Traffic (Traffic, 2000)

  13 Mayo 2012

El método narrativo 

traffic-1Traffic es una de esas películas en las que una historia se cuenta utilizando diversas aproximaciones. Se toman heterogéneos puntos de vista que acaecen al mismo tiempo y se mezclan dando lugar a una narración exquisita en la que el tema queda perfectamente triturado para poder ser fagocitado adecuadamente.

Gracias a la utilización de este método la cadena queda total y completamente esclarecida. La fabricación, distribución y consumo de drogas no es un misterio tras el visionado del filme. Siempre quedando patente que se trata de un caso específico y que esto no ha de ser semejante en otras situaciones y localizaciones, la película aborda un caso específico en un momento determinado con unos personajes únicos.

Soderbergh trata el —tan socorrido en la pantalla grande— tema de las drogas, más concretamente los cárteles, en este caso el de Tijuana. Las historias cruzadas nos brindan la oportunidad de aproximarnos a ellas de un modo directo y de observar lo que le reporta a cada uno de los personajes tanto en su vertiente positiva como en la negativa, denotando siempre un claro mensaje en contra de las drogas.

Por un lado tenemos a los sujetos que quieren acabar con los cárteles y su producción, por otro los que hacen uso de ellas y por último a los que las crean y ponen en el mercado a través de diversas fuentes.

Soderbergh nos muestra que no todo es tan simple como podría parecer en un primer momento, esto queda explicitado en el personaje interpretado por Michael Douglas, Robert Wakefield, quien quiere zanjar el tema a escala global hasta que se da cuenta de que el problema reside en su propia familia y para atajarlo ha de abandonar la lucha masiva, centrándose en la suya propia.

Porque Traffic es uno de esos filmes que están ligados inexorablemente a una moraleja, no obstante en este caso dicha enseñanza viene argumentada de un modo tan inteligente y apropiado que no atenta contra la inteligencia del espectador como en su anterior trabajo, Erin Brockovich. Uno de esos proyectos que tan buen sabor de boca deja en la Academia de Hollywood pero que tan poco transmite a los que gustan de profundizar en la temática presentada por director y guionista hasta llegar a su esqueleto que en el caso de Brokovich era paupérrimo y escuálido.

Traffic es una dura crítica a las drogas y todo aquello que las rodea y para ello Stephen Gaghan, basándose en la miniserie guionizada por Simon Moore, explica las consecuencias en todos los ámbitos existentes. Frente a posibles visiones simplistas y simplificadas, Gaghan argumenta no solamente con el uso de palabras su sentimiento de repudio hacia este mundo y todo lo que ello conlleva. No criticando a aquellas personas afectadas directamente por el problema como a aquellas destinadas a atajarlo o las que lo provocan.

Como ya hemos comentado las historias de los protagonistas tienen su nexo de unión en las sustancias ilegales, no siempre con consecuencias positivas. No existiendo ganadores sino un conglomerado de vidas que se ven golpeadas severamente por este mundo tan cruento que no deja indiferente a ninguno de ellos y del que les es imposible escapar puesto que les sacude de frente.

El tipo de narración utilizado nos permite observar lo que sucede en todo momento en una operación antidroga, las reacciones y movimientos de todos los implicados quedan expuestos a los ojos del espectador, así como su moralidad o falta de ella.

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Todo queda en casa

Pudiendo haber optado por representar el mundo de los adictos de un modo ortodoxo, el guionista prefiere mostrar a esas personas que tienen dinero, familia y, en principio, estabilidad, pero que aun a pesar de ello caen en las redes de la drogadicción.

En la película vemos cómo un político de alta reputación pretende destruir cárteles y acabar con las drogas a gran escala pero ha de darse por vencido y comenzar de un modo bastante más humilde, mediante el tratamiento de su propia hija. No se trata de un ente contra el que ha de luchar sino que le afecta de un modo directo y en su propia piel, siendo la batalla en casa mucho más terrible que más allá de las fronteras hogareñas.

Caroline Wakefield es la hija de dicho juez, quien nunca pensaría que su propia prole pudiera caer en las redes de diferentes sustancias. Acude a un colegio de pago y posee todo lo que necesita y mucho más debido a la profesión de su padre; la relación con sus padres es como la de cualquier joven de su edad y tiene una red de amigos. Asimismo, sus notas no podrían ser mejores y realiza todas las actividades extraescolares que tanto gustan a las universidades americanas y que observan con lupa en sus procesos de admisión. Es decir, no estamos ante una joven solitaria y con grandes problemas en sus relaciones sociales como los que suelen mostrar en otras historias como sujetos que se introducen en el mundo de las drogas. Sin embargo, Caroline se ve atrapada por esta maraña de la que no es capaz de salir sin la ayuda de su padre, que ha de salir a buscarla a un mundo sórdido en el que a cambio de su cuerpo le proveen de nuevas sustancias.

La interpretación de Erika Christensen es sublime, junto a la Benicio del Toro destacan sobremanera ante las demás. Christensen se mete en el papel de Wakefield pareciendo la mayor toxicómana del universo, los momentos en los que se entrega a ese mundo por completo provocan escalofríos debido al realismo que aporta la joven. Aunque después de Traffic no ha vuelto a llevar a término una actuación tan sobresaliente ni a participar en proyectos dignos de mención, recalando finalmente en la pequeña pantalla donde protagoniza Parenthood, entretenida serie familiar de la que ya hablamos en Encadenados.

Traffic viene a sostener la idea de que nadie está a salvo de las drogas, pudiendo afectar a todo tipo de personas y personalidades. El problema puede hallarse en los lugares más insospechados, teniendo los familiares que observar con detenimiento el comportamiento de sus hijos para poder detectarlo.

Aquí, Michael Douglas tiene que elegir entre una lucha perdida, por el momento, o centrarse en Caroline a la que ha de ayudar cada día dado que no se le resta un ápice de importancia a la adicción que provocan las drogas, enviando el claro mensaje de que las personas en rehabilitación han de sobrevivir un día tras otro, no mirar más allá.

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Mentiras de vez en cuando

Si por algo se caracteriza Traffic es por el alto número de engaños acometidos en ella. No hay ningún personaje cuyo rasgo principal sea la sinceridad, un claro ejemplo es Helena Ayala —Catherine Zeta Jones— quien vive un sueño hasta que un día su marido es detenido y ese mundo de mentiras es finiquitado de un plumazo. En ese momento se queda sola, todos sus amigos miran hacia otro lado, pues no quieren verse involucrados en la imagen que el marido de Ayala ofrece de cara a la prensa. En un barrio en el que las apariencias vencen en importancia a la verdad, Helena habrá de limpiar la reputación de su marido para conservar el falso equilibrio en el que vivía hasta entonces.

En el instante en que su marido es arrestado con cargos relacionados con el mundo de las drogas, Helena se introduce ominosa pero firmemente en dicho universo, lugar ajeno a ella pero que tanto le había provisto y al que prefiere continuar atada.

Su ignorancia es cortada de raíz el día en que visita a su marido en la cárcel y éste le indica lo que ha de hacer para ayudarle. Estas pequeñas mentiras que podrían no tener relevancia son el inicio de la venta de estupefacientes, los mismos de los que acabará haciendo uso Caroline Wakefield y otras miles de personas.

La familia Ayala ejemplifica la manera en que empieza a rodar una bola que se hace enorme con el paso de etapas: origen, policía corrupta, camellos y finalmente los sujetos que consumen.

Traffic desmonta el entramado de cómo una mentirijilla acaba en una de las mayores redes de tráfico de drogas de Estados Unidos. Mirar hacia otro lado para poder llevar una vida de ensueño tiene una repercusión multitudinaria. Un padre de familia con una imagen impecable en su barrio puede ocultar muchos más secretos que cualquier personaje de poca monta, de esos del final de la cadena, de los que se ve la cara y a los que en muchos casos de señala como origen del problema.

Pero el origen, según Soderberh, hay que buscarlo mucho más arriba, no hay que detenerse en la primera versión, hay que indagar y llegar al fondo.

Escribe Sonia Molina

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