Cinturón rojo (Redbelt, 2008)

  04 Junio 2012

A contracorriente 

cinturon-rojo-6La fascinación ante lo exótico suele conducir a un expolio banal de tópicos. Y es que la celeridad en el consumo (de nuevas tecnologías, de tiempo, de vida…) dificulta adecuar el propio ritmo al andar particular. La retención de lo significativo es menospreciada por el cambio sin fin y la acumulación de instantes chillones. “Transmutación de valores”, diría algún filósofo, también engullido por la marabunta de la simplificación al mínimo.

Pero a pesar de todo, aún perviven algunos genios que, como David Mamet con Cinturón rojo (Redbelt, 2008), renuncian a deslumbrarnos con fuegos de artificio vacuos.

Cinturón rojo es de las pocas películas que, aún versando sobre luchadores, renuncia a extraer beneficio de la atracción que producen las peleas. Los combates son tan sólo el entorno en el que se desarrolla el sagaz guión escrito por el propio Mamet. Fiel a su estilo, el azar será el responsable de que se entrecrucen las vidas de sujetos distantes.

Un entrenador de artes marciales mixtas, Mike (Chiwetel Ejiofor), que regenta su negocio junto a su mujer brasileña, quien a su vez trata de abrirse camino en el mundo de la moda, encuentra su posible discípulo en la figura de un policía reservado. Éste, en una noche tormentosa, al final del entrenamiento demuestra que es digno de portar el cinturón negro.

Instantes después, la inesperada entrada en el gimnasio de una mujer al límite de la desesperación (Alice Braga) quebrará con el control que tenían de sus vidas a través de las artes marciales. Casual irrupción que, a tenor de lo acaecido en tan sólo unos segundos de malentendido, condicionará el discurrir de los acontecimientos.

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La lucha

El azar, las contingencias del destino, son concebidas como hándicaps que ponen a prueba la predisposición de cada uno a afrontar los problemas. Y son precisamente las circunstancias, generadas por las falsas promesas y la codicia, las que inducen a Mike a luchar en desventaja, es decir, a atenerse a las normas impuestas por otros.

Por ello la pérdida del control de la situación, aún quedando invicto en el enfrentamiento, conlleva la derrota. Esta es la premisa que rige en la concepción de su mundo.

El trasfondo ético de Cinturón rojo se consolida a través de la convincente interpretación de Ejifor. Su personaje no dirige un negocio, sino que es un maestro. No enseña a competir, porque la competición es un espectáculo amañado que debilita al luchador.

Mike prepara a sus alumnos para que “predominen”, para que no se dejen llevar por sus emociones y, por tanto, puedan mantener el control en cada situación de sus vidas. Una lectura que puede transmutarse en metáfora del cine que realiza el director estadounidense.

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Autocontrol

Sin dejarse subyugar por los designios de la comercialización, Mamet hilvana una sólida historia que golpea con contundencia contra la hipocresía y la mezquindad. El director estadounidense no necesita disfrazarse de zen para gritarnos con imágenes que el bienestar depende directamente de la integridad de la persona, y no de los adornos con que se decora la película (o incluso la vida de cada uno). ¡Cómo no acordarnos de la histriónica cantante que ridiculiza Sofia Coppola en Lost in translation (2003)!

El camino en búsqueda de la pureza, ejemplificado en la figura de Mike, es un proceso continuo. No basta con darse un garbeo por Oriente para rodar con grandilocuencia El último samurai (2003, con el heroico Tom Cruise). ¡Eso es sólo moderno expolio al servicio del espectáculo!

Y de lo que se está hablando aquí es de coherencia. Coherencia con la propia trayectoria personal, sin dejarse dominar por la avidez especulativa del mercado; coherencia estilística, renunciando a fogonazos efectistas en pro de la naturalidad de la historia; coherencia expositiva, de una narración concisa que rehuye los retuertos imposibles.

Mamet no precisa de diálogos obvios, vacuidades que no hacen más que reiterar en lo que ya se ha apreciado, sino que las conversaciones de sus personajes son pequeños pasos o pistas que guían el desenlace de la trama. Son en sí mismos preguntas que nos encaminan en búsqueda de un porqué de los comportamientos de los demás. De esta forma, al contrario de lo que suele ocurrir con la mayoría de películas banales que apabullan nuestras carteleras, los diálogos adquieren una funcionalidad reflexiva que interpela directamente a la participación del espectador.

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Y es ahí donde quiere llegar, a que el espectador se cuestione incluso lo más evidente. Por ejemplo, que las pistolas no son más que un trasto de hierro, que se puede dejar descuidado, ya que “la mejor arma es una linterna, porque puedes enfocar a los ojos del otro”; que para ayudar al prójimo basta con alargarle la mano desinteresadamente, sin tener que recurrir a discursos ñoños como los que pretendía inculcarnos Cadena de favores (2000); o que la reacción ante el drama de la muerte no es una respuesta iracunda, sino refugiarse en el silencio para meditar sobre lo acontecido. Incluso poner en duda que una película sobre luchadores se pueda rodar sin aprovechar la jugosa atracción que genera recrearse en primer plano con los golpes y la sangre goteando de las heridas abiertas.

No, en Cinturón rojo la lucha más dura es la que tiene cada sujeto consigo mismo, en búsqueda de su integridad para poder andar con la cabeza alta. Las peleas no son más que un espectáculo maniqueo del que unos pocos extraen beneficio económico (exclusivamente). 

No tendría sentido que el guionista de El cartero siempre llama dos veces (1981) y La cortina de humo (1997), por sólo citar algunas de sus películas, diese un giro en su carrera y se embarcase en proyectos banales, pero tan efectivos como efectistas. El diferente planteamiento comercial es congruente con los contenidos expuestos. El objetivo no es competir porque, aunque parezca absurdo en época de olimpiadas, los artificios y artimañas que están implícitos en la competición no hacen más que debilitar. La lucha está hecha para derrotar al adversario, algo muy diferente de la autoridad que se adquiere por medio del respeto que prestan a Mike sus conciudadanos.

Con Cinturón rojo Mamet deja en un segundo plano la ocasión de hacer un gran negocio (económico) a cambio de inculcarnos sus enseñanzas, tanto cinematográficas como éticas. Él ha impuesto sus propias normas y, a excepción del final inmerecido, ha salido ganador.

Escribe Daniela T. Montoya

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Título Cinturón rojo
Título original Redbelt
Director David Mamet
País y año Estados Unidos, 2008
Duración 99 minutos
Guión David Mamet
Fotografía Robert Elswit
Música Stephen Endelman
Distribución Sony Pictures
Intérpretes Chiwetel Ejiofor, Emily Mortimer, Alice Braga, Tim Allen, Ricky Jay, Joe Mantegna, Max Martini, Rodrigo Santoro
Fecha estreno 08/08/2008
Página web http://www.sonyclassics.com/redbelt