartas de limón. 

Al final, Eddie termina su carta a la hija de Frankie que vive en algún lugar. Quizá ahora la abra, la lea y sepa quién era en realidad su padre. Por eso el amigo se la ha escrito. Y le ha contado toda la vida de un hombre solitario, necesitado de amor, y que un día se perdió en la oscuridad.

Los tres perdedores que han protagonizado la película quizá no lo han sido tanto. Al menos se han arriesgado, algo que no ocurre con la gran masa silenciosa que vegeta en la vida. Frankie - Maggie - Eddie tres personas que tuvieron un sueño que no terminó por hacerse realidad. Fue por un momento el motor que hizo posible la realidad de sus vidas, aunque anduvieran por lugares no lujosos, aunque se movieran por inmuebles destartalados.

Incluso el propio Eddie podrá hacer realidad, aunque sin la gloria de las luces del gran ring, el ansiado combate número 110, enfrentándose a uno de los integrantes del gimnasio. A aquél que quería ridiculizar a Peligro, un ser abandonado por los suyos viviendo también en otros mundos imposibles parados en el tiempo: nada menos que piensa en vencer a un boxeador que ha dejado años de boxear. ¿Perdedores vencedores? ¿Luchar o ganar? ¿Vulgares o distintos? 

Peligro, el único boxeador de buen corazón, como dirá Eddie en el instante de aquel combate marchó del gimnasio desengañado (¿de la vida?) al ver como los otros púgiles se reían de él. Pobre Peligro que tan sólo quería luchar contra un tiempo pasado. Se niega, en ese instante, a vivir. La lucha por la vida le parece demasiado dura y le da la espalda. Pero al final, en el último instante, en uno de los planos que cierran la película, vuelve nuevamente al gimnasio para poder seguir preparándose para luchar o al menos para saber protegerse. Él, como cualquier persona digna, honrada, sabe que a la vida hay que mirarla de frente, y buscar en su camino un sueño, grande o pequeño, mítico o real, porque eso es lo que al fin y al cabo da fuerzas para seguir caminando hacia el nuevo día.

Escribe Adolfo Bellido


(1) Este artículo forma parte de un amplio monográfico de Encadenados dedicado a la película Million Dollar Baby en noviembre de 2007. Si quieres leer el resto de textos, aquí puedes encontrarlos:
http://www.encadenados.org/nou/n-51-million-dollar-baby/ 

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