Polarización

  02 Mayo 2022

(Ironías aparte)

abril-0-enredadas-0A finales de abril los medios autoproclamaban la victoria en su particular lucha por la audiencia. El toque de alarma lo dio la publicación de la primera oleada del EGM-2022, datos que cada medio interpreta por el lado que más le conviene. La disputa se focalizaba en torno a que, si no se tiene más audiencia que la competencia, entonces se ha fracasado en la estrategia de comunicación y, probablemente, también en la empresarial.

En medio de tan sustanciosa discusión, va un periódico convencional y publica el bulo sobre la inminente prohibición de tomar vino en las comidas. La idea, según parece, no ha sido esta vez de Alberto Garzón. Sin embargo, en unas tertulias se valora el hecho como una falta de profesionalidad periodística y, en otras, como ejemplo de la lucha despiadada por la audiencia.

En el fondo, la rancia polarización de siempre, esquematismo que se observa también en cómo se nos informa de las guerras oportunas y se ocultan las inoportunas. De aquellas nos presentan imágenes en directo de la inhumana e inaceptable destrucción de Ucrania. ¡Más que informar, paralizan! 

Quede ahí la discusión sobre quién tiene más audiencia o qué estrategia es más exitosa para fidelizar a los suyos. Del citado EGM sí merece la pena destacar que Internet —o lo que esto sea— sigue creciendo su audiencia (85,3%), al final de la lista el cine con un 2,2%. Por arriba, la TV concentra el 80,3%, y tanto hombres como mujeres le dedican una media de 196 minutos diarios. Quienes más aportan a que la media sea tan alta, son las personas mayores de 60 años y los sectores sociales de menor nivel socioeconómico. Audiencias que prefieren los canales de deportes, la Fox y Antena 3 (Tele 5 no participa en el EGM). Con un perfil así no hace falta ser demasiado avispado para advertir que la polarización en las opiniones es una resultante casi necesaria.

Las televisiones citadas, y todas las demás, nos interpelan desde los extremos. Con esa lógica nos relatan hechos recientes, tan sorprendentes que no reparan en reprogramarlos. Tal es el caso del zapatazo que el periodista iraquí Al Zaidi le lanzó a George Bush en plena rueda de prensa en 2009. Con mayor glamour quedó para la posteridad la bofetada de Will Smith al presentador de la gala de los Oscar de este año, el humorista Chris Rock. En la misma lógica se sitúa el comportamiento del asesor Miguel Ángel Rodríguez, quien no dudó en empujar a Andrea Ropero (La Sexta), para impedirle hacer una pregunta a Díaz Ayuso en un momento y lugar autorizado para ello. ¡Sin explicaciones ni disculpas por parte de los agresores!

Chris Rock sobrepasó los límites de lo establecido como humorístico y permisible en estas galas. Lo cual desquició al actor e indirectamente aludido quien, sin ningún reparo, cometió un acto inadmisible. Pero es que, ante esos usos antidemocráticos, no parece razonable contestar con montajes graciosos, como se ha hecho en El Intermedio (La Sexta), incluso con quien agrede a una de sus reporteras. El acto es tan grave que no caben contemplaciones, ni siquiera bajo el tratamiento humorístico, pues se corre el riesgo de caer en lo que en otro tiempo se calificó como la banalización del mal.

Cuando se observa este panorama, se hace más comprensible el que en aras de la «libertad de expresión» el magnate Elon Musk pague una cantidad mareante de dólares por la propiedad de Twitter. A menor escala, pero con parecido planteamiento estratégico, la presidenta de la Comunidad de Madrid modifica la legislación para controlar el nombramiento del presidente de Telemadrid, televisión autonómica con una cuota de pantalla casi insignificante. Y si no hay audiencia, ya se sabe: Neftlix entra en pánico bursátil y sus acciones pierden cientos de millones en pocos días. Es duro de admitir, pero el control de nuestras conciencias cotiza en bolsa y en los parlamentos. Bueno, salvo que la recién aprobada ley de servicios digitales de la UE ponga remedio, pese al escepticismo general.

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Las televisiones ofrecen espacios para atraer a la audiencia y, de paso, ilustrarlos culturalmente.  Ahí están como ejemplo los últimos capítulos de la longeva serie de TVE Cuéntame cómo pasó. Toni, el hijo mayor de los Alcántara, siendo responsable del gabinete de prensa de La Moncloa, muestra cómo se «cocina» la información para que al público le llegue la versión de los hechos que menos incomoda al poder. También resultó muy ilustrativo un Documentos TV (La 2), denunciando la bochornosa política con la que, en connivencia con las grandes farmacéuticas, se distribuyeron las vacunas contra el Covid-19 entre la población mundial.

Pero, frente a estos espacios, se emiten otros muchos que no van mucho más allá del entretenimiento con pretensiones. A finales de abril se despidió, hasta nuevo aviso, María Casado y Las tres puertas que presentaba en La 1. Precedido de una intensa promoción y realizado en medio de una escenografía espectacular modificada en cada entrega, entrevistaba en tono íntimo a los y las famosas del momento.

Algo parecido a lo que hace Mamen Mendizábal en sus Encuentros inesperados (La Sexta) aunque con una producción mucho menos ambiciosa que la de su colega. También en La 1 se acaba de poner en antena el espacio Enred@d@s, presentado por María Gómez y Sara Escudero quienes, en tono desenfadado, hacen humor reponiendo vídeos sobre las situaciones más inverosímiles. Esto es, exportar a la programación de televisión los formatos explotados en las redes sociales.

Más claro lo tiene Tele 5 que lanza en hora punta de los sábados a Bertín Osborne con Mi casa es la tuya. Ironías aparte, en la última entrega sentó en la mesa de cenar a Núñez Feijóo, Díaz Ayuso y al presidente de Andalucía Juan Manuel Moreno. Todo, según el anfitrión, para visibilizar que el PP no está dividido, sino que «nos llevamos estupendamente», según la presidenta Ayuso. Feijóo, más profundo, advirtió que como Vox ya está en el poder, ahora —gracias a él— todos podremos advertir si hace o no lo mismo que el PP.

Ni Risto Mejide, en su Todo es verdad (Cuatro) —ironías aparte—, podía decirlo más claro. ¡Hasta podría lanzarle una de sus llamativas gafas! Con tanta adrenalina en las ondas, ¿cómo no apoltronarse en los polos?

Escribe Ángel San Martín 

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