El luchador (The wrestler, 2008)

  15 Junio 2012

Pasión y muerte 

el-luchador-1Aronofsky ha realizado siempre un cine muy personal, tan original e innovador que a veces ha llevado a la crítica o al total rechazo. Ha tratado, desde su primer título, de romper la tradicional narración cinematográfica con el fin de buscar nuevas soluciones para mostrar el mundo onírico y mental en el que se mueven sus películas. Era, sobre todo, en sus dos primeros filmes, el sorprendente Pi y la alucinada Réquiem por un sueño, una inmersión (temática y estética) en el mundo de la droga.

Pi, a pesar de su carácter minoritario, o por ello mismo, ha sido considerado un filme de culto. Réquiem por un sueño y, sobre todo, su siguiente película, La fuente de la vida, por el contrario, a pesar del interés de la citada en primer lugar, fueron recibidas con bastante acritud por parte de la crítica. No digamos de los espectadores. Quizá ello ha conducido al realizador (apoyado en guión ajeno) a realizar una película mucho más tradicional que las anteriores. Muy en la línea de una gran parte del cine americano, esa que nos habla de los perdedores, de los seres que desde la gloria han ido descendiendo hacia el infierno.

Curiosamente –al igual que ocurre con Gran Torino, la última película de Clint Eastwood–, El luchador puede considerarse como una especie de autobiografía del personaje principal. Allí se narra la evolución personal de un ser con reminiscencias del propio actor-director. Aquí, un luchador de la modalidad de lucha libre, que triunfó en el pasado, vive tiempos de penumbra. Algo parecido a la propia historia vivida por el protagonista del filme, Mickey Rourke.

La historia de Mickey Rourke

Con un gran porvenir por delante, impulsado sobre todo por su papel del chico de la moto, de La ley de la calle de Coppola, Rourke era una especie de rebelde enfrentado a todo y a todos. Antes de introducirse en el mundo de la interpretación había sido boxeador. Los médicos le aconsejaron que dejara tan duro deporte. Encontró su salida como actor. Enseguida fue muy cotizado. Pero su forma ser, el irse fraguando una leyenda de triunfador que imponía su ley, le llevó al declive. Sus desplantes, imposiciones en los rodajes, exigiendo ser el divo que no era (a lo sumo una caricatura) le convirtió en un actor molesto, difícil y del había que librarse. Las diferentes adiciones por las que optó terminaron por hacer el resto.

Rourke se vio obligado a volver al mundo del boxeo. No duró mucho, los médicos volvieron a desaconsejarle que se dedicara a este duro deporte. Iba en contra de su vida. A veces suele decir que estuvo a punto de conquistar algún gran título. Pendenciero, alcohólico, intratable, vagó por aquí y por allá hasta que se reintegró en el mundo del cine. Una actuación como la de El luchador es excelente, sí, pero a qué precio.

El director ha dicho que nunca más trabajara con él, que ha sido un suplicio tenerle como actor principal (y totalmente dominante del relato). No es raro. Aguantar a tal actor con sus pendencias, su forma de ser, supone una odisea para quien tiene que dirigirle. Y es que realmente Rourke no se entrega, desea estar por encima del bien y del mal. Ser siempre, por encima de todo, él. Con frecuencia no existe diferencia entre él mismo y el personaje que representa.

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Bajada al infierno

El luchador presenta, pues, el momento en el que alguien que ha estado en la cima se encuentra hundido, renqueante, en un pozo sin fondo. Su vida es un auténtico infierno, una vivencia cercana a una especie de “pasión” cristiana. No es raro que Marisa Tomei le recuerde al personaje, en un determinado momento, la relación de su vida con la pasión sufrida por Cristo. En otro instante, durante la conversación a la luz del día entre la pareja protagonista, se puede ver un enorme cartel al fondo que pregona a Dios y al sufrimiento.

Nada nuevo, en definitiva, ni original, como tampoco lo es el tema. De hecho, varias películas plantean esa relación. Por recordar una, mencionaría  Al límite de Scorsese. En los dos filmes se muestra la pasión de un personaje, aunque en el caso del director de Taxi Driver el tema está mas ajustado (la historia de un conductor de ambulancias) al situarse, además, la narración en los días de la Semana de Pasión.
 
Aunque se puede creer que la relación entre Scorsese y Aronofsky es circunstancial, si nos adentramos en la forma de realizar la película nos daremos cuenta de las similitudes existentes entre El luchador y el cine de Scorsese. Lo es en cuanto ambos realizadores utilizan un esquema muy parecido, sobre todo en la forma de solucionar una determinada secuencia o en “la suciedad” del tratamiento fotográfico. Hay que fijarse, como ejemplo de ello, en los largos travellings que (cámara en mano) siguen al protagonista en sus salidas al ring, entendiendo por ring cualquiera de sus actuaciones u oficios.

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Dos personajes, una misma historia

Desde el mismo comienzo la película nos muestra a un ser derrotado. Los planos se fijan en mínimos detalles que van definiendo a alguien que no vemos y que se encuentra sentado de espaldas a la cámara. Sus puños, su manera de sentarse, su encorvamiento… van dibujando a un ser derrotado contrapuesto a ese otro que ensalza la cámara al mostrar antiguos anuncios de combates o vetustas noticias de periódicos que proclaman éxitos lejanos.

Una brillante forma de dar a conocer un personaje. Como reafirmación de todo ello se nos muestra la secuencia posterior de su llegada a una roulotte cuya puerta no se abre, por lo que tiene que dormir en la furgoneta, o la visita al club donde Marisa Tomei (impresionante en su papel) se exhibe a los espectadores por unos míseros dólares.

No hay en realidad diferencia entre ambos personajes. Ambos (él y ella) son dos fracasados que pululan en la noche. El momento de felicidad lo descubren en un pequeño instante, una especie de paréntesis en sus vidas: la cita a la luz del día. Un pequeño resplandor dentro de la negrura de la existencia. Seres condenados a la nada, exhibidos como despojos humanos, esperando ser arrojados a las tinieblas cuando ya no sean admitidos por unos espectadores que exigen violencia y sexo. Fácil e inmediato.

Lento caminar de un boxeador que se ve obligado a buscar otro oficio, el de un simple vendedor de carne en un supermercado (él y ella son auténticos despojos que se venden para divertimento de los espectadores que asisten a sus espectáculos). Excelente idea la de la entrada de Randy (Mickey Rourke) en el supermercado: un largo travelling le muestra andando por escaleras y pasillos, tomado de espaldas, como casi siempre, hasta entrar en su nuevo ring, el supermercado. Todo ello aderezado por una banda sonora que deja escuchar el griterío de un público (más que real, imaginado por el protagonista) que espera a los luchadores. Sin duda una de las mejores secuencias del filme.

Pugilato de dos seres idénticos, sin derecho al triunfo. Un camino, el que ambos emprenden, hacia el olvido o la muerte. Un filme, en ese sentido, igual a otros muchos que tratan temas parecidos, de ascensiones y caídas, referidas sobre todo al mundo del boxeo. Me viene a la memoria, por citar un esplendoroso título, Fat city de John Huston.

Rodeando a los personajes principales se mueven otros tan vistos como tópicos, como es la hija de Randy. También es previsible toda la relación entre ambos. Momentos de tranquilidad y de enfrentamiento, de quietud y de broncas. Un intento de encuentro que, tal como nosotros mismos vamos diseñando, terminará en nada, en la total separación entre ambos seres.

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Final

Curiosa es la aproximación que El luchador realiza a los entresijos de la lucha libre. Un mundo donde a pesar de estar todo amañado pueden llegar a pactarse auténticas salvajadas para lograr el mayor disfrute por parte de los espectadores, para asegurar nuevas veladas con las que ganar una pequeña cantidad de dinero: golpes cruentos, grapas clavadas en el contrincante (1), hojillas de afeitar para autolesionarse, cadenas para hacer más cruento el combate, maderas para golpear más fuerte… Brillante dibujo de los combates, como de la miseria que rodea a todos cuantos allí se exhiben. Ligeros apuntes así lo presentan. Sirva como recordatorio la secuencia en la que los luchadores venden sus recuerdos. 

Circundando las cuerdas, espectadores, ajenos al dolor físico y moral de los protagonistas del espectáculo, disfrutando con la ración de barbarie que se les regala. Carne lacerada (en el ring), carne exhibida (en el club), carne troceada (en el supermercado) son la cadena que se encierra en este filme intenso concebido de acuerdo a la tradición del mejor cine norteamericano. Aronofsky ha dejado sus experimentos anteriores y se ha centrado en una historia clásica apoyada por una narración tan directa como eficaz.

Algo que ha llevado al filme a ser coronado con el León de oro en el Festival de Venecia, al tiempo que los dos principales intérpretes han sido aclamados por doquier. 

Escribe Mister Arkadin


(1) Este hecho podría hacer más claro el simbolismo de El luchador con la pasión de Cristo. De esa forma, las grapas en el cuerpo se asemejarían a los clavos de la crucifixión.

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Título El luchador
Título original The wrestler
Director Darren Aronofsky
País y año Estados Unidos, 2008
Duración 105 minutos
Guión Robert Siegel
Fotografía Maryse Alberti
Música Clint Mansell
Producción Darren Aronofsky y Scott Franklin
Intérpretes Mickey Rourke (Randy Robinson), Marisa Tomei (Cassidy), Evan Rachel Wood (Stephanie Robinson), Mark Margolis (Lenny), Todd Barry (Wayne), Ernest Miller ("El Ayatollah"), Judah Friedlander (Scott).
Fecha estreno 20/02/2009