Sacrificio (Offret, 1986), de Andrei Tarkovski

  19 Marzo 2012

Tarkovski y el fin del mundo 

sacrificio-1El cine surge de la observación inmediata de la vida. Éste es para mí el camino cierto de la poesía fílmica, es en esencia la observación de un fenómeno inserto en el tiempo”.

Con estas palabras Andrei Tarkovski, considerado como uno de los máximos representantes del cine soviético de los años sesenta, definía su cine como poético, es decir, capaz de comprender películas cuyas imágenes suelen originar símbolos, alegorías y figuras retóricas parecidas.

Tarkovski se acerca al cine en los sesenta cuando realiza su primer mediometraje y, con la salida de su nueva película, La infancia de Andrei, podemos considerar consagrado el principio de su carrera cinematográfica.

No obstante sus continuas divergencias con el régimen soviético, Tarkovski sigue experimentando diferentes elementos cinematográficos, hasta la realización de sus películas más íntimas y personales, como la ya citada La Infancia de Iván o El espejo, hasta la grande y aclamada Solaris.

Más adelante, durante su madura experiencia de director, Tarkovski realiza un largometraje completamente diferente de los demás, espejo de su vejez romántica, lejana del progreso tecnológico tan influente en la sociedad europea de los años ochenta.

Sacrificio, realizada en el 1986, es invadida de valores antiguos y místicos que, rompiendo con la modernidad, vuelve a los aspectos más auténticos y espirituales de la vida humana.

Tarkovski plasma una sensación apocalíptica que guardaba dentro de sí mismo en una película de autor de las más representativas del miedo humano hacia el mundo, del ansia de un posible fin incontrolable para el hombre, del escepticismo hacia la ciencia, de un miedo explicable quizás solo a través de la religión, que ofrece una explicación segura del ignoto, del desconocido.

Sacrificio se desarrolla en la pequeña isla sueca de Gotland, donde, frente a las terroríficas señales de una catástrofe nuclear, el protagonista, Aleksander, un periodista y actor de teatro, laico y agnóstico, se siente arruinado: vuelve a Dios, repite las palabras del Pater Nostrum y se dirige, según las palabras de Oscar, cartero y “profeta” a la casa de María, su criada, y allí se une a ella: así se cumple el milagro.

Aleksander se despierta en su casa, todo se ha transformado en sueño, así que decide ser fiel a la promesa, rechazando todos sus contactos con el pasado, destruyendo su casa, dejando a su hijo querido y desestimando todos los discursos de sus contemporáneos.

De esta forma, Aleksander es considerado loco y le imponen el manicomio por su insano gesto.

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La película toma en consideración el miedo de un ser humano por el imprevisible e incontrolable fin del mundo que amenaza sin explicación y sin certidumbre. Tarkovski construye este miedo a través de la imagen de un hombre agnóstico, esquivo, desconfiado, que delante de un riesgo se asume la responsabilidad y se la juega hasta pretender ser un “salvador” enviado por Dios a cumplir su voluntad.

Las referencias simbólicas son múltiples y absolutamente insertadas en un contexto místico y, al mismo tiempo, casi inquietante.

Célebre la escena inicial en la cual la cámara encuadra La adoración de los Magos de Leonardo Da Vinci, con el primer plano en la mano tendida de uno de los Reyes Magos mientras ofrece un dono al pequeño niño Jesús: “Un regalo es siempre un sacrificio, si no, no sería un regalo”, dice el cartero Oscar. Lentamente la cámara avanza de abajo arriba a lo largo del árbol del cuadro de Leonardo, hasta que desaparece en lugar de otro árbol, esta vez verdadero, que Aleksander y su hijo cuidadosamente están regando.

El regalo como sacrificio representa en el cine de Tarkovski no solo una promesa entre Dios y el hombre, sino también una especie de pacto entre el ser humano y el mundo: en este último caso el primero se siente deudor y ofrece un pequeño regalo, un sacrificio al mundo, representado por su vida no eterna, por su respecto hacia la naturaleza o por sus límites humanos.

El sacrificio cumplido por Aleksander es el símbolo de este pacto, pero también es algo más intrínseco en el mismo ánimo del director. Tarkovski, de hecho, escribe y dirige esta película en los últimos tiempos de su vida, casi como si, con el pasar del tiempo, estuviera sintiendo el acercarse repentino de la muerte.

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La sensación de peligro hacia el desastre inminente casi representa como una vía de expiación final, una necesitad de catarsis que lo libere definitivamente.

El fin del mundo es, entonces, una anécdota utilizada por Tarkovski para representar un estímulo, un impacto a darse más a la vida, para aligerarse en la muerte: es el momento que el ser humano espera para pagar sus deudas con la vida, para hacer un sacrificio. Es una percepción, un indicio, un perfume: lo que todo el mundo siente por la muerte y que lo empuja hacia la vida.

En un país como la Rusia, donde la filosofía trágica y atormentadora se revela románticamente en cada página de su literatura, la expiación final de la vida se convierte en el acto más puro y liberador de todas la culturas existentes, y Tarkovski es el ejemplo cinematográfico más relevante.

Más allá del aspecto espiritual e íntimo de Sacrificio, reside un lado más bien técnico y práctico que el director revela a través de algunas palabras escritas en su libro Esculpir en el tiempo, Reflexiones sobre el arte, la estética y la poética del cine:

Sacrificio se puede ver también como un rechazo al cine comercial, como un fin en sí mismo. Pero es más importante ver que mi película no se dirigía a favor o en contra de ciertos fenómenos aislados de los modos de la vida y de la mentalidad modernos, sino que quería mostrar su debilidad total, buscando fuentes escondidas de nuestra existencia. Las imágenes, las impresiones visuales lo consiguen mejor que la palabra, precisamente en nuestro tiempo en que la palabra ha perdido su dimensión mágica, admonitoria. Las palabras se van degradando cada vez más hasta ser sólo sonidos huecos, no significan ya está es la experiencia de Alexander nada más. Nos ahogamos en informaciones, pero los mensajes más importantes, los que podrán transformar nuestras vidas, ésos ya no os alcanzan”.

Tarkovski aquí retoma el significado más auténtico del cinematógrafo: la imagen muda, sin palabras, única fuente de información, emoción y revelación. Epifanías.

Escribe Serena Russo

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