Win win, ganamos todos (Win win, 2011)

  14 Junio 2012
Demolición fraudulenta

Win_Win-11Con un elenco de actores fajados en series televisivas de calidad que comprenden desde la setentera Baretta hasta los últimos éxitos de la primera década del siglo XXI (The Wire, Dos hombres y medio...), capitaneados por el prolífico Paul Giamatti, que igual sirve para un roto independiente como para un descosido del mainstream hollywoodiense, el guionista y director Tom McCarthy persiste en su empeño de mostrar el lado menos brillante, más oscuro, de la sociedad norteamericana de los últimos tiempos.

De ahí que el plantel de actores haya forjado su carrera en la televisión, pues su modo de representación en su vertiente más realista, más inmediatamente predispuesta para acoger los cambios sociales y hacerse eco de los detalles nimios, cotidianos, excluidos de las producciones respetuosas con los cauces genéricos (pre)establecidos, confieren al modelo catódico una mayor libertad para discurrir por las corrientes subterráneas que están horadando los pilares, hasta hace poco inamovibles, del American way of life.

McCarthy transita por una senda más recóndita, más intimista, alejada tanto del aspaviento de Oliver Stone y del histrionismo hiperbólico de Michael Moore, como del pseudo-documental rayano en el panfleto de Inside Job o de La doctrina del shock. No interesan las causas objetivas que han conducido al desastre económico, los porqués explicativos, ni tan siquiera los efectos generalizados de los mismos; al contrario, se persigue mostrar un caso concreto y tangible, una situación única y personal, pero que sirva de paradigma amplificador dentro de su retórica de tono menor.

No obstante, debajo de un discurso basado en gestos, en miradas, en planos medios y primeros planos, en elipsis y sobreentendidos late una encrucijada moral, un dilema ético al que el personaje de Giamatti —Mike Flaherty— se ve arrostrado y arrastrado como consecuencia de los estragos de la crisis económica: mayor importancia que el desmantelamiento de las fuerzas productivas alcanza el desmoronamiento de los valores en los que se debe sustentar el uomo qualúnque al que encarna Giamatti. La renuncia a la honradez y la sinceridad supondrían un desahucio total, irremisible, su pérdida de identidad social y personal, aun a sabiendas de que la perentoria necesidad económica y su noble empeño por salvaguardar a su familia de los embates de la procelosa tormenta de la crisis podían ser una disculpa, una justificación que al final se le vuelve en contra y que está a punto de engullirlo.

El director y guionista ha optado por un discurso propio del reforzamiento de valores auspiciados por la presidencia Obama; por una apelación a la capacidad de esfuerzo y sacrificio inherente al americano medio, cuya línea roja —la falsedad, el engaño, la trampa— no debe ser cruzada, transgredida, pues la marginalización y la criminalización lo esperan a la vuelta de la esquina.

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Ese miedo, más bien pavor, que atenaza a la clase media media casi proletaria norteamericana, es el que sustenta el falso dilema moral que traza McCarthy: falso no solo por la ideología implícita que lo incapacita para resolver sus contradicciones y las de la sociedad envolvente, sino, lo peligroso, para la coherencia diegética de la película.

Que la estafa que Mike realiza prevaliéndose de su condición de abogado para apoderarse de mil quinientos exiguos, pero imprescindibles para la supervivencia de su núcleo familiar, dólares mensuales, a costa de pervertir la voluntad de un anciano cliente aquejado de demencia senil; que este pufo profesional devenga en un supuesto dilema ético al final de la película, sólo es posible por una forzada necesidad del guión.

¿Qué sucede mientras tanto, hasta el descubrimiento del engaño? Pues que el director aprovecha para mostrarnos el modus vivendi de una ideal familia americana de clase media y su efecto balsámico con aquellos personajes que han sido expulsados, marginados, de cierto statu quo social; en concreto, la hija toxicómana del viejo estafado, desaparecida del entorno familiar muchos años ha, así como la aparición catalizadora de su adolescente hijo, nieto del anciano, desorientado, perdido y a un paso de seguir los pasos peligrosos de su madre.

La redención del descarriado adolescente será para Mike una manera de mitigar su culpa. Gran parte de la película se centrará en la historia de Kyle, de su re-incrustación en el aparato social y familiar. La nula capacidad interpretativa del actor que encarna al personaje de Kyle Alex Shaffer, supone un obstáculo que resta dramatismo. Su hierática actuación es producto de su incapacidad dramática. Su elección actoral vino dada por sus cualidades para ejercer las secuencias de lucha libre (wrestling).

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El mecanismo de reinserción social será su participación en el equipo del instituto que dirige el propio Mike, a la sazón practicante de tal deporte en sus años de instituto. No hace falta subrayar la alegoría de la lucha libre: Kyle se muestra un magnífico luchador en la pista. Simplemente tendrá que aplicar sus cualidades deportivas en la cancha de la vida. Su ejemplar progresión servirá como detonante que acelere la falsedad moral del entrenador Mike, así como se convertirá en el acicate que espolee a Mike para afrontar sus responsabilidades postergadas.

Entre medias, la madre de Kyle, Cindy, se erige como la antagonista pérfida, cuya única motivación es conseguir dinero para seguir su descarriada vida. Al enemigo, pues, ni agua dramática se le ofrece.

La mujer de Mike, Jackie, será el puntal en el que se apoya el protagonista. Un amigo de la infancia, Terry, el compañero de penas: aun siendo este rico y triunfador, su vida se ha ido al garete, puesto que su mujer lo ha abandonado por el contratista que les había reformado la casa.

La máxima incorrección política en lo que respecta a la salud, aparte de la toxicomanía de la perversa Cindy, son los cigarrillos que fuma Kyle, para lo cual ¡pide permiso a Jackie! Como muestra del estrés que embarga a Mike, éste también fuma de vez en cuando un cigarro a escondidas, en medio de unos significativos contenedores de basura.

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La secuencia final muestra el camino correcto: Mike trabajando, después de su jornada laboral en el despacho de abogados, como barman. Así pues, el pluriempleo es la solución. En el hogar, la familia se ha reconstituido y reforzado con un nuevo miembro: Kyle.

Conclusión: un Paul Giamatti, que cada vez se asemeja más a Homer Simpson, es el vehículo interpretativo que McCarthy utiliza para llevar a cabo un radiografía realista-independiente de los estragos que la crisis económica está causando en los USA. Ahora bien, un realismo sin una intención ideológica que lo sustente es un mero mecanismo manierista, un callejón sin salida, una contradicción in terminis: si el mensaje reside en ilustrar el We Can de Obama, esta contención y resignación perjudica la fuerza dramática y narrativa, la constriñe.

Se nos muestran los bordes del abismo, pero en seguida se recula por miedo, incapacidad o cobardía.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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 Título  Win win (Ganamos todos)
 Título original  Win win
 Director  Tom McCarthy
 País y año  Estados Unidos, 2011
 Duración  106 minutos
 Guión  Tom McCarthy; argumento de Tom McCarthy y Joe Tiboni
 Fotografía  Oliver Bokelberg
 Música  Lyle Workman
 Distribución  Hispano Foxfilm
 Intérpretes  Paul Giamatti, Amy Ryan, Bobby Cannavale, Jeffrey Tambor, Burt Young, Melanie Lynskey
 Fecha estreno  01/07/2011
 Página web  http://www.winwinganamostodos.es/