Cine y atletismo: La carrera infinita

  30 Junio 2012
carros-de-fuego-1El cine le debe su gran película al atletismo. En realidad, a excepción del boxeo, los deportes han pasado casi desapercibidos para el séptimo arte. Es como si no se encontrase en ellos intensidad dramática suficiente para construir un relato atractivo. La estética del esfuerzo, el fracaso, la lucha, la caída y la melancolía por las glorias pasadas que adorna al pugilismo no ha sabido encontrarse en otras disciplinas, dando lugar así a la orfandad apuntada.

Sin embargo el atletismo, y más concretamente las carreras de fondo, se mueve en el filo de lo heroico, en esa frontera sutil que separa el triunfo de la derrota, el todo de la nada, y que hace de una y otra algo más que un episodio anecdótico, que le otorga una dimensión vital, que lo proyecta a una categoría universal. Es ahí donde el cine podría buscar, y apenas lo ha hecho, su magma creativo.

Constatada la carencia es de justicia añadir que algunas aproximaciones sí se han producido, si bien no siempre con admiración, ni siquiera con respeto.

Maldito atletismo

Una de las primeras se remonta al cine mudo, concretamente a la película El colegial, protagonizada por Buster Keaton. En ella el atletismo es uno más entre los varios deportes que Keaton intenta practicar para adquirir la relevancia social que le haga atractivo a los ojos de su amada. Camino equivocado, como se verá, y no sólo por sus reiterados fracasos, sino por la visión que la película ofrece de la práctica deportiva.

Ya de entrada se establece la dicotomía entre deporte y estudio, de tal modo que lo físico no es más que un elemento distractor del rendimiento intelectual. Se llega a hablar incluso de la maldición del atletismo como el peligro que acecha a los buenos estudiantes. Practicar deporte es malgastar un tiempo que debe ser dedicado al estudio, y es justamente la inteligencia la que resuelve los problemas que en esa práctica aparecen, como ocurre en la competición de remo, en una especie de lección moral que deja las cosas en su lugar.

Hasta tal punto resulta sesgada la visión que se nos da del deporte, que los mismos practicantes son presentados como seres repugnantes, cargados de soberbia, con una arrogancia sólo comparable a su estulticia. Bien hará la gente inteligente en resguardarse de semejantes pasatiempos. El culto al esfuerzo físico como modo de purificación mental no ha aparecido aún.

marathon-man-1En Marathon man el mismo título sugiere que nos encontraremos ante una película que honre a la carrera de las carreras, que haga de ella su núcleo temático. Y ni una cosa ni la otra. Aunque la pasión por correr tiene un protagonismo evidente, no es ni mucho menos el centro del relato, sino que ocupa un lugar marginal, siendo una historia de espionaje la que articula el filme.

En el fondo esta película no difiere mucho de la de Keaton. Es verdad que el planteamiento inicial es el inverso. Ahora son justamente los buenos estudiantes los que se dedican a correr, siendo el personaje que interpreta Dustin Hoffman una especie de ratón de biblioteca con pocas habilidades sociales (con las mujeres, por ejemplo), quien conjuga su inteligencia con esa obsesión atlética.

La película arranca con el triunfo de Abebe Bikila en el maratón de los juegos olímpicos de Tokio. Bikila es más que un atleta. Es un mito. Fue quien cuatro años antes, en Roma 1960, se impuso en el maratón corriendo descalzo, acompañado en los últimos kilómetros por las antorchas que le guiaban en medio de la noche hacia el arco de Constantino, junto al Coliseo.

Esa mitificación, expresada en los numerosos posters que empapelan la habitación del protagonista, lleva consigo la huida de la realidad, la incapacidad para entender el mundo. Correr, con todo el ritual que lo acompaña (kilómetros realizados, registro de los tiempos...) es la manera de ignorar lo que ocurre alrededor, de vivir en otro mundo.

Lo malo es que el mundo real sigue su curso y no respeta la fantasía que el deporte construye. El refugio deportivo se constituye así en una perniciosa actitud que imposibilita afrontar la realidad y por lo tanto resolver los problemas que plantea. Mientras todo se hunde, mientras se está produciendo el asesinato de su hermano, el protagonista estaba corriendo. La terrible realidad frente al inane pasatiempo de quien no sabe afrontarla, de quien no es capaz de percibir las amenazas que le rodean.

La maduración, el despertar que la película muestra, va paralelo al abandono de la práctica atlética. El final de la película es muy claro al respecto. La toma de conciencia del mundo significa el fin de las carreras. Hoffman ya no corre, sino que se aleja andando en dirección contraria a los atletas que siguen practicando su afición, los últimos de los cuales son un grupo de niños, la ingenuidad renovada y presta a ser defraudada.

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Juegos Olímpicos

El cine documental también se ha ocupado de las carreras de fondo. En especial el rodado para dar testimonio de lo ocurrido en los Juegos Olímpicos. De él cabría esperar una aproximación más descriptiva, más analítica, y no meramente valorativa, negativamente valorativa, como la hasta ahora referida.

Son dos las películas de este tipo que han perdurado y han buscado su hueco en la historia del cine: La que realizó Leni Riefenstahl a propósito de los juegos celebrados en Berlín 1936, en pleno apogeo nacionalsocialista, y la realizada por Kon Ichikawa, en la que se da cuenta de lo acaecido en Tokio 1964.

Olimpiada, así se llama la película de Riefenstahl, se centra sólo en las disciplinas desarrolladas en el estadio olímpico, es decir, las atléticas, ignorando el resto de deportes. Este detalle es ya muy signficativo para entender el verdadero propósito que mueve a la directora: no son los deportes, sino los deportistas.

La dedicatoria, “honor y gloria a la juventud del mundo”, lo expresa con total claridad. Se trata de exaltar el vigor, la juventud, la fuerza transformadora que traerá un mundo nuevo. Y como ese vigor no puede surgir de la nada, se pone especial énfasis en conectarlo con el pasado glorioso de la Grecia clásica, subrayando la continuidad con el esplendor perdido que se pretende recuperar.

El mecanismo es puramente físico. El deporte es el medio privilegiado para mostrarlo. El esfuerzo que triunfa no encuentra mejor expresión. Por otra parte la recreación en los cuerpos desnudos, la conversión de las estatuas en atletas, o el entusiasmo del público filmado con insistencia, y que incide en la consideración del deportista como héroe popular, van creando ese clima propagandístico que es el que en última instancia mueve la película.

tokyo-olympiad-1Sobre las pruebas en concreto pura rutina. Una voz en off va desgranando los resultados con la misma emoción con la que se leería una guía telefónica, sin detenerse en lo específico de cada disciplina, sin captar el aliento épico o lírico que esconden en sí mismas. Hasta el maratón, nido de grandes gestas, es una página más, sin ningún realce, en el anodino libro que aquí se escribe.

Tokyo Olympiad es mucho más ecuánime, pero justo por eso más interesante para lo que aquí nos ocupa. Aunque el atletismo sigue siendo el que acapara la mayor parte del metraje, los demás deportes también están presentes, intentando ofrecer un panorama ajustado a lo que allí ocurrió. Y todo ello desde la entrega a lo que se está contando, concediendo la relevancia que merece a la prueba deportiva y utilizando la cámara como el instrumento que hará explícito lo que tal prueba contiene. El punto de partida no destruye el contenido de lo que se nos ofrece.

El capítulo dedicado al maratón es sin duda el más interesante de todos, y lo es por esa voluntad de mostrarlo en su dimensión completa, con sus luces y sombras, con su complejidad.

El maratón es sufrimiento y la película no escatima ni un miligramo de su dolor. Las ambulancias que recogen a los atletas, los pies ensangrentados, los calambres al llegar a la meta, la soledad del atleta que abandona, el rostro del fracaso... Todo eso desfila ante nuestros ojos constatando la cara amarga de la prueba. Pero al mismo tiempo se resalta su carácter universal y épico con la sencilla estrategia de ir enumerando las profesiones de los corredores. El maratón instalado en el corazón del pueblo.

Y nos muestra también el esplendor del triunfo, el éxito, la superación, la victoria sobre las dificultades.

La figura de Bikila, el primer atleta que ganaba dos maratones olímpicos, contribuye a ello. Más aún tras la gesta romana con sus pies descalzos y tras saberse que en Tokio corrió pocos días después de sufrir un problema de apendicitis y contra la voluntad de los médicos. Aún así batió el record del mundo.

Ante semejante triunfo la cámara no escatima elogios. Nos lo presenta como un verdadero héroe: el rostro afilado del atleta en primer plano, testimonio inequívoco de sus largos entrenamientos, la cámara lenta, el ligero contrapicado, el contorno difuminado sobre su figura, el ligero, casi inaudible, griterío de la afición que lo acompaña. Todo ello construye su heroicidad, cuya aclamación se fundamenta en su esfuerzo, en la  tarea desarrollada, y no en una misión que a priori le esté encomendada, como en cierto modo ocurría en la película de Leni Riefenstahl. El deporte es por tanto el generador de lo heroico, y no simplemente una estación de paso.

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Sin acogerse al género documental el biopic también pretende dar cuenta de la realidad. Son muchos los ejemplos en este sentido, y la mayoría perfectamente olvidables. Tan sólo uno ha conseguido perdurar en la memoria, y mucho más por el tema musical con el que concluye que por la película en sí misma. Nos referimos, claro está, a Carros de fuego.

En esta película se nos cuenta la historia de Harold Abrahams y Eric Lidell, dos atletas británicos que participaron en las pruebas de medio fondo en París 1924. Hasta ahí todo lo que la película se ocupa del atletismo, pues su utilización no pasa de ser circunstancial. Igual daría atletas que filatélicos, ya que de lo que se trata es de explicar, de una manera confusa, hay que decirlo, la motivación de unas personas y el ambiente de una época determinada.

Si acaso puede reconocerse la obsesión por el triunfo que recorre la película, pero eso, como bien se sabe, no es algo exclusivo de la práctica deportiva, sino que forma parte de un ámbito más general, el de la ambición humana.

Soledad, libertad, rebeldía

La_soledad_del_corredor_de_fondo-1La película que mejor ha tratado el hecho de correr, y más explícitamente la práctica de la carrera de fondo, es sin duda La soledad del corredor de fondo, de Tony Richardson, basada en el libro homónimo de Alan Sillitoe.

Esta película pasa por ser el más importante logro del free cinema, movimiento cinematográfico que ofrece la versión británica de la nouvelle vague francesa.

Aquí la carrera cobra un protagonismo esencial, sirve para estructurar el relato y posee una tensión dramática decisiva. Está tratada además sin recrearse en los tópicos que tanto se repiten al abordar este tema.

El protagonista nos cuenta que aprendió a correr para escapar de la policía. Pero eso fue sólo el inicio. Inmediatamente pasa de ser un medio a convertirse en un fin. La película comienza con una larga secuencia en la que se acompaña al joven corriendo sin destino, sin meta. Correr por correr. Correr porque hay que correr, sin saber por qué. Ahí es donde cobra su sentido precisamente, porque carece de él. Incluso los vítores del público son más un obstáculo que un estímulo. Correr a pesar de los halagos, de los aplausos. Correr es algo que surge de dentro, es algo esencial, no algo que venga motivado por el ambiente. Correr a pesar del mundo, contra el mundo incluso.

Y correr sufriendo. Nada de sonrisas, nada de alegrías, ningún premio. El rostro desencajado de Colin Smith en medio de su esfuerzo ahuyenta toda visión edulcorada o suavizada de su empeño. Corriendo se sufre, o en todo caso conviven el sufrimiento con un goce más profundo, el que brota de la conciencia de haber hecho lo que se debía. Aunque duela.

Y correr es también la plasmación de la libertad. La libertad del que escapa de la policía y también la libertad de quien puede salir de las rejas del reformatorio para entrenar. Sin que nadie le marque el camino, descubriendo un mundo.

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Libertad y soledad. La auténtica libertad, la que proporciona la carrera, es solitaria. En realidad es la sociedad la que oprime al individuo, y para escapar de tal opresión no cabe sino huir de ella. Cuando los protagonistas acuden a la playa desierta se sienten libres, peor después hay que volver, hay que reintegrarse a la cárcel, recuperar las cadenas.

Por lo tanto la soledad del corredor como forma de rebeldía, como arma con la que combatir el sistema que oprime. Correr como actitud revolucionaria.

El sistema lo sabe y, como siempre ocurre, trata de asimilar el peligro, integrarlo en los márgenes de la corrección, desactivarlo. Cuando el director del reformatorio les pide a los jóvenes que no le decepcionen está intentando reconducir su último reducto de rebeldía, institucionalizar su capacidad de evasión, someter la parte que aún les pertenece. Ganar la carrera hubiera sido cumplir la tarea que la sociedad le ha asignado, colaborar con sus opresores. Ganar la carrera hubiera significado renunciar a su libertad, la única libertad que le queda.

Cuando Colin Smith se detiene antes de cruzar la meta haciendo caso omiso a la muchedumbre que le espolea, demuestra que es dueño de su destino, que es un ser libre. Libre en su soledad, en su angustia, pero poseedor siempre de una libertad irrenunciable. Como en un momento de la película se dice, se está propagando la enfermedad del existencialismo continental. Sus efectos ya se dejan notar.

La soledad del corredor de fondo otorga una dignidad absoluta al hecho de correr. En esa dignidad reside lo que distingue a este deporte de todos los demás.

Escribe Marcial Moreno

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