Eros (Eros, 2004)

  15 Mayo 2012
Tríptico sobre el amor de Antonioni, Soderbergh y Kar-Wai

eros-8“¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando
en la lucha de amor juntos, trabados,
con lenguas, brazos, pies y encadenados
cual vid que entre el jazmín se va enredando,
y que el vital aliento ambos tomando
en nuestros labios, de chupar cansados,
en medio a tanto bien somos forzados
llorar y suspirar de cuando en cuando?”.

“Amor, mi Filis bella, que allá dentro
nuestras almas juntó, quiere en su fragua
los cuerpos ajuntar también, tan fuerte,
que no pudiendo, como esponja el agua,
pasar del alma al dulce amado centro,
llora el velo mortal su avara suerte”

(Francisco de Aldana)

Concebida como un tríptico sobre el amor a partir de tres episodios dirigidos respectivamente por Michelangelo Antonioni, Steven Soderbergh y Wong Kar-Wai, Eros se presenta como una reflexión sobre las dificultades de la consecución de ese anhelado eros.

Desiguales son los resultados de esta triple pesquisa amatoria. Los tres capítulos se entrelazan a partir de una serie de dibujos que representan a tres sucesivas parejas en mitad de los juegos y escarceos propios del encadenamiento corporal amoroso. La canción Michelangelo Antonioni, compuesta e interpretada por Caetano Veloso, actúa como leitmotiv unificador y nexo de engarce entre las diversas historias.

El director italiano suple la parquedad de palabras característica de su cine con una exhibición de desnudos integrales femeninos, mediante los cuales, de una manera un tanto confusa y pseudo-onírica, intenta mostrar los obstáculos que acechan en una relación de pareja.

Por el contrario, Soderbergh inunda su peculiar aportación con la verborrea desatada de un personaje logorreico que canaliza su pulsión erótica a través de una obsesión paranoica de tintes, también, oníricos. En ambos casos se quiere evidenciar que el deseo es incapaz de distinguir entre la frontera de la realidad y el sueño, debido al impulso amoroso.

Ambas narraciones “hablan” del amor, pretenden una reflexión sobre el mismo; y ambas fracasan.

En cambio, el director oriental renuncia a la reflexión sobre el amor y apuesta por mostrarnos directamente una historia de amor. Y lo consigue.

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La mano de Eros

“Y que una zona triste de tu ser rehúsa,
mientras tu carne entera llega un instante lúcido
en que total flamea, por virtud de ese lento contacto de tu mano,
de tu porosa mano suavísima que gime,
tu delicada mano silente, por donde entro
despacio, despacísimo, secretamente en tu vida,
hasta tus venas hondas totales donde bogo,
donde te pueblo y canto completo entre tu carne”. 
(Vicente Aleixandre)

La mano, el episodio firmado por Kar-Wai, es un poema de amor cinematográfico. Para soslayar los arrecifes en que zozobran las dos historias anteriores, aquí se ha optado por perfilar una historia de vasallaje amoroso, propia del amor cortés. Se narra la historia de un deseo no consumado, el proceso que desencadena la pulsión erótica, evitando los escollos de la arribada a puerto de una relación de pareja, su consunción y su corrupción, mediante la ilustración de la travesía en busca de una rada confortadora donde atracar la pasión, si es que existe timón para gobernarla y refugio para gozarla.

Xiao Zhang es un joven aprendiz de sastre al que se le encomienda, por su talento artístico, la confección de los vestidos de Miss Hua (bellísima, como siempre, Gong Li), una prostituta en el cénit de su fama. A partir de este encargo, se establece la relación de vasallaje amoroso: el joven e inexperto en las lides del amor se convierte en el sirviente de la señora-dueña, fría y desdeñosa con su servidor, pero al que necesita para que sea copartícipe y bruñidor de su belleza, de la cual vive por su oficio.

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Toda la película se articula alrededor de este “servicio”, a través de los encuentros entre ambos personajes y mediante la inversión de los roles profesionales: ella es la clienta del maestro Lin, jefe del joven aprendiz, que cede su trabajo a su empleado, convirtiéndose éste en un servicial ejecutor de los deseos de su dama-clienta, que paga por la confección de sus vestidos a un rendido y enamorado siervo.

La sinécdoque que intitula el episodio expone la imposibilidad de alcanzar el amor por parte del servidor-sastre: el arte de sus manos elabora los disfraces y ropajes que exaltan la belleza de su amada, quien consciente de las cualidades artísticas de su vasallo las estimula, a su vez, con su propia mano, efectuando una masturbación (poética y delicada) que suscite la entrega y adoración de su joven contratado.

Así pues, la mano sirve de nexo y de límite al contacto entre ambos personajes, al mismo tiempo que se instaura como metáfora de la incapacidad de alcanzar la unión, cópula, entre sus cuerpos.

El paralelismo como mecanismo retórico sustenta todo este proceso amoroso. La reiteración de escenas, espacios y situaciones va creando, paulatinamente, un crescendo dramático y deseante, a la par que marca el imparable declive de la belleza de Miss Hua.

Reiteradas son las esperas de Zhang para tomar las medidas de su clienta en el comedor del apartamento de ella, en el que se señalan unos objetos permanentes y característicos: una mesa sobre la que hay un ramo de flores y un frutero; un espejo ovalado enmarcado en la pared que separa el espacio de lo social de la habitación de la protagonista; la imagen de Zhang sentado y apoyado sobre la mesa, fumando y ansiando el encuentro con las medidas del cuerpo que anhela y que nunca poseerá.

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La habitación de Miss Hua, con otro espejo en la pared, una cómoda llena de productos para su acicalamiento; ámbito del placer al que su sirviente sólo accede para desempeñar su labor profesional de sastre; espacio desde donde la cámara sale al principio de su relación mientras el joven aprendiz espera su primer encuentro escuchando, tras el tabique, los gemidos y jadeos que suscitarán su pasión erótica: este movimiento de cámara expone el lugar desde el que se abordará el resto de la historia: la cámara surge del espacio del goce y del deseo, el que infructuosamente tratará de alcanzar el joven amador.

Constantes y repetidas son las secuencias en el lugar de trabajo del sastre, en el taller de confección. Aquí él puede dar rienda suelta a su pasión cosiendo los trajes para su indolente amada. Repetidas, también, son las secuencias en los pasillos y escaleras que conducen al apartamento de Hua, como, posteriormente, una vez empieza su degradación y ha de refugiarse en un hotel de mala muerte (irónicamente llamado Hotel Palace), en las galerías de este laberinto, galerías y recovecos del deseo, despobladas, sólo recorridas por el anhelo del placer de Zhang, personificación de la desolación en la que se desenvuelven ambos protagonistas.

Reiterada es la lluvia que cae durante todo la película y que crea un hálito de humedad por donde discurre la textura sexual retenida, la opacidad de una densa atmósfera tamizada por una tenue luz agónica, surgida de los constantes fanales que, cual luces de emergencia, señalan la ausencia de salida de socorro para el azogue del anhelo. Azogue que las imágenes especulares, las repetidas proyecciones que ofrecen los constantes espejos diseminados por todos los intersticios espaciales, ofrecen como vana ilusión, como fantasmas que nunca podrán corporeizarse.

El relato tiene una estructura circular que casa perfectamente con el callejón sin salida que anida en el alma del protagonista. El inicio y el final son la misma secuencia; entremedias, el periplo temporal narrado mediante un flash-back que desata la pregunta de una agonizante Miss Hua: “¿Y recuerdas mi mano?”.

Como compensación de este demorado contacto amoroso, frenado por las insistentes reiteraciones de un ritmo no progresivo, la elipsis es el segundo mecanismo estilístico que sujeta este poema en imágenes. La contigüidad temporal constitutiva del relato cinematográfico se expresa a través de toda una serie de conversaciones telefónicas que pautan el paso del tiempo. Básicamente estos diálogos telefónicos son entre el jefe del taller y la señorita Hua, y entre ésta y sus diversos amantes. A través de tales palabras, todas las que faltan entre los protagonistas, se señala la progresión temporal, progresión que juega en contra de la mujer fatal y a favor del sastre-vasallo.

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El cuerpo de ella se deteriora, envejece y sufre los embates del tiempo. Paralelamente, la esperanza de él se acrecienta, no decae, llegando a convertirse en el sufragador de los gastos de Hua cuando ésta se precipita en el abismo de la degradación.

Junto a la elipsis temporal, las voces en off, los fundidos en negro que resguardan los efluvios afectivos, los gemidos y encuentros fuera de campo son un delicado manto que pudorosamente sugieren en vez de mostrar, que no descorren el velo que cubre los sentimientos y el dolor. Cuando, al final, este velo se descorra, la muerte se enseñoreará de la historia; fuera de campo, por supuesto.

Hay varias escenas donde el talento poético del director roza la cumbre de la perfección: en particular, las dos secuencias que abren y cierran el film con sendas masturbaciones, y una secuencia en la que el sastre literalmente hace el amor con el vestido que ha confeccionado para su amada y que yace, vacío, encima de su mesa de trabajo.

Asimismo, el último encuentro amoroso que en plena decadencia ella sostiene con un cliente retrata magníficamente la sordidez en la que se halla: se escucha el sonido de los muelles del camastro y los apagados jadeos de la pareja mientras se enfoca la pierna desnuda que sobresale del mísero lecho, con los zapatos desperdigados en medio de un charco formado por una gotera; al final del tenebroso pasillo, continúa la espera del fiel vasallo, fumando y escuchando los amargos gemidos.

Como último servicio de amor, el amante ofrece una mentira a su jefe sobre el paradero postrero de la señorita Hua: ha emprendido un viaje en avión y se ha marchado del país.

Multitud de amigos la despidieron en el aeropuerto.

La desesperanza ocupa un catatónico y conmovido rostro de Xiao Zhang. Un último fundido en negro, a modo de reticencia, clausura el deseo y la vida.

Escribe Juan Ramón Gabriel


 

Publicada originalmente en Encadenados en agosto de 2009:
http://www.encadenados.org/nou/sin-perdon/eros-3

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