El soplón (The informant, 2009)

  30 Abril 2012

Concentrado de maíz 

el-soplon-1El soplón es una película que cuenta a priori con grandes alicientes. Está dirigida por el más que efectivo y serio Steven Soderbergh, coproducida por el muy comprometido George Clooney y magníficamente interpretada por Matt Damon.

Su argumento responde al más que interesante tema sobre la corrupción empresarial, que ha dado grandes películas en los setenta y que ha sido revitalizado últimamente ya sea en el ámbito del desprecio hacia la salud pública, el despilfarro del dinero de los contribuyentes, el espionaje industrial o, en este caso, el amaño de la competencia y de los precios en el mercado global.

Los ingredientes son, por tanto, de primera calidad, máxime cuando contamos con antecedentes de la talla de Erin Brockovich (2000), del mismo realizador, o Michael Clayton (2007), del mismo coproductor, ambas películas más que notables que han contado con un sobrado apoyo del público y más o menos la aprobación general de la crítica.

Sin embargo (y casi todo el mundo estaba intuyendo ya el adversativo), El soplón no está a la altura de sus predecesoras, toda vez que no pueda considerarse ni muchísimo menos una mala película. No es que haya malbaratado una buena idea cuando intentaba discurrir por los cauces de lo banal, tal y como podía sucederle a la fallida comedia Duplicity (2009), es que por el contrario parece haber querido ser demasiado inteligente.

No conformándose con dibujar una estructura lo suficientemente compleja como para reclamar la atención constante del espectador, ha querido además dotar de un profundo juego psicológico al protagonista, con lo que podemos encontrarnos con una densidad argumental excesiva para los tiempos que corren: la muy necesaria crítica política quizá precisa de más accesible pedagogía.

Nada de esto sería un problema si estuviera resuelto con mayor habilidad: no estamos reclamando una simplificación de la trama, tan sólo un ejercicio intelectual ameno que no conduzca al desánimo.

La primera parte de la película parece crecer en curva exponencial hacia un clímax de difícil resolución. Sólo cuando el protagonista empieza a mostrar su juego, podemos comprender la magnitud del castillo de naipes que ha construido, aunque es bastante difícil intuir hacia qué lado puede derrumbarse. ¿Es un genio o un loco?

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La gracia del asunto está en comprender, ya casi al final del metraje, la verdadera naturaleza de su engranaje psicológico, ese que se ha ido mostrando mediante monólogos interiores a lo largo del filme y que finalmente resulta bien definido: entendemos, por acumulación, el carácter del personaje y no puede sino decirse que constituye una manera original y efectiva de definir sus patrones de conducta.

Pero quedarse en eso sería quedarse con lo anecdótico, ya que la discusión sobre su salud mental o su genialidad no es más que una excusa para disfrazar otras prácticas muy extendidas que se basan en el mismo principio de acción del protagonista: la codicia y el beneficio disfrazados de buenas intenciones. Se muestra entonces el doble juego de ciertas empresas, a nivel global, que dicen actuar en nombre del bienestar de los consumidores, pero que al fin y al cabo no son sino guardianes de su cuenta de beneficios.

La cualidad innegable de la película de Sorderbergh es mostrar cómo puede desviarse la atención hacia lo superfluo, cómo los vicios privados pueden oscurecer las inmoralidades públicas. Pero lo curioso es que el director lo hace sin avisar, sibilinamente, siguiendo un juego maléfico. Uno no puede sino dudar, como sugerimos antes, de la efectividad de tal pedagogía aunque no quepa sino reconocerle su atrevimiento y valentía.

Así pues, nos enfrentamos a un dilema que parcialmente emborrona los logros del filme: que convencerá a los ya convencidos nadie puede dudarlo, es fácil aplaudir su loable intencionalidad moral... pero que quizá no despierte a los aún reticentes es también una posibilidad, dado que exige un esfuerzo más que notable para extraer sus enseñanzas.

Conociendo a Soderbergh, que acostumbra a ser un excelente didacta, no podemos menos que afearle un tanto semejante trabajo. A Matt Damon, sin embargo, cabe reconocerle un salto cualitativo en su capacidad interpretativa. Es de lo más creíble de un filme que peca en ocasiones de ciertos excesos.

Escribe Ángel Vallejo

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