Schizopolis (Schizopolis, 1996)

  04 Mayo 2012

Apología de la incongruencia 

schizopolis-2Schizopolis nunca conoció estreno en nuestro país. Tan sólo una retrospectiva de 2001 del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya nos permitió recuperar un título que desde el momento de su aparición consiguió asumir la condición de film maldito o de culto instantáneo.

Sin duda nos encontramos ante la propuesta más atípica de Steven Soderbergh en toda su dilatada filmografía. Tras el incontestable éxito que supuso Sexo, mentiras y cintas de video el director norteamericano no acababa de dar con la tecla que le llevara a conseguir nuevamente el favor del público, así que se lió la manta a la cabeza y decidió llevar a cabo una de las apuestas más arriesgadas de su carrera.

Presentada en una de las secciones paralelas del Festival de Cine de Cannes de 1996, se intentó que el público acudiera a la sala de proyección con la menor información previa posible, y el experimento resultó un sonoro fracaso, pues los espectadores quedaron perplejos ante este experimento lingüístico lleno de galimatías que les presentaron. Muchos abuchearon la cinta e incluso los críticos la tildaron de broma tonta e inútil, pero lo cierto es que analizando Schizopolis desde una perspectiva histórica, hay que afirmar que el film tiene en su exigencia e invitación a la reflexión sus valores más sólidos.

Vaya por delante que estamos ante una producción no apta para todos los públicos, sobre todo para aquéllos que están acostumbrados a que le expliquen una historia con una estructura lineal bien definida. Aquí no existe argumento alguno, y los pocos referentes de conexión que podemos encontrar son dinamitados en la siguiente escena para que el espectador quede sumido en el caos más absoluto.

Con un estilo muy cercano a las películas de David Lynch, aunque desde un punto de vista mucho más socarrón e irónico, se nos presentan una serie de sketches que al principio no tienen nada que ver entre ellos. Ya lo advierte el propio Soderbergh al inicio del film ante una platea vacía, no hay que buscar explicación racional alguna a lo que va a acontecer en la pantalla, permitiéndose el lujo de añadir que, si alguien quiere comprender algo de lo proyectado, deberá pasar por taquilla una o más veces para volver a ver el film.

A partir de ahí, conocemos a Fletcher Munson, un personaje al que da vida el propio Soderbergh (es una pena que el director no se haya prodigado más en la faceta de actor, porque a lo largo de la trama no desentona en ningún momento con el resto del elenco actoral), que trabaja en una oficina y que entre sus cometidos debe preparar un discurso que debe dar un reconocido filósofo y escritor ante un nutrido grupo de personas. Conocemos su vida profesional y personal, pero de una manera harto original y divertida.

schizopolis-6Su mujer, harta del poco caso que le hace su marido, quien prefiere la práctica continuada del onanismo a mantener relaciones sexuales con ella, disfruta de una affaire amoroso con un dentista, de nombre Jeffrey Korchek, que da la casualidad que es un doppelgänger (doble fantasmagórico de una persona viva) del mismo protagonista. Así se dan situaciones tan rocambolescas como aquella en la que su esposa (interpretada por Betsy Brantley, quien en el momento de rodar el film también era su mujer en la vida real) llama a su propia casa para quedar con su amante, y en cuanto cuelga el teléfono va hacia la misma persona a decirle que ha quedado con una amiga.

Situaciones como esta abundan en un film que tiene la virtud de no tomarse en serio a sí mismo en ningún instante. Como ocurría en algunas de las más celebradas comedias de los Monty Python, también se van intercalando incongruencias y gags propios del slapstick más descacharrante en unos diálogos increíbles de forma delirante, sin tener en cuenta el orden y el concierto.

El elemento surrealista también está presente en multitud de secuencias, como por ejemplo aquellas en la que los personajes hablan diferentes idiomas entre ellos sin que tengamos posibilidad alguna de agarrarnos ni a unos míseros subtítulos, o aquella otra en la que un individuo con una camiseta donde resalta el título del film corre en pelota picada por un jardín mientras dos enfermeros intentan reducirlo.

Se trata de mostrarnos el mundo al revés con ráfagas inesperadas de honestidad. Quizás el tramo final sea el que presente más altibajos. El cineasta en un ejercicio de “no se vayan todavía aún hay más” ahonda en la diversidad de perspectivas de lo que acontece e introduce en la ficción el punto de vista de la esposa. Esto hace que se vuelvan a repetir escenas que ya se habían mostrado antes y que, por lo tanto, el conjunto se resienta de una innecesaria repetición, aunque su inteligencia es evidente incluso cuando la película se hunde con trucos de poca profundidad.

A su vez, Soderbergh también se permite el lujo de jugar con los encuadres y con distintos tipos de cámara, salpicando el modo de rodaje tradicional con segmentos de cámara rápida e incluso de grano de Super 8.

Schizopolis te transporta a una sección excéntrica de la mente de su director, una tierra de cuento de hadas trufada de personajes estrafalarios y sin sentido de la conversación. Es el lado cómico de un cineasta que se atreve a romper moldes y a revelarse contra todas las reglas de hacer una película mediante un humor extraño que funciona. La trama se hace muy difícil de explicar, de hecho todo lo que ocurre en pantalla es inexplicable, y ahí está su gracia, en que no se entiende nada. Un pedazo de cine grotesco, extraño y estúpidamente divertido.

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Si algún crítico ha llegado a dudar de la versatilidad y talento de Steven Soderbergh, sólo tiene que asomarse a una actuación en la que nos regala un sinfín de expresiones faciales dignas del mejor de los cómicos de cine mudo y un modo de dirigir realmente inigualable en el que cabe desde la bufonada hasta la sátira social más punzante (hasta se permite el lujo de incluir en algunos cameos puntuales a su propia familia, hija, padre y hermana).

Particularmente tronchante es el personaje de Elmo Oxygen, interpretado por David Jensen (director de casting y actor al que todavía podemos ver trabajando en films de tan radiante actualidad como Battleship o Invasión a la Tierra). Sin temor a equivocarnos podemos afirmar que Elmo es la figura mejor radiografiada del film. Se nos presenta como un auténtico semental que se dedica a desinfectar de bichos las casas de mujeres insatisfechas quienes no dudan en caer rendidas a sus pies. Su “modus operandi” siempre es el mismo: llega a la casa en cuestión que debe fumigar; con la ayuda de la cámara rápida acomete su objetivo buscando en los rincones más recónditos del hogar, y en cuanto finaliza la caza y captura de los animalejos, a compartir morada con hembra placentera. En un momento dado el personaje se rebela ante la cámara al recibir una jugosa oferta por parte de una pareja que le espía y pasa de protagonista de un documental a violento sicario.

Por último, y hasta que algún certamen se precie de recuperar una joya tan olvidada como ésta, recomendamos la versión que acaba de editar la maravillosa distribuidora Criterion Collection, que aunque tiene el hándicap de sólo disponer de subtítulos en inglés, nos regala una edición con unos extras muy jugosos, entre los que destacan una entrevista que el director se hace a sí mismo, aparte de otras realizadas al productor John Hardy y al actor Michael Malone y un ensayo crítico del periodista del Village Voice Dennis Lim.

Escribe Francisco Nieto

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